En lo sucesivo, no a diario, pero sí con alguna frecuencia, me sumé al grupo de jubilados y pude ser testigo de la tertulia amena y circunstancial que mantenían cada mañana, si el tiempo era favorable, o de la impaciencia y las lamentaciones, si hacía frío, si el aire agudo del Valle se filtraba por los más afilados recovecos y, sobre todo, si la furgoneta se retrasaba en exceso con respecto al horario habitual. La mayoría, como digo, eran jubilados, si no todos, e incluso puede decirse que veteranos de la jubilación, con acumulación de trienios y sexenios desde que dieron de mano, aunque no creo que ninguno fuera todavía nonagenario. Quiero decir que entre la concurrencia podían observarse bastones de apoyo, andares renqueantes y, pese al optimismo de quien lleva a cabo con buen humor las primeras tareas de la mañana, los síntomas de una edad largamente zarandeada y en manifiesto declive. Por eso no me extrañó que el joven conductor, acogido también al buen humor y a las bromas de circunstancias, viendo cómo el grupo se precipitaba hacia él con dificultosa ansiedad, exclamara zumbón una mañana: «Los zombis al ataque». La broma no solo fue celebrada sino que tuvo eco y prolongación, de modo que el sustantivo se incorporó enseguida a las conversaciones de la espera, como si ‘Los zombis’ fuera el nombre artístico que cohesionaba al grupo. Y yo mismo me sumé a los zombis como uno más, sobre todo cuando llegó la primavera, y recuerdo con agrado el rato de cháchara matinal, las pullas futbolísticas, los chistes, el desencanto político, la queja social y las controversias locales, casi un recorrido caprichoso sobre las distintas secciones tradicionales del periódico, pasatiempos incluidos.
Esta consideración de zombis, sin embargo, me dio que pensar y me pregunté si el hecho de que fuera gente mayor (incluso muy mayor) la que se afanaba cada mañana en la obtención del número de ejemplares que luego distribuía como los muchachos que voceaban antaño los periódicos por las calles de las grandes capitales no estaría siendo un modo de cerrar un ciclo, una vuelta en espiral a los orígenes, y si todo ello no sería indicio de que el periodismo impreso estaba llamado a la desaparición. Si, atrapados como están los jóvenes en las redes, adictos a las informaciones inmediatas que propician las nuevas tecnologías y ajenos por tanto a la prensa tradicional impresa, no serían precisamente «zombis» no ya el senecto (sic) grupo de jubilados que resucitaba cada mañana en la puerta del Sol, sino zombis todos los que siguen acercándose cada día a los quioscos de prensa, compran ejemplares en papel y los hojean tal vez primero tomando un café, desayunando, decidiendo qué artículos leer más tarde, qué columnas, qué reportajes, «zombis» no porque vengan del más allá, sino porque provienen de otros tiempos, pasados e irrepetibles, y me preguntaba durante cuánto tiempo seguirá la legión de zombis manteniendo vigente el ejercicio, tan necesario como en peligro, de una prensa seria y eficaz.
Confieso que no supe responder a estas preguntas, aunque los malos augurios siempre me ha parecido que siguen en el aire, y que aún sigo sin respuestas. Sé que después llegó el verano, que en verano la edición local de ‘El Periódico de Extremadura’ se tomó vacaciones y que el grupo de zombis se deshizo. Llegó luego el otoño, pero yo había perdido el hábito de las mañanas, de la tertulia, de la furgoneta. A veces me cruzo con alguno por la calle, intercambiamos saludos de cortesía, quizás nos detengamos un momento mínimo, y entonces pienso que el tiempo se diluye como se diluye todo lo que procede de la mano del hombre y que apenas nos queda la posibilidad de enunciar la esperanza y el deseo de que la curiosidad del hombre sobreviva y de que siempre haya medios que sigan alimentando con esmero y rigor esa inagotable y ejemplar curiosidad.
El Periódico de Extremadura, Especial 95 Aniversario