8.9.16

Guadalupe

Tal vez tuviera razón Kavafis y de Ítaca sólo quede el camino, sus bondades y sus asechanzas. He vuelto alguna vez después a Guadalupe, pero, sin duda, mi recuerdo más sólido, pese a lo nebuloso, es también el más lejano y evoca el primer viaje, a mediados de los años cincuenta, un viaje confuso y tormentoso, en el blanco y negro de la posguerra, cargado de devoción y costumbrismo. No sé si al resto de viajeros les movía la devoción o el rito, la fe o la costumbre, esos movimientos de grupos que se repiten en los ciclos de las estaciones, pero supongo que a mí, dada mi corta edad (tendría entonces cuatro o cinco años), no me llevaban por motivos religiosos, sino por que conociera la festividad y por ampliar mis horizontes, los rigurosos horizontes de un niño hundido en un pueblo postrero y sin más estímulos que su hondura solitaria. Era, en cualquier caso, una peregrinación de carácter mariano y anual a la que el mundo pobre y rural se sumaba con fervor. Había devotos que hacían el viaje a pie, que cumplían con sacrificio sus promesas, pero a nosotros nos acomodaron en la caja de carga de un camión destartalado y renqueante, sentados en el suelo, amontonados (como sardinas aprensadas, se quejaban las mujeres entre risas, y tardé mucho tiempo en entender la comparación), cada uno junto a sus alforjas (porque cada peregrino llevaba adosado su sustento), como conducidos a un campo de prisioneros, y viajamos por carreteras de tierra, llenas de curvas, de cuestas, de precipicios. Desde entonces adquirieron en mi imaginación cierta cualidad mítica aquellas abruptas carreteras de Los Ibores. Como, por las irregularidades del camino y la incoherencia del vehículo, los peregrinos se mareaban, surgían todas las recomendaciones propias del mareo en ruta (no abrir los ojos, no cerrarlos, mirar al suelo, ponerse de pie, tumbarse, etcétera, remedios inocuos todos ellos y tal vez contraproducentes) y el viaje se antojaba interminable. Siempre que veo ahora en televisión una de esas películas españolas de los años cincuenta o sesenta, o películas que nos llegan de cinematografías secundarias o periféricas (iraníes, por ejemplo, o centroamericanas), en que la gente viaja hacinada en autobuses o en camiones y atraviesa desiertos o cruza cordilleras, evoco aquel viaje inaugural a Guadalupe, tan honda huella y tan hondo desconcierto dejó en mí. No había luego sitio en Guadalupe para hospedarse, tal era la avalancha de peregrinos, de modo que fuimos a parar a una posada (particular, cabría decir, o de ocasión) para dormir sobre las baldosas rojas de una habitación completamente vacía, de cruda austeridad monacal: ni un mueble, ni una silla, ni un cuadro en la pared. Por niño y como tal niño, el único que viajaba en el camión, tuve en la posada un doble privilegio. Para que no durmiera en el suelo, me proporcionaron un saco de paja. Y como teníamos que compartir la escueta estancia con otros varios peregrinos adultos, hombres y mujeres del pueblo de mi madre, y dado el lujo del saco de paja, tuvieron la ocurrencia de colocarme en el centro del cuarto y distribuirse todos ellos a mi alrededor, usando los bordes del saco de paja como almohada, de modo que me rodeaban las cabezas de unos y de otros, como si yo fuera el centro de una circunferencia cuadrada y cada uno de los adultos una suerte de radio hacia el exterior (cual sardinas prensadas en su bota, pienso ahora, en la bota heterodoxa de una ajada mercancía de ultramarinos). Recuerdo también el asombro del monasterio reducido a su propia monumentalidad, pero todo lo demás se ha desvanecido en la memoria. Sé que asistimos a la procesión, que vimos los tesoros de la orden, que nos maravilló el mecanismo de la Virgen, que visitamos a unos familiares lejanos y esquivos, pero nada de eso pertenece a mi memoria, que, como digo, sólo conserva tres o cuatro imágenes dispersas (y no sé hasta qué punto contaminadas por los relatos posteriores de mi madre): la llegada del camión a Valdecañas de Tajo, la carga de los peregrinos, el tortuoso viaje en carretera, el cuarto donde dormimos y la inmensidad infantil de la basílica.

AAVV, Guadalupe. Sentimiento y conciencia, Diputación de Badajoz, 2015

30.8.16

Fratres, orate

No seré yo quien siga el debate.

1.8.16

Virgulillas a la mar

Una propuesta humilde,
incluso y todavía o aún en ciernes:
que aun y aún y todos los aúnes
circulen sin la tilde
los miércoles, los lunes...
y los viernes.

(Heme aquí rimando y enredando durante la amena —y plácida, y provechosa— lectura de Más que palabras, de Pedro Álvarez de Miranda, Galaxia Gutenberg, 2016)

21.7.16

Babel

Leo con agobio (no precisamente estival) las columnas de opinión de los periódicos, las entrevistas, los análisis, oigo con no menos agobio a los expertos habituales en la radio, también los veo en televisión saltando de programa en programa, de cadena en cadena, llenando las cajas vacías del tiempo, de la nada y de la incertidumbre, y entre unos y otros (hay ascuas, hay sardinas y hay sobre todo arrimaderos), para reponerme, me refugio en los libros que me gustan, como (ahora mismo) Nembrot (Transmisgracines y máscaras), de José María Pérez Álvarez, que acaba de publicar Trifolium en una nueva edición, más amplia, definitiva (la novela apareció en 2002 en DVD), donde encuentro la frase (que subrayo, no en vano dio pie Nemrod con sus delirios a tanta algarabía: «Fuit autem principium regni eius Babylon» [Babel fue el comienzo de su reino], Gn, 10, 10) «y seguía penosamente, más porque tuviera que decir algo que porque tuviera algo que decir» (pág. 350), que tan bien les cuadra a los profesionales de la tóxica e inclemente verborragia de este verano agotador.

18.7.16

Canícula

Hoy vi la noche, ¡eh!, con alivio

10.7.16

El cuaderno de César Martín Ortiz

«Empecé este cuaderno o documento hace un año más o menos, después de terminar una novela cuya redacción me llevó ocho años o más bien se llevó ocho años de mi vida», escribe César Martín Ortiz (1958-2010) en el texto titulado precisamente «Cuaderno» («no es un cuaderno sino un documento de Word», puntualiza, «pero los escritores todavía hablaban de plumas y de cálamos cuando ya le daban a la Olivetti manual, y hasta a la IBM eléctrica») y habrá que subrayar con esmerado énfasis los ocho años dedicados a esa novela, pues hasta el momento (tan objetivamente prematuro) de su muerte, Martín Ortiz apenas había publicado un par de libros de poesía —Dedicatoria o despedida (1990) y Toques de tránsito (1995)— y tres breves libros de cuentos —Un poco de orden (1997), Nuestro pequeño mundo (2000) y  Paso de contarlo (2004)— de reducido alcance editorial y, salvo tal vez el primero, un tanto a regañadientes. Sospecho, pues, que a partir de 1997, bien fuera por los desengaños de la experiencia, por una consideración adversa del panorama literario o por rasgos esquivos del carácter, Martín Ortiz renunció a la literatura pública y publicada —«paso de contarlo» equivale a un laborioso lema heráldico— y se entregó de lleno y a solas a la escritura. De esa obstinación procede una abundante obra inédita: las novelas A sus negras entrañas, Necrosfera, De corazones y cerebros e (inconclusa) Pecado; las colecciones de relatos Los jardines de belén, Noticias de otro país, El cuchillo de Jorge Cafrune; y estos Cien centavos* que ahora, afortunadamente, se publican, cuyo mérito, sin embargo (me apresuro a subrayarlo), no reside en la vida retirada del autor, ni en el obstinado encubrimiento de su obra, por mucho que nos seduzca esa suerte de exilio al que se acogen quienes deciden abstraerse del mercado editorial (circunstancias a fin de cuentas secundarias, ecos de romanticismos narrativos complacientes), sino en la calidad formal y material del contenido.
Siempre he creído que los buenos libros contienen sus propias guías de lectura, pero Cien centavos incluye, además, su propia reseña: da cuenta a un tiempo del propósito y del resultado, muestra el equilibrio entre ambos términos y aventura su porvenir. Por eso conviene atender a sus palabras: «Me propuse cambiar de tema cada dos páginas, cambiar de género cada vez que me apeteciera y tantear registros con la libertad de quien no se ha propuesto algo importante», se sigue leyendo en «Cuaderno» y tal vez quepan descripciones más minuciosas del contenido de estos Cien centavos, pero nada tan útil como el propósito declarado de su autor. Pues de eso se trata, en suma, no de un libro de relatos tradicional, sino de una suerte de diario narrativo sobre lo inmediato repartido en (si no he contado mal) ochenta y dos textos que acogen narración, reflexión y opinión, por lo que se refiere al género (también algunos poemas), y que combinan, en lo que al autor se refiere, observación, lucidez, humor y melancolía. Es, también, uno de esos libros que no admiten resumen, sólo los elogios del deslumbramiento, pues en su catálogo, tan polícromo como extenso, tienen cabida utopías antropológicas, sociológicas y filológicas, apuntes sobre el entorno del narrador (un local comercial, un accidente, unos vecinos marroquíes, un compañero obsesionado con la carretera que va de J. a S.), semblanzas de caracteres solitarios y, por lo general, desventurados (la mujer ordenada, el hombre mediano, el americano sabático, el joven tarado, la mujer rara), relatos tradicionales en los que el narrador cede el «yo» a personajes anónimos (un camarero, por ejemplo, o una especie de médium de la muerte), lecturas (Bolaño, Garmendia), hábitos y costumbres ( las estaciones alteradas, el cambio de hora, la pólizas de seguro, las romerías, los jardines) o, en fin, sin agotar por ello la enumeración, leves episodios conyugales, mustias rutinas de parejas.
Y en cuanto al destino futuro de Cien centavos bien que me gustaría que se cumplieran, en parte al menos, los pronósticos del autor. «Es posible que cuando esté muerto», escribe, «haya quien diga que es mi mejor libro; a fin de cuentas son cosas por este estilo las que han durado, textos sin mucho encumbramiento ni pretensiones, redactados en una prosa que es de su tiempo y que no aspira a la hermosura ni a la sorpresa, salvo excepciones, porque tampoco en esto he querido adoptar actitudes tajantes y hay días en que uno se levanta con ganas de sorpresa y hasta de hermosura», lo que me ha hecho recordar las palabras con que se refirió fray Luis de León a sus poemas —«entre las ocupaciones de mis estudios en mi mocedad, y casi en mi niñez, se me cayeron como de entre las manos estas obrecillas»—, pues son sobre todo esas «obrecillas» las que seguimos leyendo y celebrando. No lo sé. Sí sé que Cien centavos es un libro íntimo, ajeno a toda ambición y a toda trascendencia, y es por eso un libro que se basta a sí mismo, que no pretende cambiar el mundo ni influir en el curso de los acontecimientos, más próximo a la resignación y la tristeza que a la rebeldía y la militancia,  tan sólo —y es lo que da sentido al todo— el discurrir de una prosa que avanza suavemente por entre las melancolías del atardecer, los mismos atardeceres en que uno imagina al escritor yendo del ordenador a sus paseos y de sus paseos (con perro) al ordenador. Y si me atrevo a poner un límite a los pronósticos del autor —«en parte al menos», he escrito— es porque no habría mejor ventura para las novelas y los relatos a que se entregó durante años César Martín Ortiz, y para quienes admiramos su escritura, que encontrar pronto y adecuado acomodo editorial.
 * César Martín Ortiz, Cien centavos, Baile del sol, 2015

17.6.16

Mantecato

Prueba de que cada uno lee lo que quiere leer, aquello a que le llevan sus manías, sus caprichos y sus paronomasias, es decir, «lo que no está escrito», es que donde Rafael Reig escribe (‘Señales de humo’, página 95) «No, hermanos humanos, no: eso no se le ocurre ni al que asó la manteca (fuera quien fuera el mentecato)», yo he leído tres veces (sonriendo, o tal vez sonrosivo) «fuera quien fuera el mantecato, el mantecato, el mantecato».

1.6.16

Primeras lunas de oriente


I. Incipit. Casi tengo que empezar justificando mi presencia en este acto. Venía diciendo últimamente que me había retirado de toda tarea presentadora con sólo un par de excepciones, Juan Ramón Santos y Alonso Guerrero, en el caso, claro está, de que tuvieren a bien querer contar conmigo en tales circunstancias, y he aquí que, en la pasada feria local del libro, cuando acababa de recurrir por última vez a esa determinación, a medio camino entre el propósito y la promesa, aquella misma tarde, digo, me llamó Alonso Guerrero para invitarme a participar en la presentación placentina de El mundo sumergido. Alonso sabe, como lo sabe Juanra (vamos a llamarnos como nos llamamos habitualmente), que puede contar siempre conmigo en estos menesteres. He echado la vista atrás y tengo memoria clara de que presenté su segunda novela, Los ladrones de libros, probablemente en 1992 y en Badajoz. Guardo documentación escrita del acto, pero no necesito consultarla para recordar que ya entonces, enredando un poco con la fórmula aristotélica, atribuí a Alonso la condición de «animal literario». Desde entonces he participado en sucesivas presentaciones de libros suyos, unas veces en Cáceres y otras en Badajoz, a saber: El durmiente (1998), Fin de milenio en Madrid (1999), De la indigencia de la literatura (2004), Un palco sobre la nada (2012) y Un día sin comienzo (2014). He tenido además el privilegio de leer tres novelas suyas que permanecen inéditas, alguna desde hace bastante tiempo: Un tormento moderno, Declinio y El amor de Penny Robinson (y conste que, aunque digo esto por pura presunción, también lo hago para que se conozca el alcance y la perseverancia como escritor de Alonso Guerrero). Como se ve, pues, aunque sin la perspicacia, la hondura y la calidad de Ricardo Senabre, que era ferviente defensor de su escritura, creo que, cuantitativamente, sí puedo situarme entre los primeros «guerreristas» o (mejor) «alonsistas» de la parrilla. De ahí que esté siempre dispuesto a colaborar con él. En esta ocasión, sin embargo (esto lo supe después), se trataba de una presentación doble, las primeras letras, A y B, de Lunas de oriente, la cara narrativa de la colección de poesía que como Luna de poniente la editorial De la luna libros ha llevado a cabo en los últimos años, y así a El mundo sumergido había que añadir Te tendré que matar, el segundo libro que, tras aquellas entrañables Historias de Villa Germelina, publica Nicanor Gil. Y no es que no quisiera presentar un libro de Nicanor Gil, sino que se me planteaba un problema de conciencia: no ser consecuente con mi determinación y con una palabra varias veces empeñada. Tampoco podía volverme atrás y dejar a Alonso en la estacada después de haber aceptado la invitación. He ahí, pues, un dilema moral triple (uno y trino, también podría decirse): hacerle un feo a uno, a otro o a los dos. Mas he aquí que tras mucho reflexionar, con música de Javier Krahe de fondo, terminé aceptando el doble cometido y, para que no quedara en entredicho mi propia dignidad, decidí cambiarla por un plato de lentejas, esto es, sucumbí a las primicias de una oferta agropecuaria (Nica también es hortelano) que, como se oye tanto desde los albores de El padrino, en modo alguno podía rechazar. Obsérvese, además, el título del libro: Te tendré que matar, la perífrasis de un futuro inexorable cargado de presagios. No era cuestión, por tanto, de andarse con remilgos. De modo que aquí estoy dispuesto a decir algo sobre Alonso y algo también sobre Nica. Y puesto que se me ha escapado ya en un par de ocasiones el hipocorístico (Nica), lo seguiré usando, aunque no sé si con la suficiente propiedad. Como muchos de los presentes saben, Nica es muchas cosas, no sólo hortelano y escritor, no sólo informático; por ejemplo todos pueden ver que tiene hechuras y talante de cantautor y no sé yo si no habrá tenido alguna vez la duda de optar por la música o por la literatura, por una de las dos, en cuyo caso tal vez debería ser Nica en los escenarios y en las desmelenadas carátulas de los cedés y Nicanor Gil en las tarimas, en las librerías y en las portadas de sus libros. Sea ello como fuere, lo llamaré Nica, que es como lo conoce aquí todo el mundo.

II. Nicanor Gil. Por otra parte, pensándolo un poco, hablar del libro de Nica no es complicado. En realidad, bastaría con decir que, en principio, Te tendré que matar es un conjunto de variaciones en torno a los Crímenes ejemplares que Max Aub publicó en México en 1957 (ciertamente, son muy mejicanos), relatos breves, brevísimos, de una línea, de media página, poco más (hoy sería inevitable un prefijo «micro», tal vez «microcrímenes»), cuyo fondo común es la combinación de humor y crimen. Por ejemplo: «—¡Antes muerta! —me dijo. ¡Y yo lo único que quería era darle gusto!»; «”Un poquito más”. No podía decir que no. Y no puedo sufrir el arroz»; «¿Ustedes no han tenido nunca ganas de matar a un vendedor de lotería, cuando se ponen pesados, pegajosos, suplicantes? Yo lo hice en nombre de todos»; «¡Que se declare en huelga ahora!»; «Me echó un trozo de hielo por la espalda. Lo menos que podía hacer era dejarle frío»; en fin, así Max Aub. Como se ve, el procedimiento parece sencillo. Salvando el fondo —crimen en lugar de metáforas o de fragmentos de la memoria—, en algo se asemejan a las greguerías de Gómez de la Serna, que han tenido muchos seguidores, o a los «Me acuerdo» de Georges Perec, que también han tenido los suyos. Con ese título —Me acuerdo, Je me souviens— publicó Perec un libro con varias páginas en blanco al final para que cada lector añadiera sus propios «me acuerdo», la recuperación de esos instantes fugaces y pretéritos que merecen alguna forma de permanencia escrita. Alguien, sin duda, experto en esa continuación de «me acuerdo» es precisamente Elías Moro, uno de los directores de estas Lunas de Oriente que ahora empiezan a andar. «Emprendo una tarea que no tiene precedentes y que no tendrá seguramente imitadores», escribió Rousseau al principio de Las confesiones y no podía sospechar hasta qué punto se equivocaba. Pues bien, al igual que las greguerías y los «me acuerdo», los crímenes ejemplares también tienen un continuador. No sé si Nicanor Gil (o sea, Nica) es un pionero en la ejecución literaria de nuevos «crímenes ejemplares», nuevos «microcrímenes»; por mi parte, puedo decir que no conozco otro. Y, pese a lo dicho más arriba, añadiré que no es tarea fácil: no parece complicado el procedimiento, pero sí es complicado estar a la altura de la idea primera, de ese «que se ponga en huelga ahora» de Max Aub. Nica, sin duda, lo consigue ampliamente. Dicen que quien da primero da dos veces; pues bien, también Nica, siendo segundo, da dos veces. De ello queda constancia en la primera parte del libro, titulada «Mis crímenes ejemplares», con ese «mis» que aúna la modestia con la autoafirmación y que se abre con una cita de Max Aub, que a mí me afecta a título personal, como un aviso para ‘nemos’ y navegantes. «No murió de eso, sino de no hablar», dice la cita: «Se le reventaron las palabras por dentro». Sin comentarios. Siguen luego treinta y dos crímenes, ocurrentes, ingeniosos, sutiles, que han de leerse necesariamente sonriendo y que incluso pueden provocar la carcajada. Yo he presenciado algunas de esas explosiones de risa, pero no voy a decir en que «crímenes» concretos: hay que leerlos todos. Sí anotaré que se me escapa el quid del xxix, una mínima partida de ajedrez, porque me acostumbré a la notación descriptiva en mi juventud (P4R) y Nica, con buen criterio, opta por la notación algebraica (e4, e5), en cuya superficie, sin el tablero delante, yo me pierdo sin remedio; y que, puestos a rizar el rizo, no sé por qué el crimen xxxi, con Saúl Olúas y Leo Noel, entre otros onomásticos figurantes, no es, por ejemplo, el xxx, o el xix. Pero, naturalmente, Nica no ha querido que todo el libro estuviera al amparo de Max Aub y ahí está la segunda parte, «Sonrisas a prueba de balas», nueve relatos de cierta extensión con la muerte violenta de algún personaje siempre como destino, unos cuantos «al modo de», que reproducen hechos reales de la mitología literaria criminal, y otros en que se suceden venganzas, ajustes de cuentas y sinrazones varias (gumías, electrocuciones, armas de fuego), con ecos claros de Villa Germelina en unos, con ecos de una geografía internacional otros, sin bromas todos, porque no siempre la muerte es motivo de jocosidades literarias ni siempre el crimen es producto de un arrebato.

III. Alonso Guerrero. Más difícil, en cambio, es hablar de Alonso Guerrero: porque la trama de sus narraciones no se ajusta a los cánones clásicos y porque no responde a la tradición de autores naturalistas. Dije antaño, en 1992, que Alonso era un animal literario y sus escritos posteriores no han dejado de confirmarlo. Quiero decir que la literatura, la amplia literatura universal, es el campo en el que se mueve y el alimento del que se nutre, que (sin apenas excepciones, su libro inmediatamente anterior es una de ellas) sus textos parten de la literatura como origen y a la literatura llegan como destino. Nada más le interesa: sus novelas son creaciones intelectuales autónomas que, incluso siendo a veces argumentalmente verosímiles (como podría decirse de El mundo sumergido), no sólo no pretenden realismos ni verosimilitudes, sino que avanzan al margen de tales requisitos retóricos. Podría decirse que son tramas interiores y que hay que leerlas hacia dentro, valorarlas en sí mismas, no como instrumentos para llegar a otros fines. Bien o mal, la condición humana está en todas partes; por tanto, en literatura lo importante ha de ser la literatura, no las miserias de la condición humana. Y como esto es así, Alonso es un autor muy exigente, doblemente exigente incluso: es exigente en la elaboración de una escritura sin concesiones y, por ello, es exigente con el lector, con sus lectores, que lamentablemente son (somos) pocos, muchos menos de los que sus escritos merecen. Creo que los procedimientos narrativos del cine norteamericano, especialmente el que llega a las series de televisión, tan digestivas y uniformes, han corrompido o atrofiado la estructura mental que nos hace receptores ávidos de relatos y han reducido nuestra percepción a simples enunciados narrativos de sota, caballo y rey, sin variantes ni alteraciones, esto es, un crimen, tres sospechosos y un culpable: han reducido la lectura a consumo. De algo de esto trata El mundo sumergido. El protagonista es escritor «en un tiempo [“el tiempo presente”] en que eso ya no tiene importancia», un escritor que pasó de la pluma al ordenador y, con el ordenador, a un «procesador estándar […] del que salían los mismos textos en los millones de ordenadores que había en el mundo», que «del procesador de textos saltó a internet» y después al teléfono inteligente. «Siempre había sido un escritor con una estética personal», leemos, «una voz impuesta por la necesidad de que el mundo que miraba, su mundo, debía ser capaz de alojar la forma en que él lo miraba». Naturalmente, esta estética personal «le había negado el éxito como escritor, pero él despreciaba el éxito». De ahí que, a los cincuenta y tres años, sienta la necesidad de abandonar ese mundo y «buscar el absoluto». Todo esto está en las tres primeras páginas. Lo que sigue es la travesía de una liberación y una búsqueda del absoluto, sin que se sepa con alguna exactitud qué es o en qué consiste el absoluto ni si es posible alcanzarlo de algún modo. Está de moda últimamente decir que la buena literatura sólo puede plantear preguntas, no hallar respuestas, que las respuestas consisten sólo en el planteamiento de esas preguntas, de cuyo acierto dependerá su eficacia moral. Si esto es así, El mundo sumergido es, ante todo, un relato moral. El propósito parece claro: «El absoluto estaba en los libros», leemos, «y él quería sacarlo de allí, liberarlo y mostrarlo con cada decisión, en cada conversación». Pero a partir de ahí no hay camino sencillo: ni el ámbito de la experiencia ni en su delimitación conceptual. «El absoluto es como la desgracia de las familias. Eso lo dijo Tolstoi, ¿no?», leemos, por una parte, o dicho de otro modo: «No hay dos absolutos iguales. Los absolutos son como los culos, todo el mundo tiene uno. Eso lo dijo Clint Eastwood, seguro». Pero también leemos: «El absoluto es como la muerte. Nada puedes llevarte a él, menos aún objetos, ni siquiera objetos con una existencia a medias, como los libros». Y en esas dos nociones —singularidad personal y exclusión de todo lo que no sea el sujeto— se resume la peripecia del personaje. Así, en el avance hacia la liberación absoluta figuran el teléfono móvil, los amigos o compañeros del trabajo (el personaje también es profesor de literatura), la hipoteca, una joven Vanesa (que conoce una gran verdad: «Los escritores no maduráis», dice), una excedencia, una joven Nadia (que también conoce una gran verdad: «Quien acepta las consecuencias siempre hace lo correcto») y la infinidad de libros que el escritor y profesor ha ido acumulando a lo largo de su vida. Hasta tal punto tiene el personaje que dejarlo todo atrás que incluso funcionan aquí de modo especial las referencias culturales a las que Alonso, en cuando animal literario, recurre muy habitualmente. Pues del mismo modo que hay en Alonso cierta poética del aforismo, también hay una clara afición a las referencias culturales, unas veces encubiertas, otras veces integradas en el texto de modo subterráneo, y a menudo cargadas de ironía. Pues bien, las numerosas referencias literarias que aparecen en El mundo sumergido (como la primera frase de Ana Karenina que acabo de leer o la que se atribuye a Clint Eastwood), sean literales o alteradas, indecisas a veces, y correspondan (por orden alfabético) a Balzac, Brodsky, Celine, Dalí, Descartes, Harper Lee, Kafka, Lou Andreas, Machado, Pavese o Stevenson, tienen aquí un sentido acorde con las exigencias del absoluto: digamos que equivalen a las piedrecitas o a las migas de pan que Pulgarcito iba dejando en el bosque pero con opuesto objetivo: Pulgarcito no quería perder el camino de regreso y Nirvana (olvidábaseme de decir que el escritor y profesor se llama Pepe Nirvana: no hace falta desgranar la onomástica), en cambio, tiene que irse despojando de todo lo aprendido, de todo lo asimilado, tiene que soltar lastre cultural, lastre literario, para alzarse hasta su nombre y alcanzar la liberación total del absoluto. No voy a decir más. Como se ve, los escritos de Alonso no son ligeros ni insustanciales, pero no voy a seguir devanando la madeja. Terminaré, pues, con una palinodia. Hace veinte años, en un ensayo titulado «Ante el cadáver de la novela», escribió Alonso lo siguiente: «Seguramente, dentro de un siglo, una historia de la literatura inédita del xx nos mostrará numerosas obras de genio, obras que no tienen cabida en los mercados, esas obras cabalísticas capaces de proyectar su luz con sólo existir, aun de espaldas a los que leen». Yo aventuré entonces que tal vez ese pronóstico se cumpliera mucho antes y que, acaso en 2010, se habría producido «un verdadero estado del bienestar cultural en los destinos del hombre» donde tuvieran cabida las novelas de Alonso Guerrero. No sé si Alonso se equivocó y no creo que podamos algún día comprobarlo. Es evidente, en cambio, que yo sí me equivoqué, aunque en mi descargo pueda decir que Alonso hizo el cálculo en siglos (que en literatura son eras geológicas) y yo en décadas (que ni siquiera llegan a requisito generacional). Lo cierto en cualquier caso es que, en muchos aspectos, en lo que al alcance de la literatura se refiere, ha habido un considerable retroceso y que, del mismo modo que parece cada vez más improbable el pleno empleo en el mundo laboral, cada vez parece también más imposible que llegue ya nunca a alcanzarse un estado del bienestar cultural en el que tengan cabida obras que proyecten «luz con sólo existir».

IV. Conclusión. De estas disquisiciones, combinando la literatura con el mercado, deberían derivarse dos mandamientos. Primero: Que se lean ambos libros. Segundo: Que, aunque no se lean, se compren. Sólo así la luna en cuarto creciente acabará siendo algún día luna llena.

Plasencia, 27 de mayo de 2016 

16.5.16

Apunte

Se puede sobrevivir
sin leer a Blasco Ibáñez.

(Como se ve, se oye a veces hablar en octosílabos. Ya lo dijo JRJ: «En un lugar de La Mancha / de cuyo nombre no quiero...». Todo es escanciar, digo escandir.)

11.5.16

Submoral

Supongo que en lo sucesivo (porque dudo que ninguna furia tridentina mengüe, cambie o se atenúe), cada vez que oiga las atrabiliarias prédicas de ciertos jerarcas diocesanos, no podré dejar de evocar la palabra «submoral» (sustantivada, con artículo), neologismo que acoge Javier Pastor en la página 431 de ‘Fosa común’. 

6.3.16

Embestidura

Uno ya no sabe qué pensar, señorías y señoríos.

6.2.16

Diminutivos

Qué ciudadano es ese —y a qué aguda sutileza dialéctica se acoge— que llama Pedrito a Pedro Sánchez, Pablito a Pablo Iglesias o Marianico a Rajoy.

27.12.15

Envido

Me pregunto en este envite
cuál de los dos se irá antes,
si tal vez será Benítez
o si será tal vez Sánchez.

12.12.15

Omitir una vez

Quien nace gilipollas gilipollas
puede seguir el resto de su vida.

El objetivo era buscarle las vueltas al procesador de textos, a la insistencia en «omitir una vez» o «eliminar» cuando encuentra una palabra repetida repetida. Para ello, me dije, elegiré un vocablo contundente, escribiré un serventesio, el encabalgamiento impondrá un doble sentido, etcétera, pura diversión retórica, pero el caso es que no pasé de un par de endecasílabos —¿para qué buscar ampollas, argollas, cebollas y otras –ollas si lo que cabía decir ya estaba dicho?, el resultado a veces contradice los propósitos— y que, oyendo las noticias estos días, hay quienes tienen más delito que el procesador.

30.11.15

¿?

¿Hay latín en Italia?
¿Hay latines en Italia?

26.10.15

Dístico

Nunca, joven, te fíes
de gobernante que inaugura.

28.7.15

Casa desolada

Hay una casa adosada a la muralla en la que siempre, al pasar, inevitablemente, he reparado. Nunca he entrado en ella y ni siquiera llego a adivinar la distribución de sus estancias. Apenas tengo una vaga idea de la planta baja, lo que se puede —o se podía— divisar de la planta baja desde el exterior: un triángulo marcado por las irregularidades de una arquitectura tan estricta como mezquina y por los enigmas de una insondable penumbra. Hubo un tiempo, hace años, en que ese triángulo fue taberna, una taberna de aspecto sombrío y portuario en la que los parroquianos, tan fieles como escasos, siempre los mismos, podían permanecer la tarde entera ante unos botellines de cerveza o unos vasos de vino dignos de la mejor catalogación arqueológica y desgastar las horas entre la paciencia y la quietud, o entre el silencio y una conversación común, pausada y sentenciosa, sobre los males del mundo, una suerte de ontología crepuscular. Me hubiera gustado sumarme alguna vez a la parroquia, pedir una cerveza, formar parte del paisaje interior, gente de barrio a la que en modo alguno le sentarían mal un semblante adusto y varios tatuajes marineros, anclas, sirenas, ecos de un mundo aventurero y remoto. Me hubiera gustado contemplar desde un rincón el paso apresurado de la gente, el modo huidizo y arrugado con que miraban al interior, pero nunca entré, siempre formé parte del exterior, de quienes miraban con recelo y esquivaban las miradas: ningún transeúnte formaba parte de las manifestaciones del subsuelo. Con el tiempo, la taberna cerró y la casa fue sólo ya vivienda, aunque todavía siguió acogiendo por las tardes a los viejos, perpetuos parroquianos. De eso hace mucho tiempo. Últimamente sólo vivía en ella un hombre, el único al que he reconocido desde siempre como vinculado a la casa. Este hombre se apostaba en la acera, como guardián de un panorama interior adscrito a la degradación: un amontonamiento indiscriminado y creciente de cartones y basuras. Cabía suponer que la casa carecía de luz, de agua corriente, y que, si siempre tuvo algo lóbrego y tenebroso, ahora se había convertido en una cueva inmunda guardada por su único habitante, el individuo cada vez más desgreñado que se pasaba las horas en la puerta como los antiguos parroquianos. Tal vez por eso, de pronto, un día apareció la casa clausurada, con unos tablones cruzados y claveteados impidiendo la entrada. Y desapareció el guardián. Las macetas del balcón se fueron secando y en la ventana fue creciendo la maleza. El abandono es el principio o la continuación de la ruina. Yo he sido testigo de esa continuación. Pero he aquí que ahora, al cabo del tiempo, surgido de no sé dónde, ha vuelto a aparecer el guardián. Desde primeras horas de la mañana hasta el atardecer, siempre que cruzo la calle lo veo en el marco de la puerta, apoyado en los tablones o sentado en el umbral, en el ámbito de una larga querencia. Sin duda, me digo cada día, son grandes las tentaciones literarias, pero cualquier conjetura sería apenas un reflejo pálido y tal vez inmoral de los hechos y, peor aún, una falsificación retórica de las circunstancias.

21.7.15

Don Quijote

La sociología oficial hace a menudo sondeos pintorescos para confeccionar cifras acordes con el costumbrismo patrio, como, por ejemplo, aprovechando las inercias del estío y la proximidad de cierto centenario, obligar una vez más al ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, como si se tratara de un síntoma más que de un caballero andante, a padecer ásperas penitencias por las arduas estepas del hastío nacional para desfacer los agravios, enderezar los tuertos y enmendar las sinrazones que —también de oficio— enturbian la nunca —ni otrora ni ‘hac hora’— excelsa cultura castellana, sabiendo de antemano, como saben, que no podrá triunfar en tan peregrino y desventurado lance. Mas por eso lo hacen, no cabe duda: no para averiguar nuevos hábitos o alumbrar enmiendas, sino para recrearse con las amplitudes estadísticas de lo ya sabido. Incluso quienes aseguran que ni han leído sus aventuras ni piensan leerlas, porque no les interesan, porque son antiguas, porque son aburridas, porque están en castellano arcaico, incluso ellos, ese alto porcentaje de encuestados reticentes e impermeables, saben de sobra que, si a Alonso Quijano «se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio» hasta el punto de que «del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro» y «vino a perder el juicio», era porque, tanto o más que las hazañas de la caballería andante, le interesaban los libros que las contaban y pregonaban por el mundo. Esa era la verdadera aventura y esa era su esperanza: «que en los venideros tiempos», dice, «salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos» y, en consecuencia, que todos puedan admirar la grandeza de sus hazañas, la fuerza de su brazo, la bondad de su espada y la generosa condición de su carácter. «¿Qué dicen de mi valentía, qué de mis hazañas y qué de mi cortesía?», pregunta cuando se entera de que su historia circula impresa por esos mundos de dios. Pero ahora la sociología oficial se complace en hacernos saber que el mundo entero no se deleita ni ‘en’ ni ‘con’ los lances de su increíble locura, como si esto pudiera ser una novedad. Qué disparate. El ingenioso hidalgo, tal como se desprende de los numerosos episodios que tuvo a bien rescatar Cide Hamete Benengeli, casi siempre (por no decir siempre) salió burlado y malherido, menospreciado y escarnecido, de sus aventuras, ya concurrieran en ellas duques, hidalgos, arrieros o malandrines. En qué cabeza cabe que quien ha perdido todas sus batallas, quien está condenado de antemano a fracasar en todos los peligros que acomete, quien ha construido su triste figura precisamente en el empecinamiento del fracaso, va a ahora a triunfar sobre las posteridades sociológicas. No, no le corresponde a don Quijote ganar batallas después de muerto. A toscos guerreros, a renombrados mercenarios les corresponden esos privilegios de la historia. Al ingenioso hidalgo le pertenecen el sosiego de la sepultura y la quietud de sus «cansados y ya podridos huesos», esto es, el estatuto solitario y desamparado de la inmortalidad. Caigan, pues, los viejos encantadores sobre esas nuevas bachillerías que, «contra todos los fueros de la muerte», quieren forzar nuevas salidas y, con ellas, nuevos desengaños. Vale.

14.7.15

Vueltas

▪ Sabido es que cada persona configura el mundo a su manera y elabora nociones mentales perdurables a partir de asociaciones débiles y huidizas además de erróneas. Valga como prueba el siguiente ejemplo. De chico, cuando oía hablar de competiciones ciclistas que incluían la palabra ‘vuelta’, o ‘giro’, o ‘tour’ —la Vuelta a España, el Giro de Italia, el Tour de Francia—, siempre creí, con toda ingenuidad, que las palabras se ajustaban a su significado y que, por tanto, la ruta que seguían los ciclistas trazaba una verdadera vuelta completa al país o a la región de que se tratara en cada caso, esto es, un recorrido lo más circular y lo más periférico posible para que ningún rincón del territorio quedara al margen de una cierta equidistancia geométrica con el centro, por más que en algunos casos, como Italia, el perímetro que se veía en los mapas escolares difícilmente se prestaba a círculos ni a circunferencias. Como la información deportiva no había alcanzado la sobreabundancia actual ni los medios audiovisuales habían alcanzado un grado de saturación incompatible con la fantasía personal, no ha de extrañar que tardara en saber que no era así, que el recorrido podía ser lineal, quebrado, discontinuo e intermitente, con saltos caprichosos en la geografía, y, por ello, con un considerable menosprecio por la verdad verdadera de los nombres. ▪▪ Me gustaría creer que esa noción previa de vuelta obedecía a alguna lógica verbal, pues, aunque es cierto que en la expresión coloquial «dar una vuelta» la conciencia lingüística no pretendía trazar una circunferencia peripatética en torno al pueblo o la ciudad, sino sencillamente ir y volver, como en los palíndromos, sobre todo volver (que de ahí proviene «vuelta»), no menos cierto es también que, según los diccionarios, ‘vuelta’ es «movimiento de una cosa alrededor de un punto, o girando sobre sí misma, hasta invertir su posición primera, o hasta recobrarla de nuevo». No creo, sin embargo, que fuera la palabra «vuelta» ni, menos aún, los complementos circunstanciales que marcaban el punto central y los extremos (Madrid, París, etcétera) lo que llevaba a esa noción circular del itinerario ciclista. Hubiera preferido incluso que se debiera al genio oculto de la lengua y tuviera que ver con la palabra ‘ciclo’, que no en vano significa círculo y forma parte de ciclismo, ciclista y bicicleta, pero no dejaría de ser una pirueta a posteriori, un intento tal vez ingenioso y encomendado a azares etimológicos, pero, desde luego, ajeno a cualquier realidad de infancia y quién sabe si no también de juventud temprana. ▪▪▪ Lo singular, en todo caso, es que ahora mismo se está disputando el Tour de Francia, que el recorrido está distribuido en dos grandes sectores, una primera serie de etapas al norte y otra serie al sur, antes del fin de fiesta de París, que he visto el recorrido en el mapa más de una vez y que, sin embargo, sigo teniendo en mente la circunferencia, el tour como un círculo perfecto y cerrado sobre sí mismo: tal vez, me digo, porque, si la geometría tiende a la perfección, el círculo conlleva una idea de perfección suprema y, sobre todo, porque los atisbos de perfección permanecen siempre más allá de las imperfecciones de la realidad, de los desvaríos de las palabras y de las insuficiencias del sujeto.

7.7.15

Palíndromos

Como se sabe, los palíndromos son frases (o palabras, pero en las palabras no hay mérito añadido) que se leen igual de izquierda a derecha que de derecha a izquierda y, como también se sabe, «Dábale arroz a la zorra el abad» es la representación castellana más universal de tan entretenido artificio retórico. Hay otros muchos palíndromos memorables, desde el medieval latino «In girum imus nocte et consumimur igni» hasta el contemporáneo «Anita, la gorda lagartona, no traga la droga latina», y todos ellos esconden bajo la superficie jovial un contenido secreto, ambiguo, indescifrable, ya sea la droga latina, el fuego de la noche o los inusitados enredos monacales del abad con la zorra. Cabría pensar que la fascinación que provocan estas diversiones no tiene más fundamento que el de entregarse al ocio lúdico de las palabras, al puro juego vacío de la sintaxis o a la torsión semántica que proviene de una estricta y a veces disparatada sinrazón fonética, esto es, a la magia de palabras incompatibles combinadas sin más criterio que la caprichosa e irracional prestidigitación de los espejos. Mas, por mi parte, quiero creer que la seducción de tales malabarismos no se basa sólo en las manifestaciones visuales o epidérmicas del ingenio ni en la mayor o menor agudeza aforística o enigmática del oráculo, sino que bajo la atracción subyace nuestra conciencia primitiva de la vida. Existe otra palabra, próxima a «palíndromo», menos conocida, de escaso uso, y de poderosas resonancias épicas, por la que siento especial simpatía. Es la palabra ‘bustrófedon’, que viene a ser la versión gráfica o visual del palíndromo, una manera de escribir en la antigua Grecia que consistía en trazar un renglón de izquierda a derecha y el siguiente de derecha a izquierda y cuya etimología la hace proceder, a su vez, del modo de arar con bueyes surco a surco, el eterno recorrido de ida y vuelta de las tareas del labrador (los trabajos y los días siempre han ido, al fin y al cabo, por delante de los caminos de la lengua, las fatigas se han anticipado siempre a las metáforas). Pues bien, cada palíndromo y cada bustrófedon reproducen la mayor parte de los movimientos del hombre, el continuo ir y volver en que se va el vivir, un continuo volver además, dada la inercia, por el mismo camino y sobre las propias huellas. Desde el asunto más cotidiano, como salir a comprar el pan, hasta la aventura del viaje más extraordinario, y tanto da que este salir y este viajar se entiendan en sentido literal o figurado, todo es ir y volver, hacer el camino y deshacerlo, repetir a la vuelta el itinerario de ida. En eso consiste la vida y esa es su consistencia. Eso era lo que hacían los bueyes de la antigua Grecia, lo que hacía Sísifo y lo que mansamente ha seguido haciendo a lo largo de los siglos el común de los mortales, ir y volver por la misma senda, por el mismo surco que lo condena a un tiempo y a un territorio inagotables. Ir y volver: como diría Hamlet, de eso se trata.

8.6.15

Arbitrio

Mas si la prórroga termina con empate pactores y pactorandos llegarán a los penaltis.

5.6.15

Malum signum!

«Líneas rojas», «intercambio de cromos» y «reparto de sillones» son los sintagmas argumentarios con mayor frecuencia de uso en el léxico pactoril que nos asedia, invade y martiriza en este estío prematuro. Resulta sospechosa tanta insistencia, opaco y turbio tanto martilleo —¡malum signum, malum signum, vive Dios: liebre huye, galgos la siguen, Dulcinea no parece!—, pero nosotros somos profanos y, en fin, pactores tiene la Iglesia.

2.6.15

Sinestesia

Guardando turno en las consultas externas del hospital llega a mis oídos, aislada y volandera, la palabra ‘sinestesia’. ¿Cómo?, me digo atónito. Interrumpo la lectura y atiendo desde lejos, con disimulo, al hilo de la conversación. Tres son los pacientes que hablan, dos señoras y un señor, aunque el hombre no pronuncia palabra y una de las mujeres casi tampoco. Es la tercera, sentada en medio, la que lo dice todo. Lo que no entiendo es a qué viene la palabra ‘sinestesia’ en su discurso: un sinfín de penalidades hospitalarias y de adversidades médicas con la sintaxis del bolero de Ravel. Por eso, porque hay además contradicción entre la apariencia y la terminología, atiendo en vano al historial médico durante varios minutos, buscando dónde encajar la cuña léxica, el tropo (digamos) neurofisiológico. Y, cuando al cabo de un rato me doy por vencido y vuelvo a la lectura (habrá sido una ensoñación, me digo, ecos o añoranzas de la profesión), me entero al fin de que ahora, por fortuna, dice la mujer que habla, sólo les espera —le espera al hombre— una intervención rutinaria, ambulatoria y sinestesia.

28.5.15

Abstencionista

Hermano, tú que tienes
la luz dime la mía,
que veo que vas y vienes
ajeno a los vaivenes
de la feligresía.

11.4.15

Juan Ramón Santos, 'El tesoro de la isla'

I. Habría que empezar celebrando que Juan Ramón Santos haya vuelto a las «palabras mayores». No voy a decir que se haya alejado nunca de ellas (quienes le conocen y le frecuentan saben que su dedicación es amplia e infatigable) ni que sus «palabras menores» sean inferiores en nivel y exigencia. Siempre he defendido que JRS es dueño de varios registros literarios y de diferentes medidas y unidades, que se mueve con la misma soltura en las amplificaciones de la prosa que en los aforismos de la narrativa. Sus relatos, o cortometrajes, nos alegran con sus ráfagas, con sus fogonazos, y Cicerone, del que hablamos aquí no hace tanto, es un ejercicio de poesía madura y, como dije, de certera métrica de la ciudad. Pero los perezosos, que en cuanto perezosos somos lectores ávidos de tramas más extensas, porque preferimos la inercia al esfuerzo de tener que estar empezando a cada instante un nuevo texto, agradecemos los libros que nos permiten zambullirnos en ellos durante largo tiempo y que proponen además un soporte sólido para la memoria, esto es, que a los perezosos nos gustan las novelas y como disfrutamos mucho con Biblia apócrifa de Aracia llevábamos esperando desde 2010 las siguientes «palabras mayores» de JRS. Pues bien, aquí están ya (El tesoro de la isla, de la luna libros, 2015) y podemos decir que contienen una trama amena: un narrador, Santiago Alcón, evocando al cabo de los años el último verano de su adolescencia, aquel en que de participar en expediciones de riesgo con sus amigos (aventurarse en colegios cerrados y ruinosos) pasó a ingresar en la lectura y en la comprensión literaria de la mano de un enigmático personaje, Juan Plata, que había hecho morada en uno de esos colegios en peligro de derrumbe y trance de demolición.

II. Ya antes de empezar a leer, por la inversión del título, en primer lugar, El tesoro de la isla frente a La isla del tesoro (un quiasmo, en retórica), pero también por lo que apunta la contracubierta, que advierte que se trata de un homenaje al clásico de Stevenson, podemos pensar que estamos ante una novela juvenil, una recreación de La isla del tesoro, un homenaje, etcétera. No voy a decir yo que no sea en parte así, aunque, como es de rigor, sólo en parte. De hecho, a la inversión del título (es decir, hay isla y hay tesoro), hay que añadir también los personajes. En el tiempo de la historia el narrador es un muchacho de trece años que se llama Santiago Alcón, como he dicho, y su compañero de reparto es Juan Plata, un individuo pintoresco, culto y esquivo, de estirpe literaria y aventurera, un «pirata de secano» que lleva en el brazo un tatuaje con la palabra «Yoknapatawpha» (una carta de presentación irreprochable, pág. 76), que ante contratiempos administrativos responde «Preferiría no hacerlo» (pág. 176) y que algo, no obstante, debe de saber de derecho de la propiedad dado que utiliza ante el muchacho la palabra «usucapión». Pues bien, este mismo Juan Plata nos aclara en la página 102 el juego de correspondencias: «Tú no eres un halcón, muchacho», dice, «tú eres un halconzuelo. Nada de halcón: halconzuelo. Hawks: Hawkins. Santi Alcón: Jim Hawkins. Juan Plata: John Silver. Yo: John Silver. Tú: Jim Hawkins. […] Es como si los dos nos hubiésemos escapado de un libro: un valiente muchacho y un viejo pirata recién salidos de La isla del tesoro. […] Grumete, a partir de ahora te llamarás Jim. […] A partir de ahora tú y sólo tú podrás llamarme el Largo». Los paralelismos, pues, son evidentes y deliberados: isla, tesoro y personajes. Sin embargo, esto es sólo apariencia, envoltorio afortunado, los ingredientes que permiten el juego intertextual de la escritura. 

III. Como es también evidente que a este ingrediente literario se añade otro geográfico y casi diría municipal, a saber, el hecho de que aquí tengamos una isla, la Isla, con mayúsculas, lo que, sin duda, colaboró bastante en que a JRS se le fuera creando la historia en la imaginación. Y como aparece la Isla en la historia (hay baños veraniegos, la historia es la trama de un verano con futuro), tenderemos a pensar que se trata de esta precisa ciudad, aunque en la geografía de autor que JRS imaginó hace tiempo (cuando empezó con las palabras mayores), la ciudad se llama Pomares. En realidad, el mismo narrador pretende confundirnos. Tenemos, además de la Isla, ciertos personajes urbanos. Está, por ejemplo, la bibliotecaria, que se llama Marisa, con rima consonante, que empieza siendo «una mujer implacable capaz de poner a raya al usuario más locuaz y osado con una sola mirada fulminante» (pág. 107), pero que cumple luego un generoso y agradecido papel funcional o, si se prefiere, auxiliar. Aparecen otros personajes secundarios: los habitantes del rincón de los Escribanos, alguien que frecuenta la biblioteca o, por ejemplo, el hombre vestido de otoño, que a estas alturas forma más parte de la mitología juanramoniana que de las veladas culturales de la ciudad. Se hace asimismo referencia a la supresión del ferrocarril, por ejemplo, o a cierto episodio de vodevil en el que un concejal reta a duelo al teniente coronel Marcial Guerra por el desmantelamiento, como tal, del cuartel. Todo esto, sin embargo, aun siendo entretenido y convincente y oportuno, es secundario. Ninguna ciudad es nunca la ciudad. «Pomares no es única en absoluto», dice el Largo, que es quien posee la sabiduría del viajero. «De hecho, al contrario que las familias, todas las ciudades de provincia se parecen en su desdicha. […] Todas evocan un pasado glorioso, todas se sienten relegadas, víctimas de una conspiración, todas se creen únicas, elegidas por la Historia, inigualables. […] Lo que tienes que hacer es marcharte de aquí. Te conviene irte lejos, conocer otros lugares, otras gentes, otras costumbres, aprender otras lenguas, y solo después, si lo crees oportuno, regresar para encontrarte de nuevo con la ciudad, que ya será otra ciudad, y si entonces te gusta, solo si te gusta, quedarte» (pág. 169). No voy a extenderme en la consideración que la ciudad, esta ciudad, le merece a JRS en sus escritos, una consideración ya explícita en Cicerone, y sobre la que, sin duda, Álvaro Valverde podría escribir una extensa monografía, pues ambos comparten lo que podríamos llamar el sentimiento y la experiencia de la ciudad.

 IV. Todo esto (la novela de Stevenson, la Isla y la ciudad, sea cual sea la ciudad) es, como digo, el apoyo del centro de la historia, que no es otro (al fin y al cabo es una novela de iniciación, de aprendizaje) que el paso de la lectura adolescente a la lectura adulta, el paso de la sección infantil en la que la bibliotecaria tiene confinado al narrador a la sección adulta de la literatura universal, o si se prefiere el paso de la vida sensorial al placer intelectual. Mientras leía, he recordado a este propósito el ensayo de T. S. Eliot, «Sobre el desarrollo del gusto en materia de poesía», los tres estadios a que el autor de La tierra baldía se refiere, infancia, adolescencia y madurez: «Conjeturo», escribe, «que la mayor parte de los niños, hasta los doce o catorce años, son capaces de cierto goce poético y que, alrededor de la pubertad, la mayor parte no sienten más curiosidad por ella, mientras que un pequeño número se ve poseído por un ansia de poesía que es radicalmente distinta de todo goce anterior». Si sustituimos «poesía» por «literatura» en general, o por «lectura», podemos decir que es precisamente en ese punto de ansia «radicalmente distinta» en el que se sitúa Santiago Alcón, en el trance en que se separa de los hábitos comunes y corrientes de la adolescencia y de sus amigos de aventuras para explorar los caminos de otros placeres y otras satisfacciones. Por eso me parece especialmente significativo un episodio, el capítulo 22, «Cerrado por vacaciones», en el que el Largo y la bibliotecaria quieren proporcionar a Jim lectura de verano suficiente, pues el muchacho tiene que pasar el mes de agosto, el pobre, en Labriegos (otro hito de la geografía de JRS). Es como un reverso «del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo» (cap. VI). Allí, de lo que se trataba era de mandar al corral la mayor parte de los libros que habían perturbado el cerebro del pobre Alonso Quijano. De lo que se trataba en apariencia, añadiría, pues en realidad fueron aquellos libros de caballería los que condujeron al ingenioso hidalgo hacia sí mismo. Condenaban, pues, el cura y el barbero lo que para el lector compulsivo que era Alonso Quijano no había sido sino una bendición, la locura que lo convirtió en personaje, a un tiempo, de destino y de carácter. Pudiera parecer que la peripecia de Santi Alcón es opuesta a la de don Quijote, pero en cierto modo es paralela, si es que no es la misma. Por eso creo que el capítulo 22, en el que el Largo y la bibliotecaria hacen las veces de cura y de barbero (aunque ambos son más curas que barberos), es en cierto modo el centro de la historia, aquel en que se traza con mano firme y mano sabia, aunque también reñida, la línea que traspasa una frontera, el límite entre la pasividad y la ignorancia, de una parte, y la belleza y el conocimiento, de la otra. El catálogo, desde luego, no es comparable. Frente a las secuelas de palmerines y amadises del Quijote aquí tenemos Cien años de soledad, Los papeles del club Pickwick, El guardián entre el centeno, La cartuja de Parma, El gatopardo, El desierto de los tártaros o El barón rampante. Tal vez pudiera pensarse que esta iniciación o este aprendizaje no tienen en principio tanto que ver con la vida como con la literatura, con la lectura o con la actividad intelectual, pero sería una equivocación. Apenas sabemos nada concreto de la vida posterior de Santiago Alcón, pero sí sabemos que esa vida es inseparable de aquel verano, de aquellas lecturas y de lo que aquellas lecturas trajeron consigo. Si a Alonso Quijano los libros le hicieron don Quijote, también a Santiago Alcón los libros le hicieron otro.

V. Muchos son, en efecto, los libros que se mencionan en El tesoro de la isla y no quiero exponer aquí el catálogo completo, aunque no puedo dejar de mencionar Moby Dick, que tiene triple presencia (en inglés, en castellano y en cine), y que no es representación del mal absoluto, sino de la apertura de horizontes geográficos, culturales y lingüísticos. Pero algo sí quiero apuntar. A mí me gusta la crítica literaria entusiasta y contagiosa, esto es, aquella que no sólo me permite comprender mejor la obra que critica, sino que me provoca unos enormes deseos de leerla. Y en lo que a esto se refiere confieso que me han dado ganas de releer todos los libros que lee el adolescente Santi Alcón (o casi todos, que algunos son voluminosos). Entre otras cosas, creo, porque las lecturas que hace el muchacho se acomodan a su vida, configuran el paisaje de su experiencia, se proyectan sobre su entorno y circunstancias. Pongo un solo ejemplo. Sobre Mersault, El extranjero, de Camus, escribe el narrador: «Al mismo tiempo, esa apatía, esa radical pasividad del personaje, despertaba en mí un poderoso instinto de rebeldía contra la enfermedad de mi padre, contra la vida arrastrada de mis progenitores, contra el tufo a desesperanza que emanaba de mi pequeño mundo de calles estrechas, concéntricas, dejadas de la mano de Dios, olvidadas por la ciudad y pobladas de seres sin futuros» (pág. 124).

VI. No ha de pensarse, sin embargo, que estamos ante una historia ni árida ni simple. No es una historia árida, porque es una verdadera novela de aventuras, aventuras de secano, ciertamente, cotidianas, y en escenarios comunes, pero aventuras. Y no es una historia simple porque los personajes gozan de suficiente complejidad, no son meros sujetos intercambiables, meras funciones de una trama ad hoc. Hay, por ejemplo, sombras en el carácter (también en la biografía) de Juan Plata y su comportamiento plantea a veces dudas morales en el narrador. Hay un pasado y una condición en la prima Beatriz y el tío Constante, personajes ambos que, en cuanto ajenos a la norma, funcionan como guías de Santi en Labriegos. Y hay sobre todo un personaje absolutamente conmovedor, que es el dueño del bar Pacífico (los nombres son apropiados, recuérdese al teniente coronel Marcial Guerra) y es también el padre de Santi Alcón. Su presencia es escasa, pero lo que el narrador dice de él suple con creces esa escasez. «Era como si no pudiera permitirse el lujo de bajar la guardia para no hundirse del todo en la miseria de aquella ciudadela maldita, como si con su inagotable actividad pudiese quebrar el conjuro y acabar para siempre con el tiempo de las vacas flacas» (pág. 86); «A mí se me venía a la mente la imagen de mi padre, delgado, amarillento, enfermo, sacando vasos del otro lado de la barra, envuelto en la atmósfera viciada de humo del bar, y primero me entraba una enorme ternura por aquel ser débil e indefenso y después, al ver cómo se reían de él, cómo lo insultaban, una rabia que apenas si era capaz de aguantar entre los dientes y que enseguida se me fue escurriendo en forma de unas lágrimas gordas que me iban bajando sin remedio de los ojos» (pág. 96); «En ese momento me invadió una enorme tristeza al verlo allí de pie, tan solo, tan delgado, tan vulnerable, y me sentí extrañamente culpable, como sí, de algún modo, lo hubiera traicionado, dejándolo a su suerte» (183). De esa imagen y de esa vida triste y esclava y resignada es de la que le salvaron al narrador el Largo, la bibliotecaria, las lecturas, los parientes de Labriegos y aquel verano.

Plasencia, 10 de abril de 2015

3.4.15

Anochece

cuando la tarde cae y uno se aburre
(como la furia del turismo es tanta
hay quien se esconde por semana santa
para no ver ni oír cómo transcurre)

cuando ve que el crepúsculo se escurre
que ahí abajo en la calle un tonto canta
que la noche si cae se levanta
lo primero que a uno se le ocurre

es abrir el portátil a lo tonto
navegar por la web cansarse al rato
abrir el word plantearse un leve reto

y enseguida a lo loco a bote pronto
así sin más con soplo literato
incurrir en los ripios de un soneto

11.3.15

Arsura

Será la sangre del drago
o la hinchazón del ombligo,
pero tras ver los dibujos
de aquese par de granujos
ya no sé lo que me hago
(aunque sé lo que me digo).

8.3.15

Amimes

«Me llama poderosamente la atención» (me llama o me llamó, depende del tiempo del sujeto parlante, también el «poderosamente» es opcional, a capricho del énfasis, de la afectación o de la flauta), dicho una y otra vez por quienes hablan y no callan en radio y televisión, y en la taberna, será sin duda una prueba de que toda nuestra mezquina actualidad está llena de pasmo, asombro, estupor o maravilla.

22.2.15

Escuadra

No hay esperanza para la primavera ni primavera para la esperanza.

10.2.15

Receptivo

Subiendo por Fuencarral hacia la glorieta de Bilbao comprobé ayer cómo, en el tramo peatonal, cada pocos pasos, jóvenes intrépidos asaltaban con preguntas o propaganda a los caminantes. Pero no a mí. Sólo elegían a caminantes igualmente jóvenes. Vamos siendo invisibles, pensé. Por eso, en venganza, hice firme propósito de no prestarme a preguntas ni a propagandas en el caso de que éstas, antes o después, se produjeren. Y hete aquí que después, en el camino de regreso, bajando de nuevo por Fuencarral, se me acercó un joven no menos intrépido y con harta simpatía y desenvoltura preguntó: ¿Estás receptivo? No, contesté. Lo dije con cierta pena y aun con lástima, pero un propósito es un propósito.

7.2.15

Impavidum ferient ruinae

«Desde entonces  no retomo, reanudo», escribe Aramburu en El Cultural y esto me ha hecho recordar cómo Ricardo Senabre, en cierta ocasión, en uno de esos frecuentes «alfilerazos» que alguien (ignoro si en broma o con mala idea) llamó «senabrinas», objetó a no sé qué novelista el uso del adjetivo «impávido» (en lugar, por ejemplo, de «impasible»). El caso es que me trajo durante un tiempo de cabeza la pertinencia e incluso la exactitud de ese «impávido», porque quería yo traducir el «Impavidum ferient ruinae», de Horacio, como «Las ruinas lo encontrarán impávido» y no era empeño caprichoso ni, pensaba, desatinado. Anduve dándole vueltas al adjetivo de manera circular, pues no me cuadraban «impasible», ni «imperturbable», ni «impertérrito», que son las variantes que sugiere María Moliner, de modo que, al final, haciendo de necesidad virtud, no encontré ninguna solución rítmica propicia y me atuve impertérrito al «impávido». Escribió luego Senabre una reseña sobre el libro y confieso que la leí con el alma en vilo, temeroso, en busca sólo de la objeción de «impávido». No fue el caso. Nunca sabrá cuánto agradecí la venia.

25.1.15

Habitación en W

I. Tengo que empezar pidiendo disculpas a la audiencia en general y a Álex Chico en particular, pues no sé qué puede haberle hecho pensar que soy persona adecuada para presentar un libro de poesía. En realidad, y en lo que a poesía se refiere, creo que sólo estoy en condiciones de participar en la presentación de libros de Álvaro Valverde y también, acaso, de Juan Ramón Santos. Desconozco las evoluciones de la poesía contemporánea, no entiendo de escuelas, ni de generaciones, ni de influencias, ni de las grandes líneas de la lírica occidental del siglo XXI. Apenas tengo, pues, nivel de usuario, incluso de usuario parcial, intermitente y electivo, casi diría anticiclónico. En más de una ocasión he manifestado, por ejemplo, mi incomprensión de los libros de poesía en cuanto tales, como conjunto estructurado y unitario de poemas, y no es raro que a veces haya tenido que preguntar a poetas amigos el porqué de la organización de un determinado libro, porque a mí se me escapan las razones. A este respecto no deja de ser significativo que la lengua tenga una palabra como «novela» para las novelas o «drama», «comedia» y «tragedia» para las obras de teatro, pero que no haya una palabra específica para las colecciones de relatos ni, en rigor, para los libros de poesía. Verdad es que algunos poetas usan la palabra «poemario» (Álex Chico es uno de ellos, Víctor Peña también, porque los jóvenes carecen de pudor léxico), pero «poemario» no tiene más significado que colección o sucesión de poemas, al igual que, por ejemplo, «rosario» es, literalmente, sucesión de rosas más o menos uniformes o, metafóricamente, de avemarías, «relicario» es depósito de reliquias y «herbolario» colección de plantas secas y medicinales (la palabras derivadas siempre muy por debajo de la palabra primitiva). Después, una vez configurado el libro, cada poema ha de defenderse por sí mismo a solas y ha de hacerlo a menudo en competencia con los demás poemas del «poemario» (con perdón) en que está incluido. Prueba de ello es que, con el tiempo, el poema que aventaje en calidad o importancia a sus compañeros de volumen tal vez pase a formar parte de alguna antología generacional o de las sucesivas antologías personales a las que muchos poetas suelen acogerse. Y no estará de más señalar aquí que la palabra latina sinónima de «antología» es «florilegio», que, a su vez, es más o menos sinónima de «rosario», lo que a la postre viene a convertir los poemas en rosas, o en flores, ya sean flores del bien, ya sean flores del mal.

II. En cuanto tales, los libros de versos reclaman para cada poema una doble consideración, pues a la que le viene dada por su propia autonomía hay que añadir la que adquiere por contagio con los demás poemas. Digamos, pues, que significa primero por sí mismo y significa después por el valor añadido del conjunto. Y es en esta segunda lectura en la que yo me pierdo o no puedo prescindir de alguna deformación y tratar de ver ‘Habitación en W’ como un texto narrativo, no de episodios, peripecias ni aventuras dramáticas, sino dispuestos de modo creciente hacia un desenlace. El propio Álex Chico propone en realidad esta idea cuando evoca en «Nota del autor» (y toda nota de autor es un indicio de lectura) las memorias de Jean-Paul Sartre, ‘Las palabras’, cuyos dos únicos capítulos se titulan, respectivamente, «Leer» y «Escribir», las dos caras (no me atrevo a decir que cara y cruz) de una dedicación plena y, a pesar de los pesares, satisfactoria. Por eso, los tres primeras partes se titulan «Lecturas», «Escritorio» y «Entre líneas» y se alinean en campos semánticos paralelos que remiten a una actividad y a una actitud que podría calificarse, en sentido amplio, de literaria y, en sentido estricto, de «poética», y por eso la última parte, con un solo poema, se titula «Habitación» y nombra el lugar en que se producen las lecturas, la escritura y los movimientos intermedios, un espacio que es el lugar del sujeto, del poeta, y que es al mismo tiempo, por extensión o por reducción, el propio poeta.

III. Las «Lecturas» son primordialmente literarias, como es lógico, aunque, teniendo en cuenta la atracción poética que sobre Álex Chico ejercen los lugares, haya también lectura pictórica (no olvidemos que hoy todo se lee, de manera fundamental los partidos de fútbol por parte, sobre todo, de los centrocampistas). Se trata de enumeraciones visuales, poéticas o narrativas, sobre temas, motivos o episodios de Sebald, Modiano, Perec, Tabuchi, Blas de Otero, Hopper, con los que cada lector tendrá una mayor o menor cercanía. Yo leí mucho antaño, por ejemplo, por afinidades «oulípicas», a Georges Perec, una de cuyas novelas, por cierto, se titula ‘W o el recuerdo de la infancia’. He leído a Sebald, a Modiano (que ahora además está en todos los escaparates), a Tabuchi. Y quiero entender lo que a mi conocimiento de estos autores aporta la visión de Álex Chico: la cámara trazando una panorámica poética y objetiva en una plaza de Berlín, el viaje como retorno, la construcción de los lugares de la memoria, etcétera. No he leído, sin embargo, a Heinrich Mann (por culpa de su hermano, probablemente), pero no puedo negar que el poema que aquí se le dedica no necesita de mi conocimiento del personaje y que me conmueve narrativamente cómo «en este invierno, camina / muy lentamente entre los árboles», cómo «descubre que en la huida / todas las calles parten al final de un mismo punto», cómo advierte que «la vida consiste en continuar, sin más, hacia delante». No importa, pues, nuestro mayor o menor conocimiento del personaje o de su obra, porque Álex Chico actúa aquí doblemente: como lector y como personaje, por una parte (lo que quiere decir que se ve a sí mismo en los referentes de sus lecturas, que las lecturas son un viaje de ida y vuelta a un texto, a una idea, a un autor), y como intermediario entre el lector y los personajes, por otra, y, al final, acción y contemplación quedan igualadas en la expresión poética, que es lo que se pretende y lo que se consigue: que los poemas «signifiquen» por sí mismos al margen de sus referentes, de sus puntos de partida o del regalo de los dioses. Con todo, diré que la «lectura» que mejor entiendo es «Encuentro», porque me resultan familiares las «aguas detenidas», los «límite del mundo / que construyó murallas», el «cementerio de Yuste / con ciento ochenta tumbas de soldados alemanes» o el «recuerdo de alguien que no existe». Pues, en este caso, también yo participo del plural del verbo «somos», del «Somos amigos. / Eso nos basta».

IV. Los poemas de «Escritorio», brevísimos, van desde el lugar físico de la lectura y la escritura, donde el poeta se sumerge, hasta el lugar intelectual o inmaterial en que surge la poesía, que es el límite entre la sombra de la realidad y la luz a que aspiran las palabras («la línea de sombra» es la imagen de ese límite), que «no es un lugar / es su reverso. / El territorio de las contradicciones». Viendo las nociones de lugar, tan frecuentes en Álex Chico, he recordado unas palabras del último libro de José Ángel Cilleruelo: «El desconocido nexo común de la poesía del presente posiblemente se descubra en el protagonismo del espacio en la comprensión poética del sujeto y la realidad, en la conceptualización del espacio no como recurso literario, sino como ‘tema’ central del ser contemporáneo, que tal vez haya empezado a dejar de sentirse tiempo para comprenderse como lugar. Como encarnaciones de un lugar» (‘Almacén. Dietario de lugares’, 103-104). Desconozco si esto es así realmente (ya he avisado sobre mi ignorancia lírica), pero nada me sorprendería que Álvaro Valverde y Álex Chico compartieran la afirmación.

V. Y están, en fin, el poema «Entre líneas», con lectura par e impar, y los poemas de «Entre líneas», la tercera parte del libro, que contiene algunos de los poemas más recogidos, reflexiones sobre el tiempo, el lenguaje y los lugares—«Dejemos hablar al lenguaje», «Escribir no es más que estar atento», «Tú eres esos lugares. / El cuarto en el que escribe»—, poemas largos, descriptivos, como los de «Lecturas», a veces meditativos, a veces episódicos, con enumeraciones instantáneas, fotográficas, impresionistas, tanteos o anticipaciones, como procedimiento de observación y de expresión de la realidad, que se resuelven a menudo en paradojas: lo detenido avanza, las sombras construyen luz, la soledad se comparte, el silencio habla, llegar es regresar, regresar es avanzar, el pasado es un comienzo, etcétera.

VI. Decía antes que las tres primeras partes del libro conducen en gradación creciente a un texto único y final, en prosa (prosa poética, si se quiere), que se titula «Habitación». Y ha sido este cierre, o desenlace, que, por lo demás remite al título general, el que ha hecho que durante la lectura me vinieran sucesivamente a la cabeza dos de las «habitaciones» que cuentan con mayor número de referencias literarias. La primera «habitación» es la de Pascal, ya se sabe: «He descubierto que todas las desgracias de los hombres provienen de una sola cosa: que es no saber permanecer en reposo en una habitación» («tout le malheur des hommes vient d’une seule chose, qui est de ne pas savoir demeurer en repos dans une chambre»). La segunda «habitación» es la de Virginia Woolf: «Una mujer debe tener dinero y una habitación propia para poder escribir novelas», más aún, «una habitación tranquila y a prueba de sonido», y todavía añade: «quinientas libras al año y una habitación con un pestillo en la puerta para poder escribir novelas o poemas». Tal vez no tengan nada que ver estas «habitaciones» con la «habitación en W» de Álex Chico salvo la que viene marcada por la evolución de los tiempos, esto es, que al carácter moral de la habitación de Pascal y a la categoría sociológica de la habitación de Woolf le suceda la habitación poética de Álex Chico. Puede decirse, pues, que el poeta no sólo dispone ya de habitación propia y que es capaz de permanecer en reposo en esa habitación (dejemos de lado las quinientas libras), sino que se trata de una habitación a un tiempo extensa e intensa, que contiene por una parte el mundo y es por otra una prolongación del sujeto y, por tanto, el centro de la actividad poética. «Te preguntas cómo nombrar / un espacio que no existe», que acaso sea «el lugar de los fantasmas», se lee en páginas anteriores, el punto fronterizo entre la vida y las palabras donde si sitúa el poeta, para ir de de un lado a otro, zigzagueando, hasta ser la propia habitación. No me atrevo a pronunciar la palabra «mística» (a la manera juanramoniana, se entiende: «soy animal de fondo de aire»), pero el final es claro y concluyente: «No soy más que una habitación […] Quizás ya no quiera ser más que una habitación, invadida y solitaria. / Sin poder salir de un lugar que alguien, una vez, llamó W». No me digáis que en la determinación poética no hay cierta voluntad narrativa.

[En La Puerta de Tannhäuser de Plasencia a 24 de enero de 2015]

23.1.15

A pie de barra

«Ni todos los curas son pedófilos ni todos los políticos corruptos, pero ‘cuidao’ con ello».

19.1.15

Conferre

«Ellos nos llaman ‘nazis’ y saben que no lo somos. Nosotros los llamamos ‘comunistas’ y sabemos que no lo son. Pero parece que conviene hablar así», anotación del viernes, 18 de mayo de 1956, Adlofo Bioy Casares, ‘Borges’, Destino, 2006, pág. 162-163.

13.1.15

Paseo

Si la distancia es el propósito (llego a casa preguntándome), por qué los militantes del footing también cogen en las rotondas los atajos.

10.1.15

Pulso

«No me temblará el pulso», dicen a coro los dirigentes y en la misma sintaxis se advierte el párkinson.

5.1.15

Guardaespaldas


3.1.15

Guía y métrica de la ciudad

Ha seguido Juan Ramón Santos una deriva inversa a la común en muchos escritores: ha publicado primero libros de relatos, «cortometrajes» y una magnífica y voluminosa novela —‘Biblia apócrifa de Aracia’ (Libros del oeste, 2010)—, antes de escribir y dar a conocer su primer libro de poemas. No se ha acercado, por tanto, a la disciplina poética ensayando balbuceos líricos de poeta en ciernes ni como medio inicial de aprendizaje retórico o sentimental. Antes al contrario, ha escrito ‘Cicerone’ (De la luna libros, 2014) desde la madurez, dueño plenamente ya de los recursos temáticos y estilísticos de su escritura, lo que significa que, como debe ser, ha sido el contenido previo el que ha exigido su propio acomodo formal, esto es, su expresión poética, y, en consecuencia, el poeta, aun siendo los asuntos generalmente narrativos, les ha dado el ropaje métrico pertinente, un ritmo clásico de heptasílabos y endecasílabos sin escorzos ni contorsiones. Tales son las armas que lo han convertido, en efecto, en cicerone y guía de un recorrido en el que el callejero y los escenarios de la memoria se confunden para trazar una leve biografía de la experiencia urbana —«el insondable mapa de la vida»—, un itinerario oblicuo, en suma, en el que el río, la isla, la plaza o el martes conviven con la infancia o con la adolescencia, se evocan con la melancolía del tiempo antiguo y, desde la distancia de la edad, se interpretan como signos (no necesariamente favorables). A fin de cuentas, ninguna ciudad es lo que quiere ser ni lo que cree ser, sino el fruto y la suma de numerosas percepciones singulares.

29.12.14

Lexicológica

Que si portavoz y bocazas son sinónimos.

18.12.14

Encrucijada

Cada mañana a la hora del colegio la guardia urbana interrumpe en el cruce la semaforería: ¡teorías del caos, extraño atractor! 

15.12.14

Encabalgamientos

Creo que nos vamos a ir
 fuera, este fin de semana,
pero no quiero decir
dónde, no me da la gana.

(Ensayo para la teoría del encabalgamiento abrupto o semiabrupto y la mayor o menor eficacia semántica de la palabra final del verso encabalgante y la primera palabra, aquí cursiva, del verso encabalgado. ¡Puro enredo!)

9.12.14

Epicedio

Mal asunto, presidente, tener que ir uno mismo entonando aquí y allá a los cuatro vientos su epicedio.

28.11.14

Dicterio

«Será la arrogancia», dice (pregunta acaso), «efecto secundario de la mala conciencia».

20.11.14

Alonso Guerrero, 'Un día sin comienzo'

I. Quienes conocen la trayectoria literaria de Alonso Guerrero no dejarán de sorprenderse ante ‘Un día sin comienzo’. En esta misma aula hablamos hace un par de años (el 26 de octubre de 2012) de ‘Un palco sobre la nada’. Supongo que muchos de los asistentes leerían entonces aquellas novela y, por la misma razón (en la mesa estamos los mismos y quiero creer que no muy distinta ha de ser la audiencia), leerán ahora ‘Un día sin comienzo’. Si es así, advertirán enseguida notables diferencias entre una y otra, diferencias que pueden ampliarse a casi toda la obra anterior de Alonso Guerrero. En primer lugar, podría decirse que en ‘Un día sin comienzo’ el autor renuncia a la ficción y que esa renuncia viene dada por la materia narrativa: los minutos previos a las explosiones en los trenes de Atocha. Sería, sin embargo, reducir la amplitud de la palabra ‘ficción’: no hay en ‘Un día sin comienzo’ ficción en cierto sentido tradicional, es decir, acumulación de aventuras o episodios imaginarios más o menos verosímiles, pero sí hay, naturalmente, invención literaria y elaboración poética: no de otra forma consigue Alonso Guerrero dotar de intensidad unos materiales limitados y probablemente escasos. Y, en segundo lugar, también podría decirse que se atenúa aquí cierto «brillo intelectual» frecuente y reconocible, cierta radicalidad verbal e intelectual constante en sus escritos anteriores, desde la lejana ‘Tricotomía’ (1983) a ‘Un palco sobre la nada’ (2013). Es asimismo una necesidad impuesta por la materia narrativa. «Si quieres escribir una novela tienes que mirar así a la gente [sumándose a los gestos ajenos], has de poner los ojos a su altura» (pág 141), se lee en un episodio, a propósito de un personaje [María Pilar]. Y eso es lo que ha hecho Alonso Guerrero, acomodar la mirada a unos personajes que no son creaciones intelectuales, sino recreaciones humanas, personas que van a tomar el tren ajenas al azar: «como si el tren no fuera ya un medio para llegar a su destino, sino su destino mismo» (pág 141). De ahí la atenuación culturalista (que, con todo, es abundante) y de ahí, en fin, la piedad de la mirada.

II. Leemos novelas generalmente pendientes del final, con la brújula puesta en un desenlace que, pese a todas nuestras previsiones lectoras y nuestra experiencia del oficio (del oficio lector, quiero decir), se nos sigue antojando imprevisto y sorprendente. Pero en ‘Un día sin comienzo’, en cambio, no cabe final. «La vida, de hecho, se le presentaba como una línea argumental en la que no tenían que interferir novios, ni hijos, ni decisiones, igual que no interferirían aquellos desconocidos con los que se codeaba cada mañana de camino a la facultad» (pág 133), se dice de otro personaje [Angélica]. Esa línea argumental queda fatalmente truncada. La  novela consta, pues, de 37 episodios o secuencias de presentes personales antes del final colectivo. Cada secuencia se corresponde con un minuto, desde las 7:00 hasta las 7:36, y está dedicada a un personaje, del que apenas se traza una semblanza. Son, por tanto, 37 semblanzas a partir de un detalle menor, sin gran significación heroica (el heroísmo pertenece a épicas lejanas, no tiene cabida en el presente), semblanzas que tienden hacia un futuro que no va a existir. Apenas cabe otra individuación, o singularización, que la semblanza, porque se trata de personajes comunes, sin grandes hazañas ni señeras biografías, sin más aventura que ese trayecto matinal, apenas la ensoñación adormilada de la rutina y los pensamientos inmediatos —el triunfo del Real Madrid, el libro que se está leyendo, el piso que se está a punto de comprar, los hijos, el póster de un gimnasta en la pared del cuarto, la distinción que otorgan unos zapatos bien cuidados, la huelga universitaria, inminentes entrevistas de trabajo, los desajustes entre la realidad y los sueños o entre el  origen y el destino de jóvenes emigrantes rumanos, marroquíes, ecuatorianos, y el azar, las invocaciones del azar, la ambigüedad de los presagios—, esto es, esbozos apenas de un ‘curriculum vitae’ íntimo e interior (no laboral). Nada más: cada secuencia una novela abrupta, con principio, pero sin desarrollo ni conclusión individual. Porque lo que les señala, en definitiva, como personajes, lo que les eleva a literatura, es formar parte de un episodio múltiple, ser en definitiva un personaje colectivo, porque su destino es la muerte multitudinaria. Las secuencias finales, sin embargo, que no pertenecen ya a los personajes, sino a la historia, quedan en blanco: no es un artificio retórico, es que, como diría el filósofo, nada más puede decirse: «De lo que no se puede hablar, mejor es callarse».

III. Uno de los grandes temas de la literatura es el mal, no sólo el mal absoluto, el mal metafísico, sino el mal cotidiano, individual, o el enfrentamiento entre el mal y el bien. A menudo la literatura ha versado sobre la omnipresencia del mal o sobre la lucha entre el mal y el bien y se ha degradado  ofreciendo para el consumo masivo el triunfo narrativo y complaciente del bien. Es decir, que siempre ha sido el mal el que ha despertado interés. Prueba de ello, también, es que haya tan pocas obras sobre el bien, que no exista en realidad una literatura del bien. Tal vez pueda decirse que aspiramos al bien, pero no nos atrae su expresión artística. El origen de ‘Un día sin comienzo’ está en el mal, no cabe duda. «Si podía ver el mal en una ballena blanca, también podría verlo en aquella gente que subía a los trenes todas la mañanas, con su prisa y sus mochilas y sus teléfonos» (pág 132), se dice de un personaje [Angélica].  Sin embargo, y pese a ello, me atrevería a decir que en cierto modo se trata de una obra sobre el bien. El mal, en cambio, queda en blanco, abolido.

IV. Creo, por último, que ‘Un día sin comienzo’, dada la articulación del material, requiere una lectura poco acorde con los hábitos actuales. He recordado a este propósito ciertas teorías ferlosianas sobre la lectura y la escritura. Decía Ferlosio que un texto narrativo podía concebirse como una paulatina revelación de la verdad, «como una suerte de penetración en las entrañas de algo organizado en forma de cebolla» o, por el contrario, como episodios equidistantes en torno a un objeto central, «en lugar de estratos concéntricos», dice, «una rueda de gajitos, o mejor, de dientes, ninguno de ellos más próximo ni más distante que otro del corazón y de la superficie». «Es curioso observar», añade, «cómo la imagen capaz de representar un modo de concepción contrario [a la cebolla] nos la ofrece precisamente el marido de la cebolla, o sea, el ajo». Pues bien, ‘Un día sin comienzo’ se acoge a este segundo modelo: episodios equidistantes en torno a un objeto central. Y este procedimiento narrativo impone también un modo de lectura. Siguiendo con Ferlosio podemos decir que en la lectura caben dos placeres antónimos, el placer funcional subjetivo, que viene marcado por la ansiedad del desenlace, por ver quién es el asesino, digamos, y el placer funcional objetivo, que es el que procede de cada momento del texto, del presente textual, un tanto al margen de la página o el capítulo siguiente o del epílogo. Creo que ‘Un día sin comienzo’ requiere esta segunda lectura, que es la lectura adulta, en la que prevalece la autonomía del texto, de cada texto, ni más ni menos importante que todos los demás.

(Presentación de ‘Un día sin comienzo’, de Alonso Guerrero, De la luna libros, en el Instituto de Enseñanza Secundaria "Profesor Hernández Pacheco" de Cáceres el miércoles día 19 de noviembre de 2014.)

17.11.14

Realto

Como muchas muchas veces al teclear la palabra «relato» (presumo de escribir con todos los dedos, de haber practicado mecanografía ciega de joven) el corrector me avisa de que he escrito «realto», empiezo a preguntarme si el error se deberá sólo a una deficiencia táctil, a una discordancia digital, o más bien a alguna traviesa eficiencia de los duendes de la literatura que, empeñados en la pervivencia del realismo y aprovechando analogías y lexemas, hayan decidido atormentarme convirtiendo una y otra vez los relatos en realtos. 

27.8.14

Importante

Hablan las gramáticas escolares de superlativos léxicos para otorgar categoría propia a ciertos adjetivos que, como maravilloso, magnífico, fantástico, fabuloso, extraordinario, espléndido o alucinante (por seguir un orden alfabético descendente), se han ido alejando de su significación positiva hasta convertirse en mera exaltación entusiasta del sustantivo al que se aplican, sea una persona (dígase «tipo»), una película, un partido de fútbol o una huelga sectorial. Naturalmente, ese ascenso de las palabras en el escalafón de los grados, aunque pueda resultar paradójico, supone una pérdida (definitiva en ocasiones) de la identidad original, como si la promoción jerárquica llevara necesariamente aparejada la degradación semántica, de modo que el cambio de estatus lingüístico se produce sólo en la medida en que «fantástico» se desvincula de «fantasía» y en que «fabuloso» se aleja de «fábula», esto es, en la medida en que tales adjetivos dejan atrás su dignidad etimológica para mezclarse y confundirse, tristes comodines de la unanimidad y epítetos vacíos de exaltación común, en la amalgama informe de un buen o mal tuntún caprichoso y rutinario.

Siempre antes había admitido yo sin rechistar los veredictos académicos, a saber, que tales desviaciones tienen su origen en la pereza intelectual y en la desidia lingüística, razones de peso y de todo punto disculpables, pues (dardos aparte) supone ciertamente un verdadero esfuerzo tener siempre alerta la conciencia lingüística, emplear con exactitud cada palabra y tender de forma unívoca e inequívoca a la precisión verbal. Como mucho, a veces me atrevía a insinuar una objeción menor, porque, a fin de cuentas, me decía, disponer de una amplia gama de superlativos léxicos no deja de ser también una tarea fatigosa, toda vez que, si el hablante puede elegir entre diez, quince, veinte adjetivos para emitir sencillamente un veredicto favorable, una aprobación sin matices o un apoyo incondicional, eso significa que, aunque la elección sea al buen o al mal tuntún, ha de tener al fin y al cabo almacenados en la subcarpeta paradigmática de «su PC» un alto número de registros equivalentes, intercambiables y a la postre idénticos. ¿Para qué conservar en la memoria un surtido tan amplio de superlativos léxicos si incluso uno sería ya excesivo?

Sin embargo, desde hace algún tiempo vengo creyendo que no se trata de desidia, no al menos de desidia lingüística, sino justamente de lo contrario, o sea, de un claro acto de voluntad que busca deliberadamente la indefinición, que, ante la obligación profesional o en la necesidad personal de hablar, se niega a comprometerse con el significado de las palabras y, en consecuencia, con el sentido de lo dicho. Numerosos términos podrían servir de guía, pero, puestos a seguir la pista de uno solo, obsérvese el uso que se hace del adjetivo «importante» y el elevado porcentaje estadístico de ese uso, y se verá cómo una y otra vez se habla de cantidades importantes, de poetas importantes, de películas importantes, de leyes importantes, hasta el punto de que, por lo visto, pero sobre todo por lo oído, todo es importante, a todo le corresponde el grado vacío y recurrente de la importancia.

Suelen iniciar estos usos estériles, como siempre, los personajes públicos, los mismos que han arrastrado el adjetivo «histórico» hasta el florilegio de los superlativos, aquellos que más hablan y más pánico sienten frente a la interpretación que pueda hacerse de sus palabras, esa curiosa conjunción que va de «quien tiene boca se equivoca» a «por la boca muere el pez» y que se traduce en efectos sociológicos inmediatos, de modo que se habla, y se habla, y se habla, pero sin decir, como si se pudiera desvincular lo que se dice de lo dicho, ofuscado el ingenio en el pajar para desentenderse del grano, o como si el oyente tuviera que bucear entre la maleza submarina para encontrar certidumbres implícitas. Pero, una vez que la palabra (seguimos con «importante») se echa a rodar por la pendiente hacia el vacío, la caída no tiene fondo. Y así, por ejemplo, puede llegarse a oír hoy una aplicación extrema como «una democracia importante», expresión no sólo carente de todo sentido, sino, además, un puro disparate, pues quien habla no se anda con metonimias, no dice «democracia» para referirse a un país de larga tradición democrática, sino que evalúa literalmente el grado o nivel de democracia en un país: «En X existe ya una democracia importante».

Le doy vueltas al significado de ese «importante» y son cavilaciones vanas, porque sólo hay una conclusión plausible. El empleo de palabras comodín (que las rutas etimológicas hacen derivar de «cómodo») no es tanto una aplicación más de la ley del mínimo esfuerzo, como un perverso ejercicio de camuflaje. Los comodines léxicos no dicen, ocultan; no significan, niegan todo significado. Si algo puede ser indistintamente maravilloso, magnífico, fantástico, fabuloso, extraordinario, espléndido o alucinante, es porque no es nada o porque da igual qué sea. Y, por lo mismo, «importante» no sólo oculta, niega. De donde resulta que, en buena pragmática, una «democracia importante» no es democracia, una cantidad importante es un gasto bajo sospecha, un poeta importante es un poeta menor y una ley importante es un parche legislativo. Sin embargo, la conclusión más desoladora no es que sólo lo no fabuloso sea fabuloso, que lo más histórico sea ahora el presente o que sólo lo no importante sea importante, sino que, cada vez con mayor énfasis, el lenguaje (el lenguaje público, iba a escribir) traiciona su naturaleza y abandona su finalidad para convertirse en aquello que lo niega: ruido, furia y blablablá, «la desarticulada e ininteligible perorata sin sentido del babuino mayor», como escribió Yarfoz en su testimonio, es decir, la regresión del hombre a los instintos animales de la insignificancia y de la «insignificación».

[Como el mundo gira caprichosamente, vienen a caer ahora en la bandeja de entrada estos «Superlativos» de 2002 que tan olvidados yo tenía. De ahí la incorporación. No es importante, pero, como sigue, sea.]

27.6.14

Tertulios

«Quienes me reprochaban antaño que fuera como era», dice, «me repochan ahora que no sea como entonces».

15.6.14

Biblioteca

¡Cuántos libros compré yo
creyendo que los leería...!
Pero resulta que no.

3.6.14

País

Me complace que hayan vuelto a ser columnas los dinteles.

10.5.14

Campañas

«Siempre he votado», dice (no hay más testigos que el café, unas pastas, la tarde que declina), «a pesar de las campañas. Pero esta vez no creo que pueda contenerme».

29.3.14

IX / Dulce Chacón / Zafra

¶¹. Cuando recibí la llamada en que Jesús Sánchez Adalid me comunicaba, como presidente, la resolución del jurado del IX Premio Dulce Chacón, un sábado a mediodía, iba yo camino de la plaza a través del viento áspero y frío de diciembre y, tal vez por la conjunción del nombre y de la atmósfera, no pude por menos que evocar una escena antigua que fecho, sin embargo, con toda exactitud: lunes, 13 de noviembre del año 2000. Dulce Chacón era la invitada al aula de literatura de Plasencia del martes y yo el encargado de acompañarla y presentarla. Ya habíamos coincidido en anteriores ocasiones, especialmente como miembros de los jurados de los premios que por entonces, en aquellos tiempos de euforia literaria y autonómica, convocaba la Editora Regional. Entretuvimos la tarde recorriendo la ciudad turística: la plaza Mayor, la rúa Zapatería, el parador, la calle Blanca, la catedral, el complejo cultural Santa María, el palacio episcopal, etcétera. Fue el caso, pues, que, justo cuando estábamos mirando a las alturas, en el punto en que mejor se ve cómo la catedral nueva se alza y se abate sobre la vieja, como para engullirla, vimos que un transeúnte se detenía un poco antes de llegar a nuestra altura, nos miraba con aspavientos de sorpresa y se acercaba finalmente a nosotros. Preguntó entonces a Dulce Chacón si era Dulce Chacón y, como en efecto lo era, enseguida inició el elogio de sus escritos con tanta efusión como entusiasmo. Yo asistí al pronto a la charla como mero testigo, sin intervenir, oyendo el rosario de alabanzas, y aún diría que satisfecho por el nivel de la cultura literaria local, hasta que oí que nuestro hombre se deslizaba por terrenos movedizos: que le gustaba más la poesía de Dulce Chacón que la novela, dijo, que era sin duda mucho mejor poeta que novelista. Como estos cumplidos del entusiasmo tienen cierta agudeza, no por la solvencia del juicio, sino por la punta del aguijón (no son, de hecho, infrecuentes los trances en que los méritos se alzan sobre las imperfecciones), intenté terciar en la charla y ponderar las virtudes de ‘Cielos de barro’, que había aparecido en aquel año 2000 y que había obtenido poco antes además el premio Azorín de novela. Fue aquí donde surgió el primer asombro, cuando nuestro hombre declaró con toda seriedad que no, que él no había leído ninguna novela de Dulce Chacón, pero que, con todo, le interesaba más su poesía y consideraba que era mejor poeta que novelista. Poco puede hacerse en tales casos sin caer en desplantes o descortesías. Quiero creer que, visto el cariz de los elogios, y puesto que estábamos en mi campo, intenté poner fin a la conversación, no lo recuerdo, pero sí sé que quien está seguro de que tiene algo que decir no cesa, como el rayo, hasta decirlo del todo. En este caso la charla nos reservaba todavía una sorpresa mayor, en el rango (diría) de la estupefacción. Fue en el momento en que nuestro hombre afirmó que tampoco había leído su poesía, pero que pensaba leerla. Sin duda, no hay forma más abrupta de ‘matar al ángel’. Lamento no recordar qué hicimos en este punto ni qué cara pusimos, aunque sí recuerdo que, una vez liberados del admirador, nos entregamos con buen humor risueño a bromas, exégesis y derivaciones.

¶². Lo que no me pregunté entonces, porque los sobresaltos nos sorprenden a menudo en el filo de la escalera, pero sí me pregunté luego, al cabo de los días, fue de qué conocía tan intrépido transeúnte a Dulce Chacón si no la había leído, de qué rincón de su inconsciencia o de su voluntad surgían una admiración y un juicio, a la postre, tan favorable como ambiguo e insensato. Naturalmente, se hacía publicidad de la programación del aula, se distribuían carteles, las páginas locales de la prensa regional anunciaban cada lectura, pero no es a ese conocimiento periódico al que me refiero, sino al conocimiento que impulsó a nuestro transeúnte a declarar su admiración. Y lo cierto es que nunca pude responder a esta pregunta de un modo convincente sin perjuicio o descalificación del transeúnte, así que, con sumo respeto, renuncié a la respuesta. A cambio, y en la creencia de que toda manifestación contiene significados que la sobrepasan, aunque sólo sean contextuales, preferí elevar a categoría aquella insólita devoción literaria y deduje que el sujeto no era sino un pintoresco exponente al que el aprecio de la literatura al margen de los textos, al margen, por tanto, de la propia literatura, había conducido necesariamente a una fórmula de admiración hueca, vacía, abstracta, sin soporte figurativo. De ahí que, en consonancia con los atributos sagrados, místicos e inmateriales que a menudo se aplican a la literatura, no deba extrañar que fuera precisamente la poesía de Dulce Chacón lo que le gustara y, más aún, sin haberla leído, pues no en vano la poesía es la expresión literaria que más se alza sobre las razones inmediatas. A eso se reduce, en gran medida, el estatuto social de la literatura.

¶³. El caso es que, con posterioridad, cuando en alguna ocasión me he encontrado con adhesiones literarias espontáneas, no he podido por menos que evocar aquel lejano lance. Y lo cierto es que al cabo del tiempo he llegado a pensar, no sé si con un punto de razón, que es más fácil entender aquella ‘admiración vacía’ que lo que podríamos tal vez llamar ‘convergencia textual’, porque la admiración vacía es ajena a lo escrito, se basa en la mera inefabilidad de las palabras, y la convergencia textual supone que las estrategias de lectura coinciden en un alto porcentaje con las de la escritura y es para esa convergencia para la que no hay explicación posible. Porque el don de la lectura es un enigma. Es seguro que nos reconocemos como lectores en los textos que otros escriben, y prueba de ello es que coincidimos en Homero, y en Cervantes, y en Shakespeare, y en Kafka. Puede ocurrir también que otros lectores se reconozcan en lo que a veces escribimos (que no es el caso del intrépido transeúnte, que ya llevaba el reconocimiento preinstalado). Ahora bien, ese reconocimiento, esa sintonía entre lectura y escritura no deja de ser misteriosa, porque son muchos —culturales, lingüísticos, sociales, psicológicos, etcétera— y azarosos los puntos en que han de producirse convergencias. Me viene a la memoria a este propósito una frase de «El misterio de Marie Rogêt» que subrayé hace muchos años en una edición de bolsillo: «Cada uno reconoce a su vecino», dice Poe, «pero pocas veces se está en condiciones de dar una razón que explique ese reconocimiento». No es fácil, ciertamente, explicar el reconocimiento facial (yo mismo no me explico la eficacia de los retratos robot en el cine norteamericano de guardias y ladrones), pero menos fácil es, según creo, encontrar los porqués del reconocimiento textual. Porque, a fin de cuentas, el texto literario, una vez constituido como tal, es ajeno al autor y porque, en definitiva, el lector ideal no existe. De ahí que, ante el favor de toda convergencia textual que afecte a lo que escribo, siempre surjan porqués que no alcanzo a entender. Si la convergencia, como es el caso, viene refrendada por quienes están vitalmente empeñados en lecturas y escrituras, mi perplejidad aumenta. Si a ello se añade el prestigio y la distinción de un premio que eleva la literatura sobre su desventurado estatuto social, ya no sé qué pensar ni qué hacer ni qué decir. Salvo una cosa: dar las gracias a todos los implicados en el proceso del premio, al Ayuntamiento de Zafra y a la Concejalía de Cultura, a la Diputación, al Gobierno de Extremadura, a los miembros del Jurado y a los lectores, en especial al Seminario Humanístico, a los departamentos de Lengua y Literatura de los Institutos y al Club de Lectura de la Biblioteca de Zafra; y celebrar que mis tristes conversaciones vayan en lo sucesivo protegidas por el valioso e inolvidable nombre de Dulce Chacón. Gracias.