11.5.08
Como la escuela aristotélica estaba en las cercanías del templo de Apolo Licio, de donde por contigüidad le vino el nombre, no cabe dudar de que la palabra «liceo» (que también vale para los centros de enseñanza secundaria o institutos) proviene, por vía etimológica, de un atributo del dios Apolo, ya sea λυκειος, ‘luminoso’, ya sea λυκιος, ‘matador de lobos’. Y, como, al fin y al cabo, todo surgió por el azar de la metonimia, no merece la pena apostar por uno u otro origen. Sin embargo, en vista de que son muchos los que consideran más razonable lo primero, porque Apolo era dios del sol y por la identificación metafórica de la luz con el conocimiento, yo prefiero la segunda opción. Tal vez no haya relación alguna entre la sabiduría y los lobos, lo ignoro, pero, como las palabras «licántropo» (hombre-lobo) y «licantropía» (transformación del hombre en lobo) sí provienen de λυκος, como el más perezoso estudiante de filosofía sabe que «homo homini lupus» y como la paideia, en fin, se debate entre la licantropía neocón (o transformación del niño en lobo, que el pez grande se come al chico y la vida ahí fuera es dura, cruel, salvaje, etcétera) y el humanismo (que es la neutralización o extirpación del prefijo del licántropo), tal vez convenga reivindicar la tarea pedagógica como más apta para λυκιος, matador de lobos, que para λυκειος, maestro ciego de tanta vana luz.
8.5.08
Grafito
Paseando a la deriva por calles estrechas, en las traseras amplias de un edificio antiguo renovado, encuentro un muro recién pintado, una de esas paredes ciegas que apenas se pueden contemplar en su totalidad, porque el trazado del circuito medieval urbano impide todo afán de perspectiva. Tampoco, desde luego, la pintura fresca, la inmediatez suave del color, la pulcritud de tan reciente enjalbegado son atractivo suficiente, más allá de la novedad o la sorpresa, como para procurarse ejercicios turísticos de gran angular. Sin embargo, dos días después, repitiendo el paseo (porque el hombre se habitúa y cede pronto a la costumbre, sigue las huellas de los días, se deja vencer por la insinuación del surco en la perplejidad del laberinto), el muro ofrece otra pintura. Alguien ha escrito con trazos gruesos negros de esprái una palabra: «Puta». Cabe pensar que la blancura de la pared, su candor reciente, se levanta en el casco antiguo como provocación, una incitación a la blasfemia gráfica. Tal vez el hombre no soporta la perfección, que es una antítesis del ser, e, impulsado por naturaleza a mancillar la estela de sus simulacros, cumple con la obligación de proclamar su soberanía violenta frente a las debilidades del entorno. Tal vez, en fin, el artista del grafito lleva en el corazón un desengaño amargo, el escozor de una soledad impuesta, el énfasis de su fragilidad, un nombre propio de mujer. En cualquier caso, sea enunciado o insulto, reclamación o grito, dogma de vida o resumen del fracaso, la palabra «puta» se enseñorea con la nitidez y la contundencia que le proporciona el casco antiguo y el fulgor luminoso del viejo muro, campo de batalla idóneo para expresar la conjunción del animal y el hombre, el lenguaje y el aullido.
2.5.08
Simulacro
I ..........
En las brasas de la tarde
el 2-A reflexionaba:
tanto saber y saber
para nunca saber nada.
II ..........
Luz del ser: ¡sabiduría!
¡Qué selección natural!
Libros, fórmulas, esquemas.
Clase plena: es el 2-A.
III ..........
Recia estirpe de estudiantes,
transidos de negra luna,
los alumnos del 2-A
suben por la noche oscura.
IV ..........
No, aún no eres el dios-A,
eres la esencia tan sólo
del nombre que yo he creado
para ti desde lo hondo.
V ..........
El 2-A interroga
al crepúsculo lánguido
por Minerva que huye
hacia el Olimpo pálido.
Florilegio lúdico, escolar, apócrifo y, en pura etimología, paródico (παρώδïα, de παρα = ‘para’ [similar] y ώδή = ‘ode’ [canto, oda]) de la poesía castellana del primer tercio del siglo xx.
En las brasas de la tarde
el 2-A reflexionaba:
tanto saber y saber
para nunca saber nada.
II ..........
Luz del ser: ¡sabiduría!
¡Qué selección natural!
Libros, fórmulas, esquemas.
Clase plena: es el 2-A.
III ..........
Recia estirpe de estudiantes,
transidos de negra luna,
los alumnos del 2-A
suben por la noche oscura.
IV ..........
No, aún no eres el dios-A,
eres la esencia tan sólo
del nombre que yo he creado
para ti desde lo hondo.
V ..........
El 2-A interroga
al crepúsculo lánguido
por Minerva que huye
hacia el Olimpo pálido.
Florilegio lúdico, escolar, apócrifo y, en pura etimología, paródico (παρώδïα, de παρα = ‘para’ [similar] y ώδή = ‘ode’ [canto, oda]) de la poesía castellana del primer tercio del siglo xx.
29.4.08
Coeficiente
En una entrevista en RNE-3, una señora, niña que fue superdotada, con un coeficiente intelectual dizque superior a 200, asegura que tiene 26 carreras, lo que prueba, demuestra y evidencia que tal vez sea muy cociente y coeficiente, pero que no es inteligente, toda vez que a nadie con un cierto nivel real de inteligencia, más aún, que sepa en qué consiste en verdad la inteligencia, que no es desde luego una habilidad neuronal cuantitativa, se le ocurre estudiar 26 ni 20 ni 15 ni 10 ni 5 carreras (véase que voy rebajando como vendedor de mercadillo). He escarbado en su bibliografía: tiene un libro sobre el arte de resolver sudokus.
23.4.08
Baciyelmo
«¿La sombra de la catedral?», acaba de preguntar una señora en la librería El Quijote (Plasencia, Cáceres, Extremadura, Spain). «No», responde desde las alturas el ingenioso hidalgo de lanza en astillero y adarga antigua con pronta razón para la sinrazón: «El viento del mar».
22.4.08
διά γλώσσαν
Para Álvaro Valverde, que destapó hace años
la caja de los truenos en el Extremadura
la caja de los truenos en el Extremadura
Dos viejas notas a propósito de la autoridad lingüística que la (así llamada) Güiquipeya atribuye al venerable Gabriel y Galán.
1. Los recursos dialectales [de GG], en verdad mínimos, pueden reducirse a unos pocos, entre los que cabe mencionar los siguientes: tendencia a cerrar las vocales finales: genti, benditu; aspiración de h- (incluso inexistente) y de f- iniciales: jondu, jechar, jabrir, juerza; pérdida de consonantes intervocálicas, sobre todo -d- : delicaeza, miaja, pa; reducción de grupos consonánticos: tamién, mereza, ensinia, ginasia, istanti, estrución; sustitución de determinadas consonantes en posición implosiva: comel, velgüenza, jues, crus, gaspacho; velarizaciones: güeno, golvel, golel; inclusión de yod: jolgacián, quiciás, alabancia, urnia; creación y reducción de diptongos: priesa, cuasi, pus, pos (pues); pérdida de d- inicial o -d final: esconfío, esnúo, usté, ciudá; incorporación de d- inicial: dil (ir); plurales vulgares: cafesis, yanquisis; alternancia vocálica: dispués, menistro, nenguno; vocales protéticas y trueques vocálicos: arrempujonis, ajuyó, ataponar, entavía, enjamás, altoncis, enfelices, escureza, enfluencias; perfectos fuertes y otras irregularidades verbales: vinon, dijon, estuvon, quison, haiga, habiera, quedrás, trujiera; abundancia del sufijo -ino; arcaísmos léxicos; etcétera.»
2. «El dialecto ha sido sacrificado a la rusticidad», según Zamora Vicente. También a la métrica, añado. Sólo así se explican las numerosas vacilaciones existentes [en la poesía de GG], las cuantiosas variantes, apreciables, incluso, dentro de un mismo poema, como puede verse en la alternancia de la preposición «de/e» en estos versos de «El embargo»: «Embargal esi sacho de pico, / y esas jocis clavás en el techo, / y esa segureja / y esi cacho e liendro [...] ¡Pero a vel, señol jues: cuidiaito / si alguno de ésos / es osao de tocali a esa cama / ondi ella s'ha muerto…» (y tanto da consultar la edición de 1902, la edición Baldomero de 1905 y sus secuelas seculares, la edición Acevedo de 2005 o la que ni siquiera voy a mencionar).
20.4.08
oé
rebájese a entremés comedia o farsa
este birlibirloque que feliz
concelebra la peña del madriz
-con hispalense o bética comparsa-
a laporta sombría de can barça
[ A la atención -con pressing- de antón, campos pámpano, landero, méndez (mayor, 18), murillo y de toda la excelsa, apasionada, uefa y universal calderonía ía ía ía]
este birlibirloque que feliz
concelebra la peña del madriz
-con hispalense o bética comparsa-
a laporta sombría de can barça
[ A la atención -con pressing- de antón, campos pámpano, landero, méndez (mayor, 18), murillo y de toda la excelsa, apasionada, uefa y universal calderonía ía ía ía]
19.4.08
15.4.08
Matanza, 1955
Durante bastante tiempo entendí que la fotografía era un signo visual ortodoxo, el icono de un referente material, sólido, externo. Más tarde, con el auge de las reproducciones digitales, la he reducido, por saturación, a mero significante sin significado, documentación vacía de escenarios y presencias. Sin embargo, aunque en porcentaje subjetivo y biográfico, algunas fotografías son a un tiempo signo y referente, se significan a sí mismas, no son arte, sino significado, y por eso permanecen. Aquí, por ejemplo, no se retrata la labor artesana de una matanza, ni a una familia, ni una mañana de frío y sol, ni el remoto azar de un fotógrafo ambulante en Higuera de Albalat en diciembre de 1955, ese día, a esa hora, en esa celebración de economía doméstica laboral y solidaria. No se retrata la presencia de los presentes (ni la presencia, explícita, de los ausentes), todos contra el fondo de la pared encalada y deslucida, ni el contraste de la mujer con el límite tosco de la piedra de corral, ni rústicos trajes de pana, ni la congelación unánime de las miradas en el objetivo, el ojo misterioso que contempla la instantánea, pobre irrupción velazqueña en una escena rural y costumbrista. Se retrata la fotografía, singular combinación de signo y referente. No es, pues, la fotografía de una matanza, sino su negativo semántico: la matanza es esa fotografía. Por lo demás, poco cabe decir del niño: je est un autre.
8.4.08
Rguez
Extraña paradoja, vive dios y aun satanás, que, siendo con mengua Jesús Rodríguez González, además de lectores de Pérez y García, de López y García y de Sánchez y García, alguien se empeñe en menospreciar y disolver abeceína con la mención menguada de Rodríguez, Rodríguez y Rodríguez.
3.4.08
Picasso
«Estoy hasta las narices de Picasso», dice hoy el pintor y escultor Antonio López en titulares de prensa, y «Picasso nos ha jodido a todos», decía el pintor Bonifacio (Bonifacio Alonso), igualmente en titulares, hace un año (consúltense las hemerotecas), de modo que en lo sucesivo, freudurías aparte y ante un consenso estético del que estas citas son sólo una mínima antología, conviene abstenerse de pronunciar entre artistas y pinceles el nombre del ilustre pintor de todas las etapas y todos los estilos: por si acasso.
28.3.08
Experiencia del límite
1
El paraíso oculta en su ofrenda vegetal
hondas renuncias: no amar, no ser amado,
invadir con serena fortaleza
la soledad más sola,
la presencia concreta del silencio.
2
Memoria frágil de la incertidumbre,
caligrafía de luz.
Ahora leves fragmentos amarillos,
suplicio de las llamas,
viento herido, ceniza fugitiva.
3
Delirios verticales de la luz,
fulgor fugaz fingiendo la mañana,
el mediodía,
raíz de urgencia que desciende
hacia los precipicios de la noche.
4
Hoy los despojos de la tristeza en torno esparzo.
5
El rumor del crepúsculo es entonces
(hablamos de noviembre)
un naufragio de nubes,
un ejercicio de desolación,
geografía en que arde
el espeso verdor de la avenida.
[Rec. Uno de los 44 cubos de la 'Pirámide' que ideó Antonio Gómez en 1990.]
27.3.08
Sí, señor
«Interesante, si señor», se lee en el comentario a una entrada del blog de Jesús García Calderón, lo que, en términos estrictamente prosódicos, significa que, para que la entrada sea en verdad en verdad interesante, precisa, requiere y necesita, a juicio del comendador, una hidalga condición: el señorío de quien la escribe, su autenticidad nobiliaria. Cuestiones de pragmática (no sé si conceptista o culterana, tanto monta).
23.3.08
21.3.08
Sintagmagorías
Me aficioné a Flann O’Brien con ‘El tercer policía’, seguí con ‘Crónica de Dalkey’ y recaigo ahora en ‘La boca pobre’ (las tres en Nórdica), una novela de humor disparatado, de la estirpe de Sterne, que bien puede resumirse en cuatro palabras: gaélico, cerdos, patatas, lluvia. No he podido, sin embargo, dejar de subrayar frases de sabor senabre como «es beneficioso y útil que pueda llegar a los que vengan detrás nuestro alguna información» (pág 31), «un tipo como yo delante suyo corrompiendo la vía pública» (pág 67) o «delante mío un arroyo de whiskey salía de la piedra y fluía sin que nadie lo bebiera ni comprara» (pág 136), aunque, por más que la autocorrección de word se empeñe en que de cada ‘delante mío’ fluya sin comerlo ni beberlo un terco y ortodoxo ‘delante de mí’, no pueda decir frente a tales construcciones lo que dice el narrador de ‘La boca pobre’ ante el despilfarro de agua de vida (‘uisce beatha’, en gaélico) en la misma página 136: «Tan intenso fue mi asombro que me dio dolor de cabeza», porque le tengo más antigua afición a Diderot, en cuyo ‘El sobrino de Rameau’ (Belacqva, Verticales de bolsillo) leo «hacen de mí, conmigo, delante mío, cuanto les viene en gana, sin que me enfade» (pág 28) y «en cuanto tengo un luis, caso poco frecuente, me planto delante suyo» (pág 103), y, si bien el traductor de O’Brien es Antonio Rivero Taravillo, de quien poco sé (fuega con nieve), el de Diderot es Félix de Azúa, que, como no da puntada sin hilo y opta al sillón B de la real academia de la lengua junto a otro candidato (no sé si delante suyo, detrás suyo o a la par suya), supongo que tendrá alguna razón estética o gramatical de peso para reincidir en tan turbia combinación de parejas de hecho: posesivos con adverbios.
20.3.08
Sic hiemis
Clausurado el invierno y su liviana certidumbre —«Cum dies hibernorum complures transissent frumentumque eo comportari iussisset, subito per exploratores certior factus est ex ea parte vici, quam Gallis concesserat, omnes noctu discessisse montesque qui impenderent a maxima multitudine Sedunorum et Veragrorum teneri» (‘De bello gallico’, III, 2)—, se vuelve, pues, con el equinoccio y plenilunio en sazón, a las andadas y a la andanza: «Tellus flore vario vestitur ♪ et veris presentia sentitur, ♪ philomena dulciter modulans auditur; ♪ sic hiemis sevitia finitur».
29.2.08
Certidumbre de invierno
Para Ángela Bayal
cum dies hibernorum complures transissent
Julio César
áspero temporal de helado invierno
Francisco de Aldana
cum dies hibernorum complures transissent
Julio César
áspero temporal de helado invierno
Francisco de Aldana
1
Tal vez semeje un vivo laberinto
de miniadas columnas,
con angostos senderos,
líneas que se entrecruzan
(vértices y horizontes anulados)
dibujando un perfil del paraíso,
el relieve labrado en que limita
la ventura final de todo anhelo.
Como un paisaje nítido de agujas
que reduce la muerte a certidumbre.
2
de miniadas columnas,
con angostos senderos,
líneas que se entrecruzan
(vértices y horizontes anulados)
dibujando un perfil del paraíso,
el relieve labrado en que limita
la ventura final de todo anhelo.
Como un paisaje nítido de agujas
que reduce la muerte a certidumbre.
2
Melancólicamente se aventura.
Compone lento su amenaza lóbrega.
La venganza dibuja turbiamente.
En lúgubre torpeza esconde un punto
el áspero furor con que despliega
(una ambición oscura de perímetros)
la helada sinrazón. Su urdimbre trenza
las maldiciones que dispersa el viento.
Alienta desconsuelos, pesadumbres.
En la penumbra, con urgencia, trama
la conjura extendida de la sombra.
3
Compone lento su amenaza lóbrega.
La venganza dibuja turbiamente.
En lúgubre torpeza esconde un punto
el áspero furor con que despliega
(una ambición oscura de perímetros)
la helada sinrazón. Su urdimbre trenza
las maldiciones que dispersa el viento.
Alienta desconsuelos, pesadumbres.
En la penumbra, con urgencia, trama
la conjura extendida de la sombra.
3
Derrotado dormita el sol, cautivo.
Efímeros, baldíos son los días.
Las entrañas feroces de la noche
(larga y cruel, con su rigor de muerte,
con su lenta agonía de silencios)
son puñales helados, dagas frías,
horadando contornos y oquedades,
punzando los perfiles de la luz.
El horizonte es una herida blanca
que la aurora ilumina sin pudicia.
4
Efímeros, baldíos son los días.
Las entrañas feroces de la noche
(larga y cruel, con su rigor de muerte,
con su lenta agonía de silencios)
son puñales helados, dagas frías,
horadando contornos y oquedades,
punzando los perfiles de la luz.
El horizonte es una herida blanca
que la aurora ilumina sin pudicia.
4
Huele a desesperanza por las calles
mientras la lluvia hiende en el vacío.
Reduce el mundo a ciega soledad,
rumor de agua aburre las esquinas,
un horizonte tenebroso y hondo
perfilando presagios y asechanzas.
La amenaza de todas las tristezas
se cierne indómita en el mudo asombro,
contra el abatimiento de la hora.
Unas páginas tristes son refugio.
Naufraga en la lectura la añoranza,
la sensación del fuego.
mientras la lluvia hiende en el vacío.
Reduce el mundo a ciega soledad,
rumor de agua aburre las esquinas,
un horizonte tenebroso y hondo
perfilando presagios y asechanzas.
La amenaza de todas las tristezas
se cierne indómita en el mudo asombro,
contra el abatimiento de la hora.
Unas páginas tristes son refugio.
Naufraga en la lectura la añoranza,
la sensación del fuego.
5
Los árboles sollozan su tristeza
acongojados, en harapos, mudos,
alzando en vano fechas, dardos, nombres,
corazones heridos.
Huellas perennes de otras estaciones,
lágrimas solitarias su olvidanza.
Nadie advierte el dolor de las promesas
si un tibio embozo empaña los cristales.
La pesadumbre hiela los crepúsculos.
6
acongojados, en harapos, mudos,
alzando en vano fechas, dardos, nombres,
corazones heridos.
Huellas perennes de otras estaciones,
lágrimas solitarias su olvidanza.
Nadie advierte el dolor de las promesas
si un tibio embozo empaña los cristales.
La pesadumbre hiela los crepúsculos.
6
Niega el río su amena transparencia,
su curso olvida, a su pereza insana
sucumbe y se abandona detenido.
Un negra figura en los pretiles
contempla las desidias invernales,
ese dejarse estar, esa torpeza
que toda luz y todo brote anula,
la insostenible duda del ocaso.
7
su curso olvida, a su pereza insana
sucumbe y se abandona detenido.
Un negra figura en los pretiles
contempla las desidias invernales,
ese dejarse estar, esa torpeza
que toda luz y todo brote anula,
la insostenible duda del ocaso.
7
Se sumergen las torres, los palacios,
al acecho de abril, entre la niebla.
Insidia disfrazada de caricia,
rigor adusto envuelto en manto suave,
aspereza sumida en su blancor,
la sedición florece de la bruma.
8
al acecho de abril, entre la niebla.
Insidia disfrazada de caricia,
rigor adusto envuelto en manto suave,
aspereza sumida en su blancor,
la sedición florece de la bruma.
8
La imagen del invierno es solitaria.
Vanos los artificios de los hombres
(el color tamizado por las llamas
insinuando tenue la penumbra)
que simulan vigilias deleitables.
Su certidumbre anega la esperanza.
Pregonan su rigor sobradamente
calles vacías, gente fugitiva,
la pasión abatida en el silencio,
negra en el cielo la melancolía,
la entraña viva de la tierra helada,
el olvido del fuego, la quietud
de la luna callada y de las aves,
la amargura del viento.
9
Vanos los artificios de los hombres
(el color tamizado por las llamas
insinuando tenue la penumbra)
que simulan vigilias deleitables.
Su certidumbre anega la esperanza.
Pregonan su rigor sobradamente
calles vacías, gente fugitiva,
la pasión abatida en el silencio,
negra en el cielo la melancolía,
la entraña viva de la tierra helada,
el olvido del fuego, la quietud
de la luna callada y de las aves,
la amargura del viento.
9
Cuando golpea con acrimonia el viento
en la mañana ciega y desolada,
niega tímidamente los colores
y agriamente se vierte horizontal
(apenas el batir de una hoja seca,
la desazón caída de los árboles,
un rumor sin perfiles
y rendijas, resquicios verticales),
contemplan derrotadas su tristeza
muchachas pálidas tras los visillos.
10
en la mañana ciega y desolada,
niega tímidamente los colores
y agriamente se vierte horizontal
(apenas el batir de una hoja seca,
la desazón caída de los árboles,
un rumor sin perfiles
y rendijas, resquicios verticales),
contemplan derrotadas su tristeza
muchachas pálidas tras los visillos.
10
El corazón es una larga herida
de invierno y de silencio,
la reducción final de la amargura.
No lo engendró la aurora ni arderá
en la fugaz hoguera de la tarde.
Fingirá estalactita pesarosa,
noción de escarcha y sangre indefinidas,
abstracción carmesí de una condena.
Urdirá plañideras letanías
de llantos y derrotas.
Silenciará el invierno (el corazón),
mas la amargura nunca.
11
de invierno y de silencio,
la reducción final de la amargura.
No lo engendró la aurora ni arderá
en la fugaz hoguera de la tarde.
Fingirá estalactita pesarosa,
noción de escarcha y sangre indefinidas,
abstracción carmesí de una condena.
Urdirá plañideras letanías
de llantos y derrotas.
Silenciará el invierno (el corazón),
mas la amargura nunca.
11
Una mentida sensación de luz
viste la tarde casi arrepentida.
Se alcanza apenas la noción del agua,
la oscura transparencia del vacío,
el último livor, la diminuta
fugacidad furtiva del ocaso.
Aborrece la tarde su belleza
oculta tras las máscaras del tedio.
12
viste la tarde casi arrepentida.
Se alcanza apenas la noción del agua,
la oscura transparencia del vacío,
el último livor, la diminuta
fugacidad furtiva del ocaso.
Aborrece la tarde su belleza
oculta tras las máscaras del tedio.
12
El rigor del invierno no es el frío
ni la desolación de las ciudades.
Los árboles desnudos son apenas
insinuación fugaz de la desidia.
La luz temprana de los miradores
esclarece la tibia certidumbre.
No se recortan contra el firmamento
las líneas (torres, cúpulas, montañas)
que débilmente quiebran el paisaje.
El invierno recauda su tributo,
la negación, la ausencia de crepúsculos.
13
ni la desolación de las ciudades.
Los árboles desnudos son apenas
insinuación fugaz de la desidia.
La luz temprana de los miradores
esclarece la tibia certidumbre.
No se recortan contra el firmamento
las líneas (torres, cúpulas, montañas)
que débilmente quiebran el paisaje.
El invierno recauda su tributo,
la negación, la ausencia de crepúsculos.
13
Hay noches negras en que gime el viento
y arranca a los suburbios su voz cruda.
Alaridos, resquicios infinitos
surcan, nombran el pánico, el misterio.
Los montes, solos, penan su leyenda,
el abandono largo de la muerte.
Acosadas de espanto, las criaturas
buscan vano refugio tras el sueño,
siendo apenas la fija certidumbre
de un corazón vacío ante el abismo.
14
y arranca a los suburbios su voz cruda.
Alaridos, resquicios infinitos
surcan, nombran el pánico, el misterio.
Los montes, solos, penan su leyenda,
el abandono largo de la muerte.
Acosadas de espanto, las criaturas
buscan vano refugio tras el sueño,
siendo apenas la fija certidumbre
de un corazón vacío ante el abismo.
14
Hondas, negras, oscuras, las tinieblas
(fingiendo el viento, las estrellas mudas)
llenan la noche de tribulaciones.
15
(fingiendo el viento, las estrellas mudas)
llenan la noche de tribulaciones.
15
Vigilando la noche sigilosa,
luce la luna, vagarosa y blanca,
el mentido mohín de su sonrisa.
Sigue el mundo su curso sin retorno,
el proceloso trazo del destino.
Anegadas las almas en tristeza.
Sobre la noche las desolaciones.
Azuzantes los demonios de invierno.
Ladrando sus cadencias ateridas
los perros por las calles. Plateada,
la luna vaga cómplice, culpable.
16
luce la luna, vagarosa y blanca,
el mentido mohín de su sonrisa.
Sigue el mundo su curso sin retorno,
el proceloso trazo del destino.
Anegadas las almas en tristeza.
Sobre la noche las desolaciones.
Azuzantes los demonios de invierno.
Ladrando sus cadencias ateridas
los perros por las calles. Plateada,
la luna vaga cómplice, culpable.
16
Siembran los hombres con torpeza lenta
su ruda cicatriz sobre la nieve.
17
su ruda cicatriz sobre la nieve.
17
El invierno es la plena certidumbre.
Vivir limita en un dolor estéril.
Una trama cruel (enriquecida
de absurdas peripecias y con llanto)
colma el eterno hastío de los dioses.
Sufrir es ejercicio de mortales.
Vida y amor no esconden fruta y jugo.
La podredumbre oculta en cada senda
el hombre desentraña doblegado.
Un esquema infinito es el invierno,
advertencia de árboles, de ríos,
de horizontes, de cielos, de crepúsculos,
de tardes tristes, de verdades secas,
de áspero temporal y de rigor.
La escueta hondura de la certidumbre
reduce los paisajes a artificios,
las razones desnudas que proclaman
el ritmo acompasado de la muerte.
Vivir limita en un dolor estéril.
Una trama cruel (enriquecida
de absurdas peripecias y con llanto)
colma el eterno hastío de los dioses.
Sufrir es ejercicio de mortales.
Vida y amor no esconden fruta y jugo.
La podredumbre oculta en cada senda
el hombre desentraña doblegado.
Un esquema infinito es el invierno,
advertencia de árboles, de ríos,
de horizontes, de cielos, de crepúsculos,
de tardes tristes, de verdades secas,
de áspero temporal y de rigor.
La escueta hondura de la certidumbre
reduce los paisajes a artificios,
las razones desnudas que proclaman
el ritmo acompasado de la muerte.
[La Centena, 99, ERE, 1986, capricho facsimilar con hepatsílabos y endecasílabos para este día inexistente]
23.2.08
20.2.08
Falsante
«Don Latino era un traidor y falsante [sic]», leo en un ejercicio sobre ‘Luces de bohemia’ y lo anoto, en la seguridad de que nadie pensará que traigo aquí estos fenómenos de habla por razón de burla o como denuncia de ignorancias, sino por deleite filológico y como ejemplo de los admirables mecanismos subterráneos con que la lengua posibilita que un hablante concreto intuya lo «falso» por debajo de la «farsa».
17.2.08
Sarkozyana
Sin embargo, nadie supo responder a la pregunta sobre el primer verso de un soneto cuyo segundo terceto dice «mas he de compensarte mi retardo, / difundiéndome ¡oh, Cristo! como un nardo / de perfume sutil ante tu altar» y, como tampoco sonaba el nombre de Amado Nervo (1870-1919), el poeta modernista mexicano que en 1916, dado al misticismo, escribió «Si tú me dices ¡ven!, lo dejo todo», nos quedamos tan panchos, ¡oh noche que juntaste Amado con amada, amada en el Amado transformada!, etcétera.
10.2.08
Duálisis
«El árbol de la ciencia es una novela muy importante de pío baroja porque está llena de duálisis como el árbol de la ciencia y el árbol de la vida sexualidad y pornografía etcétera» [sic].
7.2.08
¡Vocabuliza!
«¡Vocabuliza!», ha exhortado un alumno al compañero que leía apagado, sin entonación, en off y como para dentro.
29.1.08
Triples
Como se oye a menudo que los textos, y aun las acciones o las conductas, tienen una doble (o segunda) lectura, tengo querencia por subrayados del tipo «Sólo en mi tercera lectura de esta incomparable obra maestra [‘Otra vuelta de tuerca’, de Henry James] me convencí de que toda parte del relato en la que el sentido parecía inclinarse hacia una interpretación sobrenatural es, en realidad, efecto natural del trastorno mental de la institutriz o -más simplemente- del miedo», de André Gide, o «Hasta la tercera lectura de ‘América’ de Kafka no caí en la cuenta de que lo que la estatua de la Libertad del puerto de Nueva York realmente enarbola es una antorcha y no una espada como allí se dice; o sea, que di inadvertidamente por buena tal espada como un elemento fiel a la realidad. Pero tal vez con esta misma inadvertencia mía no hice sino reproducir una distracción del propio Kafka, que bien pudo ponerlo así sin darse cuenta en un primer momento, habituado como yo y como todo el mundo a que sea justamente una espada lo que la mayoría de las estatuas públicas gusta enarbolar», de Ferlosio, porque, sin duda, como dice el dicho, no es que no haya dos sin tres, sino que sólo a la tercera va la vencida. Lo prueban los maestros.
23.1.08
SON NETO
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16.1.08
Correspondance
«La Nature est un temple où de vivants piliers / laissent parfois sortir de confuses paroles» (poética más o menos oficial del simbolismo) son los primeros versos del poema ‘Correspondances’, de Baudelaire, del que esta semana se me había ocurrido hablar en clase, antes de llegar a Rubén Darío y el modernismo, con la malsana y perversa presunción retórica de entrelazar las correspondencias horizontales de los perfumes frescos, dulces y verdes, con las correspondencias verticales de los perfumes «corrompus, riches et triomphants» y «les transports de l’esprit et des sens», pero me he quedado atrapado en la terquedad de un muchacho incapaz de entender la frase «la naturaleza es un templo». He volteado columnas, bosques de símbolos, oboes, praderas y demás artesanía estructural, pero todo en vano ante la sinceridad denotativa de quien se niega a entender que «la naturaleza es un templo» pueda tener sentido, referente, representación o realidad. Hasta que alguien ha hallado el más perfecto, sencillo y transparente reverso lingüístico de la correspondencia: «El instituto es una mierda». Conclusión: no «siempre la claridad viene del cielo».
8.1.08
MTRCL
Cuando se implantó el nuevo sistema de matriculación del parque móvil pensé que era un error, aunque sin razones objetivas para ello. Hoy sé que estaba equivocado. Ha sido un acierto, un acierto que ha corregido, además, o reparado una larga injusticia. Yo había comprobado que en el antiguo sistema se ejercían peripecias matemáticas sobre los azares de las placas: había quien buscaba capicúas: 1881, quien buscaba escaleras de diferente categoría: 1234, 2468, 9753, 4321, quien sumaba, quien colocaba signos aritméticos entre los número: 3x4=12, 20:5=4, 2+2-3=1, quien intentaba averiguar si estaba ante un número primo o, en caso contrario, los dos números primos que daban como resultado la matrícula no prima de marras, habilidades matemáticas en suma, a las que la nueva matriculación vino a sumar un ejercicio léxico: las ciencias y las letras juntas al fin en la misma vía, por el mismo camino. Bien es verdad que antes, pese a la injusticia de clasificar a las provincias en mayores o menores, más o menos importantes, y otorgar a las primeras la categoría de una sola letra: B, C, M, S, y postergar a las segundas con doble carga: BA, CC, MA, SA, se agilizaba la memoria geográfica del peatón y del viajero. Pero ahora, en cambio, se ha favorecido el ejercicio verbal y es digno de ver cómo las letras prevalecen sobre los números, tal vez porque son muchos los años en que nos hemos ejercitado en malabarismos numerales, y sólo ahora se nos ha brindado la oportunidad de las palabras, la adormecida destreza paradigmática del hablante. Vemos BRM y pensamos broma bruma baremo, vemos CDC y formamos códice caduco codicia, vemos CRZ y cereza coraza corza herida, DLR y dólar dolor delirio, y así sucesivamente. Nos enojamos con X y W, pero persistimos en la composición, extensiva y unánime, y aun políglota, que es recurso europeo. Sólo así se entiende que el lunes, en la autovía, cuando un coche al que yo había adelantado primero me adelantó a su vez y redujo después la velocidad con mala idea, nos echáramos a reír de manera espontánea, sin más trampas ni complicidades que las del largo juego, la diversión de DRAE y la memoria de Saussure. Adivínese la matrícula.
4.1.08
0001
Navego por la prensa digital en la tarde de este viernes náufrago, sigo varios derroteros, políticos, culturales, deportivos, pero me quedo un rato en la derrota de ‘El país’: «El primer caso de violencia machista del año ha ocurrido en Coín (Málaga)», ‘El mundo’: «Esta es la primera víctima por violencia machista de 2008 en España», y ‘Abc’: «El presunto agresor ha sido arrestado sobre las 04:30 horas en la vivienda de ambos, situada en la urbanización Miralmonte, donde anoche ocurrió la agresión que supuestamente causó la muerte de la mujer, que es la primera víctima por violencia machista de este año en España», porque advierto que la materia narrativa concebida como principio y meta, como sprint, no deja libre campo alguno. Partimos de cero, pues, en todo: borrón y cuenta nueva.
30.12.07
Antónimos
Me viene a la memoria un libro de Michel Tournier titulado ‘El espejo de las ideas’ (El Acantilado, 2000) en el que cada capítulo recoge una pareja de antónimos de hecho, que configuran nuestra percepción de la realidad con tanta eficacia como la que habitualmente atribuimos a los antónimos más o menos absolutos: día y noche, blanco y negro, sí y no, masculino y femenino, etcétera. Hágase, si no, la prueba de las palabras inmediatas, digamos perro, carne, cuchara, mula y sal, por ejemplo, y, a poco raudo que sea, nuestro sparring léxico dirá sin pestañear gato, pescado, tenedor, buey y azúcar. Y me viene a la memoria el libro de Tournier, digo, porque toda la tarde me está martilleando una pareja de hecho episcopal que conjugo y conjugo y vuelvo a conjugar, como los peces en el río, con todos sus morfemas y derivaciones, y repitiendo siempre (o bis), por su énfasis benedicto y su colónica terquedad, el segundo término de tan sacrosanta creación léxica, cual pronobis, estribillo o letanía: orar y conelmazodar, ¡conelmazodar!, orando y conelmazodando, ¡conelmazodando!, etcétera. ¡Qué son, qué sonsonete!
27.12.07
24.12.07
Palinodia
cuando lleguéis a Ítaca perdonadme viajeros
y no tengáis en cuenta lo que dije
olvidad el camino la autovía el atasco
los adelantamientos las retenciones los frenazos
las amenazas luminosas de la gobernación
y los gestos obscenos desde las ventanillas
el pequeño accidente los coches distraídos
al fin no pasó nada sólo el susto y los gritos
el lento enigma del arcén y los triángulos
y el lúgubre fulgor de las luciérnagas
olvidad sobre todo el bar de carretera
lleno de suciedad y de viajeros ávidos
con hambre y sed y prisa y malhumor
y lo que preguntó el muchacho ecuatoriano
sobre noventayocho diesel o eurosúper
y lo que replicó el dios iracundo y todoterrenal
olvidad a la joven de la caja
no recordéis sus ojos melancólicos
tenía un mal día hubiera preferido
cambiar el turno y dirigirse a Ítaca
no la inmóvil fatiga de cariátide
que mira ausente la documentación
de tantos odiseos y argonautas
con tarjeta de crédito y con ojos de hastío
o con los nervios en fermentación
porque el camino a Ítaca es lento es infinito
cuando lleguéis a Ítaca perdonadme viajeros
y no tengáis en cuenta lo que dije
aquellos eran otros tiempos
época de dulcedumbre alejandrina
y he cambiado de opinión ahora
si alguna vez llegáis a Ítaca
os aconsejo que olvidéis el viaje
y que comáis bebáis buen vino descanséis
que recorráis después sus hermosos parajes
que os deleitéis gozosos en tan ardua belleza
y que mientras disfrutáis de tanta dicha
mientras Ítaca sea Ítaca y siga siendo Ítaca
no se os ocurra nunca pensar en el regreso
y no tengáis en cuenta lo que dije
olvidad el camino la autovía el atasco
los adelantamientos las retenciones los frenazos
las amenazas luminosas de la gobernación
y los gestos obscenos desde las ventanillas
el pequeño accidente los coches distraídos
al fin no pasó nada sólo el susto y los gritos
el lento enigma del arcén y los triángulos
y el lúgubre fulgor de las luciérnagas
olvidad sobre todo el bar de carretera
lleno de suciedad y de viajeros ávidos
con hambre y sed y prisa y malhumor
y lo que preguntó el muchacho ecuatoriano
sobre noventayocho diesel o eurosúper
y lo que replicó el dios iracundo y todoterrenal
olvidad a la joven de la caja
no recordéis sus ojos melancólicos
tenía un mal día hubiera preferido
cambiar el turno y dirigirse a Ítaca
no la inmóvil fatiga de cariátide
que mira ausente la documentación
de tantos odiseos y argonautas
con tarjeta de crédito y con ojos de hastío
o con los nervios en fermentación
porque el camino a Ítaca es lento es infinito
cuando lleguéis a Ítaca perdonadme viajeros
y no tengáis en cuenta lo que dije
aquellos eran otros tiempos
época de dulcedumbre alejandrina
y he cambiado de opinión ahora
si alguna vez llegáis a Ítaca
os aconsejo que olvidéis el viaje
y que comáis bebáis buen vino descanséis
que recorráis después sus hermosos parajes
que os deleitéis gozosos en tan ardua belleza
y que mientras disfrutáis de tanta dicha
mientras Ítaca sea Ítaca y siga siendo Ítaca
no se os ocurra nunca pensar en el regreso
23.12.07
22.12.07
Pascuas
Como no voy a ir de cotillón ni de bailes ni de fiestas, que no estoy para saltos, trotes, cucuruchos ni matasuegras, he comprado un par de libros con propósito de lectura navideña y criterio en equilibrio: ‘La puta de Babilonia’, de Fernando Vallejo (Seix-Barral) -«La católica, la apostólica, la romana, la jesuítica, la dominica, la Impune bimilenaria tiene cuentas pendientes conmigo desde mi infancia y aquí se las voy a cobrar» (reclamo políticamente correcto que la editorial extrae del primer párrafo, mucho más crudo: «La puta, la gran puta, la grandísima puta, la santurrona, la simoniaca, la inquisidora, la torturadora, la falsificadora, la asesina, la fea, la loca, la mala...», etcétera)-, y ‘Spe salvi’, la II encíclica de Benedicto XVI (San Pablo) -«‘Spe salvi facti sumus’, en la esperanza fuimos salvados, dice san Pablo a los Romanos y también a nosotros»-. No hace falta decir que el primero es el autor de ‘La virgen de los sicarios’, o de ‘Logoi. Una gramática del lenguaje literario’, o de ‘La tautología darwinista’, y que el segundo es el Papa, Sumo Pontífice y amplia gama de atributos vaticanos: dos seres enfurecidos, a fin de cuentas. Antes de empezar a leer, a la vista del precio, 19,50 € el primero y 2,40 € el segundo, alcanzo a pensar que la fe es más barata que la blasfemia o que, en viceversa, cuesta más la blasfemia que la santa creencia, aunque no sé si será por otra inversión del capital, es a saber, que los beneficios, por activa o por pasiva, o los impuestos, directos o indirectos, en € o en $, en cruz o en raya, sean inversamente proporcionales. Habrá que seguir.
19.12.07
Curso y recurso
Según Andreas Schleicher, director del informe PISA, «repetir curso consume muchos recursos». Curso y recurso: ¡qué hallazgo verbal!, ¡qué tentaciones polisémicas para re-curso, y para re-petir, y para con-sumir, y hasta para con-curso! ¡No habrá repetidores, sino alumnos de primer curso y de primer recurso, de segundo curso y de segundo recurso! ¡Y así hasta la recursación final, con borriquito y chándal! Lo oigo en la radio del coche, de camino a casa tras evaluaciones varias de bachillerato and ESO, y me quedo prendido en el redoble, lo redicho del dicho, de modo que (horresco referens, y ahora me reprendo) me pierdo el curso del discurso, como los alumnos que se estancan en tercera línea.
9.12.07
¡Fuera escuelas!
Parece que los males escolares se deben, según don Vicente Verdú («La miseria de la escuela», El País, 08-12-2007), a dos secuelas prehistóricas de la modernidad, la terquedad laboral de profesores mayores, provectos y vetustos, por un lado (me incluyo humildemente en las tres categorías), y la obstinación académica de la galaxia Gutenberg, por otro. Como me cuesta creer que se trate de una simplificación colérica o apresurada, o de un improvisado devaneo semiótico, me sumo a la moción. Suprímanse, pues, tales secuelas. Y, si a una jubilación tan provechosa y a un venturoso Fahrenheit 451, añadiéramos el cierre de colegios e institutos («Aquí no queremos escuelas», decía en Palermo una pintada de pizarra que recoge Leonardo Sciascia en ‘Negro sobre negro’), no tendríamos que andar ‘pisándonos’ unos a otros por países o regiones y todos viviríamos infusos y felices.
6.12.07
Beatus ciber
A mí una pobrecilla
mesa, de libros muy bien abastada,
me baste, y una silla,
una red adsleada,
portátil, laserjet, mail, y más nada.
mesa, de libros muy bien abastada,
me baste, y una silla,
una red adsleada,
portátil, laserjet, mail, y más nada.
5.12.07
Arietes
Al arrimo de los acontecimientos, se emplea la palabra «ariete» (política, sección nacional, opinión) y me acuerdo de un verso del arcipreste: «¿En dos anos petid corder non se fazer carner?». Arietes hay, ciertamente, en los partidos políticos o en sus alrededores, que, acaso faltos de afecto, nacen a la luz pública como mansos corderos, pero crecen y, cuando crecen, se crecen, se alimentan de su propio crecimiento, y entonces, bidentes, tórnanse carneros, pobres e infelices carnarios de cañón.
3.12.07
24.11.07
14.11.07
Ó (mikrón)
Si todos los mandamientos (religión, ideología, literatura, periodismo, deporte, etcétera) se resumen en dos, A y Ω, y tales mandamientos se niegan en mutua e interminable paradoja, de modo que todo A es infame para Ω y todo Ω es infame para A, tal vez haya que irse poniendo a pensar en dejar de la lado o ignorar a A y a Ω y limitarse a ser tan solo ό (mikrón) en singular (y no creer, y no votar, y no leer, y no prensar, y no sentir ningún color, y tampoco etceterar), pues todo lo demás es demasía.
10.11.07
Iconografía
En ‘El juez de la horca’, de John Huston, el juez Roy Bean (que es Paul Newman) siente una veneración adolescente, estética, casi religiosa, por la señorita Lillie Langtry (Ava Gadner), una actriz británica en cuyo idolatrado nombre implanta su propia ley al oeste del río Pecos. La producción industrial de símbolos, ídolos, iconos, de belleza física que es en gran medida el cine nos convierte a todos en secuaces de Roy Bean. Así las cosas, si tuviera que colocar una imagen femenina para impartir justicia en un saloon del ‘far west’ ampliaría una vieja foto en blanco y negro de Faye Dunaway. Pero como los símbolos son inalcanzables y la perfección no existe, tal vez me sentaría en una terraza de los Campos Elíseos para ver pasar a la joven norteamericana que pregona el New York Herald Tribune en ‘A bout de souffle’, de Jean-Luc Godard. La fotografía que adjunto, sin embargo, está en consonancia con el desventurado final de la muchacha que, si en la película de Godard, citando a Faulkner, entre la pena y la nada elige la pena, en la realidad del dolor y el sinsentido eligió definitivamente la nada. No se trata de una evocación manriqueña (recuerde el alma dormida, etcétera), sino de una prueba documental y un testimonio: no pude pasar de largo, en el cementerio de Montparnasse, sin usar la cámara.
6.11.07
Vejajajación
Cuando alguien a) dice que se siente humillado y b) se parte de risa (o jajajea) al decirlo, no cabe pensar que de la contradicción entre el modus y el dictum se derive una mera anulación jerárquica de a) sobre b) o de b) sobre a), esto es, que la risa, por ejemplo, haga inverosímil la sensación de humillación o viceversa, sino que se produce una radical anulación recíproca o, más claramente, que es falso el modus y falso el dictum, que cada uno manifiesta la falsedad del otro, porque no se complementan, sino que se dinamitan, que es falsa la humillación y falsa la carcajada, que se encubre una falsedad con otra falsedad, porque entre falsedades anda el juego, y que lo que aflora a la superficie es un potaje cuaresmal de pecados capitales con guarnición de varia e irreversible y rancia patología.
4.11.07
Carrilizar
Durante mucho tiempo, en los puentes y en las fechas de desplazamientos masivos, he disfrutado del notable privilegio de ir contra corriente, esto es, de dirigirme al sitio de donde la gente huía y, cumplido el plazo de ocio y ajetreo, salir del sitio al que gente regresaba, lo que, en términos automovilísticos, se traducía en tener la carretera (casi) para mí solo. Hasta que, con la proliferación de autovías y en previsión del caos, las autoridades del tránsito rodado han decidido que los menos vayamos de uno en uno, a paso lento de camioneta, y que los más vayan de tres en tres, para no ir a paso quieto. El caso es que en uno de estos mansos trasiegos me pasé el viaje divagando morfologías. Un anuncio digital de carretera avisaba de modo intermitente de la situación que yo iba padeciendo durante kilómetros y kilómetros, cientos y cientos de conos rojos, frágiles, irregulares y volanderos: CARRIL IZADO, leía una y otra vez. Y, entonces, recordando un ensayo (por muchos motivos memorable) de Ferlosio en el que, junto al verbo traspunte y los adverbiales tristes, estudiaba los sustantivos formados por verbo más complemento directo (cortaúñas, pintamonas, destripaterrones), decidí indagar en la posibilidad contraria: verbos compuestos por un complemento directo y otro verbo. A la vista tenía el ejemplo estelar: «carrilizar» (acción de levantar conos rojos en el centro de la autovía, etcétera). Su empleo, incluso, permitiría ironías, burlas, quejas, broncas, titulares: «La DGT carriliza la A-VI», mensajes predeterminados, etcétera. Así, con más o menos encono o enconía según los casos, he ido entreteniendo y padeciendo mis tristes y desesperantes carrilizamientos. Hoy, sin embargo, en un regreso prematuramente «carrilizado», he advertido con desencanto un error de percepción: el letrero que me obsesionó tiempo atrás no decía CARRIL IZADO sino CARRIL IZQDO. Y debajo, entre la descripción y la vulgaridad: CORTADO.
28.10.07
Vaticanidades
La peldaños de la santidad o de la canonización, según la iglesia católica, son tres: venerable, beato y santo, lo que podría asimilarse a otras numerosas trinidades del mundo y sus jerarquías, como la enseñanza primaria, media y universitaria, como los sectores primario, secundario y terciario de la economía o como los grados positivo, comparativo y superlativo del adjetivo, pero, puesto que «venerable» no goza de ningún prestigio santoral y en vista de que la declaración de santidad se mueve en las alturas de la creación, del diseño político y de la ingeniería teológica, más cabe pensar, según creo, en aparejadores o peritos de santidad (técnicos de grado medio) y en arquitectos o santos ingenieros (técnicos de grado superior, cum laude atque aureŏla), esto es, en una forma de humillación que reduce a campeonato -oro, plata y bronce- las bondades del individuo y a mercancía -oro, incienso y mirra- sus consecuencias.
25.10.07
Tautología
Nunca deja de extrañarme la pregunta recurrente que (como ahora, cuando un periodista entrevista a Woody Allen y se interesa por la frecuencia de asesinatos en su filmografía) dice: «¿Existe el crimen perfecto?». Supongo que, en origen, «crimen perfecto» (como «justicia poética») es una categoría narrativa, un recurso dramático (o, si enredamos con las palabras, un aliciente «tramático»). Pero en la realidad coloquial, haciendo protagonista al criminal (sujeto agente) y anteponiendo la culpa, el juicio y la condena a la circunstancia irreversible de la muerte (sujeto paciente), se emplea «crimen perfecto» como mero sinónimo de «crimen impune». Por el contrario, cambiando el punto de vista, se invertiría de raíz la conclusión: si hay cadáver, el crimen se ha cumplido; si hay víctima, todo crimen es perfecto.
23.10.07
Loquitur
«Dejemos las palabras y pasemos a los hechos», dice el locutor radiofónico a estas horas de la mañana.
21.10.07
TPD
Leo en el periódico recién acentuado (gentes de doble filo dicen prensa socialdemócrata) que, tras la malintencionada insistencia de la aguerrida presidenta madrileña copando la conversación en una comida protocolaria, el rey «dijo tres palabras duras». Lo oigo luego en la radio: «tres palabras duras». Como no dudo de que fueran, en efecto, «tres palabras duras» (estaba presente el presidente de la real academia, se había celebrado una reunión del patronato del instituto cervantes, se agasagaba a honorables embajadores latinoamericanos: mucha castellanía, pues) y como ando aquí enredando en el teclado, me planteo el enigma, un enigma real y regio. ¿Qué tres palabras? Y no se me ocurre solución. «Caca, culo, pero, pis» no pudo ser: son cuatro. Tampoco creo que fuera un trío yuxtapuesto: «Gañán, faquín, belitre», por ejemplo, como le dijo don Quijote a Sancho cuando menospreció a la sin par Dulcinea, ni una reiteración copulativa: «Joder, joder, joder», pongo por caso, como exclamaba un veterano cómico de la escena y la tv, ni una enumeración grosera sacada del diccionario secreto del viajero alcarreño, ni una blasfemia trisulca (las blasfemias, de hecho, dada su sustancia escatológica, requieren un pronombre, un verbo y una preposición antes de llegar a destino, esto es, no son tres palabras, o, en todo caso, sufren una reducción coloquial de base dos: «Mecagüen to»). ¿Las tres palabras eran duras o lo era sólo una?, me pregunto: ¿«A la mierda», como dijo el grandioso y polifacético hombre de cine y letras?, ¿«Hijos de puta», como se dice tan frecuentemente?, ¿«De puta madre», con ironía borbónica a tenor del comentario patrio de la bizarra y aristocrática presidenta? No voy a poder hacer nada de provecho en toda la tarde dándole vueltas al asunto: ¿qué tres palabras duras, majestad, dijo su majestad?
14.10.07
Vividura
He visto en la Gran Vía dos o tres serespañoles. Son muy suyos.
[Y me he preguntado si don Américo aún hablaría de «vividura», esa curiosa (no sé si cursi) ontología existencial de la historia]
[Y me he preguntado si don Américo aún hablaría de «vividura», esa curiosa (no sé si cursi) ontología existencial de la historia]
13.10.07
13-O
Para Felisa Gallego
Por una parte, tomando como metáfora la lucha fratricida entre gemelos, cabe decir que «cuanto menores sean las diferencias fundamentales entre los dos partidos, tanto más implacable es su mutuo odio» (pág. 24), pero, por otra, dice, «el lobo no es un depredador de otros lobos: lupus lupo lupus sería una difamación» (pág. 95), de modo que por entre estas dulces y crudas y lúcidas ambigüedades del áspero y adusto Nobel sudafricano J. M. Coetzee, ‘Diario de un mal año’, Mondadori, 2007, voy entreteniendo el puente, octubre y la dichosa y ominosa y rojigualda hispanidad de hispanidades.
12.10.07
12-O
¡Españolas, españoles,
pa'lante con los faroles!
¡Sostenidos o bemoles,
lo que importa son los goles!
pa'lante con los faroles!
¡Sostenidos o bemoles,
lo que importa son los goles!
30.9.07
La realidad y su invención
Toda obra de arte es resultado de un triángulo en incierto equilibrio: la realidad, el lenguaje y el artista. Históricamente, la pintura ha mantenido con la realidad una relación ambigua, de imitación, suplantación, impresión, deconstrucción, abstracción o negación, un proceso de exclusión progresiva e incluso, en apariencia, de impetuosa incompatibilidad, hasta el punto de que el pintor contemporáneo no puede adscribirse sin peligro a ninguno de esos conflictos estéticos. Sea ello como sea, siempre será la mediación del artista (sujeto), tanto en su modo de percibir la realidad (objeto), como en el modo de expresar tal percepción (lenguaje), la que produzca lo que se ha dado en llamar belleza, que no es sino una reproducción subjetiva de la realidad. Para Miguel Pedrero (Hellín, 1962) pintar es reinventar la realidad, consecuencia visual de la contemplación objetiva y de la memoria que de ella permanece, en la que se recrea y sobre la que asienta toda elaboración artística. Por eso su obra se nutre sobre todo de figuraciones: cuerpos y paisajes, rostros y vegetación. Y por eso, también, su mirada y su memoria son, sin duda, si se permite una catalogación más moral que estética, bondadosas, de piadosa y bien avenida armonía. Puede recurrir a veces a derivaciones, entregarse a experimentaciones cromáticas en Kapas, acogerse al impulso expresionista cuando se acerca a la mirada del dolor, proponer una representación simbólica del amor y el odio o, en fin, recurrir a la distorsión y la desolación de la geometría para que el mundo subterráneo y deshabitado de Comala tenga carta de naturaleza. Pero se entrega con más frecuencia a la fisonomía del alma, que se expresa en rostros femeninos doloridos, insinuados, modélicos o exactos, y a cierta poética de la sencillez, incluso de la fragilidad, en la que sobresale la perfección de lo menudo, una hoja que cae, unas cañas escuetas, un paisaje solitario, o lejano, o diluido, que no son, en definitiva, sino manifestaciones de humanismo y clasicismo. Porque, si el clasicismo consiste en la plena concordancia entre artista y espectador, bien puede afirmarse que Miguel Pedrero se ajusta a esta categoría de lo clásico en que, desde una perspectiva poética e incluso lírica, se aúnan arte y sensatez, emoción y sentido.
[Texto para las 'Realidades imaginadas' por Miguel Pedrero y expuestas en Las Claras entre el 17 y el 28 de septiembre de 2007]
[Texto para las 'Realidades imaginadas' por Miguel Pedrero y expuestas en Las Claras entre el 17 y el 28 de septiembre de 2007]
26.9.07
Tú
«Somos coetáneos; ya nos conocemos bastante bien: tratémonos de usted», leo en ‘Negro sobre negro’, de Leonardo Sciascia (Global rhythm, pág. 19), lo que me lleva a recordar, entre otros tuteos, voseos y ustedeos más o menos pintorescos, solemnes o ridículos, la primera entrevista radiofónica que le hicieron a un Javier Solana recién nombrado ministro de cultura en aquellos tiempos de euforia democrática, y ciudadana, y primordial. «Javier», dijo el periodista, «¿cómo nos llamamos, de tú o de usted?». «Ah, bien, a mí me da igual», respondió Solana, «como usted prefiera».
23.9.07
Mecanografía
«Nada tiene remedo», escribo equivocado, saltándome una tecla, pero corrijo sólo en la dirección misma de la errata: nada tiene remedio, todo tiene remedo.
22.9.07
Cansancio
De la prensa portuguesa a los tabloides ingleses y de ahí a toda la prensa, la radio, la televisión hispana, a todas horas, todo un hastío de estío. Cansan. Un día y otro día mareando la pérdida, rumoreándola, tertuliándola. Cannsan. Y siguen girando en el vacío, alimentando el eco, retorciendo el escorzo, estirando la categoría, el arquetipo, el esteorotipo. McCannsan. Tanta redundancia sólo admite (y no sé si pretende, mas consigue) un solo, lamentable desenlace: disolución, vacío. Sería una sólida novela de Ian McEwan, pero apunta más a superproducción de Hollyvood, miniserie televisiva, derechos, print time, ©.
14.9.07
Media
Medios hay de opinión pronta
y medios de opinión lenta,
y abundante opinión tonta
que de m. p. se alimenta,
que lo lento poco renta
y tanto monta.
y medios de opinión lenta,
y abundante opinión tonta
que de m. p. se alimenta,
que lo lento poco renta
y tanto monta.
7.9.07
Disidencia
De vuelta de cierto ajetreo postestival, me encuentro de pronto preguntándome esta noche de qué verbo procede el sustantivo «disidencia», que no es otro, por muy raro que suene, que el verbo «disidir» (del latín «dissidĕre»), separarse de una doctrina, creencia o partido, según María Moliner, y nada tiene que ver mi preguntarme con la perezosa entrada anterior o con las secuelas de su neopatología, sino con que el día 3 de septiembre se desactivó la disidencia, una desactivación, me digo, al cabo de darle vueltas durante un tiempo, que tal vez no sea sino un verdadero, clarividente y estimulante modo de activarla de nuevo.
31.8.07
Asunto
Pensaba escribir sobre el exhibicionismo de la disidencia (el porqué y el cómo, el qué y el para qué, el cuándo y aun los puntos suspensivos), pero me dice la voz de la pereza que es viernes, que acaba agosto, que con el enunciado sobra.
29.8.07
Trans
29 de agosto de 2007. «Y hoy lo lloramos con la atención especial, algo interesadilla, que merece la muerte de los escritores capaces de hacernos tocar el tiempo.»
13 de septiembre de 2001. «Umbral, un escritor español: “New York es la doncella que iba a florecer sus pechos cuando cayó transida por la ráfaga turbia del Oriente”. El pobre hombre.»
13 de septiembre de 2001. «Umbral, un escritor español: “New York es la doncella que iba a florecer sus pechos cuando cayó transida por la ráfaga turbia del Oriente”. El pobre hombre.»
26.8.07
Érase que recibía un mensaje cuyo asunto decía: «Monterroso», pero no me dio tiempo a ver el nombre del remitente ni a abrir el mensaje, porque se apagó el ordenador con la tormenta. Entonces, mientras volvía la luz y reiniciaba y entraba en el correo, no dejé de darle vueltas, con intriga, al quién y al qué, sobre todo al qué, de ese inesperado Monterroso. Algo entonces, tal vez un trueno, o un relámpago, o el furor del viento (que aquí arriba arrecia en redundancias), me despertó. Al pronto me llevé un disgusto, porque ya nunca podría saber ni el qué ni el quién del mensaje monterroso, cautivo para siempre en el universo (no sé si decir borgiano) de los sueños, donde la hoja del ciprés. Pero después me entró una curiosa preocupación, el temor de que al encender por la mañana el ordenador cayera en la bandeja de entrada un mensaje, no por virtual menos real, con asunto «Monterroso». No ha sido el caso, que los sueños sueños son y sólo sueños y el día es más prosaico y transparente. La prevención con que he entrado en windows mail no ha tenido, pues, otra recompensa ni otro alivio que una dilatada pandilla, en batería, de phishing phishing phishing.
15.8.07
Autógrafo
I. Me pongo a leer en edición de bolsillo un libro divulgativo de conversaciones con científicos y casi me río solo recordando una vieja anécdota, no sé si apócrifa. Contaba un amigo aficionado a la música pop que se encontraba en un aeropuerto, Madrid o Barcelona, cuando reconoció a lo lejos a un ídolo de juventud: Art Garfunkel. Evocó puentes sobre aguas turbulentas, sonidos del silencio, al cóndor de los Andes que pasó, a la señora Robinson, una especie de «Simon & Garfunkel Mix» que le alborotó las neuronas. De modo que, venciendo su timidez e imitando a los jóvenes y a los niños que en los aeropuertos se acercan a sus ídolos deportivos, echó mano de agenda y de bolígrafo y persiguió desesperadamente al esquivo Arthur «Art» Garfunkel. Cuando logró alcanzarlo y cortarle el paso le pidió en mal inglés un autógrafo para su mujer, digamos X. El cantante sonrió, garabateó, devolvió el boli y dijo «thank you». Satisfecho por el atrevimiento y por el éxito, mi amigo leyó el autógrafo: «Para X con afecto. Eduardo Punset».
II. Advierto ahora al recordarlo que la historia se aparece demasiado al «Potemkin» de Walter Benjamin (en su ensayo sobre Kafka): «Se cuenta que Potemkin sufría de depresiones que se repetían de forma más o menos regular y durante las cuales nadie podía acercársele; el acceso a su habitación estaba rigurosamente vedado. En la Corte esta afección jamás se mencionaba, sabido como era que toda alusión al tema acarreaba la pérdida del favor de la emperatriz Catalina. Una de estas depresiones del canciller tuvo una duración particularmente prolongada y causó graves inconvenientes. Las actas se apilaban en los registros y la resolución de estos asuntos, imposible sin la firma de Potemkin, exigieron la atención de la Zarina misma. Los altos funcionarios no veían remedio a la situación. Fue entonces que Shuwalkin, un pequeño e insignificante asistente, coincidió en la antesala del palacio de la cancillería con los consejeros de estado que, como ya era habitual, intercambiaban gemidos y quejas. “¿Qué acontece? ¿Qué puedo hacer para asistiros, Excelencias?”, preguntó el servicial Shuwalkin. Se le explicó lo sucedido y se lamentaron por no estar en condiciones de requerir sus servicios. “Si es así, Señorías», respondió Shuwalkin, “confiadme las actas, os lo ruego”. Los consejeros de estado, que no tenían nada que perder, se dejaron convencer y Shuwalkin, el paquete de actas bajo el brazo, se lanzó a lo largo de corredores y galerías hasta llegar ante los aposentos de Potemkin. Sin golpear y sin dudarlo siquiera, accionó el pestillo y descubrió que la puerta no estaba cerrada con llave. Al penetrar vio a Potemkin sentado sobre la cama entre tinieblas, envuelto en una raída bata de cama y comiéndose las uñas. Shuwalkin se dirigió al escritorio, cargó una pluma y sin perder tiempo la puso en la mano de Potemkin mientras colocaba un primer acta sobre su regazo. Potemkin, como dormido y después de echar un vistazo ausente sobre el intruso, estampó la firma, y luego otra sobre el próximo documento, y otra... Cuando todas las actas fueron así atendidas, Shuwalkin cerró el portafolio, lo echó bajo el brazo y salió sin más, tal como había venido. Con las actas en bandolera hizo su entrada triunfal en la antesala. Los consejeros de estado se abalanzaron sobre él, le arrancaron los papeles de las manos y se inclinaron sobre ellos con la respiración en vilo. Nadie habló; el grupo se quedó de una pieza. Shuwalkin se les acercó nuevamente para interesarse servicialmente por el motivo de la consternación de los señores. Fue entonces que su mirada cayó sobre la firma. Todas las actas estaban firmadas Shuwalkin, Shuwalkin, Shuwalkin...»
II. Advierto ahora al recordarlo que la historia se aparece demasiado al «Potemkin» de Walter Benjamin (en su ensayo sobre Kafka): «Se cuenta que Potemkin sufría de depresiones que se repetían de forma más o menos regular y durante las cuales nadie podía acercársele; el acceso a su habitación estaba rigurosamente vedado. En la Corte esta afección jamás se mencionaba, sabido como era que toda alusión al tema acarreaba la pérdida del favor de la emperatriz Catalina. Una de estas depresiones del canciller tuvo una duración particularmente prolongada y causó graves inconvenientes. Las actas se apilaban en los registros y la resolución de estos asuntos, imposible sin la firma de Potemkin, exigieron la atención de la Zarina misma. Los altos funcionarios no veían remedio a la situación. Fue entonces que Shuwalkin, un pequeño e insignificante asistente, coincidió en la antesala del palacio de la cancillería con los consejeros de estado que, como ya era habitual, intercambiaban gemidos y quejas. “¿Qué acontece? ¿Qué puedo hacer para asistiros, Excelencias?”, preguntó el servicial Shuwalkin. Se le explicó lo sucedido y se lamentaron por no estar en condiciones de requerir sus servicios. “Si es así, Señorías», respondió Shuwalkin, “confiadme las actas, os lo ruego”. Los consejeros de estado, que no tenían nada que perder, se dejaron convencer y Shuwalkin, el paquete de actas bajo el brazo, se lanzó a lo largo de corredores y galerías hasta llegar ante los aposentos de Potemkin. Sin golpear y sin dudarlo siquiera, accionó el pestillo y descubrió que la puerta no estaba cerrada con llave. Al penetrar vio a Potemkin sentado sobre la cama entre tinieblas, envuelto en una raída bata de cama y comiéndose las uñas. Shuwalkin se dirigió al escritorio, cargó una pluma y sin perder tiempo la puso en la mano de Potemkin mientras colocaba un primer acta sobre su regazo. Potemkin, como dormido y después de echar un vistazo ausente sobre el intruso, estampó la firma, y luego otra sobre el próximo documento, y otra... Cuando todas las actas fueron así atendidas, Shuwalkin cerró el portafolio, lo echó bajo el brazo y salió sin más, tal como había venido. Con las actas en bandolera hizo su entrada triunfal en la antesala. Los consejeros de estado se abalanzaron sobre él, le arrancaron los papeles de las manos y se inclinaron sobre ellos con la respiración en vilo. Nadie habló; el grupo se quedó de una pieza. Shuwalkin se les acercó nuevamente para interesarse servicialmente por el motivo de la consternación de los señores. Fue entonces que su mirada cayó sobre la firma. Todas las actas estaban firmadas Shuwalkin, Shuwalkin, Shuwalkin...»
8.8.07
Portorosa
Preocupado y en ascuas me tiene el señor de Portorosa, un hombre ecuánime y sensato sentado en una silla. Una y otra vez entro en su señorío con la esperanza y el temor de averiguar al fin cuál es el camino correcto y doloroso, y qué males le aquejan, y qué tribulaciones. Extraño mundo éste de los afectos virtuales.
3.8.07
Cfr
Como he leído con agrado y aprovechamiento a lo largo de los años algunos libros de Diderot (‘Paradoja del comediante’, verbi gratia) y siento especial predilección por ‘Jacques, el fatalista’ (hay traducción de Azúa, que escribió doctoralmente ‘La paradoja del primitivo’), he ido punteando aquí y allá en las lecturas veraniegas algún que otro contraste. Así, en ‘La música de los números primos’, de Marcus du Sautoy, Acantilado, 2007, leo: «Catalina la Grande tenía como huésped al famoso filósofo Diderot; Diderot tuvo siempre una actitud más bien despreciativa hacia la matemática […]; Catalina se cansó pronto de su huésped […]. Euler fue llamado a la corte para que contribuyera a silenciar a aquel ateo insoportable; por gratitud al mecenazgo de Catalina, Euler aceptó rápidamente y, ante la corte reunida, se dirigió a Diderot en tono solemne: “Señor, (a+bⁿ) / n = x; por tanto, Dios existe: responda”» (pág. 73-74). En cambio, en ‘Encyclopédie’, de Philipp Blom, Anagrama, 2007, leo: «Cuando tenía tiempo, [Diderot] estudiaba griego, latín, inglés e italiano, así como matemáticas (la materia que mejor dominaba), y los escritores de la época» (pág. 51); y también: «En 1773, después de que Catalina la Grande hubiera insistido tanto para que la visitara en San Petersburgo, accedió finalmente a hacer tan largo viaje… […] Su estancia en la corte imperial rusa (durante el invierno de 1773-1774) fue desafortunada; se vio ensombrecida por la plaga de cortesanos celosos de ver a aquel nada elegante ni fino francés que cenaba cada noche con su zarina y que la prendaba simplemente con su conversación

