25.11.09

¡Olé! y cielo

Como todos los palíndromos están en google, enredados en blog o en páginas de vario capricho («Anita, la gorda lagartona…», por ejemplo, suma 19.200 resultados), cuando de pronto, impensadamente, advierto uno (se me ocurre, quiero decir), consulto enseguida, con precaución, sin esperanza, para caer sin más en el lóbrego y blóguero desaliento del aficionado que llega tarde al pasatiempo porque se adelantó un usurpador. Por eso me ha sorprendido que el poderoso arsenal del universo virtual no arroje ni un solo resultado (aunque enseguida saldrán varios, repartidos por ahí, multiplicados) con ¡OLÉ! Y CIELO, tan menudo, tan humilde, que, por lo demás, tanto podría ser un titular festivo, el resumen de un festival falmenco al aire libre o, en fin, un título sin cuerpo (olé sin piedra) del sin par Saúl Olúas.

23.11.09

Neoyurnalia

¡Luz y taquígrafos!, clama el intrépido reportero insertando el micrófono en la boca incesante —¡qué peligro!-- del presunto imputado.

12.11.09

Pseudones

Nadie rebaje a lágrima o colirio
la vaga niebla de las cataratas,
turbias repercusiones del delirio
de los dioses, o sea, un par de erratas.

9.11.09

Guajira

Mira qué te digo, hermano:
que la marca de Caín
no era el muro del Berlín
sino el foso vaticano.

28.10.09

Al corcón pellegrino

Sean doce los apóstoles
del viejo cinturón
-si ayer rojo, hoy rubicón-:
el alcalde de Móstoles
y el once de Alcorcón.

¡Promulgue Gallardón!

12.10.09

LXVIII

Escolar adolescente —y ESO— se dispone a leer en voz alta en clase una rima de Bécquer: «Título», dice: «Ele equis uve palote palote palote».

25.9.09

Dos y siete

SufrImos tan calurOsa mañAna
SediEntos de las sapiEncias de clAse
SecuAces de botellÓn y jarAna
SapiEndo que pasarÁ lo que pAse

He aquí que entretengo una guardia escolar de otoño y viernes con enredos métricos: monótonos endecasílabos atonales con carga en 2ª7ª.

23.9.09

Aquí era cuando

Revisan el verano en la otra mesa (yo no miro, escucho, disimulo) y dicen y masdicen: «Aquí era cuando…, aquí era cuando…, aquí era cuando…». Los puntos suspensivos son risas y comentarios y evocaciones y más risas. Pero el nexo entre puntos no se agota: «Aquí era cuando…, aquí era cuando…». Están viendo sus propias fotografías y yo advierto en tanto «aquí era cuando» una buena definición para ese sinfín de imágenes domésticas en que a la larga y a la rauda quedan el ocio, el viaje, la excursión: lugar (aquí), tiempo (cuando), pasado compartido (era). El resto no es silencio, pero carece de significado.

17.9.09

Forofofón

El periodista deportivo: hincha profesional.

5.9.09

Perequiana

Me acuerdo
de Miguel Ángel Lama y Ángel Campos
llamándome ¡Geraaaardo!
un cinco de septiembre
de lejos y de noche
por las calles de Cáceres.

14.8.09

Palíndromo de Estado

Laico, social...

8.8.09

Agosto

Reverso el mundo de la vida anversa,
quid pro quo que, al revés, es viceversa.

8.7.09

Sic transit

En el túnel, cegado por la luz blanca del proyector, descubrió al fin que la película de su vida sólo contenía tomas falsas.

3.7.09

Litœral

Mañana desaparezco, se despidió un viernes de estío. Pásalo bien, dijimos. Fue hace un año... Y no hemos vuelto a verlo.

28.6.09

Rutas

Si no asoma vamos a Onis
Si sí asoma vamos a Isis

25.6.09

San Sonite


17.6.09

Dúplex

ARRIBA LA BIRRA




ABAJO LAS ALOJABA

12.6.09

Soneto'o




10.6.09

Soneto

nos marchamos el jueves y volvemos el lunes,
el mundo gira y gira, nunca cesa en su giro,
ya se nos acabaron las ferias del retiro,
ya volvemos al íes y a los días comunes,

al runrún rutinario de todos los runrunes,
deshago la maleta, echo un vistazo, miro,
todorov, tsvietáieva, nabokov (vladimiro)
y la última novela de antónio lobo antunes

acumulo lecturas para todo el verano,
luego se alternarán las dudas y los días,
las playas de la antilla y el calor extremeño,

pasearé junto al agua con blanca mano a mano,
pero no hablaré más de princesas sombrías
y en negra paradoja naufragará mi empeño

8.6.09

Prêt-à-porte

A veces, no a menudo, pero a veces, en Madrid, Preciados, Sol, Arenal, Gran Vía, etcétera, entro en tiendas de moda por lealtad familiar: escudero más fiel que cortefiel. Como no sé apreciar la calidad ni la belleza ni el diseño de tanta y tan vaporosa prenda prêt-à-porter, me quedo a la puerta, quieto, esperando, deseando partir, procurando no entorpecer el minucioso movimiento de la clientela ni obstruir los detectores de la entrada. Procuro perder la mirada (visu conspectu), no ser visto por no ver, pero no por ello dejo de captar de reojo perpeljidades, hipermetropías, incluso risitas de conejo. La razón es cómica y sencilla, pues soy yo mismo la manifestación de la impostura: ocupo, sin serlo ni menos aún parecerlo, el lugar del segurata.

1.6.09

Ser o no ser

«El 1 de junio de 1599, el arzobispo de Canterbury prohibió los epigramas, pasquines y las sátiras en verso», leo hoy, 1 de junio de 2009, en ‘Shakespeare. La biografía’, de Peter Ackroyd (pág. 567), lo que, dada la coincidencia de fechas (y aunque ya nos han enseñado los antiguos maestros que se producen con regularidad matemática y carecen, por tanto, de otro valor que no sea la pura y hueca coincidencia), asumo como un guiño isabalino contra mis coplillas futboleras y demás metros burlescos. Recuerdo, de paso, un episodio escolar reciente. Plantea el libro de texto de 4º de ESO si en el verso «Ser —y no ser—: eternos, fugitivos», de un soneto de Blas de Otero, hay antítesis o paradoja, que en tales sutilezas retóricas se mueven a veces las, así llamadas, actividades. «¿Tú sabes quién es Hamlet?», le pregunto a un alumno de la primera mesa antes de aplicarme a la demostración. «Sí, claro», responde con total seriedad y con sonrisa de whew emoticono, «Hamlet y Gretel».

28.5.09

Versoku insomne


no sé por qué
tengo la idea
de que es café
¡maldita sea!


tengo la idea
de que es café

¡maldita sea!

no sé por qué


de que es café
¡maldita sea!

no sé por qué

tengo la idea


¡maldita sea!
no sé por qué

tengo la idea

de que es café


no sé por qué
tengo la idea
¡maldita sea!
de que es café


tengo la idea
no sé por qué

de que es café

¡maldita sea!


de que es café
¡maldita sea!

tengo la idea

no sé por qué


¡maldita sea!
de que es café

no sé por qué

tengo la idea


no sé por qué
¡maldita sea!
tengo la idea
de que es café


tengo la idea
de que es café
no sé por qué

¡maldita sea!


de que es café
tengo la idea

¡maldita sea!

no sé por qué


maldita sea!
no sé por qué

de que es café

tengo la idea


no sé por qué
¡maldita sea!
de que es café
tengo la idea


tengo la idea

no sé por qué
¡maldita sea!
de que es café


de que es café
tengo la idea
no sé por qué
¡maldita sea!


¡maldita sea!
de que es café
tengo la idea
no sé por qué

23.5.09

Soneto

Es media noche y un soneto ensayo:
no es nada fácil, yo no soy poeta,
no viene a socorrerme el mes de mayo
ni me consuela, Lope, tu receta.

Procuro, pues, un quiebro isabelino
ante una inspiración tan torpe y parca
a ver si acaso es este el buen camino
para dejar la senda de Petrarca.

Pero también, ay, Fabio, aquí me pierdo,
me equivoco, tropiezo, cambio el paso
y oigo el eco lejano, dulce acuerdo,
dolorido sentir, de Garcilaso

Permitidme, por tanto, que concluya
en triste requiem más que en aleluya.

16.5.09

Fábula

«Por Zeus», suplicó Bucéfalo, pero Cerbero calló.

10.5.09

De la conjugación o el fomento de la lectura

Ellos le lleron.

5.5.09

Serpentier

Insondable fascinación la de una lengua que, incluso en la mayor de las inexperiencias literarias, esto es, sin haber leído una sola página del autor en cuestión, ni haber explorado los laberintos de sus sintaxis, ni haberse extraviado en la exuberante espesura de una masa verbal compacta con guarnición de guiones y paréntesis, sin tener noción alguna, en definitiva, de pasos perdidos, siglo de las luces, recursos metódicos o filarmonía barroca, permite que el alumno, en el trance mnemotécnico de un ejercicio escrito, hable, con innegable acierto bautismal y fortuna retórica, del novelista cubano Alejo Serpentier.

3.5.09

Mph3

La vida ya no es canto,
es furia auricularia:
me acuesto y me levanto
con fauna tertularia.

26.4.09

Hipérbaton

En la barra de un bar asistimos distantes a un diálogo ajeno.
—Es un pobre hombre absoluto —dice Asdfg, caña en mano.
—No —precisa Qwert, ondeando al aire con ademán taurino la alta copa de un crianza—, es un absoluto pobre hombre.
Conclusión: sólo el vino y la cerveza del mediodía dominical dan pie a un tiquismiquis de gramáticos jocosos (o tal vez en trance de psicoanálisis retórico: la sintaxis es una facultad del alma) sobre la posición complementaria o adyacente del adjetivo «absoluto».

21.4.09

¡Achís!

Con los devaneos de la meteorología primaveral y la unánime, estridente y cosmicómica invasión de las alergias («¡Qué le vamos a hacer!», le he oído esta mañana en la gasolinera a un afectado, «el campo tiene que estar bonito»), en estos días previos al bozal o la clausura, cabe apreciar que sólo queda un rasgo último, explícito y coral, de urbanidad, a medio camino entre la educación y el arrendajo: la cortesía del estornudo. ¡Jesús!

12.4.09

Ex horto

Con la idea del monte o huerto de los Olivos en la cabeza, «et hymno dicto, exierunt in montem Olivarum», he venido a reparar en las últimas palabras de ‘Cándido’, de Voltaire: «Cela est bien dit, répondit Candide, mais il faut cultiver notre jardin», y en las primeras de ‘El año del jardinero’, de Karel Čapek: «Hay cien maneras de crearse un jardín: la mejor es todavía llamar a un jardinero», y resuelto finalmente acogerme, sin más cultivación, a la lejanía de los jardines, al «huerto florido y encalado» de JRJ y al «huerto claro donde madura el limonero». C’est tout.

9.4.09

Necrología

Descreo de la necrología en que el necrólogo confunde las funciones de difunto y receptor, dudoso planto conativo-obituario. (Otra cosa es la elegía, o incluso el epicedio: porque la lírica es eterna y el periodismo efímero.)

1.4.09

El minotaurio

Cuando despertó, había perdido el hilo.

29.3.09

Ab huso horario

Cuando despertó, ya era tarde.

26.3.09

Márgenes

Me detengo, según voy leyendo, en el principio de un párrafo: «Mi alce, señor, mi alce domesticado, aquel por el que sentía tanto amor, fue aniquilado por los desatinos de un patán italiano», lo releo, tengo la impresión de conocerlo, de haberlo leído antes, aunque es imposible, porque son las palabras que John Banville pone en boca de Tycho Brahe en su primer encuentro con Johannes Kepler en las cercanías de Praga (John Banville, ‘Kepler’, Pocket Edhasa, 2004, pág 86), hasta que recuerdo al fin el carmen LVIII de Catulo: «Caeli, Lesbia nostra, Lesbia illa, / illa Lesbia, quam Catullus unam / plus quam se atque suos amavit omnes…», ceso en la averiguación y sólo me pregunto cuánta deliberación había, y si la había, en John Banville y en el planto por el alce, domesticado y dulce, de Tycho Brahe.

18.3.09

Pie de foto

Ejemplar de obispo ibérico © AGENCIAS

15.3.09

Emputar

BILBAO.- Protagonista de la polémica jugada que acabó con la expulsión de Fran Yeste, Iker Casillas reconoció que el centrocampista del Athletic no le golpeó en la cara, aunque sí le emputó y por eso considera justa la tarjeta roja.

Dejemos nota documental de tan curioso, errático y virulento verbo: empujar, expulsar, emputar, etcétera, y de la nueva norma balompédica consiguiente: tarjeta roja a quien empute.

10.3.09

Cortesía

—¿Y M…? ¿Se ha muerto?
—Nooo, pero está en ello.

5.3.09

Enredando

Siento vieja devoción por algunas novelas de Pérez de Ayala, me agrada la combinación de humor y pedantería de su escritura, siempre que paso por la calle Huertas, números 24/26, me acuerdo de Teófilo Pajares al comienzo de ‘Troteras y danzaderas’, a veces evoco las locas ambiciones dramático-filosóficas de ‘Belarmino y Apolonio’, de modo que, a falta de algo mejor que hacer, transcribo unos versos suyos que tienen cierto eco y dicen:

Escudriñé las grandes verdades de los hombres
en ámbitos adustos de doctas bibliotecas.
Nihil, nihil. Cuatro nombres,
cuatro cifras, cuatro palabras huecas.

28.2.09

Zweig

Viendo que leo ‘Mendel el de los libros’ alguien que sabe me informa de que Zweig se pronuncia ‘tsfaik’. Como tengo antigua debilidad sentimental, moral y aun literaria por este hombre (biografías, memorias, novelitas y último ademán), lo anoto donde poder consultarlo cuando habite el olvido.

15.2.09

Mate

Habiendo leído primero un par de elogiosas reseñas y viendo luego el libro en la sección de novedades, no tuve más impulso que comprarlo, ayer, en El Quijote: Javier Pastor, ‘Mate jaque’, Mondadori. Con mi ejemplar en la mano, me empezaron a martillear, al derecho y al revés, los nombres comunes de título y autor: pastor, mate, jaque; jaque, mate, pastor... Y pasé el día evocando la jugada que yo mismo utilicé hace años con mísera osadía y antigua notación: 1) P4R, P4R, 2) C3AR, C3AD, 3) A4AD, C5D, 4) CxP, D4C, 5) CxPA, PxPC, 6) T1A, DxPR, 7) A2R, C6A. Y dando vueltas a la correspondencia de título, «mate», y autor, «pastor», vine a caer, por designios del azar, en el despliegue periodístico de las páginas deportivas sobre la NBA. Tengo que ver esta noche, me dije, el concurso de mates. Lamentablemente, el sueño se cebó conmigo antes de tiempo.

14.2.09

Enamorados

Si cuando te pregunto no respondes
¿por qué he de responder cuando preguntas?
Olvídate de cómos, cuándos, dóndes,
adverbiales incógnitas difuntas.

31.1.09

Viacrisis (cuaderna)

Díxolo el sabio griego, que non comete error,
y aun el sabio latino, non es chico orador:
manirroto es qui face mucho gasto menor,
qui face gasto grande tíldese de inversor.

27.1.09

Hadas

Conclusión: son hadas buenas las que nunca conceden el tercer deseo.

25.1.09

Arcaísmos

Hacía tiempo que no oía la expresión que he oído a un viejo paseante profesional esta mañana, en el circuito del Parque de la Coronación, a pregunta de otro no menos viejo paseante profesional: «Estoy poco católico», ha dicho. Y no he podido menos que seguir mi propio paseo de aficionado intentando averiguar cuándo invadiría el léxico eclesiástico la parcela sanitaria, cómo se produjo la tranposición de la salud del alma a la del cuerpo, esto es, del pecado a la enfermedad, en la jerga coloquial y si el caso sería equiparable a la vieja y rancia atrofia ideológica de «hablar en cristiano».

23.1.09

'La despedida'

I. La solapa de ‘La despedida’, aparte de informarnos de que Javier Morales Ortiz nació en Plasencia en 1968 y estudió periodismo y derecho en Madrid, proporciona un indicio de lectura que, como es de rigor, coincide plenamente, según creo, con el pensamiento del autor: «Aunque ‘La despedida’ no es un libro sobre el mundo rural», dice, «sí quiere rendir un pequeño homenaje a una forma de vida en peligro de extinción». Y, en efecto, en su conjunto, los cinco cuentos que contiene el volumen, un volumen, como se puede ver, muy delgadito, de apenas 60 páginas, coinciden en esa inicial voluntad de homenaje y dan sentida cuenta del canto de un cisne geórgico, pero coinciden naturalmente en otros varios aspectos.

II. Coinciden, en primer lugar, en el escenario, en el ámbito narrativo de la acción. Todos los cuentos se desarrollan en La Comarca (con mayúsculas, las mayúsculas de la antonomasia), un territorio que, dadas las frecuentes alusiones y teniendo en cuenta la ciudad en la que nos encontramos, se presta a fáciles identificaciones. Puedo señalar tres. Una. Se habla, por ejemplo, en más de una ocasión, del valle (sin mayúscula, nombre común): «Los caminos rurales que muerden los costados del valle, pasadizos en una tierra abancalada que escalonan la montaña», se lee en la página 47, o: «Desde la terraza, la otra ladera del valle era una sombra negra salpicada de dos motas grises, dos pueblos que parecían más diminutos aún», en la página 48. Dos. En casi todos los relatos aparecen cerezos, bien como elementos del paisaje, bien como objetivo de alguna desventurada aventura de ecología agrícola, o bien, en fin, como insólito atributo de un personaje pintoresco del que se dice que «debe de ser una de las pocas personas de la zona que no tiene cerezos» (pág. 38). Y tres. «La cola del pantano parecía una lengua de metal», se lee en la misma página 38. Valle, cerezos y pantano serían elementos suficientes para una ubicación precisa de los relatos, pero estas indagaciones son más divertidas que eficaces y más entretenidas que necesarias, porque la geografía literaria es ilusoria y representativa, universal y simbólica. Javier Morales Ortiz no pretende que La Comarca sea una zona concreta y próxima, sino una representación, una noción territorial, la elevación a nombre propio del nombre común al que pueden acogerse todos los lugares con formas de vida en peligro de extinción. Naturalmente, puestos a añadir detalles (y es conveniente añadir detalles, pues, como se sabe, son la esencia de la literatura), para el autor, y no sólo en beneficio de la credibilidad, es mejor, y más eficaz, recurrir a cerezos, valles y pantanos, que son rasgos próximos, emblemas comarcales, que importar fresas, naranjas o vendimias.

III. Pero, al margen de estos elementos fijos, que funcionan como signos de unidad y de reconocimiento, como referentes del espacio, y aunque sea en el mundo rural donde se desarrollan todas las historias, ‘La despedida’ no es exactamente un libro sobre el mundo rural, porque a Javier Morales Ortiz le interesan más los personajes que el paisaje, le interesan más los infortunios de la existencia que el campo de batalla. Así pues, de manera singular, individual, cada relato, en líneas generales, viene a mostrar, en un breve fragmento temporal, una situación concreta, una escena, podríamos decir, o una secuencia, o un par de secuencias consecutivas e inmediatas, de donde se desprende, si ello es pertinente, y en visión panorámica, el resumen de una vida entera. Basta, por ejemplo, la arrogante visita de un médico de La Comarca asentado en Madrid (Madrid funciona como antítesis de La Comarca), para que el narrador del primer relato, que es camarero, reviva toda su biografía común, adopte todos las posturas simbólicas de una humillación no menos simbólica (la marca de cerveza, el narrador recogiendo de rodillas los cristales de una jarra rota, el recuerdo de la novia en el instituto) y pretenda salir de tanta frustración con apenas un gesto de inocua rebeldía, nocturna y solitaria, metafórica. Y a estas pinceladas de la historia de un personaje que ejerce de camarero podrían añadirse las del resto de personajes: un técnico agrícola, un oficinista con vocación agrícola y mentalidad ecológica, una farmacéutica, una profesora de literatura, una especie de hippie excéntrico (que, como cabe sospechar, es quien no tiene cerezos), un pastor o la propia hija del pastor. Todos tienen algo en común: saben lo que es la derrota, saben en qué consiste la travesía entre las aspiraciones y el fracaso, conocen los conflictos que median entre la realidad y el deseo. Anclados en un mundo rural en decadencia, cada uno de ellos significa una muesca personal en el crepúsculo definitivo. Son dos realidades paralelas y complementarias: la decadencia comarcal y la desesperanza personal. Al irse apagando el mundo en que viven, un escenario sin porvenir acoge su derrota personal, la derrota sentimental, o laboral, o agrícola, la derrota de la huida, de la incertidumbre y del vacío, la derrota de la resignación, de la aceptación y de la mediocridad moral.

IV. Pero, volviendo a lo que decía más arriba sobre La Comarca como espacio de la acción, cabe decir que, si la elección de un escenario común para los cinco relatos conlleva la utilización de motivos igualmente comunes, esa elección también afecta a los personajes. Casi me atrevería a decir que se trata de cerezas. Me explico. Vengo diciendo que el libro contiene cinco relatos. Pero también podría decir que se trata de una breve novela, una novela de gajos, o dientes de ajo, o cerezas, porque cada relato, con su independencia y autonomía argumental, por una parte, colabora, por otra, a la visión del conjunto. Se recurre a menudo de manera tópica a la imagen de las cerezas enganchadas para visualizar cómo al tirar de unas palabras, unos temas, unos conflictos, etcéteras, estos traen enganchados de manera casual pero inexorable otras palabras, otros temas, otros conflictos. Algo similar ocurre en ‘La despedida’. Cada personaje es protagonista de un relato, pero, como una cereza, arrastra a otros personajes, protagonistas de otros relatos, hasta el punto de que de algunos de ellos sólo sabemos algún dato relevante no en el relato en que actúan como narradores en primera persona (lo que no deja de ser un ejercicio de neutralidad y de seriedad narrativa), sino por las referencias cruzadas que encontramos en otros relatos: por ejemplo, en el primer relato se nos avisa de lo que le va a pasar a Luis Prieto en el tercero; en el tercero averiguamos la profesión de Tomás, cuya confusa deriva, sin embargo, hemos conocido en el segundo; etcétera. Se trata, pues, de cinco relatos, pero de un solo libro y hasta de una sola historia. Hay, por lo demás, un personaje de especial relevancia, una profesora de literatura que responde al pintoresco nombre de Luz Verde: es la narradora en primera persona de tres de los relatos; es quien mejor viene a definir la singularidad de La Comarca, tal vez porque no pertenece por nacimiento a La Comarca y tiene una doble perspectiva, lo que le permite ser espectadora privilegiada y confidente idónea para las tribulaciones de la farmacéutica, del pastor, del hippie, del ecologista, etcétera; porque, conociendo La Comarca desde dentro y desde fuera, es quien mejor maneja criterios no contaminados; porque es quien toma con mayor conciencia una decisión final valiente; y porque, en fin, le permite al autor algún que otro guiño cultural y aun de afiliación narrativa, como la tarea que le encomienda de presentar en un congreso de literatura al profesor Manuel López Aguado, una especie de «cameo literario» que sólo leyendo o habiendo leído ‘Entre líneas’ se advertirá.

V. Hay otro aspecto fundamental de ‘La despedida’, más allá de los puros ingredientes narrativos, que merece destacarse: me refiero al modo como contempla el autor el mundo que describe y los personajes que dibuja, la mirada con que compone personajes y escenarios, que parte, creo, de una convicción, de la relación que se establece entre personajes, escenario y forma de vida. En las diversas manifestaciones artísticas, en general, y en literatura, en particular, siempre ha resultado muy atractiva la expresión del mal. («En las autopistas de la libertad, el mal es como un Ferrari», escribió Roberto Bolaño. Ahora mismo, en este enero de 2009, hacen furor bicentenario los escritos de Poe, especialmente sus cuentos de terror, aquellos que se sostienen, en palabras del propio Poe, sobre «el demonio de la perversidad».) Pues bien, frente al morbo del mal y del horror, aquí estamos ante una literatura de la bondad. Tal vez no se pueda decir con exactitud que los personajes sean estrictamente bondadosos (incluso hay alguno que puede disfrazar de maldad la arrogancia y sus complejos), pero sí puede afirmarse que habitan en un ámbito de bondad. Lo que me hace pensar que para Javier Morales Ortiz el mundo del que traza aquí cierta forma de despedida no es sólo una realidad cultural ligada a la naturaleza, sino también una realidad moral, el último paraíso de una especie de ética natural, acorde con la armonía de la tierra. No sólo hay, pues, la añoranza crepuscular de una arcadia menguante, con presencia todavía, por muy poco tiempo, de chozos, candiles o leche de cabra, sino la certeza de que desaparece también una arcadia ética, un mundo de bondad natural y específicamente humana: una comarca que se caracteriza, según dice la profesora Luz Verde, «no tanto por las palabras, sino por gestos, por un tiempo compartido en el que no caben las explicaciones ni los análisis, sólo la certeza de lo cotidiano», y de cuyos habitantes subraya «la sencillez y la naturalidad con la que se relacionan con el entorno».

VI. Dicho esto, termino, porque, en caso contrario, correría el riesgo de pormenorizar la trama de cada relato y eso sería ya llevar la presentación más allá de su significado, de modo que será mejor que cada uno se sumerja en la lectura, que es al fin y al cabo una tarea solitaria y un placer singular, y que cada uno descubra por sí mismo las sencillas y emotivas tramas de ‘La despedida’. De eso se trata.

[Texto leído en la presentación de 'La despedida' (ERE), de Javier Morales Ortiz, el 23 de enero de 2009, en Plasencia.]

18.1.09

Impecable

En ocasiones, afirmar de algo (de la edición de un libro, por ejemplo, del catálogo de una exposición, de una intervención policial, de un debate plenario, de la organización de un magno o parvo acontecimiento, etcétera) que es o ha sido impecable encierra una verdad dolorosa y extrema, pues es o ha sido, en efecto, impecable: no porque no haya pecas, pegas, pecados o ‘peccata polluta’, sino porque no caben más.

13.1.09

Lego, legis

Los textos clásicos, en los que hemos aprendido muchos a leer, proporcionan un placer lector inmediato y un placer añadido en la memoria, porque permanecen y porque su mera permanencia permite la evocación placentera con puntos de apoyo en la memoria, pero a medida que nos vamos acercando al presente y que los textos excluyen, cada vez con mayor énfasis, soportes de memoria, como la rima, el argumento o la sutileza de la argumentación, y se sostienen sólo sobre sí mismos (pues la bondad literaria no se basa en la eliminación de soportes de memoria, como tampoco en su mera y profusa utilización), a menudo sólo proporcionan el placer efímero de la lectura, porque la memoria no puede recuperar nada del texto más tarde, apenas si un eco vago del placer lector primero. De ahí que muchos textos modernos, si se sostienen sobre sí mismos, puedan leerse una y otra vez, porque se olvidan enseguida, pero también de ahí que, a veces, dé igual leerlos que no.

[Para una teoría sobre el placer efímero de la lectura o de los textos nuevos.]

11.1.09

Jaculatoria

Una señora camina por la acera en dirección contraria a la mía. Vengo de comprar el periódico. Es una hora prudente. Vagamente supongo que ella viene de misa. Me atengo a tres indicios: la edad (preconciliar), el itinerario (parece haber salido del Cristo de las Batallas) y el atuendo (católico-dominical-aristocrático). Casi coincidimos en el paso de peatones, pero me lleva unos metros de ventaja y yo avanzo despacio, calibrando la intensidad del frío. Veo, pues, cómo se acerca a la papelera y alarga con elegancia la mano derecha, pero el papel -quizás una octavilla, arrugada y estrujada- cae al suelo. En un primer impulso de contrariedad parece que lo va recoger, pero enseguida desestima la idea o el esfuerzo y sigue andando. «A tomar por el culo», dice. Y ahora me arrepiento de no haber recogido yo mismo el papelito: los turbios maleficios de la curiosidad retroactiva.

10.1.09

Gerontería

Para tus años, estás muy bien, dijo la vieja.

[Centro de salud. Gélida mañana de este invierno de nieves y fríos polares. Las esperas siempre son largas y coloquiales. Pacientes. Se oye todo, de todo y de todos. He aquí una muestra. Literal. Callejón del Gato.]

6.1.09

ADNauseam

Desde que tomé la determinación de apagar la tele apenas apareciera el dichoso ADN no he conseguido ver entero ni un solo capítulo de ninguna serie, ni americana nor spanish.

3.1.09

Propósitos

Bloquear the blogs-bluf,
ignorar la anonimia,
la anodinia,
la ignominia,
la abominia,
y, abatido en un puf,
exclamar uf, uff, huf.
(Sin erinia.)

24.12.08

Últimas lamentaciones de JRJ

I

escribí versos verdes y escribí versos malvas
en los lánguidos años de mi primera edad
el alma tiene a veces el color de la tinta
y las ninfas se bañan en agua de violetas
y en rimas y arias tristes y jardines lejanos (1)
cautivó mis sentidos la soledad sonora
y se entregó mi alma a la amarga dulzura
a los vagos perfumes de la melancolía
en que se distorsiona la luz del laberinto
hasta que la fatiga de tantas sensaciones
apagó para siempre todo verdor polícromo
y perdieron los símbolos olor sabor color
fueron años de rosas años turbios de amores
y de palabras lánguidas que la tristeza pudo
conmigo desde niño me atosigó de joven
y no me otorgó tregua en mi primera y trémula
juventud de moguer de madrid o de francia


II

escribí versos puros y poemas desnudos
abandoné las voces que procedían del eco
aunque cantaban siempre tristezas verdaderas
y llantos dolorosos y éxtasis sublimes
sin sucumbir un punto a la miel del crepúsculo
y puse mis sentidos en lo que contemplaba
y dejé que las musas partieran al exilio
y cerré los oídos a cantos de sirenas (2)
inteligencia dame el nombre de las cosas
dije que mi palabra sea la cosa misma
creada por mi alma nuevamente creada
fue mi segundo empeño belleza piedra y cielo
y el mar y nueva york y estío y eternidades
no le toquéis ya más dije que así es la rosa (3)
pero yo he estado siempre cultivando la luz
con la pasión ardiente del dueño del jardín
elevé la poesía a su lugar de origen
y a ello he dedicado la vida el ser y el tiempo
sin más compensación que la belleza entera
y la malevolencia de mis contemporáneos


III

escribí espacio y tiempo como animal de fondo
como dios deseante y español de tres mundos
en verso y prosa y verbo construí plenitudes
esparcí en aforismos toda mi ideología
y he procurado siempre la perfección suprema (4)
de pensamiento y forma de verso y de poema
de prosa y de sintaxis de palabra y de rosa
me ha molestado siempre el humo el ruido el eco
y por eso me acusan de intransigente y áspero
pero más me he enfrentado con genio verdadero
al humo que emanaba de tanto verso gris
al ruido que ensordece la lírica sin son
y al eco con que hollaban corrompían degradaban
la secreta fragancia los que pretenden ser
la flor contemporánea de nuestro jardín seco


IV

escribí espacio y tiempo despacio y a destiempo
y lo escribí despacio porque no hice otra cosa
en esta vida lenta que ahora se me acaba (5)
que escribir y escribir porque mi forma
encontró en la poesía en la belleza en dios
su sentido completo su sentido sentido
porque yo soy señor un animal de fondo
y los escribí a destiempo porque yo no he vivido
el tiempo de mi tiempo ni han vivido en mi tiempo
los que han ido conmigo a los largo del siglo
ni mi tiempo es su tiempo ni su tiempo es mi tiempo
mi tiempo es su destiempo mi espacio su desprecio (6)
ha sido suficiente y he sido verdadero
como la más profunda sustancia de los dioses [*]


(1) Después se escuchó el acento
de un oculto ruiseñor.
Quebró una racha de viento
la curva del surtidor.
Y una dulce melodía
vagó por todo el jardín:
entre los mirtos tañía
un músico su violín.
Era un acorde lamento
de juventud y de amor
para la luna y el viento.

(2) En el blanco infinito,
nieve, nardo y salina,
perdió su fantasía.
El color blanco, anda,
sobre una muda alfombra
de plumas de paloma.
Sin ojos ni ademán
inmóvil sufre un sueño.
Pero tiembla por dentro.
En el blanco infinito,
¡que pura y larga herida
dejó su fantasía!

(3) –No la nombres ya más porque es la rosa
Flor que el esteta canta para el rico
–Disiento. Se pondrá sobre tu losa:
Yace aquí un ‘duro’ con caletre chico.

(4) «Mucho y perfecto», dijo
Ni tanto ni tan calvo.
Con mi fervor me salvo.
Soy de mis obras hijo.

(5) El crepúsculo nórdico, lento, exige
A su contemplador una atención asidua
Y la noche ancestral se sucedía
No contemplada por J.R.J.

(6) Amó, se apasionó, maldijo. Pura
Belleza contemplaba, solo, dios.
Único, le asombraba ser ya dos.
Fin: su gloria a este monte da hermosura.


[*] Machado y Lorca
loan sin duda.

Misería porca,
lírica ruda,
roen en corca

Guillén, Cernuda
(sólo se ahorca
quien se suizuda)..

[Apuntes sin provecho para un algo que no fue en el día del niño dios.]

16.12.08

Quirófano

Le debo la vida a mi amigo Luque, que me llevó a urgencias. Cuando acercaron la camilla, quiso probarla primero. A ver si es cómoda, dijo. Luego sonó una voz por los altavoces y un celador lo condujo pasillo adelante mientras yo me retorcía de dolor y de risa contra la pared esperando que se deshiciera el equívoco y volvieran por mí. Pero no se deshizo. Y la cirugía no es perfecta.

13.12.08

kleist

CONSIDERACIONES SOBRE EL CURSO DEL MUNDO

Gente hay que se representa las épocas del progreso educativo de una nación en un orden harto peregrino. Se figuran que un pueblo yace primero abatido en barbarie y salvajismo; que después de algún tiempo, se siente la necesidad de un mejoramiento de las costumbres, y para ello tiene que ser formulada la ciencia de la virtud; que para que los profesores de la misma hallen acceso a ella, se piensa en hacerla encarnar en bellos ejemplos, y por ello se inventa la estética; que a partir de entonces se elaboran hermosas representaciones de acuerdo con los preceptos de la misma, y con ello originase el arte; y que por último el pueblo, por medio del arte, es elevado al más alto nivel de cultura humana. Entérese esa gente de que todo -al menos entre los griegos y los romanos- sucedió en orden inverso. Estos pueblos se estrenaron con la época heroica, que sin lugar a dudas es la más alta que puede alcanzarse; cuando ya no tenían héroes en ninguna virtud cívica ni humana, los inventaron como figuras artísticas; cuando ya no eran capaces de crear arte, inventaron las reglas para ello; cuando ya se hacían un lío con las reglas, abstrajeron la sabiduría universal misma; y cuando hubieron cumplido lo anterior, se corrompieron por completo.

Heinrich von Kleist, Sobre el teatro de marionetas y otros ensayos de arte y filosofía, Hiperión, 2005, pp. 49-50 (un apunte que me hubiera gustado escribir)

8.12.08

En fin

Estas festividades
híbridas y febriles de diciembre
sólo traen lluvia, frío,
turbulencias de oriente,
hastío, recogimiento,
novelones del siglo XIX.

6.12.08

6D

«Un grupo de oficiales ocupa con su tropa la plaza del Senado, gritan ¡viva Constantino! y ¡viva la Constitución!, esperan un apoyo social que no llegará. Entre las masas populares y campesinas no se comprendió bien entonces aquel gesto de quienes parecían sacrificarse por una causa que se volvía contra la misma nobleza; se dice, incluso, que algunos soldados creían que el grito de ¡viva la Constitución! significaba un viva a la esposa del gran duque Constantino. El motín fracasa» (Moisés Mori, ‘Estampas rusas’, KRK, pág 31).

4.12.08

Léxico

Un comahetílico.

(Ayer, en escrito escolar: el inagotable genio de la lengua.)

2.12.08

Filogénesis

Apenas mordió Eva la manzana, el paraíso se hizo periferia.

22.11.08

Pirata

Desde que perdí el ojo, leo la mitad.

19.11.08

Ap, 13, 18

Acabo de padecer un ataque del maligno. He abierto el correo electrónico, la pantalla ha empezado a hacer chiribitas con los píxeles, el sistema me ha avisado de que el programa no responde y ha aparecido desierta la bandeja de entrada, pero con una advertencia apocalíptica en la barra de estado: «666 mensaje(s), 666 no leídos». ¡Hic sapientia est!

12.11.08

'Desde fuera' (de cerca)

I. El Aula de Literatura José Antonio Gabriel y Galán ha tenido a bien convocar esta sesión extraordinaria y ofrecer dos acontecimientos distintos en un solo acto verdadero: la presentación del programa del Aula para el curso 2008-2009, por una parte, y, por otra, la presentación de un libro de poemas. No puedo dejar de hacer un leve comentario sobre tan singular decisión. Reunir en esta mesa a los concurrentes que hoy la ocupan, que la ocupamos, dispuestos a intervenir, tiene algo que no sé si calificar de broma, de paradoja o de adecuación de la escenografía al acontecimiento, como esos poemas de vanguardia que acomodan la tipografía al contenido del texto y combinan la percepción visual con la semántica. Estamos aquí, pues, por una parte, quienes coordinamos el aula durante ocho años, al cabo de los cuales, fatigados y en franco desánimo, presentamos nuestra renuncia a la tarea. Están, por otra parte, quienes, animosos y entusiastas, decidieron hacerse cargo de tan grave labor. Estamos, pues, los que fuimos y los que son. Y como de lo que se trata, además, es de presentar un libro de poesía, un libro concreto de poesía, no estará de más subrayar que estamos aquí arriba los que vemos ahora las tareas del Aula ‘desde fuera’ y están los que las sobrellevan ‘desde dentro’. Así pues, releyendo estos días el libro que se presenta y considerando que más que lectores somos usuarios de la poesía, no he podido dejar de sorprenderme al llegar al último poema y encontrarme con estos cuatro versos: «No somos, en verdad, / sino cuatro personas que conversan con calma / y al hacerlo se sienten confortados por ello. / Amigos que celebran el don de su lenguaje», lo que viene a corroborar que los poetas, en cuanto vates, vaticinan o, al menos, escriben palabras de varia invención y aplicación.

II. Presentar un libro de Álvaro Valverde en Plasencia pudiera parecer casi una redundancia, pues a nadie se le escapa que al nombre de Álvaro Valverde se asocia de manera indisoluble el nombre de Plasencia, que hay una notoria reciprocidad entre el nombre del poeta y el de la ciudad, porque se alimentan mutuamente, porque el poeta se nutre en parte de su ciudad y porque lo que escribe revierte luego sobre la ciudad. Estoy seguro de que muchos de los presentes han leído sus novelas, ‘Las murallas del mundo’, que es la historia de un regreso y de un intento de recuperación de la ciudad que fue, y ‘Alguien que no existe’, que es la historia de una disolución y de una fusión con el espíritu perdurable de la ciudad, y que en ambas han sabido recorrer y reconocer los escenarios e incluso los personajes. Estoy seguro, asimismo, de que muchos de los presentes han sabido reconocer los escenarios (las calles, las plazas, los muros, los patios, el río) que le han servido en sus diversos libros de poemas, desde el primero (que no voy a nombrar) hasta este ‘Desde fuera’ del que hablamos, para que el hombre que vive, que pasa, que pasea, que mira, que contempla, que recuerda, que se desdobla, se deje llevar por sus meditaciones y siga los derroteros del pensamiento o del sentimiento que el escenario suscita, propone o evoca. Sin embargo, presentar un libro de Álvaro Valverde en Plasencia no es una redundancia, sino un pleonasmo, teniendo en cuanto que, frente a la redundancia, el pleonasmo, en cuanto figura retórica, añade expresividad, acentúa, enfatiza, duplica el sentido de las palabras. Es, en definitiva, añadir al libro una lectura. Vayamos, pues, al libro y a su lectura.

III. ‘Desde fuera’ es un libro de estructura transparente y simétrica, por lo que no quiero entretenerme en una descripción de partes. Además, me considero mejor lector de poemas que de libros de poesía, de modo que tampoco me atrevo a averiguar si el hecho de que un poema ocupe una u otra posición le otorga alguna plusvalía poética que no contenga ya en sí mismo. Basta, pues, ver el índice para advertir la antítesis de las secciones primera y última («Desde dentro» y «Desde fuera» se titulan) y basta ver también el índice para advertir la correspondencia entre los «Lugares del otoño» y «Sur», porque la geografía no se limita al escenario placentino, sino que se extiende hacia Brujas, Bruselas, Rótterdam, Deventer, por citar nombres de fuera, o Tarifa, Conil, Córdoba, Tánger, por mirar al sur y hacia dentro. Ahora bien, de la misma forma que, según escribió Galdós, «por doquiera que el hombre vaya lleva consigo su novela», de la misma forma, digo, por doquiera que Valverde vaya lleva consigo su mirada y lleva consigo su meditación, porque, como cabe deducir de un título tan paradójico como ‘Las murallas del mundo’, el mundo es este microcosmos en el que nos movemos y todas las expansiones son adyacentes de este microcosmos. Algo semejante podría decirse con palabras de Gonçalo M. Tavares, uno de los escritores que acudirán este curso al aula: «Por mucho que se ande, lo que se anduvo permanece en el cuerpo: se llama cansancio, fatiga, memoria», salvo que, según creo, también permanece lo que no se anduvo. En cualquier caso, la poesía de Álvaro Valverde no es cosmopolita, ni metropolitana, sino microcósmica y recogida, la expresión de un yo frente a los paisajes y los hechos, al margen incluso de que unos y otros sean cercanos o remotos y de menor o mayor andanza.

IV. Por otra parte, teniendo en cuenta que nos encontramos ante una ya larga trayectoria literaria, yo siempre he creído advertir en sus libros una especie, si se permite la expresión contable, de «suma y sigue», esto es, como una recapitulación de la expresión poética ya conseguida, un asentarse en los dominios conocidos, y un avance o una exploración de nuevos territorios, como el poema de largo aliento en ‘Una oculta razón’, «El canto suspendido» de ‘A debida distancia’ o las «Palabras privadas» de ‘Mecánica terrestre’. Es decir, que cada nuevo libro ha ido confirmando lo anterior y avanzando en la reflexión, en la meditación, en las consecuencias de la contemplación, en la ontología de la naturaleza, en la noción de lugar, y en los procedimientos, por ejemplo, en el desdoblamiento del sujeto, un doble desdoblamiento, cuando el que habla es un personaje interpuesto, sea un poeta, el fundador de una ciudad norteafricana o un prestigioso oftalmólogo, o cuando el desdoblamiento es dialogo interior, el yo con el yo tratándose de tú, el yo que contempla, medita y habla consigo mismo en segunda persona. Como confirmación de lo anterior, me voy a fijar en sólo un texto. «Tiene la muerte una medida exacta», dice el primer verso de un poema de 1991. Se titula «Cementerio alemán, Yuste» y pertenece a ‘Una oculta razón’. Los lectores de Álvaro Valverde saben que este poema inauguró un motivo poético, el cementerio alemán de Yuste, un paraje recogido, solitario y sobrecogedor, que varios y diversos poetas han ido haciendo suyo y desarrollando y recreando, hasta el punto de que alguien ha sugerido la posibilidad de una antología monográfica. Pues bien, ahora, al cabo de dieciocho años, el poeta regresa al cementerio alemán, pero a «la edad ignora cuándo / podría haber llegado el dulce fruto / final de la derrota» de entonces le sucede un «muchachos / que a destiempo cruzaron la frontera / que separa la vida de la muerte», y al «dulce fruto» se opone un contundente «respeto y humildad para los muertos, / más no, nunca jamás, para la muerte». No hay, como bien se aprecia, reiteración, sino perspectiva. A la cultura le ha seguido la experiencia y a la estética el dolor. De ahí el tono sombrío, la acentuada pesadumbre, la voz de la elegía.

V. Álvaro Valverde siempre ha sentido predilección poética, entre dichosa y melancólica, por la naturaleza, no en sentido bucólico ni geórgico, sino estoico, porque la naturaleza es el lugar del hombre y, en cuanto tal, es también lugar para el pensamiento y la meditación. Si nos entretuviéramos en subrayar los campos semánticos de la vegetación en su poesía, veríamos enseguida la fertilidad léxica de su recorrido. Pues bien, en ‘Desde fuera’ encontramos un «Imaginario» que, sin ser nuevo, es significativo. «Amo la sequedad», dice el primer verso de la serie. Son veinte poemas breves, algunos muy breves, de versos cortos, que también suman, profundizan en una variante de su poética. Yo también amo la sequedad y ante ciertos parajes áridos y ásperos me siento en el lugar que me pertenece, y al que pertenezco, y a menudo, cuando veo a lo lejos, desde el coche, un árbol solitario lamento no llevar a mano una cámara digital para apropiarme de la imagen. Por fortuna, versos como «sobre el yermo collado […] / un árbol solo» (del segundo poema de la serie) valen más que mis pobres imágenes, sean digitales o analógicas. Porque es ese «árbol solo» en la árida vastedad del paisaje el que se convierte en concepto, en noción poética para todos los árboles solos y para todos los contempladores del árbol solo en la paisaje. Y sin embargo, el último poema de «Imaginario» dice: «Mis temas, yo lo veis, / son los residuos, cuanto queda / del paso fugitivo de la vida», lo que nos conduce a una sola certidumbre: que tanto vale la «exuberante buganvilla» o «el verde de los pinos, / y el del mirto» como el «laberinto / de olivares sedientos, / de encinares de polvo» para que surja la misma serena meditación: que «no somos sino aquello que miramos» y que «por enésima vez tomo la senda / que sale de mí mismo y en mí mismo / se cierra».

VI. Pero, al igual que el poema de lago aliento o el canto suspendido o las palabras privadas a que me he referido antes, la sección de ‘Desde fuera’ que prefiero, la que más suma, es «Entonces la muerte», una elegía, cuatro poemas sinceros y emotivos que engrandecen el libro y que explican, por ejemplo, la doble perspectiva de los dos distantes poemas dedicados al cementerio alemán. Porque la muerte ha dejado de ser una noción poética para ser una realidad sentida. Me ha dado estos días por hacer comprobaciones, he venido a caer sobre la presencia de la muerte en el primer libro de Álvaro Valverde (cuyo título he dicho antes que no iba a mencionar, porque el autor lo ha eliminado de las bibliografías de solapa) y he encontrado seis poemas en cuyo último verso aparece la palabra «muerte»: «busca la justificación de tanta muerte», «nos muestra la tan dulce belleza de la muerte», «la perceptible huella de la muerte», «a puertos sin otro mercado que la muerte», «una batalla a muerte con la vida», «desde esta ventana de Lloyds se ve la muerte». He sacado la impresión de que aquella ya lejana reincidencia de la muerte era fundamentalmente verbal, más sublimación estética que verdadera realidad (compárese, por ejemplo, la «tan dulce belleza de la muerte» con «el dulce fruto / final de la derrota» del primer cementerio alemán). En «Entonces la muerte», la óptica del poeta ha cambiado. «En realidad, no sé / si vamos al encuentro de la muerte / o si venimos ya de su certeza», leemos, o «por eso dudo si vamos a morir / o de una vez por todas dejaremos / de estar ya en vida muertos». Es un motivo clásico, lo han utilizado, por ejemplo, Manrique, Quevedo o Bécquer (por limitarnos a poetas de los programas académicos y a su contexto histórico: la homilía medieval, el desengaño barroco o la insatisfacción romántica), pero aquí adquiere novedades. La muerte ahora es otra muerte. Ya no es lectura o tradición, sino experiencia, ya no es noción, sino sentimiento, ya no es aprendizaje sino conocimiento. Y precisamente por eso es ahora cuando «un árbol te ha devuelto la esperanza», porque cobra sentido «la visión humilde de un membrillo», y es ahora cuando se recupera toda la dimensión de «los seres y las fuerzas de este mundo / solar donde vivías; / donde, para mi bien, conmigo vives». Nunca he dudado de la madurez poética de Álvaro Valverde, pero tras la lectura de este libro bien puede decirse que el poeta está instalado en su madura madurez.

[Texto de presentación de 'Desde fuera', de Álvaro Valverde (Tusquets, 2008), leído en Plasencia, en Santa Ana y en la compañía áulica de Juan Ramón Santos y Nicanor Gil, el 11/11/08]

9.11.08

Bibliofilia

El 07/09/2008 me entregué en Madrid a la rutina: el Rastro, la ronda de Valencia, la ronda de Atocha por la acera de los impares, la librería del Reina Sofía (donde compré ‘Guerra en España’, de JRJ), La Libre (una librería diminuta y progresista que juega doblemente con la palabra, ‘La Libre/ría’). Pero lo que permanecerá con más fuerza en la memoria será el ejemplar de ‘Conversaciones con Kafka’, de Gustav Janouch, de la editorial Fontanella, que languidecía sobre un montón de libros viejos en un puesto de la plaza del Campillo del Mundo Nuevo, do desemboca la calle de Mira el Río Baja. Lo hojeé: 12 . Tuve un primer impulso de compra. Así lograría, al fin, un objetivo perseguido durante años, hace, por desgracia, demasiados años. No sé cuándo tuve conocimiento de la existencia de ese libro, a finales de los ochenta o principios de los noventa, creo, pero sí recuerdo con cuánto afán, con cuánta urgencia y cuán en vano lo busqué. Con el tiempo, perdida la esperanza y aletargado el propósito, el libro apareció, para mi sorpresa, en la editorial Destino, en septiembre de 1997. Lo compré entonces, lo leí, lo subrayé e incluso, considerando lo que tiene de evangelio, lo regalé a algún que otro kafkiano de poca fe. Por eso, el 07/09/08, con la edición de Fontanella en las manos tuve ese primer impulso comprador. Pero me contuve. Ya no sería un libro, sino un trofeo, me dije, una pieza solitaria de vitrina, mera bibliofilia. Decidí, pues, no comprarlo y dar a alguien con más entusiasmo la oportunidad de encontrarlo, de tenerlo, de exhibirlo. Repetí la rutina dominical el 02/11/08 y me asomé por curiosidad al montón de libros viejos en el Campillo del Mundo Nuevo: allí estaba o seguía el pobre Janouch a 12 en la fontanella que mana y corre y no baja al río. Allí lo dejé. Pero he tomado una determinación justiciera: la próxima vez lo compraré, ahora ya por respeto, por cortesía, por los viejos tiempos, como un buen caballero ante el rapto de la princesa. No será una compra, pues, sino un rescate.

2.11.08

Narratórica

El que cuenta no cuenta.

29.10.08

Ejercicios de responsabilidad

Unos a otros se piden o se exigen un ejercicio de responsabilidad o se echan en cara no hacer un ejercicio de responsabilidad o declaran con contundencia que hacen lo que hacen en un claro ejercicio de responsabilidad, lo que me lleva a pensar que no estamos ante «responsables en ejercicio», dicho sea en el sentido en que se dice de alguien que ejerce la medicina o la abogacía que es médico o abogado en ejercicio, de profesión, esto es, que no estamos ante responsables profesionales, responsables de oficio, responsables en todo trance y situación, sino ante empecinados postadolescentes, una extraña modalidad de aprendices, al parecer perezosos, que, al modo como los estudiantes hacen ejercicios de traducción y demás actividades académicas, tienen que hacer (pero no hacen) ejercicios de responsabilidad, ejercicios que, como esos eternos opositores que se atrancan en el teórico, en el práctico o en cualquier otro paso del proceso selectivo, no aprueban, nunca aprueban, por más que no haya tribunal que firme el libro escolar ni notario que certifique tamaña negligencia.

19.10.08

Ningunos

Siempre que veo escrito el indefinido «ningunos», en plural, en frases como «estos no ven, digámoslo así, sino la superficie de la tierra por donde pasan; su fausto, los ningunos antecedentes por donde indagar las cosas dignas de conocerse» (Cadalso, ‘Cartas marruecas’, I) o «los tiempos no han creado, ciertamente, o incluso se han guardado bien de hacerlo, ningunas armas nuevas contra el arcaico león, que todavía sigue bien vivo y vigoroso, rugiendo, maguer ser pudorosamente amordazado, desde el oscuro fondo de la cueva de las entrañas de los hijos del presente» (Ferlosio, ‘God & Gun’, § 21), me viene a la cabeza el misterio inagotable de la santísima trinidad, como si, por vía equivalente o paralela al argumento ontológico de san Anselmo («dice el necio en su corazón», etcétera), la pluralidad de la nada, o sea, «ningunos», «ningunos antecedentes», «ningunas armas», fuera no ya sólo el adecuado complemento a la imagen de la perfección de la que se deduce la existencia divina, sino la más clara e inconcusa prueba gramatical de su eterna y misteriosa y tridentina, maguer constantinopolitana, multiplicación.

13.10.08

Preceptiva

Los símbolos son eficaces siempre que no exijan ni impongan una interpretación. Más aún: todo símbolo debe permanecer como tal, asentado e inaccesible en su dimensión simbólica. Desmerece si se rebaja a término real, se devalúa, desvanécese y caduca. Y, en sentido contrario, se ha de considerar bueno e incluso conveniente que la ficción pretenda ir más allá de los hechos y la trama. Malo sería, sin embargo, que surgiera y se manifestara sólo en función de ese previo más allá, frontera del infortunio.

11.10.08

Cinema

Toda recuperación es nostalgia o madurez. En mi caso es «a»: aquellos años de amapolas. Veo, pues, sucesivamente, en los últimos tiempos, ‘À bout de souffle’, ‘Le petit soldat’ («La photo, c'est la vérité, et le cinéma, 24 fois la vérité», rapelle-toi, Argentina), ‘Vivre sa vie’, ‘Bande à part’ (ese récord del Louvre que yo envidio), ‘Pierrot le fou’, ‘Week-end’, ‘Masculin, féminin’, ‘Deux ou trois choses que je sais d’elle’, ‘La chinoise’ […], ‘Nôtre musique’ et, en fin, ‘Histoire(s) du cinema’, en deuvedé (cine de autor, cine de espectador), con la sola y vana, inútil intención, y sin arrogancia alejandrina, de desatar el nudo godardiano.

9.10.08

Salida

Me he quedado un rato preguntándome qué no sé qué especial me ha atrapado en el (digamos) breve y áspero intercambio de palabras que ha llegado a mi oído cuando bajamos en pelotón, a última hora, hartos de clase y de sabiduría, las estrictas escaleras del íes. «¿Qué pasa?». «¡Que tengo prisa, payasa!». No ha sido, por supuesto, la rima, me he dicho enseguida, que es pobre e infantil y ha carecido, además, de voluntad de gracia. Tampoco ha sido la situación, que, sin ser amistosa, no ha llegado a agresiva: tan sólo un empujón fortuito, una protesta retórica y una réplica airada; después cada chica ha seguido su camino y su prisa: la salida es siempre rauda y tumultuosa, es una huida, un sálvese quien pueda. He pensado incluso, por un momento ciego, si no sería un haikú, pero pronto he advertido que no hay 17 sílabas, sino 11, y que no se combinan en 5-7-5 sino en 3-5-3:

-¿Qué pasa?
-¡Que tengo prisa,
payasa!
Hasta que he caído finalmente en la cuenta de la simple solución, de lo que ha quedado resonando en mi oído, del ritmo recurrente: el endecasílabo. No es un endecasílabo precipitante, desde luego, pero no siempre se corresponden acentos y empujones.

Post.- Alguien me sugiere (y no había caído en ello) que desestime el endecasílabo y piense en octosílabos, a la manera de la comedia nueva, tal que así:
Elicia.-                           ¿Qué pasa?
Areúsa.- ¡Que tengo prisa, payasa!
Sea, pues.

5.10.08

Monfragüe

El otoño es una estación de humedad ambigua y amenidad vegetal, lo que, sin excluir variantes viajeras de sol urbano y tibio, de recovecos medievales o austeridades románicas, no deja de ser una intensa insinuación de la naturaleza, el brote o el renuevo de un impulso agreste. De ahí la conveniencia e incluso la necesidad de recorrer ciertos parajes naturales y de recrearse en su contemplación, escenarios primordiales como, por ejemplo, en Extremadura, Monfragüe, primorosa concordancia de vegetación plural y abrupta geología.

Situado en la provincia de Cáceres, equidistante de Plasencia, Trujillo y Navalmoral de la Mata, Parque Natural desde 1979, Reserva de la Biosfera desde 2003 y Parque Nacional desde 2007, Monfragüe, que fue en latín “Mons fragorum”, por su densidad vegetal, en árabe “Al-Monfrag”, por su aspereza vertical, y “Monte fragoso” en castellano por mera y llana traducción, se ofrece hoy al viajero como un extenso privilegio, tanto por la quebrada orografía a la que debe el nombre (sierras de cuarcita y pizarra, extensa red hidrográfica) como por la peculiaridad de la fauna que lo puebla, aves rapaces sobre todo.

Hace años, cuando la libertad silvestre carecía de límites, el caminante se movía a capricho por estas espesuras, tomaba posesión de cualquier claro en la maleza y plantaba la tienda de campaña sin mayores precauciones ni más temores que la presencia imprevista de jabalíes, las bucólicas travesuras de los ciervos y las vastas y frondosas y rumorosas soledades de la vegetación. De ahí su atractivo botánico o su querencia cinegética. Ahora, regulada con criterio ecologista su exuberante vastedad, el punto de partida se encuentra en Villarreal de San Carlos, un mínimo poblado de chozos típicos y pocas casas con un centro de visitantes, un centro de interpretación del agua, un centro de interpretación de la naturaleza y suficiente información práctica, mural, audiovisual y sensorial (sonidos, aromas) sobre la diversidad y biodiversidad del parque.

Cumplidos (o desestimados) los trámites informativos, frente al viajero (sobre todo el viajero de espíritu caminante, pero, en caso contrario, toda flaqueza puede sortearse y casi siempre caben los desplazamientos pasivos y la contemplación perezosa) se abren, desde Villarreal de San Carlos, tres rutas o itinerarios, la ruta del Castillo, la ruta del Cerro Gimio y la ruta de La Tajadilla (roja, verde y amarilla, según las indicaciones), de modo que, con la benevolencia del otoño y no demasiado esfuerzo, en un fin de semana pueden recorrerse todos los caminos: llegar hasta el mirador de La Tajadilla, sobre el Tiétar, y contemplar nidos de rapaces; seguir el curso del arroyo Malvecino, sortear pasarelas, puentes de madera o de piedra, y llegar hasta el Cerro Gimio para entregarse a la quietud del paisaje y a la dulcedumbre de la puesta del sol; o, en fin, subir hasta el Castillo.

Si la expedición tiende a la pereza y decide elegir, no cabe mejor recomendación, por su amplitud, que la ruta del Castillo, con hitos como el Puente del Cardenal (ahora transitable, pero a veces cubierto por el cauce del río), la Fuente del Francés, la Casa de los Peones Camineros o el Salto del Gitano (un capricho rocoso atravesado por la carretera y el Tajo), no necesariamente en ese orden, porque los tramos a veces se bifurcan y ofrecen más de una opción. Se trata de un saludable paseo, de, según la agilidad y la fatiga, tres o cuatro horas, que puede no obstante obviarse por procedimientos de motor, subiendo por una carretera estrecha y maliciosa hasta la base misma del Castillo, donde sí se requiere un esfuerzo inexorable: los 139 peldaños de una irregular escalinata.

Es más frecuente, sin embargo, ver a jóvenes con pequeñas mochilas y provisiones justas trepando por los caminos del “terreno sumamente escabroso” que describió Pascual Madoz, a familias que primero suben a la cima y después reponen fuerzas en los merenderos, aficionados al esquematismo prehistórico de las pinturas rupestres, aprendices de naturalista siguiendo con prismáticos, cámaras digitales, vídeos y demás equipaje de observatorio la peripecia aérea o la majestuosa silueta del buitre negro o del buitre leonado, del águila imperial, de la cigüeña negra…

En cualquier caso, una vez en la cumbre, en el vértice de la montaña, mirando a uno y otro lado, contemplando la placidez honda, verde y brillante del Tajo, extendiendo la mirada hasta el límite de las tentaciones y el vario verdor de encinas, jaras, alcornoques, brezos, madroños, alisos y fresnos, bien puede experimentarse la sensación, sublime y sobrehumana, de estar en el centro del mundo. Y al lado del Castillo, junto a la ermita de la Virgen de Monfragüe, comprender qué devoción o qué fervor alimenta las romerías que aún se celebran o de qué promesas se nutren las parejas de novios que, pese a la delicada y solemne indumentaria de la ocasión, afrontan dichosos los 139 escalones para celebrar la boda en la fragosa transparencia de las alturas.

El viajero, 04-10-2008

27.9.08

Papavarácea

Abibollo, ¡viva!

23.9.08

Inspiración

Sea lo que sea la inspiración, si es que la hubiere, sus procedimientos son diversos y antojadizos, calenturientos y crueles, como puede comprobarse leyendo la entrada del 14 de marzo de 1891 del diario de Jules Renard, que dice: «Aquí quizá va a pasar una desgracia. Hoy una celebridad con quevedos y a cuarenta francos la visita ha pronunciado la palabra ‘difteria’. Después de eso, ya no sé qué más ha dicho. Marinette llora, yo me he quedado con un nudo en la garganta. Estamos borrachos de miedo. / Escuchamos la respiración del bebé, a veces ronca, a veces silbante […] / Lo más terrible es que está alegre. Ríe, y quizá la muerte está al acecho. Yo hago literatura» (no hace falta subrayar la conciencia del sinsentido: niño/padre, muerte/literatura), y combinándola con la que escribió tres días después, el 17 de marzo, que dice: «Escena posible. El niño ha muerto. El padre y la madre lloran. Pero el amante coge a la mujer de la mano, le da una palmada al marido y dice: ‘¡Venga, ánimo! Ya haremos otro’». Cabe pensar, benevolentes, que ha pasado el peligro, se ha alejado la desgracia, se ha desatado el nudo de la garganta y ha cambiado el signo de la borrachera, pero quede constancia de que -narración, adulterio, broma salaz y chiste basto- la difteria de Jean-François no ha dejado de girar en la cabeza literaria de son père.

20.9.08

A contrariis

«Espero que los libreros no estén halagando mis oídos», escribe Plinio en carta a Maturo Arriano. Y añade: «Bueno, que me halaguen, siempre que gracias a esta mentira mis escritos me resulten más atractivos» (Cartas, I, 2, 97-98 d. C.). Dejando de lado la modestia, que se subordina a la esperanza, y sobre todo ese «me» de «me resulten» que convierte la propaganda comercial en autoestima literaria, bien cabe decir que hoy en día basta que ciertos críticos (pocos libreros halagan oídos y vanidades en estos tiempos, aunque haylos, y buenos, y cabe esperar que no perecederos) halaguen un escrito para que algunos lectores, no precisamente incultos ni ignorantes, aunque tampoco exentos de adjetivos -ultos y -antes (moi même, confiteor deo et hominibus), tachen de la lista a autor y obra per saecula saeculorum, amén, y viceversa. Nada nuevo bajo el sol, que, al fin y al cabo, siempre ha tenido el pobre, a pesar de los pesares y la ciencia y todas las astronomías, la escasa y miserable anchura del pie humano.

17.9.08

Crisis, χρυσός

«¡Hay oro, Wayne, polvo de oro en todas partes! ¡Despierta! ¡Las calles de América están pavimentadas de oro!». Son las primeras palabras de ‘Hola América’ (1981), de J. G. Ballard, y las pronuncia, «excitado», McNair. «McNair pensaba en oro», se lee más adelante (no sé si cabría intercalar un «sólo» antes del verbo), «en cómo recoger esa cosecha de oro». Pero los espejismos son efímeros. «Es herrumbre, Wayne, la herrumbre de un siglo…», reconoce al fin McNair, con «torcida sonrisa dorada».

11.9.08

Fosse la gente di Nembròt attenta

Como se acaba ya el tiempo y el ocio y gira la rueda de la administración, pensaba dejar un apunte de broma, «las vacaciones son una treguatrampa», algo así, pero ha sonado el timbre y he cambiado de idea, porque, tras leer en este tiempo de ocio ‘La soledad de las vocales’ y ’Un montón de años tristes’, y en plena lectura de ‘Nembrot’ (voy por el capítulo 45: «A lo más que se puede aspirar es a una forma elemental de decencia», pág 201), debo dejar constancia de que quien llamaba era un mensajero urgente con un ejemplar de ‘Las estaciones de la muerte’, una prueba más de que el azar se cumple en las piedras del río y en las treguas estivales y en la vasta dimensión de lo escondido.

3.9.08

Productio

Sin embargo, Álvaro, «productio», en latín, si no ando equivocado, designaba la sílaba breve que por razones métricas se alargaba, se convertía en larga, lo que concede en origen al producto y a la producción una significación retórica (había también, creo, una acepción guerrera). Que, después, toda extensión, todo alargamiento, todo lo que se lleva más allá, en definitiva, toda «pro-ducción», haya cambiado de campo para asentar sus más altaneros reales en lo que llaman generación de riqueza no es más que un síntoma de la deriva industrial del hombre y las palabras.

30.8.08

Invitación a la resistencia

José Antonio Gabriel y Galán nació en 1940 y murió en 1993. Escribió tres libros de poesía y cinco novelas y dirigió la segunda etapa de la revista ‘El urogallo’. De todo ello, sin embargo, al cabo de los años, apenas si queda una vaga (tal vez cautiva) memoria. ‘El urogallo’ prácticamente desapareció con él, las ciento ochenta páginas completas de su ‘Poesía 1970-1985’ alimentan el olvido, sus novelas no gozan de actualidad editorial (pese a que algunas, como ‘El bobo ilustrado’ o ‘Muchos años después’, bien podrían subirse al carro de las efemérides, ya fueran próximas o remotas) e incluso el ISBN lo mezcla y lo confunde todavía con su abuelo («un apellido que me persigue», escribe: «he vivido con esa resonancia, metido en esa resonancia, en una campana, dominada por mi abuelo»), de modo que la publicación póstuma de ‘Diario 1980-1993 (Invitación a la resistencia)’*, si bien, por una parte, viene a poner en las librerías de nuevo el nombre de su autor, aunque sea levemente, en estos tiempos vertiginosos, viene también, por otra, a darle la razón en los temores y lamentos que él mismo bautizó con amargura como «crónica del resentimiento».

El diario se inicia con el diagnóstico de un linfoma y un venturoso estreno teatral: «Un día, pues, feliz, corregido por una sentencia de muerte», y se prolonga durante treces años en una sincera, lúcida y dolorosa exploración del yo, un «yo» que cabe definir a partir de la entrada del 18/04/87, casi a mitad de camino de la resistencia, donde se lee: «Me miro en el espejo del cuarto de baño del hotel, espejo múltiple de cuatro caras que te enmarcan. Me miro en cada uno de ellos y veo a cuatro individuos distintos: a uno lo reconozco más que a otros, sus perfiles me son más próximos, pero es una rara variedad de la misma especie desconocida que soy yo». El espejo múltiple del hotel no deja de ser una casualidad metafórica, un azar de la semana santa sevillana, pero el «yo» del diario se despliega precisamente en las cuatro direcciones de una encrucijada existencial: la enfermedad, la escritura, el resentimiento y el juego.

No se trata, sin embargo, de un sujeto fragmentado, sino un único sujeto solo que escribe, que no se siente reconocido literariamente, que se sabe fascinado por el riesgo del casino y que, en fin, frente al rigor de la sentencia, «jamás aceptará que merece la muerte». De ahí que el diario sea un intento de comprender mediante análisis, y aun psicoanálisis, los distintos rostros del espejo y el modo como cada uno repercute en los otros según el inexorable azar de la ruleta. Y de ahí que sean frecuentes las combinaciones, las interferencias, las relaciones de subordinación y los emparejamientos, las equivalencias o la invasión transversal del rostro más obsesivo en cada caso, como puede espigarse en numerosas entradas: «Pero ya quedas clavado en esa zona fronteriza en que el ser o no ser no es ya sino una apuesta, un riesgo sobre el riesgo», «La vida -que es riesgo e inseguridad- resulta maravillosa, quizás por eso», «La salvación es un riesgo», «El juego y la literatura son la misma cosa. El casino y mi novela son la misma cosa: un juego», «Hay dos tipos de escritores: los que se juegan la vida en su trabajo y los que no», etcétera.

«En la notas, diarios, etc., sólo están apuntados los momentos dramáticos. De ahí la monotonía patética», escribe Gabriel y Galán, pero no ese su caso: no abundan las «crisis psíquicas». El lector asiste, como debe ser, al avance de la enfermedad y a la descripción de sus secuelas, pero también a la inaplazable tentación del casino, a la escritura de ‘Muchos años después’, a las incertidumbres de escritor, a los reproches de insuficiencia intelectual, y también a los barrios bajos de la literatura, a los afanes periodísticos, a la agonía de Juan García Hortelano o al entierro de Pasionaria y su interpretación simbólica.

Pero, puesto que se trata de un diario in extremis, iniciado al (y por) «ser consciente de que ya no soy inmortal, como había creído hasta ahora», la reflexión sobre el yo se impone con una obstinación y una ansiedad que desembocan en la saturación del propio yo. «Necesito hablar, necesito comunicarme», escribe el 3/03/88, «pero es raro, no con otros, sino conmigo mismo, de manera ordenada, para racionalizar mi situación, alejándome de la obsesión que me domina y que, paradójicamente, me tiene hasta el gorro de mí mismo». Y añade: «Creo que el verdadero enfrentamiento con uno mismo no es pensarse, sino escribirse». De esa necesidad de escribirse y de ese enfrentamiento consigo mismo surge la condición más elocuente de estas páginas: la sobredosis de conciencia.

En las novelas de Gabriel y Galán el conflicto surge cuando, abandonados por la «providencia», los personajes pierden la seguridad: padecen entonces «el complejo de licenciado Vidriera, la sensación de vulnerabilidad física, en definitiva, la indefensión ante la muerte». De ahí, concluye el propio autor, «que todas ellas sean absolutamente autobiográficas». A José Antonio Gabriel y Galán (conviene insistir en el nombre propio: José Antonio) le abandonó la providencia el día que estrenó su versión de ‘La velada de Benicarló’, de Manuel Azaña. Allí empezó su propia novela, su valiente y valiosa ‘resistencia’. «Tengo la impresión de que me moriré sin que nadie me conozca, ni siquiera yo mismo», escribió, a raíz de tanto asedio. Pero ‘Diario 1980-1993’ no es una mera tentativa, sino un testimonio fiel de los rostros del «yo». Y, si se combina y complementa con los escritos estrictamente literarios del autor, se obtendrá la semblanza completa: nítida y compleja, severa y dolorida.

*José Antonio Gabriel y Galán, ‘Diario 1980-1993’, Editora Regional de Extremadura, 2007 [Premio Extremadura a la Creación]

Turia, nº 85-86, Marzo-Mayo 2008

26.8.08

26-08-2008

No es mal día hoy, 26/08/2008, con la vista ya puesta en el cercano horizonte del 01/09/2008, para volver, para poner un límite, para anotar, en fin, que, como se va acabando el tiempo (las vacaciones, la pereza, la desidia, germen de todo mal, según los clásicos), me he puesto a leer ‘Anatomía de la melancolía’, de Robert Burton (selección de Alberto Manguel, AE, 2006), para recrearme en la suerte, y así he venido a dar (pág 154, ¡funesto número!) con unos versos de Horacio (Epístolas, I, 20), «Hoc quoque te manet, ut pueros elementa docentem / occupet extremis in uicis balba senectus», que Ana Sáez Hidalgo traduce así: «Y también te aguarda eso: que en tu blanca senectud te destinen a enseñar el alfabeto a los niños». Horacio se dirige a un libro, «Vortumnun Ianumque, liber, spectare uideris», pero en estos tiempos de agosto y anticiclón y fahrenheit y 451 y, sobre todo, de prosopopeya —«cisne en lo cano y más en lo canoro»—¿quién no se da por aludido y no se siente sentenciado y víctima de lo que Burton llama (impropiamente, diz) melancolía en disposición, «esa melancolía transitoria que va y viene en cada ocasión de tristeza, necesidad, enfermedad, problema, temor, aflicción, enojo, perturbación mental o cualquier tipo de cuidado, descontento o pensamiento que cause angustia, torpeza, pesadez y vejación del espíritu», etcétera, y que hoy reducimos, sin más, a vago síndrome de otoño, septiembre sintomático, oscuras golondrinas?

5.7.08

Viaje a China

Tardé en volver porque no funcionaba la máquina de la cafetería y muchos quioscos no venden tabaco. Dos chicas me entregaron un formulario comercial: si lo enviaba por correo, participaría en el sorteo de un viaje a China para dos personas. Lo cogí por inercia: ya estaba de viaje con otra persona y no quería más viajes para dos personas. También tardé en volver porque quería acabar y no sabía cómo. Pero, cuando entré en la habitación, ella había hecho la maleta y se marchaba. Lamenté haber llegado tan pronto. Te había dejado una nota, dijo. Había comprendido que no la quería, añadió. Está bien, dije, lo entiendo. Y no se me ocurrió mejor respuesta que romper minuciosamente el formulario chino y tirarlo a la papelera. ¿Qué es?, preguntó. Ya no importa, respondí. Empezó a recoger papelitos y a juntarlos, como si resolviera un rompecabezas. ¿Qué era?, preguntó otra vez. Nada, no importa, insistí. Se echó a llorar. Creí que tardabas porque no me querías, dijo. No llores, dije. Era una licencia de matrimonio, gimoteó, ¿verdad? Ya no sirve, dije. Trastornada por la culpa, elevó el llanto a convulsión. Lo he estropeado todo, dijo, lo siento lo siento lo siento. No contesté. Rompí las piezas del rompecabezas en trozos aún más pequeños. No apartó la mirada ni un momento de mis manos y, al rato, desconsolada y en silencio, cogió el equipaje y salió de la habitación. Pensé asomarme a la ventana para verla por última vez, pero no lo hice. Rompí su nota en pedacitos menudos, sin leerla, la tiré a la papelera, junto al formulario chino, y llamé a recepción para pedir el desayuno.

[Sea lo que fuere, microrrelato, cuento chino o torpe intento de realismo sucio, de momento, sea.]

2.7.08

Estío

Los medios de comunicación reducen la actualidad a una infatigable perorata monotemática y redundante y sucesiva: la crisis de Rajoy, la apoteosis de Aragonés, la desaceleración de Zapatero... Pero llega julio y sigue agosto (que también las estaciones se suceden reincidentes y monótonas) y todo se ha de diluir en los fragores del estío. «La Historia es este descanso / donde opera aún el eco».

21.6.08

Un fidalgo tuerce el mostacho

«Un fidalgo tuerce el mostacho» fue el título que se me iba ocurriendo a bote pronto de pelota triste y eurocaprichosa según discurría el partido entre Alemania y Portugal, ese destino fatal, esa teutona vesania, que al jugar con Alemania quien pierda sea Portugal, etcétera, versificaba yo in mente, pero, después de ver el partido entre Croacia y Turquía, otros han de ser los mostachos que se tuerzan, otras las barbas que se remojen, otro el pelo que se te va a caer, aunque se desbarate con ello para siempre la espinela (etiqueta: «Las espinelas que no escribí»).

17.6.08

Retiro

Han pasado los años y los años,
muchos años sin duda, sin duda demasiados,
desde que yo leía triste libros tristes,
libros juanramonianos, qué haya un cadáver más
y sucede que a veces me canso de ser hombre,
bajo un árbol, en sombra, en el parque, en un banco.
Morum tempora entonces, tal vez temporum mores.
Ahí siguen, perdurables, parque, banco, árbol, sombra,
y el eco, el aire, el sol, la luz y la tristeza,
mas yo ya no soy yo, lector perecedero
-más veiván que vaivén, walking around-
en la hondura moral del tiempo que no vuelve.

30.5.08

JRJ

...Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando,
y se quedará mi huerto con su verde árbol
y con su pozo blanco.

Pasarán los crepúsculos dorados,
las campanas se olvidarán del ánjelus,
el cielo de Moguer se irá apagando,
y morirá Platero entre escolares náufragos,
las arias tristes, los jardines lejanos,
y el diario del poeta reciencasado,
y el animal de fondo de mi dios deseante y deseado
no saldrá nunca más del camposanto,
y pasarán los años y los años,
y en el rincón vacío de algún aniversario
mi espíritu errará, nostáljico...

Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido,
y sin cincuentenario...

Y se quedarán los pájaros cantando.

24.5.08

Pubescencia

Andamos viendo ahora en cuarto de ESO algunos textos de los autores del cincuenta y los alumnos buscan en la red con más o menos desidia o entusiasmo y con mayor o menor fortuna, paciencia o picardía. Ayer, viernes, apenas entré en el aula me gritaron: «MC tiene un poema de Ángel González». «Muy guapo», agregaron. En efecto, unos llevan poemas de Claudio Rodríguez («largo se le hace el día a quien no ama / y él lo sabe»), otros de Jaime Gil de Biedma («que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde»), otros de José Agustín Goytisolo («hijo mío / no sirves para nada», «he pensado en suicidarme y dejar a esos cabrones solos / para que arreglen su ridícula bola como les dé la gana», «te sentirás acorralada, / te sentirás perdida o sola, / tal vez querrás no haber nacido»), etcétera, pero la euforia unánime con que se anunciaba a Ángel González no hacía sino presagiar las obsesiones púberes de cierta adolescencia. Así pues, MC empezó a leer: «Escribir un poema se parece a un orgasmo: / mancha la tinta tanto como el semen, / empreña también más en ocasiones». Algunos alumnos rieron en sordina y otros quedaron atrapados en la palabra ‘orgasmo’ y en la palabra ‘semen’. «Tardes hay, sin embargo, / en las que manoseo las palabras, / muerdo sus senos y sus piernas ágiles, / les levanto las faldas con mis dedos, / las miro desde abajo, / les hago lo de siempre / y, pese a todo, ved: / ¡no pasa nada!», siguió leyendo MC por entre el silencio y las miradas escolares más atentos y atónitos que Ángel González haya imaginado nunca. ‘Manosear’, ‘morder senos’ y ‘levantar faldas’: qué polisemia intensa. «Lo expresaba muy bien Cesar Vallejo: / “Lo digo y no me corro”. / Pero él disimulaba», terminó MC. Clímax y apoteosis en el punto final, el ‘no me corro’ de Vallejo reciclado en humor por Ángel González elevó al máximo nivel la conciencia erótica de la audiencia, las risas y la perplejidad. «¡Otra vez! ¡Otra vez!», dijeron.

11.5.08

Liceo

Como la escuela aristotélica estaba en las cercanías del templo de Apolo Licio, de donde por contigüidad le vino el nombre, no cabe dudar de que la palabra «liceo» (que también vale para los centros de enseñanza secundaria o institutos) proviene, por vía etimológica, de un atributo del dios Apolo, ya sea λυκειος, ‘luminoso’, ya sea λυκιος, ‘matador de lobos’. Y, como, al fin y al cabo, todo surgió por el azar de la metonimia, no merece la pena apostar por uno u otro origen. Sin embargo, en vista de que son muchos los que consideran más razonable lo primero, porque Apolo era dios del sol y por la identificación metafórica de la luz con el conocimiento, yo prefiero la segunda opción. Tal vez no haya relación alguna entre la sabiduría y los lobos, lo ignoro, pero, como las palabras «licántropo» (hombre-lobo) y «licantropía» (transformación del hombre en lobo) sí provienen de λυκος, como el más perezoso estudiante de filosofía sabe que «homo homini lupus» y como la paideia, en fin, se debate entre la licantropía neocón (o transformación del niño en lobo, que el pez grande se come al chico y la vida ahí fuera es dura, cruel, salvaje, etcétera) y el humanismo (que es la neutralización o extirpación del prefijo del licántropo), tal vez convenga reivindicar la tarea pedagógica como más apta para λυκιος, matador de lobos, que para λυκειος, maestro ciego de tanta vana luz.

8.5.08

Grafito

Paseando a la deriva por calles estrechas, en las traseras amplias de un edificio antiguo renovado, encuentro un muro recién pintado, una de esas paredes ciegas que apenas se pueden contemplar en su totalidad, porque el trazado del circuito medieval urbano impide todo afán de perspectiva. Tampoco, desde luego, la pintura fresca, la inmediatez suave del color, la pulcritud de tan reciente enjalbegado son atractivo suficiente, más allá de la novedad o la sorpresa, como para procurarse ejercicios turísticos de gran angular. Sin embargo, dos días después, repitiendo el paseo (porque el hombre se habitúa y cede pronto a la costumbre, sigue las huellas de los días, se deja vencer por la insinuación del surco en la perplejidad del laberinto), el muro ofrece otra pintura. Alguien ha escrito con trazos gruesos negros de esprái una palabra: «Puta». Cabe pensar que la blancura de la pared, su candor reciente, se levanta en el casco antiguo como provocación, una incitación a la blasfemia gráfica. Tal vez el hombre no soporta la perfección, que es una antítesis del ser, e, impulsado por naturaleza a mancillar la estela de sus simulacros, cumple con la obligación de proclamar su soberanía violenta frente a las debilidades del entorno. Tal vez, en fin, el artista del grafito lleva en el corazón un desengaño amargo, el escozor de una soledad impuesta, el énfasis de su fragilidad, un nombre propio de mujer. En cualquier caso, sea enunciado o insulto, reclamación o grito, dogma de vida o resumen del fracaso, la palabra «puta» se enseñorea con la nitidez y la contundencia que le proporciona el casco antiguo y el fulgor luminoso del viejo muro, campo de batalla idóneo para expresar la conjunción del animal y el hombre, el lenguaje y el aullido.

2.5.08

Simulacro

I ..........

En las brasas de la tarde
el 2-A reflexionaba:
tanto saber y saber
para nunca saber nada.

II ..........

Luz del ser: ¡sabiduría!
¡Qué selección natural!
Libros, fórmulas, esquemas.
Clase plena: es el 2-A.

III ..........

Recia estirpe de estudiantes,
transidos de negra luna,
los alumnos del 2-A
suben por la noche oscura.

IV ..........

No, aún no eres el dios-A,
eres la esencia tan sólo
del nombre que yo he creado
para ti desde lo hondo.

V ..........

El 2-A interroga
al crepúsculo lánguido
por Minerva que huye
hacia el Olimpo pálido.


Florilegio lúdico, escolar, apócrifo y, en pura etimología, paródico (παρώδïα, de παρα = ‘para’ [similar] y ώδή = ‘ode’ [canto, oda]) de la poesía castellana del primer tercio del siglo xx.

29.4.08

Coeficiente

En una entrevista en RNE-3, una señora, niña que fue superdotada, con un coeficiente intelectual dizque superior a 200, asegura que tiene 26 carreras, lo que prueba, demuestra y evidencia que tal vez sea muy cociente y coeficiente, pero que no es inteligente, toda vez que a nadie con un cierto nivel real de inteligencia, más aún, que sepa en qué consiste en verdad la inteligencia, que no es desde luego una habilidad neuronal cuantitativa, se le ocurre estudiar 26 ni 20 ni 15 ni 10 ni 5 carreras (véase que voy rebajando como vendedor de mercadillo). He escarbado en su bibliografía: tiene un libro sobre el arte de resolver sudokus.

23.4.08

Baciyelmo

«¿La sombra de la catedral?», acaba de preguntar una señora en la librería El Quijote (Plasencia, Cáceres, Extremadura, Spain). «No», responde desde las alturas el ingenioso hidalgo de lanza en astillero y adarga antigua con pronta razón para la sinrazón: «El viento del mar».

22.4.08

διά γλώσσαν

Para Álvaro Valverde, que destapó hace años
la caja de los truenos en el Extremadura

Dos viejas notas a propósito de la autoridad lingüística que la (así llamada) Güiquipeya atribuye al venerable Gabriel y Galán.

1. Los recursos dialectales [de GG], en verdad mínimos, pueden reducirse a unos pocos, entre los que cabe mencionar los siguientes: tendencia a cerrar las vocales finales: genti, benditu; aspiración de h- (incluso inexistente) y de f- iniciales: jondu, jechar, jabrir, juerza; pérdida de consonantes intervocálicas, sobre todo -d- : delicaeza, miaja, pa; reducción de grupos consonánticos: tamién, mereza, ensinia, ginasia, istanti, estrución; sustitución de determinadas consonantes en posición implosiva: comel, velgüenza, jues, crus, gaspacho; velarizaciones: güeno, golvel, golel; inclusión de yod: jolgacián, quiciás, alabancia, urnia; creación y reducción de diptongos: priesa, cuasi, pus, pos (pues); pérdida de d- inicial o -d final: esconfío, esnúo, usté, ciudá; incorporación de d- inicial: dil (ir); plurales vulgares: cafesis, yanquisis; alternancia vocálica: dispués, menistro, nenguno; vocales protéticas y trueques vocálicos: arrempujonis, ajuyó, ataponar, entavía, enjamás, altoncis, enfelices, escureza, enfluencias; perfectos fuertes y otras irregularidades verbales: vinon, dijon, estuvon, quison, haiga, habiera, quedrás, trujiera; abundancia del sufijo -ino; arcaísmos léxicos; etcétera.»

2. «El dialecto ha sido sacrificado a la rusticidad», según Zamora Vicente. También a la métrica, añado. Sólo así se explican las numerosas vacilaciones existentes [en la poesía de GG], las cuantiosas variantes, apreciables, incluso, dentro de un mismo poema, como puede verse en la alternancia de la preposición «de/e» en estos versos de «El embargo»: «Embargal esi sacho de pico, / y esas jocis clavás en el techo, / y esa segureja / y esi cacho e liendro [...] ¡Pero a vel, señol jues: cuidiaito / si alguno de ésos / es osao de tocali a esa cama / ondi ella s'ha muerto…» (y tanto da consultar la edición de 1902, la edición Baldomero de 1905 y sus secuelas seculares, la edición Acevedo de 2005 o la que ni siquiera voy a mencionar).

20.4.08

rebájese a entremés comedia o farsa
este birlibirloque que feliz
concelebra la peña del madriz
-con hispalense o bética comparsa-
a laporta sombría de can barça

[ A la atención -con pressing- de antón, campos pámpano, landero, méndez (mayor, 18), murillo y de toda la excelsa, apasionada, uefa y universal calderonía ía ía ía]

19.4.08

Panorama desde el siete

15.4.08

Matanza, 1955

Durante bastante tiempo entendí que la fotografía era un signo visual ortodoxo, el icono de un referente material, sólido, externo. Más tarde, con el auge de las reproducciones digitales, la he reducido, por saturación, a mero significante sin significado, documentación vacía de escenarios y presencias. Sin embargo, aunque en porcentaje subjetivo y biográfico, algunas fotografías son a un tiempo signo y referente, se significan a sí mismas, no son arte, sino significado, y por eso permanecen. Aquí, por ejemplo, no se retrata la labor artesana de una matanza, ni a una familia, ni una mañana de frío y sol, ni el remoto azar de un fotógrafo ambulante en Higuera de Albalat en diciembre de 1955, ese día, a esa hora, en esa celebración de economía doméstica laboral y solidaria. No se retrata la presencia de los presentes (ni la presencia, explícita, de los ausentes), todos contra el fondo de la pared encalada y deslucida, ni el contraste de la mujer con el límite tosco de la piedra de corral, ni rústicos trajes de pana, ni la congelación unánime de las miradas en el objetivo, el ojo misterioso que contempla la instantánea, pobre irrupción velazqueña en una escena rural y costumbrista. Se retrata la fotografía, singular combinación de signo y referente. No es, pues, la fotografía de una matanza, sino su negativo semántico: la matanza es esa fotografía. Por lo demás, poco cabe decir del niño: je est un autre.

8.4.08

Rguez

Extraña paradoja, vive dios y aun satanás, que, siendo con mengua Jesús Rodríguez González, además de lectores de Pérez y García, de López y García y de Sánchez y García, alguien se empeñe en menospreciar y disolver abeceína con la mención menguada de Rodríguez, Rodríguez y Rodríguez.

3.4.08

Picasso

«Estoy hasta las narices de Picasso», dice hoy el pintor y escultor Antonio López en titulares de prensa, y «Picasso nos ha jodido a todos», decía el pintor Bonifacio (Bonifacio Alonso), igualmente en titulares, hace un año (consúltense las hemerotecas), de modo que en lo sucesivo, freudurías aparte y ante un consenso estético del que estas citas son sólo una mínima antología, conviene abstenerse de pronunciar entre artistas y pinceles el nombre del ilustre pintor de todas las etapas y todos los estilos: por si acasso.

28.3.08

Experiencia del límite


1

El paraíso oculta en su ofrenda vegetal
hondas renuncias: no amar, no ser amado,
invadir con serena fortaleza
la soledad más sola,
la presencia concreta del silencio.


2

Memoria frágil de la incertidumbre,
caligrafía de luz.
Ahora leves fragmentos amarillos,
suplicio de las llamas,
viento herido, ceniza fugitiva.


3

Delirios verticales de la luz,
fulgor fugaz fingiendo la mañana,
el mediodía,
raíz de urgencia que desciende
hacia los precipicios de la noche.


4

Hoy los despojos de la tristeza en torno esparzo.


5

El rumor del crepúsculo es entonces
(hablamos de noviembre)
un naufragio de nubes,
un ejercicio de desolación,
geografía en que arde
el espeso verdor de la avenida.


[Rec. Uno de los 44 cubos de la 'Pirámide' que ideó Antonio Gómez en 1990.]

27.3.08

Sí, señor

«Interesante, si señor», se lee en el comentario a una entrada del blog de Jesús García Calderón, lo que, en términos estrictamente prosódicos, significa que, para que la entrada sea en verdad en verdad interesante, precisa, requiere y necesita, a juicio del comendador, una hidalga condición: el señorío de quien la escribe, su autenticidad nobiliaria. Cuestiones de pragmática (no sé si conceptista o culterana, tanto monta).

23.3.08

Ferroviaria

1. «Los espectadores se quedan estupefactos cuando pasa el tren».

2. «El AVE vale».

21.3.08

Sintagmagorías

Me aficioné a Flann O’Brien con ‘El tercer policía’, seguí con ‘Crónica de Dalkey’ y recaigo ahora en ‘La boca pobre’ (las tres en Nórdica), una novela de humor disparatado, de la estirpe de Sterne, que bien puede resumirse en cuatro palabras: gaélico, cerdos, patatas, lluvia. No he podido, sin embargo, dejar de subrayar frases de sabor senabre como «es beneficioso y útil que pueda llegar a los que vengan detrás nuestro alguna información» (pág 31), «un tipo como yo delante suyo corrompiendo la vía pública» (pág 67) o «delante mío un arroyo de whiskey salía de la piedra y fluía sin que nadie lo bebiera ni comprara» (pág 136), aunque, por más que la autocorrección de word se empeñe en que de cada ‘delante mío’ fluya sin comerlo ni beberlo un terco y ortodoxo ‘delante de mí’, no pueda decir frente a tales construcciones lo que dice el narrador de ‘La boca pobre’ ante el despilfarro de agua de vida (‘uisce beatha’, en gaélico) en la misma página 136: «Tan intenso fue mi asombro que me dio dolor de cabeza», porque le tengo más antigua afición a Diderot, en cuyo ‘El sobrino de Rameau’ (Belacqva, Verticales de bolsillo) leo «hacen de mí, conmigo, delante mío, cuanto les viene en gana, sin que me enfade» (pág 28) y «en cuanto tengo un luis, caso poco frecuente, me planto delante suyo» (pág 103), y, si bien el traductor de O’Brien es Antonio Rivero Taravillo, de quien poco sé (fuega con nieve), el de Diderot es Félix de Azúa, que, como no da puntada sin hilo y opta al sillón B de la real academia de la lengua junto a otro candidato (no sé si delante suyo, detrás suyo o a la par suya), supongo que tendrá alguna razón estética o gramatical de peso para reincidir en tan turbia combinación de parejas de hecho: posesivos con adverbios.

20.3.08

Sic hiemis

Clausurado el invierno y su liviana certidumbre —«Cum dies hibernorum complures transissent frumentumque eo comportari iussisset, subito per exploratores certior factus est ex ea parte vici, quam Gallis concesserat, omnes noctu discessisse montesque qui impenderent a maxima multitudine Sedunorum et Veragrorum teneri» (‘De bello gallico’, III, 2)—, se vuelve, pues, con el equinoccio y plenilunio en sazón, a las andadas y a la andanza: «Tellus flore vario vestitur ♪ et veris presentia sentitur, ♪ philomena dulciter modulans auditur; ♪ sic hiemis sevitia finitur».

29.2.08

Certidumbre de invierno

Para Ángela Bayal

cum dies hibernorum complures transissent
Julio César

áspero temporal de helado invierno
Francisco de Aldana

1
Tal vez semeje un vivo laberinto
de miniadas columnas,
con angostos senderos,
líneas que se entrecruzan
(vértices y horizontes anulados)
dibujando un perfil del paraíso,
el relieve labrado en que limita
la ventura final de todo anhelo.
Como un paisaje nítido de agujas
que reduce la muerte a certidumbre.


2
Melancólicamente se aventura.
Compone lento su amenaza lóbrega.
La venganza dibuja turbiamente.
En lúgubre torpeza esconde un punto
el áspero furor con que despliega
(una ambición oscura de perímetros)
la helada sinrazón. Su urdimbre trenza
las maldiciones que dispersa el viento.
Alienta desconsuelos, pesadumbres.
En la penumbra, con urgencia, trama
la conjura extendida de la sombra.


3
Derrotado dormita el sol, cautivo.
Efímeros, baldíos son los días.
Las entrañas feroces de la noche
(larga y cruel, con su rigor de muerte,
con su lenta agonía de silencios)
son puñales helados, dagas frías,
horadando contornos y oquedades,
punzando los perfiles de la luz.
El horizonte es una herida blanca
que la aurora ilumina sin pudicia.


4
Huele a desesperanza por las calles
mientras la lluvia hiende en el vacío.
Reduce el mundo a ciega soledad,
rumor de agua aburre las esquinas,
un horizonte tenebroso y hondo
perfilando presagios y asechanzas.
La amenaza de todas las tristezas
se cierne indómita en el mudo asombro,
contra el abatimiento de la hora.
Unas páginas tristes son refugio.
Naufraga en la lectura la añoranza,
la sensación del fuego.

5
Los árboles sollozan su tristeza
acongojados, en harapos, mudos,
alzando en vano fechas, dardos, nombres,
corazones heridos.
Huellas perennes de otras estaciones,
lágrimas solitarias su olvidanza.
Nadie advierte el dolor de las promesas
si un tibio embozo empaña los cristales.
La pesadumbre hiela los crepúsculos.


6
Niega el río su amena transparencia,
su curso olvida, a su pereza insana
sucumbe y se abandona detenido.
Un negra figura en los pretiles
contempla las desidias invernales,
ese dejarse estar, esa torpeza
que toda luz y todo brote anula,
la insostenible duda del ocaso.


7
Se sumergen las torres, los palacios,
al acecho de abril, entre la niebla.
Insidia disfrazada de caricia,
rigor adusto envuelto en manto suave,
aspereza sumida en su blancor,
la sedición florece de la bruma.


8
La imagen del invierno es solitaria.
Vanos los artificios de los hombres
(el color tamizado por las llamas
insinuando tenue la penumbra)
que simulan vigilias deleitables.
Su certidumbre anega la esperanza.
Pregonan su rigor sobradamente
calles vacías, gente fugitiva,
la pasión abatida en el silencio,
negra en el cielo la melancolía,
la entraña viva de la tierra helada,
el olvido del fuego, la quietud
de la luna callada y de las aves,
la amargura del viento.


9
Cuando golpea con acrimonia el viento
en la mañana ciega y desolada,
niega tímidamente los colores
y agriamente se vierte horizontal
(apenas el batir de una hoja seca,
la desazón caída de los árboles,
un rumor sin perfiles
y rendijas, resquicios verticales),
contemplan derrotadas su tristeza
muchachas pálidas tras los visillos.


10
El corazón es una larga herida
de invierno y de silencio,
la reducción final de la amargura.
No lo engendró la aurora ni arderá
en la fugaz hoguera de la tarde.
Fingirá estalactita pesarosa,
noción de escarcha y sangre indefinidas,
abstracción carmesí de una condena.
Urdirá plañideras letanías
de llantos y derrotas.
Silenciará el invierno (el corazón),
mas la amargura nunca.


11
Una mentida sensación de luz
viste la tarde casi arrepentida.
Se alcanza apenas la noción del agua,
la oscura transparencia del vacío,
el último livor, la diminuta
fugacidad furtiva del ocaso.
Aborrece la tarde su belleza
oculta tras las máscaras del tedio.


12
El rigor del invierno no es el frío
ni la desolación de las ciudades.
Los árboles desnudos son apenas
insinuación fugaz de la desidia.
La luz temprana de los miradores
esclarece la tibia certidumbre.
No se recortan contra el firmamento
las líneas (torres, cúpulas, montañas)
que débilmente quiebran el paisaje.
El invierno recauda su tributo,
la negación, la ausencia de crepúsculos.


13
Hay noches negras en que gime el viento
y arranca a los suburbios su voz cruda.
Alaridos, resquicios infinitos
surcan, nombran el pánico, el misterio.
Los montes, solos, penan su leyenda,
el abandono largo de la muerte.
Acosadas de espanto, las criaturas
buscan vano refugio tras el sueño,
siendo apenas la fija certidumbre
de un corazón vacío ante el abismo.


14
Hondas, negras, oscuras, las tinieblas
(fingiendo el viento, las estrellas mudas)
llenan la noche de tribulaciones.


15
Vigilando la noche sigilosa,
luce la luna, vagarosa y blanca,
el mentido mohín de su sonrisa.
Sigue el mundo su curso sin retorno,
el proceloso trazo del destino.
Anegadas las almas en tristeza.
Sobre la noche las desolaciones.
Azuzantes los demonios de invierno.
Ladrando sus cadencias ateridas
los perros por las calles. Plateada,
la luna vaga cómplice, culpable.


16
Siembran los hombres con torpeza lenta
su ruda cicatriz sobre la nieve.


17
El invierno es la plena certidumbre.
Vivir limita en un dolor estéril.
Una trama cruel (enriquecida
de absurdas peripecias y con llanto)
colma el eterno hastío de los dioses.
Sufrir es ejercicio de mortales.
Vida y amor no esconden fruta y jugo.
La podredumbre oculta en cada senda
el hombre desentraña doblegado.
Un esquema infinito es el invierno,
advertencia de árboles, de ríos,
de horizontes, de cielos, de crepúsculos,
de tardes tristes, de verdades secas,
de áspero temporal y de rigor.
La escueta hondura de la certidumbre
reduce los paisajes a artificios,
las razones desnudas que proclaman
el ritmo acompasado de la muerte.

[La Centena, 99, ERE, 1986, capricho facsimilar con hepatsílabos y endecasílabos para este día inexistente]

23.2.08

Yuste

Sin palabras (la foto es de hoy, 23F).

20.2.08

Falsante

«Don Latino era un traidor y falsante [sic]», leo en un ejercicio sobre ‘Luces de bohemia’ y lo anoto, en la seguridad de que nadie pensará que traigo aquí estos fenómenos de habla por razón de burla o como denuncia de ignorancias, sino por deleite filológico y como ejemplo de los admirables mecanismos subterráneos con que la lengua posibilita que un hablante concreto intuya lo «falso» por debajo de la «farsa».

17.2.08

Sarkozyana

Sin embargo, nadie supo responder a la pregunta sobre el primer verso de un soneto cuyo segundo terceto dice «mas he de compensarte mi retardo, / difundiéndome ¡oh, Cristo! como un nardo / de perfume sutil ante tu altar» y, como tampoco sonaba el nombre de Amado Nervo (1870-1919), el poeta modernista mexicano que en 1916, dado al misticismo, escribió «Si tú me dices ¡ven!, lo dejo todo», nos quedamos tan panchos, ¡oh noche que juntaste Amado con amada, amada en el Amado transformada!, etcétera.

10.2.08

Duálisis

«El árbol de la ciencia es una novela muy importante de pío baroja porque está llena de duálisis como el árbol de la ciencia y el árbol de la vida sexualidad y pornografía etcétera» [sic].

7.2.08

¡Vocabuliza!

«¡Vocabuliza!», ha exhortado un alumno al compañero que leía apagado, sin entonación, en off y como para dentro.

29.1.08

Triples

Como se oye a menudo que los textos, y aun las acciones o las conductas, tienen una doble (o segunda) lectura, tengo querencia por subrayados del tipo «Sólo en mi tercera lectura de esta incomparable obra maestra [‘Otra vuelta de tuerca’, de Henry James] me convencí de que toda parte del relato en la que el sentido parecía inclinarse hacia una interpretación sobrenatural es, en realidad, efecto natural del trastorno mental de la institutriz o -más simplemente- del miedo», de André Gide, o «Hasta la tercera lectura de ‘América’ de Kafka no caí en la cuenta de que lo que la estatua de la Libertad del puerto de Nueva York realmente enarbola es una antorcha y no una espada como allí se dice; o sea, que di inadvertidamente por buena tal espada como un elemento fiel a la realidad. Pero tal vez con esta misma inadvertencia mía no hice sino reproducir una distracción del propio Kafka, que bien pudo ponerlo así sin darse cuenta en un primer momento, habituado como yo y como todo el mundo a que sea justamente una espada lo que la mayoría de las estatuas públicas gusta enarbolar», de Ferlosio, porque, sin duda, como dice el dicho, no es que no haya dos sin tres, sino que sólo a la tercera va la vencida. Lo prueban los maestros.

23.1.08

SON NETO

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16.1.08

Correspondance

«La Nature est un temple où de vivants piliers / laissent parfois sortir de confuses paroles» (poética más o menos oficial del simbolismo) son los primeros versos del poema ‘Correspondances’, de Baudelaire, del que esta semana se me había ocurrido hablar en clase, antes de llegar a Rubén Darío y el modernismo, con la malsana y perversa presunción retórica de entrelazar las correspondencias horizontales de los perfumes frescos, dulces y verdes, con las correspondencias verticales de los perfumes «corrompus, riches et triomphants» y «les transports de l’esprit et des sens», pero me he quedado atrapado en la terquedad de un muchacho incapaz de entender la frase «la naturaleza es un templo». He volteado columnas, bosques de símbolos, oboes, praderas y demás artesanía estructural, pero todo en vano ante la sinceridad denotativa de quien se niega a entender que «la naturaleza es un templo» pueda tener sentido, referente, representación o realidad. Hasta que alguien ha hallado el más perfecto, sencillo y transparente reverso lingüístico de la correspondencia: «El instituto es una mierda». Conclusión: no «siempre la claridad viene del cielo».

8.1.08

MTRCL

Cuando se implantó el nuevo sistema de matriculación del parque móvil pensé que era un error, aunque sin razones objetivas para ello. Hoy sé que estaba equivocado. Ha sido un acierto, un acierto que ha corregido, además, o reparado una larga injusticia. Yo había comprobado que en el antiguo sistema se ejercían peripecias matemáticas sobre los azares de las placas: había quien buscaba capicúas: 1881, quien buscaba escaleras de diferente categoría: 1234, 2468, 9753, 4321, quien sumaba, quien colocaba signos aritméticos entre los número: 3x4=12, 20:5=4, 2+2-3=1, quien intentaba averiguar si estaba ante un número primo o, en caso contrario, los dos números primos que daban como resultado la matrícula no prima de marras, habilidades matemáticas en suma, a las que la nueva matriculación vino a sumar un ejercicio léxico: las ciencias y las letras juntas al fin en la misma vía, por el mismo camino. Bien es verdad que antes, pese a la injusticia de clasificar a las provincias en mayores o menores, más o menos importantes, y otorgar a las primeras la categoría de una sola letra: B, C, M, S, y postergar a las segundas con doble carga: BA, CC, MA, SA, se agilizaba la memoria geográfica del peatón y del viajero. Pero ahora, en cambio, se ha favorecido el ejercicio verbal y es digno de ver cómo las letras prevalecen sobre los números, tal vez porque son muchos los años en que nos hemos ejercitado en malabarismos numerales, y sólo ahora se nos ha brindado la oportunidad de las palabras, la adormecida destreza paradigmática del hablante. Vemos BRM y pensamos broma bruma baremo, vemos CDC y formamos códice caduco codicia, vemos CRZ y cereza coraza corza herida, DLR y dólar dolor delirio, y así sucesivamente. Nos enojamos con X y W, pero persistimos en la composición, extensiva y unánime, y aun políglota, que es recurso europeo. Sólo así se entiende que el lunes, en la autovía, cuando un coche al que yo había adelantado primero me adelantó a su vez y redujo después la velocidad con mala idea, nos echáramos a reír de manera espontánea, sin más trampas ni complicidades que las del largo juego, la diversión de DRAE y la memoria de Saussure. Adivínese la matrícula.

4.1.08

0001

Navego por la prensa digital en la tarde de este viernes náufrago, sigo varios derroteros, políticos, culturales, deportivos, pero me quedo un rato en la derrota de ‘El país’: «El primer caso de violencia machista del año ha ocurrido en Coín (Málaga)», ‘El mundo’: «Esta es la primera víctima por violencia machista de 2008 en España», y ‘Abc’: «El presunto agresor ha sido arrestado sobre las 04:30 horas en la vivienda de ambos, situada en la urbanización Miralmonte, donde anoche ocurrió la agresión que supuestamente causó la muerte de la mujer, que es la primera víctima por violencia machista de este año en España», porque advierto que la materia narrativa concebida como principio y meta, como sprint, no deja libre campo alguno. Partimos de cero, pues, en todo: borrón y cuenta nueva.

30.12.07

Antónimos

Me viene a la memoria un libro de Michel Tournier titulado ‘El espejo de las ideas’ (El Acantilado, 2000) en el que cada capítulo recoge una pareja de antónimos de hecho, que configuran nuestra percepción de la realidad con tanta eficacia como la que habitualmente atribuimos a los antónimos más o menos absolutos: día y noche, blanco y negro, sí y no, masculino y femenino, etcétera. Hágase, si no, la prueba de las palabras inmediatas, digamos perro, carne, cuchara, mula y sal, por ejemplo, y, a poco raudo que sea, nuestro sparring léxico dirá sin pestañear gato, pescado, tenedor, buey y azúcar. Y me viene a la memoria el libro de Tournier, digo, porque toda la tarde me está martilleando una pareja de hecho episcopal que conjugo y conjugo y vuelvo a conjugar, como los peces en el río, con todos sus morfemas y derivaciones, y repitiendo siempre (o bis), por su énfasis benedicto y su colónica terquedad, el segundo término de tan sacrosanta creación léxica, cual pronobis, estribillo o letanía: orar y conelmazodar, ¡conelmazodar!, orando y conelmazodando, ¡conelmazodando!, etcétera. ¡Qué son, qué sonsonete!

27.12.07

Epigrama

Poeta con pose
no hace poesía,
que cursa y cose
cursilería.

24.12.07

Palinodia

cuando lleguéis a Ítaca perdonadme viajeros
y no tengáis en cuenta lo que dije
olvidad el camino la autovía el atasco
los adelantamientos las retenciones los frenazos
las amenazas luminosas de la gobernación
y los gestos obscenos desde las ventanillas
el pequeño accidente los coches distraídos
al fin no pasó nada sólo el susto y los gritos
el lento enigma del arcén y los triángulos
y el lúgubre fulgor de las luciérnagas

olvidad sobre todo el bar de carretera
lleno de suciedad y de viajeros ávidos
con hambre y sed y prisa y malhumor
y lo que preguntó el muchacho ecuatoriano
sobre noventayocho diesel o eurosúper
y lo que replicó el dios iracundo y todoterrenal
olvidad a la joven de la caja
no recordéis sus ojos melancólicos
tenía un mal día hubiera preferido
cambiar el turno y dirigirse a Ítaca
no la inmóvil fatiga de cariátide
que mira ausente la documentación
de tantos odiseos y argonautas
con tarjeta de crédito y con ojos de hastío
o con los nervios en fermentación
porque el camino a Ítaca es lento es infinito

cuando lleguéis a Ítaca perdonadme viajeros
y no tengáis en cuenta lo que dije
aquellos eran otros tiempos
época de dulcedumbre alejandrina
y he cambiado de opinión ahora
si alguna vez llegáis a Ítaca
os aconsejo que olvidéis el viaje
y que comáis bebáis buen vino descanséis
que recorráis después sus hermosos parajes
que os deleitéis gozosos en tan ardua belleza
y que mientras disfrutáis de tanta dicha
mientras Ítaca sea Ítaca y siga siendo Ítaca
no se os ocurra nunca pensar en el regreso

23.12.07

22-D

Lotería: alegría descorchante

22.12.07

Pascuas

Como no voy a ir de cotillón ni de bailes ni de fiestas, que no estoy para saltos, trotes, cucuruchos ni matasuegras, he comprado un par de libros con propósito de lectura navideña y criterio en equilibrio: ‘La puta de Babilonia’, de Fernando Vallejo (Seix-Barral) -«La católica, la apostólica, la romana, la jesuítica, la dominica, la Impune bimilenaria tiene cuentas pendientes conmigo desde mi infancia y aquí se las voy a cobrar» (reclamo políticamente correcto que la editorial extrae del primer párrafo, mucho más crudo: «La puta, la gran puta, la grandísima puta, la santurrona, la simoniaca, la inquisidora, la torturadora, la falsificadora, la asesina, la fea, la loca, la mala...», etcétera)-, y ‘Spe salvi’, la II encíclica de Benedicto XVI (San Pablo) -«‘Spe salvi facti sumus’, en la esperanza fuimos salvados, dice san Pablo a los Romanos y también a nosotros»-. No hace falta decir que el primero es el autor de ‘La virgen de los sicarios’, o de ‘Logoi. Una gramática del lenguaje literario’, o de ‘La tautología darwinista’, y que el segundo es el Papa, Sumo Pontífice y amplia gama de atributos vaticanos: dos seres enfurecidos, a fin de cuentas. Antes de empezar a leer, a la vista del precio, 19,50 € el primero y 2,40 € el segundo, alcanzo a pensar que la fe es más barata que la blasfemia o que, en viceversa, cuesta más la blasfemia que la santa creencia, aunque no sé si será por otra inversión del capital, es a saber, que los beneficios, por activa o por pasiva, o los impuestos, directos o indirectos, en € o en $, en cruz o en raya, sean inversamente proporcionales. Habrá que seguir.

19.12.07

Curso y recurso

Según Andreas Schleicher, director del informe PISA, «repetir curso consume muchos recursos». Curso y recurso: ¡qué hallazgo verbal!, ¡qué tentaciones polisémicas para re-curso, y para re-petir, y para con-sumir, y hasta para con-curso! ¡No habrá repetidores, sino alumnos de primer curso y de primer recurso, de segundo curso y de segundo recurso! ¡Y así hasta la recursación final, con borriquito y chándal! Lo oigo en la radio del coche, de camino a casa tras evaluaciones varias de bachillerato and ESO, y me quedo prendido en el redoble, lo redicho del dicho, de modo que (horresco referens, y ahora me reprendo) me pierdo el curso del discurso, como los alumnos que se estancan en tercera línea.

9.12.07

¡Fuera escuelas!

Parece que los males escolares se deben, según don Vicente Verdú («La miseria de la escuela», El País, 08-12-2007), a dos secuelas prehistóricas de la modernidad, la terquedad laboral de profesores mayores, provectos y vetustos, por un lado (me incluyo humildemente en las tres categorías), y la obstinación académica de la galaxia Gutenberg, por otro. Como me cuesta creer que se trate de una simplificación colérica o apresurada, o de un improvisado devaneo semiótico, me sumo a la moción. Suprímanse, pues, tales secuelas. Y, si a una jubilación tan provechosa y a un venturoso Fahrenheit 451, añadiéramos el cierre de colegios e institutos («Aquí no queremos escuelas», decía en Palermo una pintada de pizarra que recoge Leonardo Sciascia en ‘Negro sobre negro’), no tendríamos que andar ‘pisándonos’ unos a otros por países o regiones y todos viviríamos infusos y felices.

6.12.07

Beatus ciber

A mí una pobrecilla
mesa, de libros muy bien abastada,
me baste, y una silla,
una red adsleada,
portátil, laserjet, mail, y más nada.

5.12.07

Arietes

Al arrimo de los acontecimientos, se emplea la palabra «ariete» (política, sección nacional, opinión) y me acuerdo de un verso del arcipreste: «¿En dos anos petid corder non se fazer carner?». Arietes hay, ciertamente, en los partidos políticos o en sus alrededores, que, acaso faltos de afecto, nacen a la luz pública como mansos corderos, pero crecen y, cuando crecen, se crecen, se alimentan de su propio crecimiento, y entonces, bidentes, tórnanse carneros, pobres e infelices carnarios de cañón.

3.12.07

Siglas

ANVT

24.11.07

Cine

He visto una película en la tele: subtriturada.

14.11.07

Ó (mikrón)

Si todos los mandamientos (religión, ideología, literatura, periodismo, deporte, etcétera) se resumen en dos, A y Ω, y tales mandamientos se niegan en mutua e interminable paradoja, de modo que todo A es infame para Ω y todo Ω es infame para A, tal vez haya que irse poniendo a pensar en dejar de la lado o ignorar a A y a Ω y limitarse a ser tan solo ό (mikrón) en singular (y no creer, y no votar, y no leer, y no prensar, y no sentir ningún color, y tampoco etceterar), pues todo lo demás es demasía.

10.11.07

Iconografía

Para el Señor de Portorosa
En ‘El juez de la horca’, de John Huston, el juez Roy Bean (que es Paul Newman) siente una veneración adolescente, estética, casi religiosa, por la señorita Lillie Langtry (Ava Gadner), una actriz británica en cuyo idolatrado nombre implanta su propia ley al oeste del río Pecos. La producción industrial de símbolos, ídolos, iconos, de belleza física que es en gran medida el cine nos convierte a todos en secuaces de Roy Bean. Así las cosas, si tuviera que colocar una imagen femenina para impartir justicia en un saloon del ‘far west’ ampliaría una vieja foto en blanco y negro de Faye Dunaway. Pero como los símbolos son inalcanzables y la perfección no existe, tal vez me sentaría en una terraza de los Campos Elíseos para ver pasar a la joven norteamericana que pregona el New York Herald Tribune en ‘A bout de souffle’, de Jean-Luc Godard. La fotografía que adjunto, sin embargo, está en consonancia con el desventurado final de la muchacha que, si en la película de Godard, citando a Faulkner, entre la pena y la nada elige la pena, en la realidad del dolor y el sinsentido eligió definitivamente la nada. No se trata de una evocación manriqueña (recuerde el alma dormida, etcétera), sino de una prueba documental y un testimonio: no pude pasar de largo, en el cementerio de Montparnasse, sin usar la cámara.

6.11.07

Vejajajación

Cuando alguien a) dice que se siente humillado y b) se parte de risa (o jajajea) al decirlo, no cabe pensar que de la contradicción entre el modus y el dictum se derive una mera anulación jerárquica de a) sobre b) o de b) sobre a), esto es, que la risa, por ejemplo, haga inverosímil la sensación de humillación o viceversa, sino que se produce una radical anulación recíproca o, más claramente, que es falso el modus y falso el dictum, que cada uno manifiesta la falsedad del otro, porque no se complementan, sino que se dinamitan, que es falsa la humillación y falsa la carcajada, que se encubre una falsedad con otra falsedad, porque entre falsedades anda el juego, y que lo que aflora a la superficie es un potaje cuaresmal de pecados capitales con guarnición de varia e irreversible y rancia patología.

4.11.07

Carrilizar

Durante mucho tiempo, en los puentes y en las fechas de desplazamientos masivos, he disfrutado del notable privilegio de ir contra corriente, esto es, de dirigirme al sitio de donde la gente huía y, cumplido el plazo de ocio y ajetreo, salir del sitio al que gente regresaba, lo que, en términos automovilísticos, se traducía en tener la carretera (casi) para mí solo. Hasta que, con la proliferación de autovías y en previsión del caos, las autoridades del tránsito rodado han decidido que los menos vayamos de uno en uno, a paso lento de camioneta, y que los más vayan de tres en tres, para no ir a paso quieto. El caso es que en uno de estos mansos trasiegos me pasé el viaje divagando morfologías. Un anuncio digital de carretera avisaba de modo intermitente de la situación que yo iba padeciendo durante kilómetros y kilómetros, cientos y cientos de conos rojos, frágiles, irregulares y volanderos: CARRIL IZADO, leía una y otra vez. Y, entonces, recordando un ensayo (por muchos motivos memorable) de Ferlosio en el que, junto al verbo traspunte y los adverbiales tristes, estudiaba los sustantivos formados por verbo más complemento directo (cortaúñas, pintamonas, destripaterrones), decidí indagar en la posibilidad contraria: verbos compuestos por un complemento directo y otro verbo. A la vista tenía el ejemplo estelar: «carrilizar» (acción de levantar conos rojos en el centro de la autovía, etcétera). Su empleo, incluso, permitiría ironías, burlas, quejas, broncas, titulares: «La DGT carriliza la A-VI», mensajes predeterminados, etcétera. Así, con más o menos encono o enconía según los casos, he ido entreteniendo y padeciendo mis tristes y desesperantes carrilizamientos. Hoy, sin embargo, en un regreso prematuramente «carrilizado», he advertido con desencanto un error de percepción: el letrero que me obsesionó tiempo atrás no decía CARRIL IZADO sino CARRIL IZQDO. Y debajo, entre la descripción y la vulgaridad: CORTADO.

28.10.07

Vaticanidades

La peldaños de la santidad o de la canonización, según la iglesia católica, son tres: venerable, beato y santo, lo que podría asimilarse a otras numerosas trinidades del mundo y sus jerarquías, como la enseñanza primaria, media y universitaria, como los sectores primario, secundario y terciario de la economía o como los grados positivo, comparativo y superlativo del adjetivo, pero, puesto que «venerable» no goza de ningún prestigio santoral y en vista de que la declaración de santidad se mueve en las alturas de la creación, del diseño político y de la ingeniería teológica, más cabe pensar, según creo, en aparejadores o peritos de santidad (técnicos de grado medio) y en arquitectos o santos ingenieros (técnicos de grado superior, cum laude atque aureŏla), esto es, en una forma de humillación que reduce a campeonato -oro, plata y bronce- las bondades del individuo y a mercancía -oro, incienso y mirra- sus consecuencias.

25.10.07

Tautología

Nunca deja de extrañarme la pregunta recurrente que (como ahora, cuando un periodista entrevista a Woody Allen y se interesa por la frecuencia de asesinatos en su filmografía) dice: «¿Existe el crimen perfecto?». Supongo que, en origen, «crimen perfecto» (como «justicia poética») es una categoría narrativa, un recurso dramático (o, si enredamos con las palabras, un aliciente «tramático»). Pero en la realidad coloquial, haciendo protagonista al criminal (sujeto agente) y anteponiendo la culpa, el juicio y la condena a la circunstancia irreversible de la muerte (sujeto paciente), se emplea «crimen perfecto» como mero sinónimo de «crimen impune». Por el contrario, cambiando el punto de vista, se invertiría de raíz la conclusión: si hay cadáver, el crimen se ha cumplido; si hay víctima, todo crimen es perfecto.

23.10.07

Loquitur

«Dejemos las palabras y pasemos a los hechos», dice el locutor radiofónico a estas horas de la mañana.

21.10.07

TPD

Leo en el periódico recién acentuado (gentes de doble filo dicen prensa socialdemócrata) que, tras la malintencionada insistencia de la aguerrida presidenta madrileña copando la conversación en una comida protocolaria, el rey «dijo tres palabras duras». Lo oigo luego en la radio: «tres palabras duras». Como no dudo de que fueran, en efecto, «tres palabras duras» (estaba presente el presidente de la real academia, se había celebrado una reunión del patronato del instituto cervantes, se agasagaba a honorables embajadores latinoamericanos: mucha castellanía, pues) y como ando aquí enredando en el teclado, me planteo el enigma, un enigma real y regio. ¿Qué tres palabras? Y no se me ocurre solución. «Caca, culo, pero, pis» no pudo ser: son cuatro. Tampoco creo que fuera un trío yuxtapuesto: «Gañán, faquín, belitre», por ejemplo, como le dijo don Quijote a Sancho cuando menospreció a la sin par Dulcinea, ni una reiteración copulativa: «Joder, joder, joder», pongo por caso, como exclamaba un veterano cómico de la escena y la tv, ni una enumeración grosera sacada del diccionario secreto del viajero alcarreño, ni una blasfemia trisulca (las blasfemias, de hecho, dada su sustancia escatológica, requieren un pronombre, un verbo y una preposición antes de llegar a destino, esto es, no son tres palabras, o, en todo caso, sufren una reducción coloquial de base dos: «Mecagüen to»). ¿Las tres palabras eran duras o lo era sólo una?, me pregunto: ¿«A la mierda», como dijo el grandioso y polifacético hombre de cine y letras?, ¿«Hijos de puta», como se dice tan frecuentemente?, ¿«De puta madre», con ironía borbónica a tenor del comentario patrio de la bizarra y aristocrática presidenta? No voy a poder hacer nada de provecho en toda la tarde dándole vueltas al asunto: ¿qué tres palabras duras, majestad, dijo su majestad?

14.10.07

Vividura

He visto en la Gran Vía dos o tres serespañoles. Son muy suyos.

[Y me he preguntado si don Américo aún hablaría de «vividura», esa curiosa (no sé si cursi) ontología existencial de la historia]

13.10.07

13-O

Para Felisa Gallego
Por una parte, tomando como metáfora la lucha fratricida entre gemelos, cabe decir que «cuanto menores sean las diferencias fundamentales entre los dos partidos, tanto más implacable es su mutuo odio» (pág. 24), pero, por otra, dice, «el lobo no es un depredador de otros lobos: lupus lupo lupus sería una difamación» (pág. 95), de modo que por entre estas dulces y crudas y lúcidas ambigüedades del áspero y adusto Nobel sudafricano J. M. Coetzee, ‘Diario de un mal año’, Mondadori, 2007, voy entreteniendo el puente, octubre y la dichosa y ominosa y rojigualda hispanidad de hispanidades.

12.10.07

12-O

¡Españolas, españoles,
pa'lante con los faroles!
¡Sostenidos o bemoles,
lo que importa son los goles!

30.9.07

La realidad y su invención

Toda obra de arte es resultado de un triángulo en incierto equilibrio: la realidad, el lenguaje y el artista. Históricamente, la pintura ha mantenido con la realidad una relación ambigua, de imitación, suplantación, impresión, deconstrucción, abstracción o negación, un proceso de exclusión progresiva e incluso, en apariencia, de impetuosa incompatibilidad, hasta el punto de que el pintor contemporáneo no puede adscribirse sin peligro a ninguno de esos conflictos estéticos. Sea ello como sea, siempre será la mediación del artista (sujeto), tanto en su modo de percibir la realidad (objeto), como en el modo de expresar tal percepción (lenguaje), la que produzca lo que se ha dado en llamar belleza, que no es sino una reproducción subjetiva de la realidad. Para Miguel Pedrero (Hellín, 1962) pintar es reinventar la realidad, consecuencia visual de la contemplación objetiva y de la memoria que de ella permanece, en la que se recrea y sobre la que asienta toda elaboración artística. Por eso su obra se nutre sobre todo de figuraciones: cuerpos y paisajes, rostros y vegetación. Y por eso, también, su mirada y su memoria son, sin duda, si se permite una catalogación más moral que estética, bondadosas, de piadosa y bien avenida armonía. Puede recurrir a veces a derivaciones, entregarse a experimentaciones cromáticas en Kapas, acogerse al impulso expresionista cuando se acerca a la mirada del dolor, proponer una representación simbólica del amor y el odio o, en fin, recurrir a la distorsión y la desolación de la geometría para que el mundo subterráneo y deshabitado de Comala tenga carta de naturaleza. Pero se entrega con más frecuencia a la fisonomía del alma, que se expresa en rostros femeninos doloridos, insinuados, modélicos o exactos, y a cierta poética de la sencillez, incluso de la fragilidad, en la que sobresale la perfección de lo menudo, una hoja que cae, unas cañas escuetas, un paisaje solitario, o lejano, o diluido, que no son, en definitiva, sino manifestaciones de humanismo y clasicismo. Porque, si el clasicismo consiste en la plena concordancia entre artista y espectador, bien puede afirmarse que Miguel Pedrero se ajusta a esta categoría de lo clásico en que, desde una perspectiva poética e incluso lírica, se aúnan arte y sensatez, emoción y sentido.

[Texto para las 'Realidades imaginadas' por Miguel Pedrero y expuestas en Las Claras entre el 17 y el 28 de septiembre de 2007]

26.9.07

«Somos coetáneos; ya nos conocemos bastante bien: tratémonos de usted», leo en ‘Negro sobre negro’, de Leonardo Sciascia (Global rhythm, pág. 19), lo que me lleva a recordar, entre otros tuteos, voseos y ustedeos más o menos pintorescos, solemnes o ridículos, la primera entrevista radiofónica que le hicieron a un Javier Solana recién nombrado ministro de cultura en aquellos tiempos de euforia democrática, y ciudadana, y primordial. «Javier», dijo el periodista, «¿cómo nos llamamos, de tú o de usted?». «Ah, bien, a mí me da igual», respondió Solana, «como usted prefiera».

23.9.07

Mecanografía

«Nada tiene remedo», escribo equivocado, saltándome una tecla, pero corrijo sólo en la dirección misma de la errata: nada tiene remedio, todo tiene remedo.

22.9.07

Cansancio

De la prensa portuguesa a los tabloides ingleses y de ahí a toda la prensa, la radio, la televisión hispana, a todas horas, todo un hastío de estío. Cansan. Un día y otro día mareando la pérdida, rumoreándola, tertuliándola. Cannsan. Y siguen girando en el vacío, alimentando el eco, retorciendo el escorzo, estirando la categoría, el arquetipo, el esteorotipo. McCannsan. Tanta redundancia sólo admite (y no sé si pretende, mas consigue) un solo, lamentable desenlace: disolución, vacío. Sería una sólida novela de Ian McEwan, pero apunta más a superproducción de Hollyvood, miniserie televisiva, derechos, print time, ©.

14.9.07

Media

Medios hay de opinión pronta
y medios de opinión lenta,
y abundante opinión tonta
que de m. p. se alimenta,
que lo lento poco renta
y tanto monta.

7.9.07

Disidencia

De vuelta de cierto ajetreo postestival, me encuentro de pronto preguntándome esta noche de qué verbo procede el sustantivo «disidencia», que no es otro, por muy raro que suene, que el verbo «disidir» (del latín «dissidĕre»), separarse de una doctrina, creencia o partido, según María Moliner, y nada tiene que ver mi preguntarme con la perezosa entrada anterior o con las secuelas de su neopatología, sino con que el día 3 de septiembre se desactivó la disidencia, una desactivación, me digo, al cabo de darle vueltas durante un tiempo, que tal vez no sea sino un verdadero, clarividente y estimulante modo de activarla de nuevo.

31.8.07

Asunto

Pensaba escribir sobre el exhibicionismo de la disidencia (el porqué y el cómo, el qué y el para qué, el cuándo y aun los puntos suspensivos), pero me dice la voz de la pereza que es viernes, que acaba agosto, que con el enunciado sobra.

29.8.07

Trans

29 de agosto de 2007. «Y hoy lo lloramos con la atención especial, algo interesadilla, que merece la muerte de los escritores capaces de hacernos tocar el tiempo.»

13 de septiembre de 2001. «Umbral, un escritor español: “New York es la doncella que iba a florecer sus pechos cuando cayó transida por la ráfaga turbia del Oriente”. El pobre hombre.»

26.8.07

Mail

Érase que recibía un mensaje cuyo asunto decía: «Monterroso», pero no me dio tiempo a ver el nombre del remitente ni a abrir el mensaje, porque se apagó el ordenador con la tormenta. Entonces, mientras volvía la luz y reiniciaba y entraba en el correo, no dejé de darle vueltas, con intriga, al quién y al qué, sobre todo al qué, de ese inesperado Monterroso. Algo entonces, tal vez un trueno, o un relámpago, o el furor del viento (que aquí arriba arrecia en redundancias), me despertó. Al pronto me llevé un disgusto, porque ya nunca podría saber ni el qué ni el quién del mensaje monterroso, cautivo para siempre en el universo (no sé si decir borgiano) de los sueños, donde la hoja del ciprés. Pero después me entró una curiosa preocupación, el temor de que al encender por la mañana el ordenador cayera en la bandeja de entrada un mensaje, no por virtual menos real, con asunto «Monterroso». No ha sido el caso, que los sueños sueños son y sólo sueños y el día es más prosaico y transparente. La prevención con que he entrado en windows mail no ha tenido, pues, otra recompensa ni otro alivio que una dilatada pandilla, en batería, de phishing phishing phishing.

15.8.07

Autógrafo

I. Me pongo a leer en edición de bolsillo un libro divulgativo de conversaciones con científicos y casi me río solo recordando una vieja anécdota, no sé si apócrifa. Contaba un amigo aficionado a la música pop que se encontraba en un aeropuerto, Madrid o Barcelona, cuando reconoció a lo lejos a un ídolo de juventud: Art Garfunkel. Evocó puentes sobre aguas turbulentas, sonidos del silencio, al cóndor de los Andes que pasó, a la señora Robinson, una especie de «Simon & Garfunkel Mix» que le alborotó las neuronas. De modo que, venciendo su timidez e imitando a los jóvenes y a los niños que en los aeropuertos se acercan a sus ídolos deportivos, echó mano de agenda y de bolígrafo y persiguió desesperadamente al esquivo Arthur «Art» Garfunkel. Cuando logró alcanzarlo y cortarle el paso le pidió en mal inglés un autógrafo para su mujer, digamos X. El cantante sonrió, garabateó, devolvió el boli y dijo «thank you». Satisfecho por el atrevimiento y por el éxito, mi amigo leyó el autógrafo: «Para X con afecto. Eduardo Punset».

II. Advierto ahora al recordarlo que la historia se aparece demasiado al «Potemkin» de Walter Benjamin (en su ensayo sobre Kafka): «Se cuenta que Potemkin sufría de depresiones que se repetían de forma más o menos regular y durante las cuales nadie podía acercársele; el acceso a su habitación estaba rigurosamente vedado. En la Corte esta afección jamás se mencionaba, sabido como era que toda alusión al tema acarreaba la pérdida del favor de la emperatriz Catalina. Una de estas depresiones del canciller tuvo una duración particularmente prolongada y causó graves inconvenientes. Las actas se apilaban en los registros y la resolución de estos asuntos, imposible sin la firma de Potemkin, exigieron la atención de la Zarina misma. Los altos funcionarios no veían remedio a la situación. Fue entonces que Shuwalkin, un pequeño e insignificante asistente, coincidió en la antesala del palacio de la cancillería con los consejeros de estado que, como ya era habitual, intercambiaban gemidos y quejas. “¿Qué acontece? ¿Qué puedo hacer para asistiros, Excelencias?”, preguntó el servicial Shuwalkin. Se le explicó lo sucedido y se lamentaron por no estar en condiciones de requerir sus servicios. “Si es así, Señorías», respondió Shuwalkin, “confiadme las actas, os lo ruego”. Los consejeros de estado, que no tenían nada que perder, se dejaron convencer y Shuwalkin, el paquete de actas bajo el brazo, se lanzó a lo largo de corredores y galerías hasta llegar ante los aposentos de Potemkin. Sin golpear y sin dudarlo siquiera, accionó el pestillo y descubrió que la puerta no estaba cerrada con llave. Al penetrar vio a Potemkin sentado sobre la cama entre tinieblas, envuelto en una raída bata de cama y comiéndose las uñas. Shuwalkin se dirigió al escritorio, cargó una pluma y sin perder tiempo la puso en la mano de Potemkin mientras colocaba un primer acta sobre su regazo. Potemkin, como dormido y después de echar un vistazo ausente sobre el intruso, estampó la firma, y luego otra sobre el próximo documento, y otra... Cuando todas las actas fueron así atendidas, Shuwalkin cerró el portafolio, lo echó bajo el brazo y salió sin más, tal como había venido. Con las actas en bandolera hizo su entrada triunfal en la antesala. Los consejeros de estado se abalanzaron sobre él, le arrancaron los papeles de las manos y se inclinaron sobre ellos con la respiración en vilo. Nadie habló; el grupo se quedó de una pieza. Shuwalkin se les acercó nuevamente para interesarse servicialmente por el motivo de la consternación de los señores. Fue entonces que su mirada cayó sobre la firma. Todas las actas estaban firmadas Shuwalkin, Shuwalkin, Shuwalkin...»

8.8.07

Portorosa

Preocupado y en ascuas me tiene el señor de Portorosa, un hombre ecuánime y sensato sentado en una silla. Una y otra vez entro en su señorío con la esperanza y el temor de averiguar al fin cuál es el camino correcto y doloroso, y qué males le aquejan, y qué tribulaciones. Extraño mundo éste de los afectos virtuales.

3.8.07

Cfr

Como he leído con agrado y aprovechamiento a lo largo de los años algunos libros de Diderot (‘Paradoja del comediante’, verbi gratia) y siento especial predilección por ‘Jacques, el fatalista’ (hay traducción de Azúa, que escribió doctoralmente ‘La paradoja del primitivo’), he ido punteando aquí y allá en las lecturas veraniegas algún que otro contraste. Así, en ‘La música de los números primos’, de Marcus du Sautoy, Acantilado, 2007, leo: «Catalina la Grande tenía como huésped al famoso filósofo Diderot; Diderot tuvo siempre una actitud más bien despreciativa hacia la matemática […]; Catalina se cansó pronto de su huésped […]. Euler fue llamado a la corte para que contribuyera a silenciar a aquel ateo insoportable; por gratitud al mecenazgo de Catalina, Euler aceptó rápidamente y, ante la corte reunida, se dirigió a Diderot en tono solemne: “Señor, (a+bⁿ) / n = x; por tanto, Dios existe: responda”» (pág. 73-74). En cambio, en ‘Encyclopédie’, de Philipp Blom, Anagrama, 2007, leo: «Cuando tenía tiempo, [Diderot] estudiaba griego, latín, inglés e italiano, así como matemáticas (la materia que mejor dominaba), y los escritores de la época» (pág. 51); y también: «En 1773, después de que Catalina la Grande hubiera insistido tanto para que la visitara en San Petersburgo, accedió finalmente a hacer tan largo viaje… […] Su estancia en la corte imperial rusa (durante el invierno de 1773-1774) fue desafortunada; se vio ensombrecida por la plaga de cortesanos celosos de ver a aquel nada elegante ni fino francés que cenaba cada noche con su zarina y que la prendaba simplemente con su conversación y sus ideas» (pág. 381-382). Du Sautoy defiende y elogia a todos los matemáticos que en el mundo han sido y Blom elogia a Diderot en contra de todos los demás (Voltaire, Rousseau, etcétera). En el fondo sólo Catalina la Grande sale bien parada en uno y otro texto. Paradoja de los historiadores.

28.7.07

Pallawer

Oigo a unos jóvenes burlarse de otros jóvenes porque les ha dado a estos últimos por usar «pallawer», por marcar su diferencia con el empleo distintivo, simbólico, pijo y pijotero de sus «pallawer» o «pallahuer». En realidad, pronuncian «pálauer», palabra esdrújula, o tal vez «pálagüer», pero como imagino que se refieren a alguna marca de indumentaria anglosajona tiendo a rellenar mentalmente con elles y uves dobles o haches la fisonomía ortográfica del vocablo. Al final, sólo preguntando consigo comprender. Hay un tipo de zapatillas andariegas y resistentes que en mi infancia se llamaban alpargatas (o incluso «pargatas», según celebrada modalidad dialectal) y que María Moliner define como «calzado rústico hecho de lona, con el piso de cuerda de cáñamo o esparto arrollada formando una plancha de la forma de la suela». Durante mucho tiempo ese calzado rústico no era mercancía propia de zapaterías nobles (que son las de vestir) y sólo se encontraba en tiendas de aperos de labranza, donde compartía pared o escaparate con sombreros de paja, sogas, abarcas, cayados, alforjas, cantimploras de aluminio, hoces, azadones y demás ruralia. Ahora, me dicen los primeros jóvenes, esas zapatillas de esparto o alpargatas (supongo que con minuciosas innovaciones de diseño) se han puesto de moda entre cierta juventud. De ahí, de su origen campesino y de su paradójico agiornamento, la deriva morfológica: pálauer, o pálagüer, o pállahuer, o pallawer: para la huerta, pa’la huerta, pálahuer, pallawer.

22.7.07

πριμορες

Me pregunto si leer una frase como (y es un ejemplo casi al azar) «¿existe un conjunto infinito de números de dimensiones mayores que el conjunto de todos los números fraccionarios, pero que al mismo tiempo no sea tan grande como el conjunto de los números reales, incluidos los números irracionales como π, y cualquier otro número cuya expresión decimal sea infinita y no periódica?» (Marcus du Sautoy, ‘La música de los números primos’, Acantilado, pág 326), no entender nada y seguir, sin embargo, leyendo con pasión estival se deberá a la percepción de un ritmo poético subterráneo, a la eficacia narrativa del devenir de la matemática o a la consideración de π, de la función zeta (ζ), de la hipótesis de Riemann o de la conjetura de Gaus como meros McGuffin de una intriga accidental acomodada a mi ignorancia.

20.7.07

Sintagma

«Abordaje humanitario»: lo oigo en una emisora de radio a propósito del último y desventurado naufragio de patera, cayuco o «cestilla de papiro» de Moisés: un eufemismo más, apaciguamiento de conciencia con paracetamol gramatical.

19.7.07

Cineclub



Fotografía tomada esta mañana en la Facultad de Ciencias Matemáticas de la Universidad Complutense de Madrid (magnifico a propósito la prosopopeya imperial por contraste con la alteración de la imagen, del texto de la imagen). Como no siempre puede sonar la música de los números primos, no he podido resistir la tentación de traer aquí esos dos impercpetibles trazos del título. Debió de ser, sin duda, una función memorable.

13.7.07

Floro (y II)

Siguiendo, pues, con Floro, leo: «Y los más sanguinarios de los enemigos no fueron sometidos sino con sus propios métodos, pues los prisioneros fueron torturados a hierro y fuego; pero nada les pareció más atroz a los bárbaros que verse obligados a sobrevivir a su castigo: sus manos habían sido cortadas», (‘Epítome’, I, 39, pág. 219). Me quedo colgado de las palabras cursivas, las releo, las marco, me entretengo, busco la versión latina: «Quippe in captivos igni ferroque saevitum est; sed nihil barbaris atrocius visum est quam quod abscisis manibus relicti vivere superstites poenae suae iubebantur». Puesto que el epitomador ha llenado el epítome de crueldades y virulencias y vesanias y apoteosis sanguinarias, no es la sustancia del texto la que me detiene, sino su formulación, el eco retroactivo de otro texto siempre presente en la conciencia literaria contemporánea, es a saber: «Sin embargo, las manos de uno de los señores estaban ya en su garganta mientras el otro le clavaba el cuchillo en el corazón haciéndolo girar allí dos veces. Con ojos que se quebraban, K. vio aún cómo, cerca de su rostro, aquellos señores, mejilla contra mejilla, observaban la decisión. “¡Como un perro!”, dijo: fue como si la vergüenza debiera sobrevivirlo», (Kafka, ‘Obras completas, I’, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 1999, pág 662). «De cómo por medios diversos se llega a un fin semejante» se titula el primer ensayo de Montaigne. «Demuéstrese la influencia de César Vallejo en un soneto de Quevedo», vino a decir, más o menos, Francisco Rico, tal vez en cuarentena. «El hombre es afectado por la imagen de una cosa pretérita o futura con el mismo afecto de alegría o tristeza que por la imagen de una cosa presente», dijo Spinoza, de donde la paráfrasis: «Un texto es afectado por un texto futuro con el mismo grado de eficacia que por un texto pretérito». En fin: conexiones.

11.7.07

Floro (I)

Como en una de las opciones del examen de Historia de selectividad cayó un texto de Floro (en concreto, II, 33, «Guerra contra los cántabros y astures»), me ha dado por leer el ‘Epítome de la historia de Tito Livio’ (Gredos, Madrid, 2000) y por marcar una frase allí y otra acullá del ilustre «epitomador» (tal título le dan los traductores). Anoto un par de ellas. La primera: «Durante el asedio de los faliscos pudo observarse la admirable integridad de nuestro general [Marco Furio Camilo], puesto que voluntariamente les devolvió, atado, a un maestro de escuela, traidor a su ciudad, con los niños que se había llevado consigo; pues este hombre digno y sabio tenía conciencia de que sólo es auténtica la victoria que se obtiene sin menoscabo del honor y con la dignidad intacta*» (pág 119). La segunda: «Décimo Bruto se extendió luego más, hasta los celtas y lusitanos y todos los pueblos de Galicia, y, tras haber alcanzado el río del Olvido [¿Lima?, ¿Miño?], temido por los soldados, y recorrer como vencedor el borde del Océano, no volvió atrás antes de haber contemplado, no sin cierto temor por el sacrilegio, la caída del sol al mar y el eclipse de su incandescencia en las aguas» (pág. 196). Copio la primera con pesadumbre política; la segunda, por su fulgor poético. Ambas son ejemplares.

*También Plutarco recoge la anécdota en el parágrafo X de la vida de Camilo: «Pues este maestro se propuso hacer traición a los Falerios por medio de sus hijos; para lo cual los sacaba cada día al abrigo de la muralla, al principio muy cerca, y luego, después de haberse ejercitado, se volvían a entrar. Adelantando desde entonces poco a poco, los acostumbró a estar confiados, como que no había motivo de recelo, hasta que, por fin, en una ocasión en que estaban todos reunidos, los llevó hasta las avanzadas de los Romanos, y se los entregó, previniendo que le condujesen a presencia de Camilo. Conducido y puesto ante él, le dijo que era maestro y preceptor, pero que prefiriendo el deseo de hacerle obsequio a las obligaciones de justicia en que estaba, venía a entregarle la ciudad en aquellos niños. Hecho atroz le pareció éste a Camilo, y vuelto a los circunstantes: “¡Qué cosa tan terrible la guerra! —les dijo—: pues es forzoso hacerla por medio de muchas injusticias y violencias; pero, con todo, para los varones rectos tiene también sus leyes la guerra, y no se ha de tener en tanto la victoria que debe buscarse por medio de acciones perversas e impías; pues el gran general más ha de mandar fiado en la virtud propia que en la maldad ajena”. Y entonces mandó a los lictores que despojasen al maestro de sus vestidos y le atasen las manos atrás, y que a los niños les diesen varas y látigos, para que, hiriéndole y lastimándole, lo llevasen así a la ciudad». Dichoso afán este nuestro de ir subrayando moralidades, como si la moral fuera una cuestión cursiva.

10.7.07

& Incombustibles

No son quid ni porqués, que son prefijos,
burla de sinalefa y triste hiato.

9.7.07

Irrevocables

«Porque quiero ocuparme de mis hijos»,
‘bono’ porqué pour dimitir un ‘rato’.

6.7.07

Kamikazes

El llamado conductor suicida, o kamikaze de autovía, que avanza a velocidad de circuito por el carril contrario no está tanto exhibiendo temeridad o demostrando sangre fría como proclamando su fe en la humanidad: está seguro de que quien venga de frente terminará apartándose. Podría decirse lo mismo de otras muchas temeridades y otros muchos contramandamientos (que el ladrón certifica el carácter social del dinero, que el blasfemo corrobora la existencia de Dios, etcétera), a saber: que se basan precisamente en aquello contra lo que actúan y que, aparte del mal que puedan ocasionar, sólo incrementan la solidez social o humana o religiosa contra la que alzan su delirio. No así, tal vez, tristemente, y en el sentido amplio de los tres poderes, algunos sonoros políticos (de «polis», para mayor indignidad e indignación): su kamikazería, su hurto y su blasfemia se deben a su mala fe, a su inhumanidad, a su falta de fe. Hay una «a-» que llaman privativa y un «in-» que significa negación. Abundan los prefijos. Agítense.

5.7.07

Lorquiana

¡Que no quiero verlas!

¡Que yo no quiero ver actas,
ni fotocopias, ni réplicas!

¡Que no,
que no quiero verlas!

1.7.07

¡Niña!

«Pero ¡niña!», grita airada la madre, «¿tú eres boba… o te pasa algo?». Estamos en un bar, a mediodía. Es sábado. A la niña se le han caído unas patatas fritas y las mira desconsolada, como intentando entender la desventura y absorta en tan irreparable pérdida, ajena a la ira y la ironía maternas. «Me pasa algo», responde. «¿El qué?», pregunta la madre. «Soy boba», dice la niña sin apartar los ojos del suelo, de las patatas.

30.6.07

Iglesia / Estado

«Los miembros del Gobierno, los Grandes de España, los aristócratas y todos los invitados que se hallaban en las tribunas, con sus resplandecientes esposas, asintieron con la cabeza silenciosamente, mientras oían al Rey de España [Alfonso XIII] consagrar su pueblo a la Iglesia y a la Monarquía. // El monarca levantó el brazo para descorrer el velo que cubría el monumento. Hubo un segundo de emoción entre los presentes; algún palaciego se adelantó para asegurarse de que Su Majestad había tirado del cordón con acierto y, al descorrerse el velo, quedaron al descubierto la imagen [del Sagrado Corazón de Jesús], con todas las figuras que la rodeaban, y, debajo, grabadas las palabras REINARÉ EN ESPAÑA; pero la emoción del momento anterior se trocó en indignación, el Rey palideció y un murmullo subió de las tribunas, que empezaron a vaciarse precipitadamente, mientras que de la gente estacionada en las cercanías, observadores curiosos de la ceremonia, se oyó salir alguna que otra carcajada, algún que otro comentario humorístico, porque debajo de las palabras REINARÉ EN ESPAÑA, en caracteres peor labrados, pero tan claros como los anteriores, se leía QUE TE CREES TÚ ESO.» (Constancia de la Mora, ‘Doble esplendor’, Gadir, Madrid, 2004, pág. 37)

29.6.07

RIPíos

No hay que ser lince ni sabio
-y bien sé lo que me digo-
para ver notorio agravio
en la cesión del testigo:
que apenas se marcha Fabio
-estos, ay, que ves ahora
tiempos de caja y pandora-
quien regresa es don Rodrigo.

20.6.07

Oé oé oé

Para Murillo, Landero, Méndez, Antón e tutti quanti
¡Flipa la capellanía!
Mas para coplas no Eto'oy.
Dejo las rimas del día
-¡ripios, ay, del alma mía!-
a pies de van Nistelroy.

18.6.07

Eautontimouromenos

Frente al viejo «homo sum; humani nihil a me alienum puto» (soy hombre y nada humano me es ajeno) se alza ahora y se expande por doquier (la he visto en puertas cerradas e infranqueables, incluso en una catedral turística) una sentencia que tal vez empezara siendo mera advertencia de peligro en el ramo de la construcción, una llamada a la prudencia, acaso también un modo de evitar complicaciones por daños y perjuicios, y que cada vez se aproxima más a la amenaza de un moderno «Cave canem!» o a la ocultación de quién sabe qué aquelarre de contrabando clandestino o qué fechoría de iure, es a saber: «Prohibido el paso a toda persona ajena a la obra». Ganas me dan siempre de pasar y, en caso de apuro, citar a Terencio, pero no: sólo somos ajenos entre ajenos.

15.6.07

Takla Makán

I. Cuando tenía 15 o 16 años me topé un día de pronto con el escaparate de una librería placentina rebosante de ejemplares de un solo libro. Jamás había visto tanto despliegue comercial en el sector. Bien es verdad que poco sabía yo entonces de librerías, porque mi cuenta corriente apenas alcanzaba para la adquisición esporádica de algún libro de la colección Austral y, como se sabe, en la formación de una biblioteca básica se empieza por los clásicos de bachillerato: novelas de Baroja y de Valle-Inclán, poesías completas de Machado, etcétera. Por eso tal vez me sorprendió tanto aquella exhibición y procuré averiguar las causas. Se trataba de que un joven placentino acababa de publicar su primera novela. El joven placentino era José Antonio G. Blázquez. La novela era ‘Los diablos’. Me dijeron además que era una obra atrevida e incluso indecorosa. Yo la leí con cierta perplejidad, pero no me maravillaba tanto la novela como que fuera alguien de Plasencia quien la había escrito. Como aspiraba a ser escritor, que alguien de la ciudad ya lo fuera me llenaba de estímulo y esperanzas. Al fin y al cabo demostraba que los escritores no eran seres remotos e inaccesibles. Algún día, me dije, llegaré yo a los escaparates. Seguí después los libros de G. Blázquez, aquella película con Gina Lollobrigida, un libro sobre Oscar Wilde (que me llevó a leer las obras completas de Aguilar), ‘El rito’ del Nadal, ‘Señora muerte’ (la novela suya que prefiero), ‘Rey de ruinas’, etcétera. Pero nunca supe nada del autor, de la persona del autor. Era como si, a fin de cuentas, la publicación de ‘Los diablos’ lo hubiera convertido en escritor, esto es, en un ser remoto e inaccesible.

II. También recuerdo cuándo tuve la primera noticia de José Antonio Gabriel y Galán, un 19 de septiembre de 1975, en Madrid, en la calle Preciados, al comprar ‘Punto de referencia’, su primera novela. Sin embargo, a José Antonio Gabriel y Galán lo conocí relativamente pronto, antes de leer su segunda novela. Fue en la Librería Cervantes, en una presentación de ‘A salto de mata’, con una exigua concurrencia, un corro de 10 o 12 personas, en la planta noble y literaria de la librería. Tengo el ejemplar dedicado y con fecha: marzo de 1981. Aunque muy de tarde en tarde, con José Antonio Gabriel y Galán fui coincidiendo en algún que otro sitio y seguí leyendo sus libros, algunos de los cuales, según he sostenido, se adelantaron a los que luego han pretendido escribir (o novelar, como dicen los periódicos) la historia literaria de la transición. Leo ahora en su diario que en aquellos lejanos días de 1981 ya estaba peleando con la «sentencia», con el «temor», con la conciencia «de que ya no soy inmortal» y dando cuenta de ello en las páginas secretas que ahora ven la luz. Y esa lectura genera una forma de admiración retroactiva y acentúa la conciencia de un ridículo personal igualmente retroactivo.

III. El caso es que, tal vez porque tanto Gabriel y Galán como García Blázquez se llamaban José Antonio, o porque eran de Plasencia, o porque habían nacido ambos en 1940, o por todas esas cosas juntas, para mí formaban una especie de tándem literario, de generación literaria local.

IV. Veintidós años después de ‘Los diablos’, en 1988, alcancé yo a publicar una primera novela, una novela de título disparatado, de la que fue editor, por cierto, Francisco Muñoz, que antes de ser Consejero de Cultura dirigía un servicio de publicaciones, y de la que José Antonio Gabriel y Galán tuvo a bien publicar una reseña en ‘El urogallo’. Y al publicar esa novela puede decirse que entré en el circuito de la literatura regional. Empecé, por ejemplo, a formar parte de algún jurado de concursos literarios, en concreto de uno de novela que convocaba la Editora Regional, que se llamaba Premio Constitución, y que para hacer honor al nombre se fallaba en Mérida, en la media noche del día 5 de diciembre. Pues bien, en la convocatoria de 1989, en el jurado del que yo formaba parte estaban, al fin, y juntos, José Antonio Gabriel y Galán (al que conocía) y José Antonio García Blázquez (al que veía por primera vez). De modo que pude tener frente a mí, en las deliberaciones, a los dos novelistas placentinos a los que yo había seguido con cierta fidelidad lectora. Recuerdo con exactitud la disposición de la mesa durante la llamada cena literaria, la abundante conversación de otro miembro del jurado y la actitud más bien silenciosa de García Blázquez, que, a veces, sin embargo, intervenía con precisión y lucidez en la valoración de las novelas. De la novela ganadora, en cambio, no recuerdo nada. Y todo esto ha aflorado ahora en mi memoria al leer por una parte los relatos de ‘Amigos y otras alimañas’ (cuya «Excursión al Encinar» leerán los placentinos con grata complacencia) y al encontrarme, por otra, en el ‘Diario’ de Gabriel y Galán con las siguientes palabras: «Lo que ocurre hoy es que estoy universalmente irritado; estoy a mal con la gente en mi casa, en mi trabajo, con algunos amigos: todo esto se me vuelve contra mí y me encuentro solo, bajo el peso de una opresión generalizada, abrumado. Lo curioso es que hoy día me encuentro descolocado, descentrado, he llegado de un viaje a Extremadura, tengo todos mis trabajos y compromisos paralizados, tengo que recomenzar, pero la irritación, la rabia es destructora» (pág 170). Esto lo escribió el día 7 de diciembre de 1989, al día siguiente de nuestras deliberaciones sobre pirámides de sal. Y aunque sé que la irritación y la rabia proceden de otras fuentes (la sentencia, la mortalidad), no puedo por menos que decirme: ¡Qué cena debimos darle y cuánta ignorancia e insignificancia la nuestra, la mía al menos!

V. Así las cosas, en una presentación como la de esta noche, entre dos libros mayores, como son los relatos de García Blázquez y el diario de Gabriel y Galán, no sé qué decir de ‘El desierto de Takla Makán’. Que de el mismo modo que, al publicar la primera novela empecé a formar parte de jurados literarios, desde que escribí un ensayo sobre la literatura de Ferlosio, se me otorgó cierta categoría de especialista ferlosiano, se me incluyó en lo que alguien ha llamado la «ferlosía» (sección coriana) y a la menor ocasión o a la mayor (un monográfico en una revista, la aparición de un nuevo libro, la concesión del premio Cervantes, un congreso sobre su obra, etc.) me veo en la necesidad y en la obligación de escribir un nuevo texto en torno al maestro, que aparece por cierto en el ‘Diario’ de Gabriel y Galán, en alguna cena contracentenaria, y al que ayer mismo proclamaba Juan Goytisolo «el modelo más libre del amor a un saber no rentable». Estos textos necesarios y obligatorios y entusiastas, escritos a lo largo de diez años (1997-2007), son los que recoge este librito. Sólo voy a aclarar el título. Los escritos ferlosianos anteriores, de 1994, se llamaron ‘Camino de Jotán’ y el título procedía de un pecio del propio Ferlosio, un pecio titulado «Paraíso» que dice: «Y si eres bueno ‑me dice en sueños el arcángel de mi nombre‑, un día te devolveré tu alfanje, tu caftán celeste, tu gran capa de pieles, tus caravaneros y todos tus camellos, y volveré a ponerte en la Ruta de la Seda, eternamente, camino de Jotán». Puesto a titular la agrupación de estos nuevos ensayos, me pareció que convenía insistir en el procedimiento y recurrí a un pecio titulado «Lección inaugural», que dice: «Señoras y señores: ni yo, que llevo cuarenta años pensando en él todos los días, ni mucho menos, por supuesto, ustedes llegaremos jamás a hacernos cargo de lo que es el desierto de Takla Makán». Sé que es una hipérbole, que ninguna obra es inagotable, pero también es verdad que de cada relectura nueva de Ferlosio he sacado algo nuevo, positivo y de provecho. Y al fin y al cabo Jotán está en un oasis en el desierto de Takla Makán. Ese oasis (que en cierto modo reduzco al concepto de razón narrativa) es el que trata de recogerse, desde distintos ángulos, en estos diez ensayos. Pensaba cerrar con ellos mis reflexiones ferlosianas, dejar de ser profesional (más o menos) académico de la «ferlosía», pero no va a poder ser. Ya tengo dos nuevas tareas en el ordenador: una definición de «pecio» en mil palabras (tres o cuatro folios) y una reseña del libro ‘Sobre la guerra’, que Ferlosio acaba de publicar y en el que recoge todo lo que ha escrito sobre lo que el título indica: sobre la guerra. De modo que seguiré con Ferlosio mientras dure la travesía del desierto.

VI. Pero entretanto, hoy, ahora, tengo la sensación de que al coincidir en esta mesa ‘El desierto de Takla Makán’ con ‘Amigos y otras alimañas’, de García Blázquez (al que veo hoy por segunda vez), y con ‘Diario 1980-1993. Invitación a la resistencia’, de Gabriel y Galán (con la presencia de Cecilia Alarcón, porque el libro es fruto amargo de la mortalidad), al coincidir en esta mesa, digo, asistimos, casi veinte años después, a una extraña y azarosa ceremonia, como de rememoración con libros propios de aquella cena sobre libros ajenos de 1989. Que sea para bien.

[Texto de presentación de los libros ‘Diario 1980-1993. Invitación a la resistencia’, ‘Amigos y otras alimañas’ y ‘El desierto de Takla Makán’, leído en Plasencia el 14 de junio de de 2007]

13.6.07

Restaurante

«En este local están prohibidas las conversaciones gastronómicas», dice un cartel firmado por el chef. Se trata, sin duda, de un chef sabio: ¡ese interminable hablar de comida mientras se come, esa ineludible letanía culinaria y enológica, esa epidémica evocación de un remoto asado, de un pobre corderillo, de la dichosa magdalena! Aplaudo al chef.

8.6.07

Ferias

A nosotros, ¡oh dioses inmortales!,
tal vez porque seamos gente seria,
nos aturden los ruidos de la feria
y nos cansan los hábitos feriales.

A nuestros genes intelectuales
les hunde en la más atroz miseria
el grado colectivo de la histeria
de tantas alegrías municipales.

Por eso, para darnos un respiro,
proficiscuntur pater, mater, filia
(traduzco: «parte toda la familia»;

vulgarizo: «nos hemos dado el piro»)
a otra feria, la feria del Retiro,
do muerde el polvo la alta bibliofilia.

5.6.07

Pena

Oigo en la celebración de unas bodas de oro (que no sé si es una perversa reducción metafórica del cómputo matemático o una aplicación a la devoción y los afectos del no menos perverso «el tiempo es oro»), oigo, digo, el sinfín de alegrías, felicidades y bienaventuranzas que han acompañado el transcurso de los cincuenta años que se festejan. Pero al final surge una frase traicionera, un colofón en falso: «Ha merecido la pena». He oído bien: «Ha merecido la pena». Lo he anotado para no olvidarlo. ¿Ha habido pena, pues? ¿Ha sido, entonces, penoso? Si las palabras no mienten y los tópicos arraigan es porque la vida no es dulce ni es hermosa, «no es noble, ni buena, ni sagrada». Pero, por compasión, nos engañamos.

2.6.07

Métrica

Se ciernen negros nubarrones
sobre la negra nubarronia:
habrá tormenta y turbaciones
sobre El Retiro en la feronia.

1. El kilometraje solitario cunde y cunde: o se recrea el paisaje o se imaginan felonías. He aquí un ejemplo de empeño viajero particular: versos de nueve sílabas, o eneasílabos, con ritmo machacón no modernista, no juventud, no divino tesoro. A la postre es sencillo. Se trata, en este caso, de acentuar en cuarta y octava, un pie oooó oooó (o). Ni las palabras ni el sentido importan.

2. Hay otras posibles machaconias o machaconías: oóo oóo oóo: 'La mano que mece la cuna'; se va Sebastián de la Villa; Cervantes anduvo en Lepanto; sabed que mañana es domingo; etcétera, etcétera, etcétera.

3. Seguiremos eneasilabando. Divierte.

29.5.07

O no

«Si en este país hubiera una democracia de verdad y no una dictadura como la que hay…», le iba aleccionando en la mañana del domingo un joven como de veintibastantes años a una joven de equivalente porcentaje. Cuánto sabe la gente, pensé, cuánta historia, qué grado de conciencia política: la sólida sabiduría del mileurero. No oí más, sin embargo, aunque ganas me entraron de dar la vuelta y seguir sigilosamente a la pareja para aprender, salir de mi desfase, comprender de forma clara y tajante y prontuaria la realidad, pero preferí al final quedarme en la ignorancia: el día de reflexión había pasado, el voto estaba emitido y en casa me aguardaban las últimas páginas de «Invitación a la resistencia», de José Antonio Gabriel y Galán. No debe renunciarse al pensamiento lúcido por recrearse en vanas parlerías.

25.5.07

Reflexiono

Donde vivo, en la esquina de la cuarta con la séptima, hay desde hace años un «elemento de mobiliario urbano» de doble orientación, un reloj-termómetro electrónico en el que juegan al escondite, alternas y sucesivas, la hora digital y la temperatura en grados centígrados. He leído en alguna disposición municipal de alcance que «los relojes, termómetros, portacarteles y otros elementos que den información simultánea a peatones y ocupantes de vehículos [como es el caso], deben situarse en puntos visibles para ambos», ordenanza sabia, loable y de agradecer. Lo que no dice la ordenanza es que deben funcionar. Lo evidente no necesita legislación: un reloj marca la hora; un termómetro, los grados. Punto. De ahí tal vez que una de las caras del reloj-termómetro haya sido siempre (esto es, siempre: años y años) caprichosa y errática, marcando en los momentos más álgidos y sublimes de su desvarío las 88:88. La otra cara, por envidia tal vez, o por íntima anomalía tecnológica, se averió hace un par de años y averiada sigue. Nadie reinicia, ni formatea, ni resetea las entrañas del elemento urbano. Por mi parte, como todavía no he perdido la costumbre de asomarme por las mañanas a consultar los grados centígrados que nos depara la providencia, cada día maldigo a quien me creó tanta ansiedad meteorológica y me arrepiento de ser un animal de costumbres, aquejado de esa apesadumbrada nimiedad aristotélica. Lo que campea perenne e indeleble, sin embargo, sobre la ofuscación digital de ambas pantallas es el anuncio rojo de un refresco de cola. Voy a dedicar la jornada a esta sola reflexión. No viviré tranquilo ni podré tener dignidad municipal alguna mientras en la esquina de la cuarta con la séptima puedan ser y seguir siendo las 88:88. He dicho.

23.5.07

Homóviles

Por sus melodías los conoceréis.

22.5.07

Curioserar

Como la errata señalada ya no se puede retirar, a veces ni se debe (recuérdese el célebre caso, no sé si apócrifo, de Ramón de Garciasol: «Y Mariuca se duerme y yo me voy de putillas», esa ene esquiva que convierte la ternura del silencio doméstico en propósito de burdel, lenocinio alejandrino), y aunque no se trate en este caso de una mejora textual a la manera indicada contra los periodistas y sobre los artistas por Karl Kraus («Si una errata permanece en una frase y ésta tiene sentido, se prueba que la frase no era una idea»), quede, pues, en la entrada, a pesar de todo y por siempre, «curioserar». Y sea el agudo António Antònio grave, o viceversa. ¡Buona sera!

20.5.07

Ítem

Todos los veranos, casi sin excepción, me acerco una tarde a Vila Real de Santo Antònio a dar un paseo, tomar un café y curioserar en un par de librerías, casi librerías, debería decir, porque se trata de un quiosco de prensa pequeño e irregular, con amontonamiento horizontal de libros de bolsillo, y de una papelería que combina fotocopiadora con productos de playa y un anaquel de clásicos económicos y modernos saramagos. En esta última compré hace cuatro o cinco años un libro de tapa dura y apariencia infantil: Cesário Verde, ‘Poesía completa e cartas’, MEL (Modena Editorial Lavores), julho de 2001. Como unos y otros recorremos los mismos caminos, vengo yo también ahora, este domingo, a recaer sobre él por poderosa y oportuna razón periférica. Y el verso que tengo yo copiado desde entonces, por viejas lealtades y osadías, por autocomplacencia retroactiva, dice: «Meu velho professor nas aulas de latim!».

14.5.07

Geometría

Vigor de las paradojas: es una novela redonda y cuadrada.

12.5.07

Campaña

«Vender proyectos», claman las voces, los altavoces: ¡desoladora locución política, infame neosintagma liberal!: un «vender, vender, vender» que habremos de «comprar, comprar, comprar» por firme responsabilidad civil: reducción del sistema a mercancía, bazar del voto, democracia en ofertas o rebajas. ¡Ah de la polis...! Nadie nos responde.

7.5.07

Léxico

«Erudición.- Acción de erudir».

[Tal responde un alumno, en ejercicio de preselectividad, a la pregunta «Define los siguientes términos sin recurrir a sinónimos». Erudamos, pues.]

27.4.07

Síntesis

Empeñarse en tener razón a toda costa es una forma de empezar a no tenerla.

25.4.07

Pan

«Defiendo el pan de mis hijos», declara un futbolista con contrato millonario en euros, milmillonario en pesetas. No es culpable de nada, sin embargo. Viene de la pobreza, como Gamoneda, pero, al contrario que el poeta, carece del don de la palabra nueva: usa frases usadas, locuciones gastadas, tópicos (que eran verdades) de jornalero a destajo o de destripaterrones neorrealista. ¡Pero qué propociones tan astronómicas, o tan galácticas, ha alcanzado la humilde sinécdoque de «ganarás el pan con el sudor de tu frente» y de «el pan nuestro de cada día»!

22.4.07

Tierra batida

La inmoralidad de las finales (hablo de competiciones deportivas) es que siempre, fatal, necesariamente, uno de los competidores tiene que perder y que, por tanto, la grandeza del triunfo se fundamenta en la derrota e incluso en la humillación de un enemigo, un rival, un adversario, adversario que, por lo demás, en la misma medida en que aspira aguerridamente al triunfo, también merece la derrota. No se trata, como podría darse en situaciones militares, de un ejército que ataca y otro que se defiende o viceversa, sino de dos profesionales del ataque. Ambos son mercenarios. Ninguno merece la victoria. Tal para cual. Iguales. Deuce.

15.4.07

Ases ilusos Ulises ha

Para Miguel Ángel Lama

Alguna vez imaginé el canto XI de la Odisea («Descensus ad inferos» lo titulan diversas traducciones) como una partida de póker entre Ulises (u Odiseo: «Remero he sido»; de algún modo hay que cruzar el río Leteo) y selectos habitantes del Hades: Tántalo, Sísifo, Agamenón y Aquiles. Sólo Tiresias quedaba excluido del juego, porque a su ceguera oracular ninguna resistencia podrían oponer ni el sigilo profesional de los tahúres ni el secreto boca abajo de los naipes. Pero después pensé que, siendo el Hades el Hades, frente a la experiencia y la sabiduría de la muerte (que es la participación de lo divino) de sus rivales, cualquier mano feliz, baza dichosa, que pudiera tener Ulises sería mera ilusión mortal, espejismo contingente: sus cartas siempre estarían fatalmente marcadas. Además, me dije, no cabe subordinar tal trama a un simple título caprichoso. Quede, pues, a solas, sin sustancia, el palíndromo.

13.4.07

Parágrafo

Cuando aparecen en los telediarios imágenes de atentados suicidas en Irak, algo por otra parte tan común y cotidiano como regido por la oración al padre eterno, ya no pienso en armas de destrucción masiva, ni en tríos de atlántico ciclón, ni en genéricos de dinamita, ni en filosofías geopolíticas, sino en series de televisión norteamericanas, «CSI», «Sin rastro», «Mentes criminales», «Caso abierto», «The Closer», todo un inagotable mercadeo policiaco de prime time, y me pregunto, en lo personal, si me habrá alcanzado ya irremisiblemente a mis años la afección catódica y, en lo general, si las exhibiciones de control que en tales series proliferan con inmediatez de vértigo (exhaustivo control de las llamadas telefónicas de todo sospechoso funcional, seguimiento al detalle del menor movimiento en las tarjetas de crédito, tiques de aparcamiento, multas de tráfico, cámaras de seguridad de hoteles, restaurantes y demás establecimientos, toda la tecnología ofimática y epitelial del universo) no vendrán dadas precisamente por la misma ideología invasora, expansionista y represora, como vacuna de padagogia masiva y como demostración de un poder de doble filo: vigilancia y protección, the big brother and the uncle Sam.

1.4.07

Ut placeat

«Ut placeat Deo et hominibus» (para agradar a Dios y a los hombres) es el lema de una ciudad que encuentra su etimología precisamente en ese «placea»: «Plasencia de Extremadura, ciudad famosa por sus leyendas y por la personalidad fuerte, violenta, de alguno de sus hijos», en palabras de Julio Caro Baroja. Prueba monumental de esa doble voluntad de agrado, a Dios y a los hombres, son, por una parte, las numerosas iglesias, conventos, ermitas, santuarios que, intramuros y extramuros, como perdurable letanía, dan fe de una antigua, efervescente y poderosa vida eclesiástica, y, por otra, los palacios y las numerosas casas señoriales desde las que se ejercía o se servía al poder y a sus banderías beltranejas o isabelinas, comuneras o imperiales.

Y, sin embargo, una de sus leyendas más célebres cuenta una forma de rebelión contra el «placeat Deo», un desafío a la divinidad. Según dicha leyenda, el maestro Rodrigo Alemán, que talló la sillería del coro de la catedral y fue después preso en una de las torres por arrogancia artística blasfema, tras muchos y precisos cálculos anatómicos, fabricó con plumas de ave unas alas ajustadas a su peso, se lanzó al vacío en temerario vuelo y, al cabo de un cuarto de legua, se estrelló al otro lado del Jerte, en las estribaciones de Santa Bárbara, y se hizo pedazos contra el suelo de la «dehesa de los caballos». Dio cuenta del hecho, a principios del siglo XVII, el jesuita José de la Cerda («huius facti testes oculi Placentinorum», dice: lo vieron muchos placentinos), recogió la crónica Antonio Ponz en el siglo XVIII, lo analizó Caro Baroja en sus vidas por oficio y apenas hace un año lo recogió Pilar Galán en la novela «Ni Dios mismo», que fueron, según parece, las palabras de la rebelión de aquel aprendiz de ángel caído orgulloso de su sillería: que ni Dios mismo podría hacer una obra mejor. De una u otra forma, la identificación del maestro Alemán con Dédalo (por inventor de vuelos y por profesión artesana) y con Ícaro (por el desenlace trágico del intento) ha permanecido en la memoria heroica de la ciudad, pues no es necesario que los hechos ocurran para formar parte de la historia.

Como se sabe, Dédalo construyó el laberinto de Creta y dio con ello su nombre, en las lenguas modernas, a cierta idea del laberinto, del cruce de calles, callejas y callejuelas, y, agotando el paralelismo, al avechucho placentino se le asigna su propio laberinto, la compleja y boscosa figuración de la sillería del coro y las secuelas de sus intérpretes. Sin embargo, al hombre que voló en Plasencia le cabría otra invención y otra variante de Dédalo: la contemplación de una ciudad desde la altura en vuelo rápido. Hay un criterio antiguo según el cual para conocer bien un lugar, un país, una ciudad, no hay término medio: o se vive en ella durante 20 años o, por el contrario, basta con una estancia de 2 días. Tal vez carezca de fundamentos teóricos tan sabio criterio y exagere la simetría dual, pero su aplicación práctica goza hoy de creciente vigencia. Nos hemos acostumbrado al conocimiento profundo de los lugares mediante el recorrido superficial e intenso de los fines de semana, los puentes y los días arrancados al calendario fijo. Sin duda, no es mal procedimiento para conocer Plasencia.

Y basta con volver del revés la huida del maestro tallador. El vuelo de Ícaro se produjo hacia el exterior, puesto que pretendía escapar de la torre en que la ortodoxia diocesana lo mantenía cautivo como a un desventurado Segismundo con conciencia estética, y el viajero de hoy, que opone su conocimiento sabio y exterior al conocimiento histórico interior, emprende su propio vuelo en sentido inverso, hacia adentro, y con su propia conciencia estética. Dada la disposición radial del núcleo urbano, pronto descubre la Plaza Mayor, la conexión de las calles principales con las distintas puertas o postigos de la muralla (Cañón de la Salud, Puerta del Clavero, Postigo de Santa María) y las cadencias naturales de los caminos que desde esas puertas conducen, en amplio alrededor, al Valle del Jerte, La Vera, Las Hurdes, el Valle del Ambroz, las Vegas del Alagón, la Sierra de Gata o el Parque Nacional de Monfragüe.

Pero como el vuelo del moderno Icaro no tiene aliento para tan vasto recorrido, ha de atenerse a lo inmediato y recrearse en la ciudad obligatoria: la comprobación de que efectivamente hay dos catedrales, de que la nueva engulle a la vieja y de que un corte vertical habitado por cigüeñas permite distinguir la austeridad del siglo XIV de la retórica arquitectónica del siglo XVI; el Museo Etnográfico y Textil; la Casa de las Dos Torres, decapitada; el Palacio del Marqués de Mirabel, donde se adivina el pensil cerrado para muchos y abierto para pocos en que aún se conservan restos del coleccionismo renacentista de don Fadrique de Zúñiga, el mismo que hizo labrar en un balcón posterior el engañoso lema de la fugacidad; la iglesia de San Martín, donde dejó su huella el divino Morales; etcétera.

Finalmente, cumplidos los trayectos preceptivos, el moderno Ícaro callejea, recorre al azar, en círculos, lo que, como un tópico del urbanismo medieval, ha dado en llamarse precisamente «dédalo de callejuelas» y repara en los detalles que permanecen, la solitaria y sombría calle de la Encarnación, los arbotantes de la calle de Arenillas, un balcón en la casa del Deán, un escudo de Carlos V en el Palacio Municipal, la Puerta del Sol, los chopos del Jerte, la lentitud del río, el escueto puente de San Lázaro, vestigios de una edad mixta y gremial, idas y venidas en torno a la Plaza Mayor y sus nutridos soportales, donde finalmente, en una terraza, al sol de abril, al margen de las avenencias y desavenencias en las que se balancearon antaño los regidores y el cabildo y ajenos al contenido de archivos, actas, contratos y otras providencias, procesar el trazado urbano que se derivó de aquellos ejercicios del poder y apropiarse, con placentera placidez y espíritu no sólo digital, de las huellas de tanto afán y de tanta labor. Porque sólo quien emplea con provecho los dos días del conocimiento puede considerarse en posesión total, sin pliegues, de la ciudad.

El viajero, 31-03-2007

28.3.07

139

«Cuatro de los trescientos ‘padres’ están a la mesa, los ciento cincuenta legos permanecen detrás con el mayor respeto. El rey los provee de esta comida que les hace aparecer tan sonrosados y alegres. No he visto unas caras como estas en mi vida, ni siquiera en los cuadros de Pablo Veronés, que se deleitaba pintando frailes garridos.
Dicen que el mantenimiento de esta gran familia le cuesta al rey no menos de doscientos mil cruzados al año; no me parece una exageración considerando que a una media de treinta y dos dientes por boca , son más de catorce mil dientes masticando dos veces al día durante todo el año.» (Giuseppe Baretti, «Viaje de Londres a Génova a través de Inglaterra, Portugal, España y Francia», Reino de Redonda)

Cumpliendo con la tarea encomendada. Los tres primeros libros (de la izquierda: «Jarmila», «Mi Lvov», «El cuenco de la mano») no tienen 139 páginas, de modo que paso al cuarto. Sigan, pues, si les place y les complace, cual estribillo de zéjel, Ismael, Julio y Miguel.

24.3.07

Cortázar

Como lector, he alternado euforias, alejamientos e intermitencias con respecto a Julio Cortázar. No olvidaré jamás cuándo y dónde leí «Rayuela», ni las circunstancias que rodearon al «Libro de Manuel». Además de algunos cuentos universales, valoro especialmente «El perseguidor». Le corresponde, en suma, a Julio Cortázar una aureola singular de escritor eternamente adolescente, arquetipo de cierta mitología literaria inmaterial. De ahí que sea especialmente triste y enojoso oír su voz -¿su voz?- en un anuncio televisivo desgranando con sus erres frases sueltas del «Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj», my friend.

10.3.07

Etimologías

El PP monta el caos (Del lat. chaos, y este del gr. χαος).

9.3.07

Lost

Antaño y no tan antaño, el viajero perdía el norte. «¿Qué norte guiará la nave al puerto?», se quejaba fray Luis de León tras el abandono del Pastor Santo. Y perder el norte, o la luz, era cosa grave, como asegura Rubén Darío: «Soy como un ciego. Voy sin rumbo y ando a tientas. Voy bajo tempestades y tormentas, ciego de ensueño y loco de armonía». Hogaño, sin embargo, no sólo se pierde el norte, sino el norte, el sur, el este y el oeste. Y lo que es peor para todos y más grave: el centro (que no es el propio y muy ambiguo ombligo).

3.3.07

Manguel

Como me gustó «Una historia de la lectura» y no me disgustó «Leer imágenes», leo «La biblioteca de noche» y, a medida que avanzo, busco una etiqueta para su autor. Erudito, pienso, pero no, ni coleccionista de curiosidades, ni rastreador de anécdotas, aunque de todo haya en sus libros: erudición, curiosidades, anécdotas y otros condimentos. Alberto Manguel es un «bon vivant» del libro y la lectura.

25.2.07

Fray Luis

Leyendo ejercicios escolares no sólo se aprende mucho, por ejemplo que «Luis [por fray Luis de León] ingresó en la orden de los angustinos» o que «introdujo la corriente atlética en la literatura española», sino que se comprende el porqué de muchas cosas, en este caso, en primer lugar, el azaroso mecanismo de la etimología popular (debió de padecer muchas angustias Luis para hacerse angustino) y, en segundo lugar, la actividad a la que el pobre angustino se entregó durante los años de prisión para ser incluido como medalla olímpica en el anecdotario nacional con la ingenua e inverosímil marca off the record de «decíamos ayer» o, según leo aquí en otro ejercicio (cita literal rastreable en google), «dicebamus hesterna die».

16.2.07

Cederrón

En «Nocilla dream», de Agustín Fernández Mallo, novela sobria y austera que hay que leer dos veces si, cediendo al hábito de las lecturas cerradas, se quieren atar todos los cabos que, en su dispersión (113 capítulos breves o brevísimos), puedan ser atados, se incluyen párrafos (que son capítulos) de autores varios. Se me ha ocurrido copiar éste, de Jeff Rothenberg, que es el 45: «Año 2054. Mis nietos están explorando el desván de mi casa. Descubren una carta fechada en el 2004 y un CD-ROM. La carta dice que ese disco CD-ROM que tienen entre sus manos contiene un documento en el que se da la clave para heredar mi fortuna. Mis nietos tienen una viva curiosidad por leer el CD, pero jamás han visto uno salvo en las viejas películas. Aun cuando localizaran un lector de discos adecuado ¿cómo lograrían hacer funcionar los programas necesarios para la interpretación del disco? ¿Cómo podrían leer mi anticuado documento digital? Dentro de 50 años lo único directamente legible será la carta». Creo que no hace falta subrayar.

14.2.07

Historia

Estoy muy preocupado: esta noche he soñado con los suevos.

9.2.07

Corrección

El «Ahora la estupidez sucede al crimen» que escribió Cernuda en verso memorable admite, me digo, actualizaciones y se adapta, para desgracia nacional, a otro ahora, al ahora de ahora, de ayer mismo, cuando la estupidez precede al crimen indiscriminado (el criterio moral del personaje de Orson Welles en «El tercer hombre») y al crimen indiscriminado le sigue la chacota, que es oficio de taberna.

8.2.07

Psicológica

Cada paraguas abierto bajo la lluvia en las aceras de doble dirección es un indicio del carácter.

5.2.07

Iva

¡Cuánto desconcierto ha generado el IVA en la ortografía escolar!

4.2.07

Nietos

No debe de ser casualidad, me digo, sino circunstancia acorde con el tiempo transcurrido y con la infamia de los hechos, que en los dos libros que, por imprevisto azar, acabo de leer uno tras otro, «Así fue pasando el tiempo. Memorias de una miliciana extremeña», de María de la Luz Mejías Correa, y «Lunas de agosto», de Justo Vila, que vienen a ser como la realidad de una misma ficción y la ficción de una misma realidad, sean justamente los nietos los que llevan, trasladan o transcriben la voz narrativa, nieto real y nominal en el primer caso, Manuel Pulido Mendoza, y nieto literario de un personaje asesinado en agosto del 36 en Badajoz, en el segundo. Resulta, sin embargo, descorazonador que, siendo, como es y debe ser, el tiempo de los nietos y, en consecuencia, el principio del tiempo de la historia y de la comprensión, haya tantos y tantos que se niegan a comprender y que arremeten con atizadores que no son precisamente, por desgracia, el atizador de Witgenstein.

3.2.07

Lotería literaria

Nos alegran a veces cosas que no tienen más razón que la edad y el envejecimiento. Por ejemplo, que haya libros que se tienen por ahí, amontonados en las estanterías, «libros parásitos», que se leyeron en su momento, que se olvidan, a los que no se vuelve en años por inercia y a los que se vuelve de pronto por azar de ediciones o de rediciones con infantil regocijo: ¡Lo tengo! ¡Lo tengo! Así vuelvo yo ahora a las «Prosas apátridas», de Ribeyro (Tusquets, 3ª edición, 1986). Y, por otra parte, además, ese volver está lleno de viejos enigmas, o autoenigmas, de desconocimientos del propio yo y de sus aprendizajes o confusiones intelectuales, vaguedad de vaguedades y todo vaguedad. ¿A qué obedecen los viejos subrayados? Por ejemplo, entre otros muchos de estos doscientos textos: «¿Por qué dentro de cien años se seguirá leyendo a Quevedo y no a Jean Paul Sartre? ¿Por qué a François Villon y no a Carlos Fuentes?» (pág. 13-14). ¿Qué afirmación me satisfizo más hace veinte años, la exaltación de Quevedo o la condenación de Fuentes? Creo saber, sin embargo, quién tiene la respuesta: el ciudadano analfabeto de Plutarco. Que, al fin y al cabo, c'est moi.

2.2.07

Urbanidad

En las tertulias radiofónicas matinales o nocturnales, uno de los males de este tiempo audiovisual e hiperopinante, es frecuente oír decir, más o menos (las variantes del sentido son numerosas): «Yo no te he interrumpido mientras hablabas; no me interrumpas tú a mí ahora» (¡triste mundo éste de tanto aydelós: aquí, los pronombres personales del ombligo!). Es un doble síntoma: de impotencia y de mala educación. Por escasez de inteligencia lo primero y, lo segundo, porque la educación no es moneda de cambio y, si se pretende convertirla en tal, se degrada y devalúa.

30.1.07

Espinosa

En una librería céntrica de Madrid, dos individuos maduros y barbados hojean un libro que al pronto no alcanzo a ver y hablan con voz grave, cual barítonos complutenses. «Es un gran filósofo», dice uno de ellos. Y añade otras informaciones que, por discreción, porque, una vez reconocido el libro, me alejo dos o tres pasos para no levantar sospechas, no llego a oír del todo. Cazo palabras sueltas: tractatus, teología, ética. Y alguna frase: «Que no, que no es teólogo, es filósofo», insiste el primero. El otro pasa las páginas hacia delante y hacia atrás, baraja, se detiene en un punto, parece que lee algunas líneas al azar, baraja de nuevo, lee, cata la enjundia del producto. «Muy fragmentario para ser filosofía», comenta. Y también: «No sé, no sé». Yo vigilo, acecho, disimulo, finjo. La gente a veces se lo piensa, pesa y sopesa las decisiones con lentísima incertidumbre. Hasta que al final los veo a ambos en la caja. Se lleva la mercancía el dubitativo. Está pagando. El libro es «Tríbada», de Miguel Espinosa (Siruela). Cualquier procedimiento para llegar a este autor, tanto da «more geometrico» como «teológico-político», es bueno, justo y baruch, pues «las ideas inadecuadas y confusas se siguen unas de otras con la misma necesidad que las ideas adecuadas, es decir, claras y distintas».

28.1.07

Negociación y homonimia

Ablando hablando.

26.1.07

Planto de plantilla

¡Adeus, Figo! ¡Good bye, Beckham!
¡Au revoir, Zidane! ¡Ciao, Ronaldo!
Los que os trajeron os ekchan.
La galaxia se hizo saldo.

24.1.07

Tabarra

En la vida de Arístides, tras detallar los procedimientos democráticos del ostracismo (cada ciudadano escribía en una concha el nombre «del que quería que saliese desterrado», se pocedía después al recuento y «aquel cuyo nombre había sido escrito en más conchas era publicado como desterrado por diez años»), cuenta Plutarco cómo «un hombre del campo, que no sabía escribir, dio la concha al propio Aristides, a quien casualmente tenía a mano, y le encargó que escribiese: “Aristides”; y como éste se sorprendiese y le preguntase si le había hecho algún agravio: “Ninguno —respondió—, ni siquiera lo conozco, sino que ya estoy fastidiado de oír continuamente que le llaman el justo”», y cómo «Aristides, oído esto, nada le contestó, y escribiendo su nombre en la concha, se la volvió». Recuerdo a menudo esta historia, no por las reflexiones éticas y políticas que de ella pudieran y aun debieran derivarse, sino porque me solidarizo con ese hombre del campo frente a ciertos nombres que en nada me han agraviado y a los que no conozco, pero de los que no se cansan de cantar elogios prensa, radio, televisión, share y audiencias, especialmente (pero no sólo) deportistas: Sainz, Nadal, Alonso e tutti quanti quanti quanti. ¡Qué fatiga, Señor!

19.1.07

Fauna

Esa especie humana tan común que tiene el dudoso, irreversible e inoportuno don de amargarnos el día con apostillas (o, mejor, apostas) desagradables, impertinentes, agrias, cuando no ofensivas...

13.1.07

Callejón del Gato

«¿Que alguna vez pecó?», leo esta tarde en el prólogo que Gómez de la Serna antepuso a su biografía de Valle-Inclán. «No merece ni anotarse el hecho», se responde el biógrafo y sólo para esa respuesta ha planteado la pregunta, «pues tenía en su fervoroso espíritu algo que logra por sí solo la remisión de los pecados: el ‘furor ético’». Y añade: «El furor ético —que, por su parte, es lo más grande del clima español— evitaba su corrupción interior, como la bilis vence los estragos humorales» («Don Ramón María del Valle-Inclán», Gran Austral, pág. 20). Otros furores, sin embargo, prevalecen en estos primeros días de 2007 y en los preliminares de esta triste tarde crepuscular de sábado, otros pecados, otras corrupciones, otros humores y otras bilis. Bien lo reflejan los espejos cóncavos.

10.1.07

Mirra

Viendo los montones de cajas jugueteras que se amontonaban estos últimos días en la basura y en los llamados ecopuntos, ¡estos, Fabio, ay, dolor, que ves ahora despojos de las grandes superficies!, me ha venido a la memoria una escena familiar de las navidades del 95, o de los reyes del 96, cuando sus orientales majestades tuvieron a bien dejar un centro comercial de Pinypon junto a los zapatos de una niña de 6 años. Una advertencia exterior dejaba claro que el centro contenía tres pinypones (y solamente tres, insistieron los adultos para evitar desengaños u otros quiebros de la fantasía), pero cuando todo estuvo desempaquetado resultó que los pinypones eran cuatro. Entonces la niña, con cierto enfado, mirando a su padre, dijo: «Papá, nos han engañado». Nos reímos, naturalmente, como enterados de la vida, pero la verdad de la afirmación y su circunstancia infantil, esto es, que haya una edad en que, sobre tres pinypones, tanto cuatro como dos sean una misma mentira, en que el engaño pueda ir hacia arriba o hacia abajo y darse tanto en el beneficio como en el perjuicio, no sólo debería desarmar al más apasionado defensor de la evolución moral, sino que debería llenarnos de nostalgia y pesadumbre por dejar que el tiempo muera en nuestros brazos.

6.1.07

Sintomantología

En esta tierra extrema los rigores invernales y tipográficos de enero agudizan y recrudecen la sintomantología de los talleres literarios.

5.1.07

Desaperecido

«Hacía más de cinco años que, un 20 de noviembre, también el dictador había desaperecido», leo en un relato de taller. ¡¡Desaperecido!! (sic). Es una errata, sin duda, pero, dado el doloroso contenido de la historia y en vista de la sobrecarga de literatura «de bello civili» que se ha cosechado en los últimos meses, no dejo de creer que el guiño del teclado, más que una travesura mecanográfica del copista o un lapsus psicoanalítico del narrador, sea, en verdad, un acto de justicia digital.

4.1.07

Conrad

Me quedo embobado leyendo y necesariamente releyendo frases como, por poner un par de ejemplos, «sostuvo su cabeza erguida bajo el resplandor de la lámpara, una cabeza modelada vigorosamente con sombras profundas y luces brillantes, una cabeza poderosa y deforme con un rostro atormentado y achatado, un rostro patético y brutal: la máscara trágica, misteriosa y repulsiva del alma de un negro» (pág. 47), o como «la mayoría de los marineros recuerdan en su vida una o dos noches de tormenta en toda su plenitud: nada parece quedar de todo el universo excepto la oscuridad, el clamor, la furia… y el barco, que, como la huella postrera de una creación hecha pedazos, va a la deriva, transportando los angustiados restos de la humanidad pecadora a través de la aflicción, el tumulto y el padecimiento de un error vengativo» (pág. 88), porque no hay prosopografía o etopeya que me alcance con tanta contundencia y porque, aunque no tenga nada que ver, pero dentro del hilo contextual de estos apuntes, no cabe mejor descripción de las desventuras y penalidades de Jonás en un océano soberbio, embravecido y fustigado por la cólera implacable de los rigores bíblicos. Sin lugar a dudas, la eterna intemporalidad del mar mantiene su sustancia en algunas novelas marineras, como en este «El negro del ‘Narciso’», de Joseph Conrad (no sé qué hipnótico atractivo métrico tiene el nombre completo del autor polaco: Józef Teodor Konrad Nalecz Korzeniowski), Espasa Calpe, 2006, que acabo de leer.

3.1.07

Jonás

Cuando Yahvé envió a Jonás a Nínive para profetizar su destrucción, «porque su maldad ha subido hasta mí», tronó la voz del todopoderoso, Jonás prefirió huir a Tarsis, embarcar, ser arrojado al mar para librar a los marineros de las iras de la tempestad, ser engullido por un gran pez y permanecer tres días en el estómago del animal marino antes de levantar sus súplicas al cielo. Vomitado en tierra por el gran pez, volvió Yahvé a enviarlo a Nínive y el profeta Jonás pudo comprobar que había tenido razón al rebelarse contra su dios y al huir antes de profetizar una destrucción que bien sabía, dada la clemencia y la misericordia del creador supremo, que no se llegaría a cumplir. Por eso huyó Jonás: porque no quería profetizar una destrucción que no se llevaría a efecto, porque no quería ser un mal profeta, un falso profeta. Finalmente, sin embargo, se avino ser un falso y mal profeta, pues, en efecto, al oírlo, los ninivitas se arrepintieron de sus maldades, corrigieron su conducta durante la tregua, que era de cuarenta días, y Yahvé se arrepintió de su cólera y determinó no seguir adelante con el llanto y el crujir de dientes. Las cosas hoy han cambiado y Jonás carece de herederos. Los nuevos profetas, los profetas de hoy, prefieren que se cumpla la profecía, anteponen la ideología al bien y aplauden por ello la destrucción.

2.1.07

Musical memoria

En algunas de las novelas leídas estos días he encontrado referencias, comentarios, explicaciones musicales que a mí, en mi ignorancia, me parecen de alto nivel y que, sin embargo, no me sirven más allá de su expresión poética o de su propia abstracción verbal. Por ejemplo, el neurocirujano de «Sábado», de Ian McEwan, razona por qué tal ‘opus’ o tal otro es más o menos adecuado para el quirófano según de qué operación se trate, pero también entiende la grandeza artística y puntual de un ‘blues’ tocado por su hijo en una banda incipiente. El personaje de «Mantícora», de Robertson Davies, un abogado en trance psicoanalítico jungiano, desmenuza con la solvencia de un profesional de conservatorio las grandezas o las debilidades de una ópera de Mendelssohn interpretada por adolescentes en un colegio de Canadá. Y, en fin, el camionero de «Kafka en la orilla», de Haruki Murakami, se deleita una y otra vez, con una comprensión natural (insisto: natural) que debe de ser un don divino, el «Trío del archiduque», de Beethoven, y no en cualquier versión, sino en la de Rubinstein, Heifetz y Feuermann. Ésta es la que llevo yo oyendo toda la mañana, con suma atención, con concentración monacal y un punto forzada, pero con la seguridad también de que, sin perspicacia acústica y sin memoria musical alguna, analfabeto en tan grandioso y espiritual lenguaje, llevo a cabo un ejercicio inútil: mañana ya no reconoceré a Beethoven, ni al archiduque, ni menos aún a Rubinstein, Heifetz y Feuermann.

31.12.06

Cuento (extremeño) de navidad

Se supo en todo momento que el presidente de la junta de Extremadura, a veces solo, a veces acompañado por algunos de sus consejeros (concretamente, los de educación y cultura), mantuvo contactos periódicos y extraños con personajes esotéricos. Según la importancia de la conversación o el orden del día, los encuentros se produjeron en los lugares habituales de la seriedad o la distensión, como la sede de la presidencia, el parador de Guadalupe o el parque de Montfragüe, aunque ha quedado demostrado que para cerrar los puntos de mayor trascendencia se utilizaron despachos de Bruselas y hoteles londinenses reservados por el foreing office. La prensa regional dio cuenta puntual de tales reuniones con objetividad ejemplar, esto es, sin entrar jamás en el contenido de las mismas, limitándose a certificar notarialmente que, en efecto, tal día, a tal hora y en tal sitio, el presidente y algunos consejeros se habían reunido con los señores X, Y o Z. Por eso precisamente, porque tales encuentros no habían sido clandestinos ni secretos, sorprendieron tanto las palabras del presidente en el tradicional mensaje navideño a la región soberana. «A partir del día primero de enero», dijo, «en Extremadura sólo se hablará inglés».

El revuelo que se levantó al día siguiente alcanzó magnitudes de comedia en el ámbito mediático, con los mejores ingredientes del entremés y la zarzuela. La prensa nacional al unísono y los diversos coros de tertulianos en celo sicofante arremetieron contra el autoritarismo del presidente, que, con su habitual falta de tacto y su proverbial pronto exabrupto, exhibía una vez más la faz cazurra y tabernaria de sus procedimientos. El portavoz de presidencia, acosado por las llamadas de todos los periódicos y por las exigencias de numerosas emisoras privadas, tuvo que improvisar para el presidente una agenda apresurada en la que incluso participó la primera televisión pública con un corte de quince segundos. Todos solicitaban desesperadamente rectificaciones o ratificaciones y, en su caso, matizaciones que consolaran al pobre mensajero, pero las matizaciones, sin embargo, aunque las hubo, no apuntaron en la dirección que pretendían los gestores de la información. De hecho, ante la lluvia de acusaciones que se abatió sobre la figura del presidente, éste se atrincheró en la repetición compulsiva de una sola frase. «No se trata de una orden», dijo, «sino de una noticia».

Entonces los yugos y las flechas se dispararon en varias direcciones. Se acusó a la clase política en general y al mandatario autonómico en particular de no saber qué hacer para recabar la atención de los medios, que, como es notorio, se deben a más altos menesteres. Pese a todo, y aun cuando se censuraba agriamente la actitud del presidente de la junta y de sus consejeros, el nombre de Extremadura se mantuvo encendido sobre los fríos extremos de diciembre: editoriales y viñetas, columnas de opinión y cartas al director, ideólogos en nómina y espontáneos al teléfono, glosaron y desglosaron, en serio o en broma, con ingenio o con histeria, las nobles esencias del carácter extremeño, historias épicas de conquistadores y machorros, ásperas intrahistorias de cerdos y bellotas, la calidad sublime y exquisita del jamón ibérico.

Resurgieron por arte de encantamiento numerosas organizaciones gremiales para terciar en el asunto. La oposición mostró su más enérgica repulsa a las declaraciones del presidente. Los profesores de inglés de todos los centros de enseñanza firmaron un manifiesto bilingüe contra el presidente en el que solicitaban su impeachment por interferir de forma tan grotesca en sus tareas pedagógicas. Los profesores de lengua y literatura castellana se soliviantaron igualmente y, tras discutir polícromas ocurrencias corporativas, pidieron dimisiones inmediatas al ritmo consonante de pareados en «ón» o en «ite». Guiados por la mano ciega de dirigentes políticos y sindicales, representantes de los sectores primario, secundario, terciario y cuaternario, contribuyeron a mantener viva la llama de la discordia regional con tales aportaciones de indignación y cólera que el presidente, echando más leña al fuego, según titularon los rotativos regionales en primera y los nacionales en regiones, comentó: «Si sólo por anunciar que los extremeños hablaremos inglés se arma tanto alboroto, ¿qué no ocurrirá cuando realmente lo hablemos?».

La noche vieja empezó con el crepúsculo, al hilo triangular de la tradición: cena, gula y cotillones, champán, turrón y mazapanes. La televisiones transmitieron las campanadas y las uvas, la liturgia ebria de la hora cero del día cero del año en ciernes. Aprovechando el alboroto desencadenado por el presidente de la junta, una televisión privada tuvo la picardía geopolítica de colocar sus cámaras en la plaza de la capital autonómica extremeña. Era evidente que no batiría marcas de audiencia, pero ciertas condescendencias epulonas con las regiones en vías de desarrollo suelen saciar las ansias de sensiblería social con impagables beneficios de imagen. Sin embargo, la transmisión desbordó todos los presagios. El locutor, un comediante extremeño de proyección nacional, explicó con un trabalenguas popular la mecánica de los cuartos y se proclamó eco verbal del reloj del consistorio para indicar con números el orden de ingestión de uvas. Y así cantó la primera campanada: «Una», dijo. Entonó igualmente la segunda: «Dos». Pero en la tercera, seguramente por llevar el reloj algún desajuste con respecto al meridiano, se produjo el advenimiento del año nuevo. El locutor dijo: «Three», con un leve acento californiano. Articuló la cuarta con pulcritud fonética: «Four». Y así siguió, «five», «six», «seven», hasta «twelve».

Los espectadores autonómicos no percibieron ninguna anomalía, pero en el resto del estado español se expandió una sobredosis de sorpresa y de estupor. La mezcla atragantada de alegría y patriotismo, de uvas y cava, bloqueó todas las centralitas del país con insultos a la cadena privada por mancillar el honor extremeño y pisotear el buen nombre de una región tan entrañable. Nada de ello era cierto, sin embargo, porque, en efecto, cuando el reloj de la plaza de la capital autonómica dio la tercera campanada y la gente se atascaba con la uva tercia, los extremeños dejaron de hablar castellano y empezaron a hablar inglés.

Se sucedieron días de agitación regional, nacional e internacional. El prodigio, sólo equiparable al episodio bíblico de la construcción de Babel, alcanzó difusión planetaria. Los periodistas de información informaron, los periodistas de opinión opinaron y los periodistas de investigación investigaron. Pudo verse al presidente extremeño desfilar por todas las televisiones con auricular para la traducción simultánea y a muchos entrevistadores avergonzarse del sonotone inverso. En las pantallas de todos los hogares apareció el presidente de la junta con subtítulos, bailándole en los ojos la alegría triunfante del especialista en karaoke. Los observadores políticos valoraron el acontecimiento como positivo o negativo según adscripción, ideología o sueldo. Y los periodistas de investigación, ayunos de filtraciones, se perdieron en inefables conjeturas. Mientras unos discutían la identidad de los interlocutores presidenciales y el carácter de sus encuentros estivales u otoñales, la conferencia episcopal difundía un comunicado ambiguo sobre los designios de la providencia, las lenguas de fuego, la legendaria fe mariana de la región y la benevolencia milagrosa de la Virgen de Guadalupe, en tanto los cibernautas, por su parte (consúltense páginas web a este respecto), hablaban de encuentros en la quinta fase, de abducciones colectivas, de manipulación filogenética y de la implantación de un gen lingüístico en el ADN autonómico. Unos y otros coincidieron sólo en un dato objetivo, a saber: que, puesto por sus contactos en el trance extraterrestre o celestial de elegir una lengua diferencial para sus paisanos, el presidente olvidó sus afinidades filológicas con el francés, desestimó el anacronismo del castúo, pasó por alto los últimos avances en la reconstrucción artificial de lenguas primitivas autóctonas, como el húrdalo o el sérbolo, y, contra todo pronóstico de la izquierda antiimperialista, eligió el inglés.

Enseguida los extremeños radicales se pusieron en pie de guerra y reclamaron privilegios, desarrollos estatutarios, soberanía e incluso un referéndum para convertirse en Puerto Rico (la paronomasia brindó un chiste fácil y macabro al enemigo melancólico). «Somos diferentes», argumentaron. Como era previsible, rápidamente llegaron presiones del gobierno central, amenazas de verja y aduana, barreras arancelarias, pero no sólo se encontraron con la oposición firme y solidaria de la plebe electoral, incluso de la plebe adicta, fiel y eurócrata, sino con un severo toque de atención por parte de los máximos dirigentes de USA y UK, quienes, con la sensibilidad belicosa a flor de piel de misil, veían con simpatía y ternura el hecho diferencial aislado de un reducto ibérico expulsado hasta el presente de todos los paraísos y todos los poderes.

En los fríos de enero se celebraron manifestaciones espontáneas en Madrid y otras capitales de provincias, se exhibieron pancartas reivindicativas con mucho «Viva Extremadura» y mucho «Extremadura española», pero el pacto estaba hecho y el presidente estaba dispuesto a cumplir la palabra empeñada. «Pura envidia», dijo el hombre de la calle extremeña, que sólo lamentaba no entender los programas de televisión y tener que condenar al puro infierno de la inapetencia visual las venturas y desventuras de médicos, albañiles, monjas, periodistas, compañeros y amores en ruina. El presidente, por su parte, se enfrentó al gobierno del centro y pronunció una frase enérgica, con sabor a historia. «Los que hablamos la lengua que Shakespeare habló, habremos de ser libres o morir», dijo.

A fecha de hoy, cabe asegurar que fue un acierto político del presidente, cuya clarividencia nebrijana puso de manifiesto que lo que no se consigue como hombre se consigue como hablante y que no basta con pertenecer al género humano, sino que es necesario conocer la gramática del imperio. De hecho, las ventajas del cambio no dejan de percibirse día tras día, en todos los sectores, primario, secundario, terciario y cuaternario, aunque sólo sean las derivadas de haberse constituido en la única sucursal legítimamente anglófona del páramo peninsular. Incluso muchos extremeños aprenden ahora castellano y portugués, por razones de vecindad y porque no dejan de acudir estudiantes de Portugal, Andalucía y las dos Castillas para perfeccionar la lengua universal.

Plasencia, 24 de diciembre de 1998

30.12.06

Antes de leer

El 24 de diciembre de 1998 por la tarde se me ocurrió escribir una especie de cuento de navidad, más exactamente, dada la idea nacionalista o autonómica del asunto, un «Cuento (extremeño) de navidad». Mi idea primera, una vez escrito, fue publicarlo en la tribuna de un periódico regional el día 31 de diciembre, como broma, como parodia, como reivindicación o como simple capricho de san Silvestre, pues pensaba que contenía suficiente ambigüedad para entenderlo o interpretarlo a conveniencia. No tuve suerte, sin embargo, y el cuento no se publicó el día de fin de año. Esperé que se publicara en los primeros días de enero, pero fue en vano: no hubo lugar. Al fin supe que no había superado la censura interna del rotativo hodierno y cotidiano. Me limité, pues, a enviarlo como postal de felicitación tardía a diversos amigos en papel primorosamente impreso con una láser doméstica. Tiempo después, algo abreviado (por razonables simplificaciones léxicas), se publicó en un libro de texto norteamericano para estudiantes de español: Victoria García Serrano, Annette Grant Cash y Cristina de la Torre, «A que sí», 3rd Edition, Thomson & Heinle, Boston, 2005 (pág. 261-263). Hoy, cuando ya tenía yo olvidado tan antiguo lance, me llegan noticias de cómo responden algunos alumnos (norteamericanos) a las actividades de lectura, comprensión y opinión que se les proponen, ingenuidades escolares del tipo «Extremadura es un país imaginario» o «Extremadura es la única zona de España en que se habla inglés» (que no sé yo qué cosa sería más deseable en el caso de que alguna no sea cierta), y comoquiera que no deja de tener cierta azarosa gracia todo ello, me voy a permitir cumplir, con ocho años de retraso, por distinto procedimiento, con intención entre arqueológica y festiva, sin alterar una coma y como particular homenaje a quien se va, la remota idea primera: colgaré, pues, en el blog el dichoso cuentecillo (extremeño) de navidad un 31 de diciembre.

28.12.06

Lapsus

Según parece, cierto jugador de fútbol italiano afincado en Madrid ya puede ir buscándose otro equipo en el mercado de invierno, porque, dice la periodista deportiva, no ha proporcionado el rendimiento que de él esperaba «la entidad blancaria» (sic). «Perdón, blanca», se corrige enseguida la muchacha, pero dicho queda.

22.12.06

Fonética

«…sobre la crisis de Air Madrid», quedan colgando en el aire las palabras con que el presentador de informativos subtitula las imágenes de campamento desolado que parece el aeropuerto. Pero el hombre del rincón, de espaldas al televisor y acariciando el vaso de pitarra, comenta, no sé si ajeno o socarrón: «Er Madrid no tiene arreglo, ni con Capello ni con nadie».

19.12.06

Pack Parménides

Incluso, si me tocara o me tocase el gordo, como me atreví a insinuar hace un par de días, estoy sopesando la posibilidad de celebrarlo de manera cartuja y anteponiendo la cueva al cava y sus etimologías, esto es, encerrándome en una habitación interior, un punto en penumbra, sin villancicos ni espumosos, con cuatro libros (un «pack»), y leerlos uno tras otro, ininterrumpidamente y en el siguiente orden: el «Poema», de Parménides (tal vez con dos o tres versiones: García Bacca, García Calvo, Gredos; por comparar mayormente y saber si son yeguas, caballos o corceles los que han de llevarme tan lejos como el camino alcance); el «Parménides», de César Aira; «En los oscuros lugares del saber», de Peter Kingsley; y «La ciénaga definitiva», de Giorgio Manganelli. Por ver si al fin dioses o diosa o dáimones me iluminan y me conducen al verdadero mundo de los signos.

17.12.06

Averígüelo, Vargas

Con malas intenciones me pregunto si, en su «Piedra de toque» de hoy, titulada «Las exequias de un tirano» (El País, 17-12-2006) no estará don Mario Vargas Llosa viniendo en el fondo a coincidir de pleno con el nieto retórico-militar del dictador cuando escribe que «la condena firme e inequívoca del tiranuelo que fue Pinochet, y de su inicuo sistema, no debe significar, sin embargo, una justificación ni un olvido de los gravísimos errores cometidos por la Unidad Popular, de Salvador Allende, sin los cuales jamás se hubiera creado el clima de desgobierno, violencia y demagogia que llevó a muchos chilenos a apoyar el putch de Pinochet», y si, en consecuencia, sigo preguntándome, con no mejores intenciones, consciente de haber alumbrado una mecha explosiva y peligrosa en su homilía neoliberal (la cruzada del converso Zavalita es, como bien se sabe, contumaz), no se estará curando en salud, o absolviéndose por propia mano del doble o triple error (historia, argumentación e ideología), al terminar deseando en un último parrafillo, como en un amén desvirtuado, que «ojalá [y, viniendo de donde viene, paso por alto la pertinencia etimológica de la interjección] que la trágica historia de Allende y Pinochet no se repita, ni en Chile ni en ninguna otra parte». Como si dijera: que razones y motivos, haylos.

Participación

Llevo un décimo, el décimo, mi décimo: oficio hecho, misión cumplida y no vaya a ser que. Ahora bien, si alguna vez, por navidad (o incluso por el niño, de improbabilidad exponencial), me tocara o me tocase el gordo, prometo por Dios y juro por mi honor no aparecer en los telediarios dando saltos euróticos ni descorchando o esgrimiendo una botella de champán, cava o comoquiera que termine llamándose ese vino espumoso de galas, brindis, euforias, parrandas y celebraciones. He dicho.

15.12.06

Feijoo

Me da por ponerme a enredar en el «Teatro crítico universal», de Benito Jerónimo Feijoo, y leo en el «Prólogo al lector»: «Bien sé que no hay más rígido censor de un libro que aquel que no tiene habilidad para dictar una carta». ¿Tendrá razón?, me digo con cierta complacencia. Sigo leyendo: «Proponer y probar opiniones singulares, sólo por ostentar ingenio, téngolo por prurito pueril y falsedad indigna de todo hombre de bien. En una conversación se puede tolerar por pasatiempo; en un escrito es engañar al público. La grandeza del discurso está en penetrar y persuadir las verdades; la habilidad más baja del ingenio es enredar a otros con sofisterías». ¿Tendrá razón?, me digo ahora con alguna preocupación, porque noto como si me apuntara con la frase o como si la frase me apuntara con el dedo («Touché», diríamos). De modo que he vuelto a empezar por el principio y así, a lo tonto a lo tonto, se me ha ido la tarde dándole vueltas, como lector, a este «Prólogo al lector» que me llama «lector mío».

13.12.06

Droite divine

Qué talle, qué donaire, qué alto cuello de garza, qué cabellos, qué boquilla (sobre todo, qué boquilla), qué color, qué buen andanza: tal pasea por la calle, por el foro y por la plaza, por tierra, por mar, por aire, y por toda la galaxia, una nueva «droite divine», vana y universitaria. Cómo fieren sus saetas cuando los sus ojos alza, cómo fieren sus cuchillos, cómo fieren sus espadas.

9.12.06

Ma non troppo

Los meteorólogos de los telediarios dirigen la orquesta de las lluvias, las borrascas, las temperaturas y el anticiclón.

[A modo de greguería (borrador)]

8.12.06

Beatus ille

Beatus ille qui procul negotiis pueda pasar un solo, un único día, sin que le resuene en los oídos o le arañe en los ojos, hora a hora, página a página, en todas las ondas y todas las prensas, como el ritornelo de un papagayo atragantado o como el eterno bolero de un bolero revés, la aviesa determinación de unas siglas no tan seculares: Precio Político, Precio Político, Precio Político…

4.12.06

Patogenia

Toda sedición supura supiomoa.

3.12.06

Prez

Ni tan poco ni tan bien,
ni tampoco ni también,
que marea tanto vaivén.
No haya, pues, premios. Y amén.

Que se suprima el Cervantes
pronto, ya, hoy, cuanto antes,
pues que parece que el premio
molesta tanto en el gremio
a no ser que se lo den
a Axa, Fátima y Marién

Y que los demás también,
que tampco están tan bien.
Que no haya premios. Amén.

2.12.06

Propósito

Para no abundar en tan persistente y reductora asociación de marca registrada o de patente estética (esa incómoda inserción de símbolos o caracteres especiales: ©, ™, ®, etcétera), hago firme y determinante propósito de no mencionar nunca jamás los nombres de David Lynch y de Sam Peckinpah cuando hable de o escriba sobre (si es que alguna vez hablo de o escribo sobre) Haruki Murakami y Cormac McCarthy, respectivamente.

1.12.06

Meridiano

«Gobernar a los buenos cuesta muy poco. Poquísimo. Y a los malos no hay modo de gobernarlos. Al menos que yo sepa», dice el veterano sheriff de la última novela de Cormac McCarthy traducida al castellano («No es país para viejos», pág. 54), verdad antigua con aplicación de tan amplio espectro que reducirlo a la instrucción pública o a la perversión política o al rayo que no cesa o a la malevolencia de los medios o incluso a la ceguera del victimato, como era mi intención inicial en esta entrada, es una frivolidad. Me consolaré, pues, sin derivaciones ni efectos secundarios, con la épica áspera y árida del autor de «Meridiano de sangre».

28.11.06

Dicroísmo

Clamó el guerrero aguerrido: «Que me dejen en paz».

24.11.06

Primaces

Como que aprecio yo contradicción o paradoja en que, declarándose «católicos» y «ecuménicos» (palabras estas dos, como bien se sabe, de distinta etimología, pero de igual significado: «universal»), vengan también a declararse preocupados por la España «Una» los hispanos prelados, a no ser, me digo, que se trate de la inercia del reino del báculo y la mitra o de alguna grande y libre variante de obispos «in pártibus infidélium».

22.11.06

Arrrumbambero

Llevo en el coche un disco titulado «The soul of black Perú», algunas de cuyas canciones, como «Samba Malato» y «Toro Mata», que canta Lucila Campos, son especialmente reiterativas y pegadizas y enloquecedoras. Y el caso es que hoy, después de leer los periódicos regionales, se me ha metido en la cabeza el estribillo de «Toro Mata» y no deja de taladrarme la musiquilla, aunque, para mayor locura y más tonto aturdimiento, supongo que por un acto más reflejo que solidario, en lugar de «Toro mata, ahí, toro mata», canto para mí, en silencio obsesivo, «Concejala, ahí, concejala».

20.11.06

Estilema

Someto al tercer grado a un experto lector para ver si le suena el siguiente párrafo: «Al principio estos ruidos importunaban al escritor, como importuna una sensación de conjunto, la bárbara irrupción de una murga, el vocerío de una feria; pero así que fijó su atención en el hecho de que la calle era bulliciosa, infernalmente estrepitosa, notó con angustia que cada ruido se destacaba de los demás y se precisaba y definía, obstruyéndole el cerebro y no permitiéndole tornear un solo verso. Los tranvías le pasaban por las sienes; los coches rodaban sobre su tímpano…». Ahí me detengo, como si fuera innecesario dar más pistas. Y, en efecto, el reo, cual aprendiz de enólogo que paladea la calidad de las palabras y su grado de maduración, responde sin apenas vacilar: «Juan José Millás». No es mala respuesta, ciertamente, aunque se trate de un cuento de Emilia Pardo Bazán (título: «El ruido»). De donde se vuelve a deducir que las «patentes de estilo» pueden ser, y a menudo son, retroactivas y que antes hay crianza que reserva.

19.11.06

Dominical

Agrupo en dos categorías a los personajes que encuentro por la calle en mañanas soleadas de domingo: litúrgicos y atléticos. Los primeros visten indumentaria de fiesta de guardar y día del Señor (existe un verbo «endomingar»); los segundos son chandalianos. Ambos velan por su salud, los feligreses por la del alma y los sudadores (yóguines, fútines, pádeles, tréquines) por la del cuerpo. Se reparten el cultivo del espíritu y el músculo, el mérito celestial y la prevención coronaria. El domingo es el gran día sanitario. A mediodía un aperitivo. Todo está bien, todo está mal: el país, el mundo y la razón; no hay mejor abecé para la caña con vermú. Y por la tarde, carrusel. Confirmado, completamente confirmado. Gol de Maniche.

Barbara

De figuris generalibus syllogismi et de ipsarum modis et regulis.- a) Dejó primero la nieve de ser blanca, la noche dejó de ser oscura y el agua dejó de ser corriente y pura y cristalina. b) Dejó después la nieve de ser nieve, la noche de ser noche y el agua de ser agua. c) Ergo, la guerre de Troie n’aura pas lieu, la guerre du Golfe n’a pas eu lieu y ¿quién dices que dice que hubo alguna vez alguna guerra civil en este paraíso (intermitente)? Quod erat demostrandum.

16.11.06

Didascalia

A propósito del valor didáctico del humor en el estudio de las matemáticas escolares, leo en el suplemento de educación de «El país» (13-11-2006): «Va el profesor y le dice a sus alumnos: en el examen de matemáticas de mañana quiero que saquéis todos una nota por encima de la media. ‘Hay gente que no se ríe porque no lo coge, y eso es que algo falla en las matemáticas, porque para hallar una nota media tiene que haber notas más altas y más bajas’. Elemental, pero ¿quién se había reído? O, bueno, ¿quién no se ha quedado con cara de circunstancias?». Me quedo perplejo, yo, y caricircunstanciado, en ese ‘hay gente que no se ríe porque no lo coge, y eso es que algo falla en las matemáticas’, porque, aunque entiendo que cada uno vaya a lo suyo, a las risueñas y divertidas e hilarantes matemáticas en este caso, no entiendo que pase por alto lo fundamental en el humor: que es el humor, naturalmente. Esto es, que no hay gracia alguna en esa ingenuidad matemática por mucho que «se coja la media». Pero parece que pasamos sobre la cosa intelectual con un «tertium non datur» inscrito en el cerebro. Yo puedo dar fe, a cambio, del alboroto escolar que se montó cuando un profesor de lengua, al hilo de «el agua - las aguas, el aula - las aulas, el arma - las armas» y otras equivalencias, pidió sustantivos femeninos que empezaran por «a» tónica y un alumno, sin el menor humor matemático y con enfebrecido entusiasmo morfológico, respondió: «¡Perdiz!».

14.11.06

Ley de Lem

Coincide la aparición de la autobiografía de Stanislaw Lem, «El castillo alto» (Funambulista), con una estadística previsible: en 2005 cerraron (o no dieron señales de vida) 900 editoriales. La novela de ciencia ficción que prefiero es «Solaris», porque la reducción del espacio exterior a lenguaje, a una forma sobrehumana de lenguaje y polisemia, es tan misteriosa como deslumbrante. Sin embargo, hay ciertos libros de Lem por los que siento predilección y que anticipaban (al fin y al cabo, lo propio de la ciencia ficción es anticiparse) estas desventuras: «Vacío perfecto», «Un valor imaginario» o, más recientemente, «Provocación», reseñas de, prólogos a o ensayos sobre libros inexistentes, es decir, libros que no han necesitado editor. No puede extrañar, por tanto, que quiebren tantas empresas editoras. Mismamente en «Provocación» se lee: «Nada excita más a los editores de hoy que un libro que no hay que leer, pero que todos deberían tener». O bien: «Como es sabido, no hay nada que los editores teman tanto como editar libros». La razón viene dada por la propia Ley de Lem: «Nadie lee nada; si lee, no comprende nada; si comprende, lo olvida enseguida». Se advierten en el enunciado claros ecos de Gorgias (que nada existe; que, si existe, no es conocible; que, si se conoce, no es comunicable), pero no estoy tan seguro de que la ley de Lem sea un mero y bienhumorado sofisma.

8.11.06

Común

Raro es el día que dejo de encontrar en artículos de opinión una definición de España como «proyecto común» (tan lejos, tan cerca y tan is different) y, comoquiera que, siempre que lo encuentro, viene escrito por alguien que arremete contra los partidos nacionalistas, o separatistas, o independentistas, o incluso terroristas (la terminología pasa proporcionalmente del grado positivo al superlativo no según la ideología del partido cuestionado, sino según la ideología del columnista en cuestión), me pregunto qué significa ya el adjetivo «común», cuánta carga semántica ha perdido en el perverso camino de la historia y quién decide, en suma, su pertinencia como complemento de «proyecto».

7.11.06

Redondilla

Y aunque la verdad os duela,
la diré: a falta de orquesta
con que amenizar la fiesta
el Madrid juega «a capella».

[A petición forofa]

29.10.06

Superación

«Quien quiera ser superior o aspire a ello, ay, infelice», sentenció Asdfg con mínima ironía, «sólo estará reconociendo su inferioridad, qwerido Qwert».

28.10.06

A río revuelto

«Eso [una menudencia electoral elevada al cubo] está más claro que el agua», asegura en un telediario un eminente campanyudo. Pero ¿quién puede certificar, en estos tiempos de lluvia y lodo, la claridad, la transparencia del agua? Sólo, tal vez, se pensará, esos extravagantes seres cuya inutilidad social se compensa con una catalogación superestructural: léase, poetas. Sin embargo, ya Góngora avisó: «Turbias van las aguas, madre», y, si acaso fueran claras, qué mejor tarea política que, como aquellos pescadores que envenenaban todo el cauce del río, del arroyo o la garganta para que salieran a flote, muertos, los menudos pececillos, qué mejor tarea, digo, que removerlas, envenenarlas y enturbiarlas.

23.10.06

D.A.E.

Vicent, Manuel.- Lírico mondonguero.

22.10.06

Apódosis

En cambio, para quien desdeña todo el misticismo romántico tras el que a menudo se enaltece la tarea puramente física de escribir y para quien el socorrido temor a la página en blanco no pasa de ser una hueca arrogancia retórica, no dejan de tener verdadero y riguroso interés, más allá de toda prosodia, las palabras con que Jean Améry cierra el último ensayo de sus «Años de andanzas nada magistrales» (Pretextos, 2006): «Escribir es un oficio como otro cualquiera», dice (pág. 195).

Prótasis

¿Si las primeras palabras de un artículo de opinión son «En la imparable deriva de Cataluña hacia el estercolero moral…», cabrá esperar del resto alguna sensata aportación intelectual, tendrá sentido seguir serenamente leyendo o más valdrá cerrar los ojos a tan rastrera sombra?

21.10.06

Formulación

Que distintos programas radiofónicos y páginas deportivas de distintos diarios hayan deshojado y aún sigan deshojando, hoy, sábado, a mediodía, la margarita de si el piloto alemán (o su escudería, o a quien beneficie) intentará o no intentará alguna sucia jugada contra el piloto español y que, en cambio, nadie, en esas mismas emisoras o periódicos (que yo sepa), haya deshojado la margarita contraria, sobre la posibilidad de que el piloto español (o su escudería, o a quien convenga) intente o no intente similar jugada sucia contra el piloto alemán no hace sino confirmar en qué alta estima moral nos tenemos siempre cuando hablamos en primera persona, ya sea como individuos, como forofos, como oriundos o como meramente empadronados.

18.10.06

Síndrome de Almería

Sobre «El libro negro», de Orhan Pamuk, y a propósito del Nobel, escribe Juan Goytisolo en artículo de urgencia: «El libro me entusiasmó. Le dije [a Pamuk] que si yo hubiese sido un novelista turco me habría pegado un tiro porque era el libro que yo hubiese querido escribir» (El País, 13-10-2006). Y no dejo yo de preguntarme si, bajo el entusiamso y el elogio, no se esconderá o culebreará, en el subconsciente, o en el ello, el yo y el superyó conjuntamente, una concepción competitiva, olímpica y atlética (oro, plata y bronce), de la literatura.

8.10.06

Textiles

Me pruebo en una tienda unos pantalones que me están un poco anchos, detalle de talla o de fabricante que al parecer carece de importancia. «Al lavarlos encogen», dice, tan convincente, la dependienta. Pero no me animo. Me pruebo en otra tienda otros pantalones que me quedan algo estrechos. Tampoco importa mucho aquesta estricta eventualidad. «Con el uso dan de sí», asegura, con no menos sabiduría y convicción, la experta dependienta. Conclusión: «Panta rei».

7.10.06

Smoking / No smoking

«Al llegar al muelle y pasar ante la ronda del canal del Danubio, dijo el consejero ministerial: “Aquí se impone una anécdota judía”. Roth empezó en el acto a contar una: “Dos judíos sentados en este banco, uno era fumador, el otro no. En eso, dice el que no fuma: ‘Deje usted de fumar tanto. Ya da asco. Siempre se sienta usted de manera que el viento me trae su humo’. El otro cambia de sitio y dice: ‘Soy un fumador. Los fumadores tienen que fumar’. ‘Si sigue usted fumando, no llegará a viejo’. ‘Pues aunque fumo, ya tengo setenta y cinco años’. A lo que replica el otro enfadado: ‘Pues si no hubiera fumado usted, ya tendría ochenta y cinco’» (Soma Morgenstern, «Huida y fin de Joseph Roth», Pretextos, 2000, pp. 99-100).

2.10.06

Apunte

He empezado a leer, por interés personal y por sugerencia de gente fiable, «El fuego secreto de los filósofos», de Patrick Harpur, y, andando en ello, me he tenido que poner a releer, por imperativo académico y con un punto de nostalgia (ergo libenter), las «Leyendas», de Bécquer. Conclusión: no deja de sorprenderme cómo del azar de simultanear ambas lecturas surja una eficacia tan extraña y oportuna como que los dáimones, zombis, trolls y demás Gente Pequeña de que escribe Harpur conviertan en razonable y hasta racional la romántica y tenebrosa y aterradora peripecia del miserere, el monte de las ánimas, los ojos verdes o maese Pérez, el organista. Nunca acabaremos de comprender lo que comprendemos, me digo. Rayos de luna, en fin.

1.10.06

Siete

Así como el boxeador sonado dice «soy el mejor, lo voy a machacar» antes del combate, así el jugador que tras marcar un gol se coloca arrogantes banderillas con los pulgares en la espalda.

19.9.06

OjO

«Tenemos las gafas que te sientan bien», se lee en el escaparate de una óptica multinacional, recurrente mecanismo publicitario en el que, dando por consabido lo sustancial o silenciando su carácter negativo, se acentúa la estética de lo accesorio. Las enfermedades de los ojos pertenecen al ramo de la oftalmología, una minucia sanitaria. Aquí, lo importante es la montura. «El ojo que ves no es / ojo porque tú lo veas; / es ojo porque te ve», decía Antonio Machado, un poeta antiguo, muy muy antiguo.

17.9.06

Roth

«A los pocos días, debido a la escasez de cadáveres y aunque no tenía más que una pierna, pasó al Instituto de Anatomía y, por un azar misterioso, recibió el número 73, el mismo que había llevado el recluso Andreas Pum», son casi las últimas palabras de «La rebelión» (Seix-Barral, 1984, p. 153), de Joseph Roth, idénticas en sustancia a «Su cuerpo yacía en la morgue, fue a la sala de disección. Porque se necesitaban cadáveres. Se aceptaban también los hinchados», igualmente casi últimas palabras de «El espejo ciego» (Acantilado, 2005, p. 101), del mismo Joseph Roth. Que los textos sean, respectivamente, de 1924 y 1925 no sólo no amortigua la reincidencia sino que acentúa la significación austrohúngara del desenlace, la necesidad narrativa de enviar a los protagonistas a un descuartizamiento anatómico después de haberse ido despedazando triste y dolorosamente en vida.

16.9.06

Telefilmes

Tenía yo comprobado (o creído) hasta hace poco que las series televisivas norteamericanas de mayor audiencia habían estado siempre en concordancia ideológica con el presidente de turno, de modo que a Nixon, Ford, Carter, Reagan, Bush o Clinton les habrían correspondido sucesivamente tramas detectivescas, humanitarias, neocapitalistas o progresistas (podrían anotarse títulos en columna como señeras cabezas de serie: «Colombo», «Raíces», «Dallas», etcétera, uno de esos ejercicios de furor didáctico en que los alumnos deben unir con una línea a lápiz cada serie con su gran presidente, cada sujeto con su predicado). En los últimos años han prevalecido y prevalecen dos tipos de estructuras telefílmicas: a) equipos policiales, forenses, médicos y demás con un jefe maduro al frente de cuatro o cinco subalternos de todo sexo, raza y condición, y b) seres dotados de un sexto sentido, el don de la adivinación, de la interpretación de los sueños, de la comunicación con el más allá, sea pasado, futuro o ultratemporal. No encuentro razón, sin embargo, pese a su carácter masivo, para decir que sean series estricta e ideológicamente «abushivas». O no siempre el poder del imperio es absoluto o tal vez se diluye en los resquicios.