20.11.14

Alonso Guerrero, 'Un día sin comienzo'

I. Quienes conocen la trayectoria literaria de Alonso Guerrero no dejarán de sorprenderse ante ‘Un día sin comienzo’. En esta misma aula hablamos hace un par de años (el 26 de octubre de 2012) de ‘Un palco sobre la nada’. Supongo que muchos de los asistentes leerían entonces aquellas novela y, por la misma razón (en la mesa estamos los mismos y quiero creer que no muy distinta ha de ser la audiencia), leerán ahora ‘Un día sin comienzo’. Si es así, advertirán enseguida notables diferencias entre una y otra, diferencias que pueden ampliarse a casi toda la obra anterior de Alonso Guerrero. En primer lugar, podría decirse que en ‘Un día sin comienzo’ el autor renuncia a la ficción y que esa renuncia viene dada por la materia narrativa: los minutos previos a las explosiones en los trenes de Atocha. Sería, sin embargo, reducir la amplitud de la palabra ‘ficción’: no hay en ‘Un día sin comienzo’ ficción en cierto sentido tradicional, es decir, acumulación de aventuras o episodios imaginarios más o menos verosímiles, pero sí hay, naturalmente, invención literaria y elaboración poética: no de otra forma consigue Alonso Guerrero dotar de intensidad unos materiales limitados y probablemente escasos. Y, en segundo lugar, también podría decirse que se atenúa aquí cierto «brillo intelectual» frecuente y reconocible, cierta radicalidad verbal e intelectual constante en sus escritos anteriores, desde la lejana ‘Tricotomía’ (1983) a ‘Un palco sobre la nada’ (2013). Es asimismo una necesidad impuesta por la materia narrativa. «Si quieres escribir una novela tienes que mirar así a la gente [sumándose a los gestos ajenos], has de poner los ojos a su altura» (pág 141), se lee en un episodio, a propósito de un personaje [María Pilar]. Y eso es lo que ha hecho Alonso Guerrero, acomodar la mirada a unos personajes que no son creaciones intelectuales, sino recreaciones humanas, personas que van a tomar el tren ajenas al azar: «como si el tren no fuera ya un medio para llegar a su destino, sino su destino mismo» (pág 141). De ahí la atenuación culturalista (que, con todo, es abundante) y de ahí, en fin, la piedad de la mirada.

II. Leemos novelas generalmente pendientes del final, con la brújula puesta en un desenlace que, pese a todas nuestras previsiones lectoras y nuestra experiencia del oficio (del oficio lector, quiero decir), se nos sigue antojando imprevisto y sorprendente. Pero en ‘Un día sin comienzo’, en cambio, no cabe final. «La vida, de hecho, se le presentaba como una línea argumental en la que no tenían que interferir novios, ni hijos, ni decisiones, igual que no interferirían aquellos desconocidos con los que se codeaba cada mañana de camino a la facultad» (pág 133), se dice de otro personaje [Angélica]. Esa línea argumental queda fatalmente truncada. La  novela consta, pues, de 37 episodios o secuencias de presentes personales antes del final colectivo. Cada secuencia se corresponde con un minuto, desde las 7:00 hasta las 7:36, y está dedicada a un personaje, del que apenas se traza una semblanza. Son, por tanto, 37 semblanzas a partir de un detalle menor, sin gran significación heroica (el heroísmo pertenece a épicas lejanas, no tiene cabida en el presente), semblanzas que tienden hacia un futuro que no va a existir. Apenas cabe otra individuación, o singularización, que la semblanza, porque se trata de personajes comunes, sin grandes hazañas ni señeras biografías, sin más aventura que ese trayecto matinal, apenas la ensoñación adormilada de la rutina y los pensamientos inmediatos —el triunfo del Real Madrid, el libro que se está leyendo, el piso que se está a punto de comprar, los hijos, el póster de un gimnasta en la pared del cuarto, la distinción que otorgan unos zapatos bien cuidados, la huelga universitaria, inminentes entrevistas de trabajo, los desajustes entre la realidad y los sueños o entre el  origen y el destino de jóvenes emigrantes rumanos, marroquíes, ecuatorianos, y el azar, las invocaciones del azar, la ambigüedad de los presagios—, esto es, esbozos apenas de un ‘curriculum vitae’ íntimo e interior (no laboral). Nada más: cada secuencia una novela abrupta, con principio, pero sin desarrollo ni conclusión individual. Porque lo que les señala, en definitiva, como personajes, lo que les eleva a literatura, es formar parte de un episodio múltiple, ser en definitiva un personaje colectivo, porque su destino es la muerte multitudinaria. Las secuencias finales, sin embargo, que no pertenecen ya a los personajes, sino a la historia, quedan en blanco: no es un artificio retórico, es que, como diría el filósofo, nada más puede decirse: «De lo que no se puede hablar, mejor es callarse».

III. Uno de los grandes temas de la literatura es el mal, no sólo el mal absoluto, el mal metafísico, sino el mal cotidiano, individual, o el enfrentamiento entre el mal y el bien. A menudo la literatura ha versado sobre la omnipresencia del mal o sobre la lucha entre el mal y el bien y se ha degradado  ofreciendo para el consumo masivo el triunfo narrativo y complaciente del bien. Es decir, que siempre ha sido el mal el que ha despertado interés. Prueba de ello, también, es que haya tan pocas obras sobre el bien, que no exista en realidad una literatura del bien. Tal vez pueda decirse que aspiramos al bien, pero no nos atrae su expresión artística. El origen de ‘Un día sin comienzo’ está en el mal, no cabe duda. «Si podía ver el mal en una ballena blanca, también podría verlo en aquella gente que subía a los trenes todas la mañanas, con su prisa y sus mochilas y sus teléfonos» (pág 132), se dice de un personaje [Angélica].  Sin embargo, y pese a ello, me atrevería a decir que en cierto modo se trata de una obra sobre el bien. El mal, en cambio, queda en blanco, abolido.

IV. Creo, por último, que ‘Un día sin comienzo’, dada la articulación del material, requiere una lectura poco acorde con los hábitos actuales. He recordado a este propósito ciertas teorías ferlosianas sobre la lectura y la escritura. Decía Ferlosio que un texto narrativo podía concebirse como una paulatina revelación de la verdad, «como una suerte de penetración en las entrañas de algo organizado en forma de cebolla» o, por el contrario, como episodios equidistantes en torno a un objeto central, «en lugar de estratos concéntricos», dice, «una rueda de gajitos, o mejor, de dientes, ninguno de ellos más próximo ni más distante que otro del corazón y de la superficie». «Es curioso observar», añade, «cómo la imagen capaz de representar un modo de concepción contrario [a la cebolla] nos la ofrece precisamente el marido de la cebolla, o sea, el ajo». Pues bien, ‘Un día sin comienzo’ se acoge a este segundo modelo: episodios equidistantes en torno a un objeto central. Y este procedimiento narrativo impone también un modo de lectura. Siguiendo con Ferlosio podemos decir que en la lectura caben dos placeres antónimos, el placer funcional subjetivo, que viene marcado por la ansiedad del desenlace, por ver quién es el asesino, digamos, y el placer funcional objetivo, que es el que procede de cada momento del texto, del presente textual, un tanto al margen de la página o el capítulo siguiente o del epílogo. Creo que ‘Un día sin comienzo’ requiere esta segunda lectura, que es la lectura adulta, en la que prevalece la autonomía del texto, de cada texto, ni más ni menos importante que todos los demás.

(Presentación de ‘Un día sin comienzo’, de Alonso Guerrero, De la luna libros, en el Instituto de Enseñanza Secundaria "Profesor Hernández Pacheco" de Cáceres el miércoles día 19 de noviembre de 2014.)