25.11.09
23.11.09
Neoyurnalia
12.11.09
Pseudones
la vaga niebla de las cataratas,
turbias repercusiones del delirio
de los dioses, o sea, un par de erratas.
9.11.09
Guajira
que la marca de Caín
no era el muro del Berlín
sino el foso vaticano.
28.10.09
Al corcón pellegrino
del viejo cinturón
-si ayer rojo, hoy rubicón-:
el alcalde de Móstoles
y el once de Alcorcón.
¡Promulgue Gallardón!
12.10.09
LXVIII
25.9.09
Dos y siete
SediEntos de las sapiEncias de clAse
SecuAces de botellÓn y jarAna
SapiEndo que pasarÁ lo que pAse
He aquí que entretengo una guardia escolar de otoño y viernes con enredos métricos: monótonos endecasílabos atonales con carga en 2ª7ª.
23.9.09
Aquí era cuando
17.9.09
5.9.09
Perequiana
de Miguel Ángel Lama y Ángel Campos
llamándome ¡Geraaaardo!
un cinco de septiembre
de lejos y de noche
por las calles de Cáceres.
14.8.09
8.8.09
8.7.09
Sic transit
3.7.09
Litœral
28.6.09
25.6.09
17.6.09
12.6.09
10.6.09
Soneto
el mundo gira y gira, nunca cesa en su giro,
ya se nos acabaron las ferias del retiro,
ya volvemos al íes y a los días comunes,
al runrún rutinario de todos los runrunes,
deshago la maleta, echo un vistazo, miro,
todorov, tsvietáieva, nabokov (vladimiro)
y la última novela de antónio lobo antunes
acumulo lecturas para todo el verano,
luego se alternarán las dudas y los días,
las playas de la antilla y el calor extremeño,
pasearé junto al agua con blanca mano a mano,
pero no hablaré más de princesas sombrías
y en negra paradoja naufragará mi empeño
8.6.09
Prêt-à-porte
1.6.09
Ser o no ser
28.5.09
Versoku insomne
| de que es café ¡maldita sea! no sé por qué | ¡maldita sea! no sé por qué tengo la idea | no sé por qué tengo la idea de que es café |
| no sé por qué de que es café ¡maldita sea! | ¡maldita sea! tengo la idea no sé por qué | de que es café no sé por qué tengo la idea |
| de que es café no sé por qué ¡maldita sea! | tengo la idea ¡maldita sea! no sé por qué | no sé por qué de que es café tengo la idea |
|
no sé por qué ¡maldita sea! de que es café |
|
|
23.5.09
Soneto
no es nada fácil, yo no soy poeta,
no viene a socorrerme el mes de mayo
ni me consuela, Lope, tu receta.
Procuro, pues, un quiebro isabelino
ante una inspiración tan torpe y parca
a ver si acaso es este el buen camino
para dejar la senda de Petrarca.
Pero también, ay, Fabio, aquí me pierdo,
me equivoco, tropiezo, cambio el paso
y oigo el eco lejano, dulce acuerdo,
dolorido sentir, de Garcilaso
Permitidme, por tanto, que concluya
en triste requiem más que en aleluya.
16.5.09
10.5.09
5.5.09
Serpentier
3.5.09
26.4.09
Hipérbaton
—Es un pobre hombre absoluto —dice Asdfg, caña en mano.
—No —precisa Qwert, ondeando al aire con ademán taurino la alta copa de un crianza—, es un absoluto pobre hombre.
Conclusión: sólo el vino y la cerveza del mediodía dominical dan pie a un tiquismiquis de gramáticos jocosos (o tal vez en trance de psicoanálisis retórico: la sintaxis es una facultad del alma) sobre la posición complementaria o adyacente del adjetivo «absoluto».
21.4.09
¡Achís!
12.4.09
Ex horto
9.4.09
Necrología
1.4.09
29.3.09
26.3.09
Márgenes
18.3.09
15.3.09
Emputar
Dejemos nota documental de tan curioso, errático y virulento verbo: empujar, expulsar, emputar, etcétera, y de la nueva norma balompédica consiguiente: tarjeta roja a quien empute.
10.3.09
5.3.09
Enredando
Escudriñé las grandes verdades de los hombres
en ámbitos adustos de doctas bibliotecas.
Nihil, nihil. Cuatro nombres,
cuatro cifras, cuatro palabras huecas.
28.2.09
Zweig
15.2.09
Mate
14.2.09
Enamorados
¿por qué he de responder cuando preguntas?
Olvídate de cómos, cuándos, dóndes,
adverbiales incógnitas difuntas.
31.1.09
Viacrisis (cuaderna)
y aun el sabio latino, non es chico orador:
manirroto es qui face mucho gasto menor,
qui face gasto grande tíldese de inversor.
27.1.09
25.1.09
Arcaísmos
23.1.09
'La despedida'
II. Coinciden, en primer lugar, en el escenario, en el ámbito narrativo de la acción. Todos los cuentos se desarrollan en La Comarca (con mayúsculas, las mayúsculas de la antonomasia), un territorio que, dadas las frecuentes alusiones y teniendo en cuenta la ciudad en la que nos encontramos, se presta a fáciles identificaciones. Puedo señalar tres. Una. Se habla, por ejemplo, en más de una ocasión, del valle (sin mayúscula, nombre común): «Los caminos rurales que muerden los costados del valle, pasadizos en una tierra abancalada que escalonan la montaña», se lee en la página 47, o: «Desde la terraza, la otra ladera del valle era una sombra negra salpicada de dos motas grises, dos pueblos que parecían más diminutos aún», en la página 48. Dos. En casi todos los relatos aparecen cerezos, bien como elementos del paisaje, bien como objetivo de alguna desventurada aventura de ecología agrícola, o bien, en fin, como insólito atributo de un personaje pintoresco del que se dice que «debe de ser una de las pocas personas de la zona que no tiene cerezos» (pág. 38). Y tres. «La cola del pantano parecía una lengua de metal», se lee en la misma página 38. Valle, cerezos y pantano serían elementos suficientes para una ubicación precisa de los relatos, pero estas indagaciones son más divertidas que eficaces y más entretenidas que necesarias, porque la geografía literaria es ilusoria y representativa, universal y simbólica. Javier Morales Ortiz no pretende que La Comarca sea una zona concreta y próxima, sino una representación, una noción territorial, la elevación a nombre propio del nombre común al que pueden acogerse todos los lugares con formas de vida en peligro de extinción. Naturalmente, puestos a añadir detalles (y es conveniente añadir detalles, pues, como se sabe, son la esencia de la literatura), para el autor, y no sólo en beneficio de la credibilidad, es mejor, y más eficaz, recurrir a cerezos, valles y pantanos, que son rasgos próximos, emblemas comarcales, que importar fresas, naranjas o vendimias.
III. Pero, al margen de estos elementos fijos, que funcionan como signos de unidad y de reconocimiento, como referentes del espacio, y aunque sea en el mundo rural donde se desarrollan todas las historias, ‘La despedida’ no es exactamente un libro sobre el mundo rural, porque a Javier Morales Ortiz le interesan más los personajes que el paisaje, le interesan más los infortunios de la existencia que el campo de batalla. Así pues, de manera singular, individual, cada relato, en líneas generales, viene a mostrar, en un breve fragmento temporal, una situación concreta, una escena, podríamos decir, o una secuencia, o un par de secuencias consecutivas e inmediatas, de donde se desprende, si ello es pertinente, y en visión panorámica, el resumen de una vida entera. Basta, por ejemplo, la arrogante visita de un médico de La Comarca asentado en Madrid (Madrid funciona como antítesis de La Comarca), para que el narrador del primer relato, que es camarero, reviva toda su biografía común, adopte todos las posturas simbólicas de una humillación no menos simbólica (la marca de cerveza, el narrador recogiendo de rodillas los cristales de una jarra rota, el recuerdo de la novia en el instituto) y pretenda salir de tanta frustración con apenas un gesto de inocua rebeldía, nocturna y solitaria, metafórica. Y a estas pinceladas de la historia de un personaje que ejerce de camarero podrían añadirse las del resto de personajes: un técnico agrícola, un oficinista con vocación agrícola y mentalidad ecológica, una farmacéutica, una profesora de literatura, una especie de hippie excéntrico (que, como cabe sospechar, es quien no tiene cerezos), un pastor o la propia hija del pastor. Todos tienen algo en común: saben lo que es la derrota, saben en qué consiste la travesía entre las aspiraciones y el fracaso, conocen los conflictos que median entre la realidad y el deseo. Anclados en un mundo rural en decadencia, cada uno de ellos significa una muesca personal en el crepúsculo definitivo. Son dos realidades paralelas y complementarias: la decadencia comarcal y la desesperanza personal. Al irse apagando el mundo en que viven, un escenario sin porvenir acoge su derrota personal, la derrota sentimental, o laboral, o agrícola, la derrota de la huida, de la incertidumbre y del vacío, la derrota de la resignación, de la aceptación y de la mediocridad moral.
IV. Pero, volviendo a lo que decía más arriba sobre La Comarca como espacio de la acción, cabe decir que, si la elección de un escenario común para los cinco relatos conlleva la utilización de motivos igualmente comunes, esa elección también afecta a los personajes. Casi me atrevería a decir que se trata de cerezas. Me explico. Vengo diciendo que el libro contiene cinco relatos. Pero también podría decir que se trata de una breve novela, una novela de gajos, o dientes de ajo, o cerezas, porque cada relato, con su independencia y autonomía argumental, por una parte, colabora, por otra, a la visión del conjunto. Se recurre a menudo de manera tópica a la imagen de las cerezas enganchadas para visualizar cómo al tirar de unas palabras, unos temas, unos conflictos, etcéteras, estos traen enganchados de manera casual pero inexorable otras palabras, otros temas, otros conflictos. Algo similar ocurre en ‘La despedida’. Cada personaje es protagonista de un relato, pero, como una cereza, arrastra a otros personajes, protagonistas de otros relatos, hasta el punto de que de algunos de ellos sólo sabemos algún dato relevante no en el relato en que actúan como narradores en primera persona (lo que no deja de ser un ejercicio de neutralidad y de seriedad narrativa), sino por las referencias cruzadas que encontramos en otros relatos: por ejemplo, en el primer relato se nos avisa de lo que le va a pasar a Luis Prieto en el tercero; en el tercero averiguamos la profesión de Tomás, cuya confusa deriva, sin embargo, hemos conocido en el segundo; etcétera. Se trata, pues, de cinco relatos, pero de un solo libro y hasta de una sola historia. Hay, por lo demás, un personaje de especial relevancia, una profesora de literatura que responde al pintoresco nombre de Luz Verde: es la narradora en primera persona de tres de los relatos; es quien mejor viene a definir la singularidad de La Comarca, tal vez porque no pertenece por nacimiento a La Comarca y tiene una doble perspectiva, lo que le permite ser espectadora privilegiada y confidente idónea para las tribulaciones de la farmacéutica, del pastor, del hippie, del ecologista, etcétera; porque, conociendo La Comarca desde dentro y desde fuera, es quien mejor maneja criterios no contaminados; porque es quien toma con mayor conciencia una decisión final valiente; y porque, en fin, le permite al autor algún que otro guiño cultural y aun de afiliación narrativa, como la tarea que le encomienda de presentar en un congreso de literatura al profesor Manuel López Aguado, una especie de «cameo literario» que sólo leyendo o habiendo leído ‘Entre líneas’ se advertirá.
V. Hay otro aspecto fundamental de ‘La despedida’, más allá de los puros ingredientes narrativos, que merece destacarse: me refiero al modo como contempla el autor el mundo que describe y los personajes que dibuja, la mirada con que compone personajes y escenarios, que parte, creo, de una convicción, de la relación que se establece entre personajes, escenario y forma de vida. En las diversas manifestaciones artísticas, en general, y en literatura, en particular, siempre ha resultado muy atractiva la expresión del mal. («En las autopistas de la libertad, el mal es como un Ferrari», escribió Roberto Bolaño. Ahora mismo, en este enero de 2009, hacen furor bicentenario los escritos de Poe, especialmente sus cuentos de terror, aquellos que se sostienen, en palabras del propio Poe, sobre «el demonio de la perversidad».) Pues bien, frente al morbo del mal y del horror, aquí estamos ante una literatura de la bondad. Tal vez no se pueda decir con exactitud que los personajes sean estrictamente bondadosos (incluso hay alguno que puede disfrazar de maldad la arrogancia y sus complejos), pero sí puede afirmarse que habitan en un ámbito de bondad. Lo que me hace pensar que para Javier Morales Ortiz el mundo del que traza aquí cierta forma de despedida no es sólo una realidad cultural ligada a la naturaleza, sino también una realidad moral, el último paraíso de una especie de ética natural, acorde con la armonía de la tierra. No sólo hay, pues, la añoranza crepuscular de una arcadia menguante, con presencia todavía, por muy poco tiempo, de chozos, candiles o leche de cabra, sino la certeza de que desaparece también una arcadia ética, un mundo de bondad natural y específicamente humana: una comarca que se caracteriza, según dice la profesora Luz Verde, «no tanto por las palabras, sino por gestos, por un tiempo compartido en el que no caben las explicaciones ni los análisis, sólo la certeza de lo cotidiano», y de cuyos habitantes subraya «la sencillez y la naturalidad con la que se relacionan con el entorno».
VI. Dicho esto, termino, porque, en caso contrario, correría el riesgo de pormenorizar la trama de cada relato y eso sería ya llevar la presentación más allá de su significado, de modo que será mejor que cada uno se sumerja en la lectura, que es al fin y al cabo una tarea solitaria y un placer singular, y que cada uno descubra por sí mismo las sencillas y emotivas tramas de ‘La despedida’. De eso se trata.
[Texto leído en la presentación de 'La despedida' (ERE), de Javier Morales Ortiz, el 23 de enero de 2009, en Plasencia.]
18.1.09
Impecable
13.1.09
Lego, legis
[Para una teoría sobre el placer efímero de la lectura o de los textos nuevos.]
11.1.09
Jaculatoria
10.1.09
Gerontería
[Centro de salud. Gélida mañana de este invierno de nieves y fríos polares. Las esperas siempre son largas y coloquiales. Pacientes. Se oye todo, de todo y de todos. He aquí una muestra. Literal. Callejón del Gato.]
6.1.09
ADNauseam
3.1.09
Propósitos
ignorar la anonimia,
la anodinia,
la ignominia,
la abominia,
y, abatido en un puf,
exclamar uf, uff, huf.
24.12.08
Últimas lamentaciones de JRJ
escribí versos verdes y escribí versos malvas
en los lánguidos años de mi primera edad
el alma tiene a veces el color de la tinta
y las ninfas se bañan en agua de violetas
y en rimas y arias tristes y jardines lejanos (1)
cautivó mis sentidos la soledad sonora
y se entregó mi alma a la amarga dulzura
a los vagos perfumes de la melancolía
en que se distorsiona la luz del laberinto
hasta que la fatiga de tantas sensaciones
apagó para siempre todo verdor polícromo
y perdieron los símbolos olor sabor color
fueron años de rosas años turbios de amores
y de palabras lánguidas que la tristeza pudo
conmigo desde niño me atosigó de joven
y no me otorgó tregua en mi primera y trémula
juventud de moguer de madrid o de francia
II
escribí versos puros y poemas desnudos
abandoné las voces que procedían del eco
aunque cantaban siempre tristezas verdaderas
y llantos dolorosos y éxtasis sublimes
sin sucumbir un punto a la miel del crepúsculo
y puse mis sentidos en lo que contemplaba
y dejé que las musas partieran al exilio
y cerré los oídos a cantos de sirenas (2)
inteligencia dame el nombre de las cosas
dije que mi palabra sea la cosa misma
creada por mi alma nuevamente creada
fue mi segundo empeño belleza piedra y cielo
y el mar y nueva york y estío y eternidades
no le toquéis ya más dije que así es la rosa (3)
pero yo he estado siempre cultivando la luz
con la pasión ardiente del dueño del jardín
elevé la poesía a su lugar de origen
y a ello he dedicado la vida el ser y el tiempo
sin más compensación que la belleza entera
y la malevolencia de mis contemporáneos
III
escribí espacio y tiempo como animal de fondo
como dios deseante y español de tres mundos
en verso y prosa y verbo construí plenitudes
esparcí en aforismos toda mi ideología
y he procurado siempre la perfección suprema (4)
de pensamiento y forma de verso y de poema
de prosa y de sintaxis de palabra y de rosa
me ha molestado siempre el humo el ruido el eco
y por eso me acusan de intransigente y áspero
pero más me he enfrentado con genio verdadero
al humo que emanaba de tanto verso gris
al ruido que ensordece la lírica sin son
y al eco con que hollaban corrompían degradaban
la secreta fragancia los que pretenden ser
la flor contemporánea de nuestro jardín seco
IV
escribí espacio y tiempo despacio y a destiempo
y lo escribí despacio porque no hice otra cosa
en esta vida lenta que ahora se me acaba (5)
que escribir y escribir porque mi forma
encontró en la poesía en la belleza en dios
su sentido completo su sentido sentido
porque yo soy señor un animal de fondo
y los escribí a destiempo porque yo no he vivido
el tiempo de mi tiempo ni han vivido en mi tiempo
los que han ido conmigo a los largo del siglo
ni mi tiempo es su tiempo ni su tiempo es mi tiempo
mi tiempo es su destiempo mi espacio su desprecio (6)
ha sido suficiente y he sido verdadero
como la más profunda sustancia de los dioses [*]
(1) Después se escuchó el acento
de un oculto ruiseñor.
Quebró una racha de viento
la curva del surtidor.
Y una dulce melodía
vagó por todo el jardín:
entre los mirtos tañía
un músico su violín.
Era un acorde lamento
de juventud y de amor
para la luna y el viento.
(2) En el blanco infinito,
nieve, nardo y salina,
perdió su fantasía.
El color blanco, anda,
sobre una muda alfombra
de plumas de paloma.
Sin ojos ni ademán
inmóvil sufre un sueño.
Pero tiembla por dentro.
En el blanco infinito,
¡que pura y larga herida
dejó su fantasía!
(3) –No la nombres ya más porque es la rosa
Flor que el esteta canta para el rico
–Disiento. Se pondrá sobre tu losa:
Yace aquí un ‘duro’ con caletre chico.
(4) «Mucho y perfecto», dijo
Ni tanto ni tan calvo.
Con mi fervor me salvo.
Soy de mis obras hijo.
(5) El crepúsculo nórdico, lento, exige
A su contemplador una atención asidua
Y la noche ancestral se sucedía
No contemplada por J.R.J.
(6) Amó, se apasionó, maldijo. Pura
Belleza contemplaba, solo, dios.
Único, le asombraba ser ya dos.
Fin: su gloria a este monte da hermosura.
[*] Machado y Lorca
loan sin duda.
Misería porca,
lírica ruda,
roen en corca
Guillén, Cernuda
(sólo se ahorca
quien se suizuda)..
[Apuntes sin provecho para un algo que no fue en el día del niño dios.]
16.12.08
Quirófano
13.12.08
kleist
Gente hay que se representa las épocas del progreso educativo de una nación en un orden harto peregrino. Se figuran que un pueblo yace primero abatido en barbarie y salvajismo; que después de algún tiempo, se siente la necesidad de un mejoramiento de las costumbres, y para ello tiene que ser formulada la ciencia de la virtud; que para que los profesores de la misma hallen acceso a ella, se piensa en hacerla encarnar en bellos ejemplos, y por ello se inventa la estética; que a partir de entonces se elaboran hermosas representaciones de acuerdo con los preceptos de la misma, y con ello originase el arte; y que por último el pueblo, por medio del arte, es elevado al más alto nivel de cultura humana. Entérese esa gente de que todo -al menos entre los griegos y los romanos- sucedió en orden inverso. Estos pueblos se estrenaron con la época heroica, que sin lugar a dudas es la más alta que puede alcanzarse; cuando ya no tenían héroes en ninguna virtud cívica ni humana, los inventaron como figuras artísticas; cuando ya no eran capaces de crear arte, inventaron las reglas para ello; cuando ya se hacían un lío con las reglas, abstrajeron la sabiduría universal misma; y cuando hubieron cumplido lo anterior, se corrompieron por completo.
Heinrich von Kleist, Sobre el teatro de marionetas y otros ensayos de arte y filosofía, Hiperión, 2005, pp. 49-50 (un apunte que me hubiera gustado escribir)
8.12.08
En fin
híbridas y febriles de diciembre
sólo traen lluvia, frío,
turbulencias de oriente,
hastío, recogimiento,
novelones del siglo XIX.
6.12.08
6D
4.12.08
2.12.08
22.11.08
19.11.08
Ap, 13, 18
12.11.08
'Desde fuera' (de cerca)
II. Presentar un libro de Álvaro Valverde en Plasencia pudiera parecer casi una redundancia, pues a nadie se le escapa que al nombre de Álvaro Valverde se asocia de manera indisoluble el nombre de Plasencia, que hay una notoria reciprocidad entre el nombre del poeta y el de la ciudad, porque se alimentan mutuamente, porque el poeta se nutre en parte de su ciudad y porque lo que escribe revierte luego sobre la ciudad. Estoy seguro de que muchos de los presentes han leído sus novelas, ‘Las murallas del mundo’, que es la historia de un regreso y de un intento de recuperación de la ciudad que fue, y ‘Alguien que no existe’, que es la historia de una disolución y de una fusión con el espíritu perdurable de la ciudad, y que en ambas han sabido recorrer y reconocer los escenarios e incluso los personajes. Estoy seguro, asimismo, de que muchos de los presentes han sabido reconocer los escenarios (las calles, las plazas, los muros, los patios, el río) que le han servido en sus diversos libros de poemas, desde el primero (que no voy a nombrar) hasta este ‘Desde fuera’ del que hablamos, para que el hombre que vive, que pasa, que pasea, que mira, que contempla, que recuerda, que se desdobla, se deje llevar por sus meditaciones y siga los derroteros del pensamiento o del sentimiento que el escenario suscita, propone o evoca. Sin embargo, presentar un libro de Álvaro Valverde en Plasencia no es una redundancia, sino un pleonasmo, teniendo en cuanto que, frente a la redundancia, el pleonasmo, en cuanto figura retórica, añade expresividad, acentúa, enfatiza, duplica el sentido de las palabras. Es, en definitiva, añadir al libro una lectura. Vayamos, pues, al libro y a su lectura.
III. ‘Desde fuera’ es un libro de estructura transparente y simétrica, por lo que no quiero entretenerme en una descripción de partes. Además, me considero mejor lector de poemas que de libros de poesía, de modo que tampoco me atrevo a averiguar si el hecho de que un poema ocupe una u otra posición le otorga alguna plusvalía poética que no contenga ya en sí mismo. Basta, pues, ver el índice para advertir la antítesis de las secciones primera y última («Desde dentro» y «Desde fuera» se titulan) y basta ver también el índice para advertir la correspondencia entre los «Lugares del otoño» y «Sur», porque la geografía no se limita al escenario placentino, sino que se extiende hacia Brujas, Bruselas, Rótterdam, Deventer, por citar nombres de fuera, o Tarifa, Conil, Córdoba, Tánger, por mirar al sur y hacia dentro. Ahora bien, de la misma forma que, según escribió Galdós, «por doquiera que el hombre vaya lleva consigo su novela», de la misma forma, digo, por doquiera que Valverde vaya lleva consigo su mirada y lleva consigo su meditación, porque, como cabe deducir de un título tan paradójico como ‘Las murallas del mundo’, el mundo es este microcosmos en el que nos movemos y todas las expansiones son adyacentes de este microcosmos. Algo semejante podría decirse con palabras de Gonçalo M. Tavares, uno de los escritores que acudirán este curso al aula: «Por mucho que se ande, lo que se anduvo permanece en el cuerpo: se llama cansancio, fatiga, memoria», salvo que, según creo, también permanece lo que no se anduvo. En cualquier caso, la poesía de Álvaro Valverde no es cosmopolita, ni metropolitana, sino microcósmica y recogida, la expresión de un yo frente a los paisajes y los hechos, al margen incluso de que unos y otros sean cercanos o remotos y de menor o mayor andanza.
IV. Por otra parte, teniendo en cuenta que nos encontramos ante una ya larga trayectoria literaria, yo siempre he creído advertir en sus libros una especie, si se permite la expresión contable, de «suma y sigue», esto es, como una recapitulación de la expresión poética ya conseguida, un asentarse en los dominios conocidos, y un avance o una exploración de nuevos territorios, como el poema de largo aliento en ‘Una oculta razón’, «El canto suspendido» de ‘A debida distancia’ o las «Palabras privadas» de ‘Mecánica terrestre’. Es decir, que cada nuevo libro ha ido confirmando lo anterior y avanzando en la reflexión, en la meditación, en las consecuencias de la contemplación, en la ontología de la naturaleza, en la noción de lugar, y en los procedimientos, por ejemplo, en el desdoblamiento del sujeto, un doble desdoblamiento, cuando el que habla es un personaje interpuesto, sea un poeta, el fundador de una ciudad norteafricana o un prestigioso oftalmólogo, o cuando el desdoblamiento es dialogo interior, el yo con el yo tratándose de tú, el yo que contempla, medita y habla consigo mismo en segunda persona. Como confirmación de lo anterior, me voy a fijar en sólo un texto. «Tiene la muerte una medida exacta», dice el primer verso de un poema de 1991. Se titula «Cementerio alemán, Yuste» y pertenece a ‘Una oculta razón’. Los lectores de Álvaro Valverde saben que este poema inauguró un motivo poético, el cementerio alemán de Yuste, un paraje recogido, solitario y sobrecogedor, que varios y diversos poetas han ido haciendo suyo y desarrollando y recreando, hasta el punto de que alguien ha sugerido la posibilidad de una antología monográfica. Pues bien, ahora, al cabo de dieciocho años, el poeta regresa al cementerio alemán, pero a «la edad ignora cuándo / podría haber llegado el dulce fruto / final de la derrota» de entonces le sucede un «muchachos / que a destiempo cruzaron la frontera / que separa la vida de la muerte», y al «dulce fruto» se opone un contundente «respeto y humildad para los muertos, / más no, nunca jamás, para la muerte». No hay, como bien se aprecia, reiteración, sino perspectiva. A la cultura le ha seguido la experiencia y a la estética el dolor. De ahí el tono sombrío, la acentuada pesadumbre, la voz de la elegía.
V. Álvaro Valverde siempre ha sentido predilección poética, entre dichosa y melancólica, por la naturaleza, no en sentido bucólico ni geórgico, sino estoico, porque la naturaleza es el lugar del hombre y, en cuanto tal, es también lugar para el pensamiento y la meditación. Si nos entretuviéramos en subrayar los campos semánticos de la vegetación en su poesía, veríamos enseguida la fertilidad léxica de su recorrido. Pues bien, en ‘Desde fuera’ encontramos un «Imaginario» que, sin ser nuevo, es significativo. «Amo la sequedad», dice el primer verso de la serie. Son veinte poemas breves, algunos muy breves, de versos cortos, que también suman, profundizan en una variante de su poética. Yo también amo la sequedad y ante ciertos parajes áridos y ásperos me siento en el lugar que me pertenece, y al que pertenezco, y a menudo, cuando veo a lo lejos, desde el coche, un árbol solitario lamento no llevar a mano una cámara digital para apropiarme de la imagen. Por fortuna, versos como «sobre el yermo collado […] / un árbol solo» (del segundo poema de la serie) valen más que mis pobres imágenes, sean digitales o analógicas. Porque es ese «árbol solo» en la árida vastedad del paisaje el que se convierte en concepto, en noción poética para todos los árboles solos y para todos los contempladores del árbol solo en la paisaje. Y sin embargo, el último poema de «Imaginario» dice: «Mis temas, yo lo veis, / son los residuos, cuanto queda / del paso fugitivo de la vida», lo que nos conduce a una sola certidumbre: que tanto vale la «exuberante buganvilla» o «el verde de los pinos, / y el del mirto» como el «laberinto / de olivares sedientos, / de encinares de polvo» para que surja la misma serena meditación: que «no somos sino aquello que miramos» y que «por enésima vez tomo la senda / que sale de mí mismo y en mí mismo / se cierra».
VI. Pero, al igual que el poema de lago aliento o el canto suspendido o las palabras privadas a que me he referido antes, la sección de ‘Desde fuera’ que prefiero, la que más suma, es «Entonces la muerte», una elegía, cuatro poemas sinceros y emotivos que engrandecen el libro y que explican, por ejemplo, la doble perspectiva de los dos distantes poemas dedicados al cementerio alemán. Porque la muerte ha dejado de ser una noción poética para ser una realidad sentida. Me ha dado estos días por hacer comprobaciones, he venido a caer sobre la presencia de la muerte en el primer libro de Álvaro Valverde (cuyo título he dicho antes que no iba a mencionar, porque el autor lo ha eliminado de las bibliografías de solapa) y he encontrado seis poemas en cuyo último verso aparece la palabra «muerte»: «busca la justificación de tanta muerte», «nos muestra la tan dulce belleza de la muerte», «la perceptible huella de la muerte», «a puertos sin otro mercado que la muerte», «una batalla a muerte con la vida», «desde esta ventana de Lloyds se ve la muerte». He sacado la impresión de que aquella ya lejana reincidencia de la muerte era fundamentalmente verbal, más sublimación estética que verdadera realidad (compárese, por ejemplo, la «tan dulce belleza de la muerte» con «el dulce fruto / final de la derrota» del primer cementerio alemán). En «Entonces la muerte», la óptica del poeta ha cambiado. «En realidad, no sé / si vamos al encuentro de la muerte / o si venimos ya de su certeza», leemos, o «por eso dudo si vamos a morir / o de una vez por todas dejaremos / de estar ya en vida muertos». Es un motivo clásico, lo han utilizado, por ejemplo, Manrique, Quevedo o Bécquer (por limitarnos a poetas de los programas académicos y a su contexto histórico: la homilía medieval, el desengaño barroco o la insatisfacción romántica), pero aquí adquiere novedades. La muerte ahora es otra muerte. Ya no es lectura o tradición, sino experiencia, ya no es noción, sino sentimiento, ya no es aprendizaje sino conocimiento. Y precisamente por eso es ahora cuando «un árbol te ha devuelto la esperanza», porque cobra sentido «la visión humilde de un membrillo», y es ahora cuando se recupera toda la dimensión de «los seres y las fuerzas de este mundo / solar donde vivías; / donde, para mi bien, conmigo vives». Nunca he dudado de la madurez poética de Álvaro Valverde, pero tras la lectura de este libro bien puede decirse que el poeta está instalado en su madura madurez.
[Texto de presentación de 'Desde fuera', de Álvaro Valverde (Tusquets, 2008), leído en Plasencia, en Santa Ana y en la compañía áulica de Juan Ramón Santos y Nicanor Gil, el 11/11/08]
9.11.08
Bibliofilia
2.11.08
29.10.08
Ejercicios de responsabilidad
19.10.08
Ningunos
13.10.08
Preceptiva
11.10.08
Cinema
9.10.08
Salida
-¿Qué pasa?Hasta que he caído finalmente en la cuenta de la simple solución, de lo que ha quedado resonando en mi oído, del ritmo recurrente: el endecasílabo. No es un endecasílabo precipitante, desde luego, pero no siempre se corresponden acentos y empujones.
-¡Que tengo prisa,
payasa!
Post.- Alguien me sugiere (y no había caído en ello) que desestime el endecasílabo y piense en octosílabos, a la manera de la comedia nueva, tal que así:
Elicia.- ¿Qué pasa?Sea, pues.
Areúsa.- ¡Que tengo prisa, payasa!
5.10.08
Monfragüe
Situado en la provincia de Cáceres, equidistante de Plasencia, Trujillo y Navalmoral de la Mata, Parque Natural desde 1979, Reserva de la Biosfera desde 2003 y Parque Nacional desde 2007, Monfragüe, que fue en latín “Mons fragorum”, por su densidad vegetal, en árabe “Al-Monfrag”, por su aspereza vertical, y “Monte fragoso” en castellano por mera y llana traducción, se ofrece hoy al viajero como un extenso privilegio, tanto por la quebrada orografía a la que debe el nombre (sierras de cuarcita y pizarra, extensa red hidrográfica) como por la peculiaridad de la fauna que lo puebla, aves rapaces sobre todo.
Hace años, cuando la libertad silvestre carecía de límites, el caminante se movía a capricho por estas espesuras, tomaba posesión de cualquier claro en la maleza y plantaba la tienda de campaña sin mayores precauciones ni más temores que la presencia imprevista de jabalíes, las bucólicas travesuras de los ciervos y las vastas y frondosas y rumorosas soledades de la vegetación. De ahí su atractivo botánico o su querencia cinegética. Ahora, regulada con criterio ecologista su exuberante vastedad, el punto de partida se encuentra en Villarreal de San Carlos, un mínimo poblado de chozos típicos y pocas casas con un centro de visitantes, un centro de interpretación del agua, un centro de interpretación de la naturaleza y suficiente información práctica, mural, audiovisual y sensorial (sonidos, aromas) sobre la diversidad y biodiversidad del parque.
Cumplidos (o desestimados) los trámites informativos, frente al viajero (sobre todo el viajero de espíritu caminante, pero, en caso contrario, toda flaqueza puede sortearse y casi siempre caben los desplazamientos pasivos y la contemplación perezosa) se abren, desde Villarreal de San Carlos, tres rutas o itinerarios, la ruta del Castillo, la ruta del Cerro Gimio y la ruta de La Tajadilla (roja, verde y amarilla, según las indicaciones), de modo que, con la benevolencia del otoño y no demasiado esfuerzo, en un fin de semana pueden recorrerse todos los caminos: llegar hasta el mirador de La Tajadilla, sobre el Tiétar, y contemplar nidos de rapaces; seguir el curso del arroyo Malvecino, sortear pasarelas, puentes de madera o de piedra, y llegar hasta el Cerro Gimio para entregarse a la quietud del paisaje y a la dulcedumbre de la puesta del sol; o, en fin, subir hasta el Castillo.
Si la expedición tiende a la pereza y decide elegir, no cabe mejor recomendación, por su amplitud, que la ruta del Castillo, con hitos como el Puente del Cardenal (ahora transitable, pero a veces cubierto por el cauce del río), la Fuente del Francés, la Casa de los Peones Camineros o el Salto del Gitano (un capricho rocoso atravesado por la carretera y el Tajo), no necesariamente en ese orden, porque los tramos a veces se bifurcan y ofrecen más de una opción. Se trata de un saludable paseo, de, según la agilidad y la fatiga, tres o cuatro horas, que puede no obstante obviarse por procedimientos de motor, subiendo por una carretera estrecha y maliciosa hasta la base misma del Castillo, donde sí se requiere un esfuerzo inexorable: los 139 peldaños de una irregular escalinata.
Es más frecuente, sin embargo, ver a jóvenes con pequeñas mochilas y provisiones justas trepando por los caminos del “terreno sumamente escabroso” que describió Pascual Madoz, a familias que primero suben a la cima y después reponen fuerzas en los merenderos, aficionados al esquematismo prehistórico de las pinturas rupestres, aprendices de naturalista siguiendo con prismáticos, cámaras digitales, vídeos y demás equipaje de observatorio la peripecia aérea o la majestuosa silueta del buitre negro o del buitre leonado, del águila imperial, de la cigüeña negra…
En cualquier caso, una vez en la cumbre, en el vértice de la montaña, mirando a uno y otro lado, contemplando la placidez honda, verde y brillante del Tajo, extendiendo la mirada hasta el límite de las tentaciones y el vario verdor de encinas, jaras, alcornoques, brezos, madroños, alisos y fresnos, bien puede experimentarse la sensación, sublime y sobrehumana, de estar en el centro del mundo. Y al lado del Castillo, junto a la ermita de la Virgen de Monfragüe, comprender qué devoción o qué fervor alimenta las romerías que aún se celebran o de qué promesas se nutren las parejas de novios que, pese a la delicada y solemne indumentaria de la ocasión, afrontan dichosos los 139 escalones para celebrar la boda en la fragosa transparencia de las alturas.
El viajero, 04-10-2008
27.9.08
23.9.08
Inspiración
20.9.08
A contrariis
17.9.08
Crisis, χρυσός
11.9.08
Fosse la gente di Nembròt attenta
3.9.08
Productio
30.8.08
Invitación a la resistencia
El diario se inicia con el diagnóstico de un linfoma y un venturoso estreno teatral: «Un día, pues, feliz, corregido por una sentencia de muerte», y se prolonga durante treces años en una sincera, lúcida y dolorosa exploración del yo, un «yo» que cabe definir a partir de la entrada del 18/04/87, casi a mitad de camino de la resistencia, donde se lee: «Me miro en el espejo del cuarto de baño del hotel, espejo múltiple de cuatro caras que te enmarcan. Me miro en cada uno de ellos y veo a cuatro individuos distintos: a uno lo reconozco más que a otros, sus perfiles me son más próximos, pero es una rara variedad de la misma especie desconocida que soy yo». El espejo múltiple del hotel no deja de ser una casualidad metafórica, un azar de la semana santa sevillana, pero el «yo» del diario se despliega precisamente en las cuatro direcciones de una encrucijada existencial: la enfermedad, la escritura, el resentimiento y el juego.
No se trata, sin embargo, de un sujeto fragmentado, sino un único sujeto solo que escribe, que no se siente reconocido literariamente, que se sabe fascinado por el riesgo del casino y que, en fin, frente al rigor de la sentencia, «jamás aceptará que merece la muerte». De ahí que el diario sea un intento de comprender mediante análisis, y aun psicoanálisis, los distintos rostros del espejo y el modo como cada uno repercute en los otros según el inexorable azar de la ruleta. Y de ahí que sean frecuentes las combinaciones, las interferencias, las relaciones de subordinación y los emparejamientos, las equivalencias o la invasión transversal del rostro más obsesivo en cada caso, como puede espigarse en numerosas entradas: «Pero ya quedas clavado en esa zona fronteriza en que el ser o no ser no es ya sino una apuesta, un riesgo sobre el riesgo», «La vida -que es riesgo e inseguridad- resulta maravillosa, quizás por eso», «La salvación es un riesgo», «El juego y la literatura son la misma cosa. El casino y mi novela son la misma cosa: un juego», «Hay dos tipos de escritores: los que se juegan la vida en su trabajo y los que no», etcétera.
«En la notas, diarios, etc., sólo están apuntados los momentos dramáticos. De ahí la monotonía patética», escribe Gabriel y Galán, pero no ese su caso: no abundan las «crisis psíquicas». El lector asiste, como debe ser, al avance de la enfermedad y a la descripción de sus secuelas, pero también a la inaplazable tentación del casino, a la escritura de ‘Muchos años después’, a las incertidumbres de escritor, a los reproches de insuficiencia intelectual, y también a los barrios bajos de la literatura, a los afanes periodísticos, a la agonía de Juan García Hortelano o al entierro de Pasionaria y su interpretación simbólica.
Pero, puesto que se trata de un diario in extremis, iniciado al (y por) «ser consciente de que ya no soy inmortal, como había creído hasta ahora», la reflexión sobre el yo se impone con una obstinación y una ansiedad que desembocan en la saturación del propio yo. «Necesito hablar, necesito comunicarme», escribe el 3/03/88, «pero es raro, no con otros, sino conmigo mismo, de manera ordenada, para racionalizar mi situación, alejándome de la obsesión que me domina y que, paradójicamente, me tiene hasta el gorro de mí mismo». Y añade: «Creo que el verdadero enfrentamiento con uno mismo no es pensarse, sino escribirse». De esa necesidad de escribirse y de ese enfrentamiento consigo mismo surge la condición más elocuente de estas páginas: la sobredosis de conciencia.
En las novelas de Gabriel y Galán el conflicto surge cuando, abandonados por la «providencia», los personajes pierden la seguridad: padecen entonces «el complejo de licenciado Vidriera, la sensación de vulnerabilidad física, en definitiva, la indefensión ante la muerte». De ahí, concluye el propio autor, «que todas ellas sean absolutamente autobiográficas». A José Antonio Gabriel y Galán (conviene insistir en el nombre propio: José Antonio) le abandonó la providencia el día que estrenó su versión de ‘La velada de Benicarló’, de Manuel Azaña. Allí empezó su propia novela, su valiente y valiosa ‘resistencia’. «Tengo la impresión de que me moriré sin que nadie me conozca, ni siquiera yo mismo», escribió, a raíz de tanto asedio. Pero ‘Diario 1980-1993’ no es una mera tentativa, sino un testimonio fiel de los rostros del «yo». Y, si se combina y complementa con los escritos estrictamente literarios del autor, se obtendrá la semblanza completa: nítida y compleja, severa y dolorida.
*José Antonio Gabriel y Galán, ‘Diario 1980-1993’, Editora Regional de Extremadura, 2007 [Premio Extremadura a la Creación]
Turia, nº 85-86, Marzo-Mayo 2008
26.8.08
26-08-2008
5.7.08
Viaje a China
[Sea lo que fuere, microrrelato, cuento chino o torpe intento de realismo sucio, de momento, sea.]
2.7.08
Estío
21.6.08
Un fidalgo tuerce el mostacho
17.6.08
Retiro
muchos años sin duda, sin duda demasiados,
desde que yo leía triste libros tristes,
libros juanramonianos, qué haya un cadáver más
y sucede que a veces me canso de ser hombre,
bajo un árbol, en sombra, en el parque, en un banco.
Morum tempora entonces, tal vez temporum mores.
Ahí siguen, perdurables, parque, banco, árbol, sombra,
y el eco, el aire, el sol, la luz y la tristeza,
mas yo ya no soy yo, lector perecedero
-más veiván que vaivén, walking around-
en la hondura moral del tiempo que no vuelve.
30.5.08
JRJ
y se quedará mi huerto con su verde árbol
y con su pozo blanco.
Pasarán los crepúsculos dorados,
las campanas se olvidarán del ánjelus,
el cielo de Moguer se irá apagando,
y morirá Platero entre escolares náufragos,
las arias tristes, los jardines lejanos,
y el diario del poeta reciencasado,
y el animal de fondo de mi dios deseante y deseado
no saldrá nunca más del camposanto,
y pasarán los años y los años,
y en el rincón vacío de algún aniversario
mi espíritu errará, nostáljico...
Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido,
y sin cincuentenario...
Y se quedarán los pájaros cantando.
24.5.08
Pubescencia
11.5.08
Liceo
8.5.08
Grafito
2.5.08
Simulacro
En las brasas de la tarde
el 2-A reflexionaba:
tanto saber y saber
para nunca saber nada.
II ..........
Luz del ser: ¡sabiduría!
¡Qué selección natural!
Libros, fórmulas, esquemas.
Clase plena: es el 2-A.
III ..........
Recia estirpe de estudiantes,
transidos de negra luna,
los alumnos del 2-A
suben por la noche oscura.
IV ..........
No, aún no eres el dios-A,
eres la esencia tan sólo
del nombre que yo he creado
para ti desde lo hondo.
V ..........
El 2-A interroga
al crepúsculo lánguido
por Minerva que huye
hacia el Olimpo pálido.
Florilegio lúdico, escolar, apócrifo y, en pura etimología, paródico (παρώδïα, de παρα = ‘para’ [similar] y ώδή = ‘ode’ [canto, oda]) de la poesía castellana del primer tercio del siglo xx.
29.4.08
Coeficiente
23.4.08
Baciyelmo
22.4.08
διά γλώσσαν
la caja de los truenos en el Extremadura
Dos viejas notas a propósito de la autoridad lingüística que la (así llamada) Güiquipeya atribuye al venerable Gabriel y Galán.
1. Los recursos dialectales [de GG], en verdad mínimos, pueden reducirse a unos pocos, entre los que cabe mencionar los siguientes: tendencia a cerrar las vocales finales: genti, benditu; aspiración de h- (incluso inexistente) y de f- iniciales: jondu, jechar, jabrir, juerza; pérdida de consonantes intervocálicas, sobre todo -d- : delicaeza, miaja, pa; reducción de grupos consonánticos: tamién, mereza, ensinia, ginasia, istanti, estrución; sustitución de determinadas consonantes en posición implosiva: comel, velgüenza, jues, crus, gaspacho; velarizaciones: güeno, golvel, golel; inclusión de yod: jolgacián, quiciás, alabancia, urnia; creación y reducción de diptongos: priesa, cuasi, pus, pos (pues); pérdida de d- inicial o -d final: esconfío, esnúo, usté, ciudá; incorporación de d- inicial: dil (ir); plurales vulgares: cafesis, yanquisis; alternancia vocálica: dispués, menistro, nenguno; vocales protéticas y trueques vocálicos: arrempujonis, ajuyó, ataponar, entavía, enjamás, altoncis, enfelices, escureza, enfluencias; perfectos fuertes y otras irregularidades verbales: vinon, dijon, estuvon, quison, haiga, habiera, quedrás, trujiera; abundancia del sufijo -ino; arcaísmos léxicos; etcétera.»
2. «El dialecto ha sido sacrificado a la rusticidad», según Zamora Vicente. También a la métrica, añado. Sólo así se explican las numerosas vacilaciones existentes [en la poesía de GG], las cuantiosas variantes, apreciables, incluso, dentro de un mismo poema, como puede verse en la alternancia de la preposición «de/e» en estos versos de «El embargo»: «Embargal esi sacho de pico, / y esas jocis clavás en el techo, / y esa segureja / y esi cacho e liendro [...] ¡Pero a vel, señol jues: cuidiaito / si alguno de ésos / es osao de tocali a esa cama / ondi ella s'ha muerto…» (y tanto da consultar la edición de 1902, la edición Baldomero de 1905 y sus secuelas seculares, la edición Acevedo de 2005 o la que ni siquiera voy a mencionar).
20.4.08
oé
este birlibirloque que feliz
concelebra la peña del madriz
-con hispalense o bética comparsa-
a laporta sombría de can barça
[ A la atención -con pressing- de antón, campos pámpano, landero, méndez (mayor, 18), murillo y de toda la excelsa, apasionada, uefa y universal calderonía ía ía ía]
19.4.08
15.4.08
Matanza, 1955
Durante bastante tiempo entendí que la fotografía era un signo visual ortodoxo, el icono de un referente material, sólido, externo. Más tarde, con el auge de las reproducciones digitales, la he reducido, por saturación, a mero significante sin significado, documentación vacía de escenarios y presencias. Sin embargo, aunque en porcentaje subjetivo y biográfico, algunas fotografías son a un tiempo signo y referente, se significan a sí mismas, no son arte, sino significado, y por eso permanecen. Aquí, por ejemplo, no se retrata la labor artesana de una matanza, ni a una familia, ni una mañana de frío y sol, ni el remoto azar de un fotógrafo ambulante en Higuera de Albalat en diciembre de 1955, ese día, a esa hora, en esa celebración de economía doméstica laboral y solidaria. No se retrata la presencia de los presentes (ni la presencia, explícita, de los ausentes), todos contra el fondo de la pared encalada y deslucida, ni el contraste de la mujer con el límite tosco de la piedra de corral, ni rústicos trajes de pana, ni la congelación unánime de las miradas en el objetivo, el ojo misterioso que contempla la instantánea, pobre irrupción velazqueña en una escena rural y costumbrista. Se retrata la fotografía, singular combinación de signo y referente. No es, pues, la fotografía de una matanza, sino su negativo semántico: la matanza es esa fotografía. Por lo demás, poco cabe decir del niño: je est un autre.
8.4.08
Rguez
3.4.08
Picasso
28.3.08
Experiencia del límite
1
El paraíso oculta en su ofrenda vegetal
hondas renuncias: no amar, no ser amado,
invadir con serena fortaleza
la soledad más sola,
la presencia concreta del silencio.
2
Memoria frágil de la incertidumbre,
caligrafía de luz.
Ahora leves fragmentos amarillos,
suplicio de las llamas,
viento herido, ceniza fugitiva.
3
Delirios verticales de la luz,
fulgor fugaz fingiendo la mañana,
el mediodía,
raíz de urgencia que desciende
hacia los precipicios de la noche.
4
Hoy los despojos de la tristeza en torno esparzo.
5
El rumor del crepúsculo es entonces
(hablamos de noviembre)
un naufragio de nubes,
un ejercicio de desolación,
geografía en que arde
el espeso verdor de la avenida.
[Rec. Uno de los 44 cubos de la 'Pirámide' que ideó Antonio Gómez en 1990.]
27.3.08
Sí, señor
23.3.08
21.3.08
Sintagmagorías
20.3.08
Sic hiemis
29.2.08
Certidumbre de invierno
cum dies hibernorum complures transissent
Julio César
áspero temporal de helado invierno
Francisco de Aldana
de miniadas columnas,
con angostos senderos,
líneas que se entrecruzan
(vértices y horizontes anulados)
dibujando un perfil del paraíso,
el relieve labrado en que limita
la ventura final de todo anhelo.
Como un paisaje nítido de agujas
que reduce la muerte a certidumbre.
2
Compone lento su amenaza lóbrega.
La venganza dibuja turbiamente.
En lúgubre torpeza esconde un punto
el áspero furor con que despliega
(una ambición oscura de perímetros)
la helada sinrazón. Su urdimbre trenza
las maldiciones que dispersa el viento.
Alienta desconsuelos, pesadumbres.
En la penumbra, con urgencia, trama
la conjura extendida de la sombra.
3
Efímeros, baldíos son los días.
Las entrañas feroces de la noche
(larga y cruel, con su rigor de muerte,
con su lenta agonía de silencios)
son puñales helados, dagas frías,
horadando contornos y oquedades,
punzando los perfiles de la luz.
El horizonte es una herida blanca
que la aurora ilumina sin pudicia.
4
mientras la lluvia hiende en el vacío.
Reduce el mundo a ciega soledad,
rumor de agua aburre las esquinas,
un horizonte tenebroso y hondo
perfilando presagios y asechanzas.
La amenaza de todas las tristezas
se cierne indómita en el mudo asombro,
contra el abatimiento de la hora.
Unas páginas tristes son refugio.
Naufraga en la lectura la añoranza,
la sensación del fuego.
5
acongojados, en harapos, mudos,
alzando en vano fechas, dardos, nombres,
corazones heridos.
Huellas perennes de otras estaciones,
lágrimas solitarias su olvidanza.
Nadie advierte el dolor de las promesas
si un tibio embozo empaña los cristales.
La pesadumbre hiela los crepúsculos.
6
su curso olvida, a su pereza insana
sucumbe y se abandona detenido.
Un negra figura en los pretiles
contempla las desidias invernales,
ese dejarse estar, esa torpeza
que toda luz y todo brote anula,
la insostenible duda del ocaso.
7
al acecho de abril, entre la niebla.
Insidia disfrazada de caricia,
rigor adusto envuelto en manto suave,
aspereza sumida en su blancor,
la sedición florece de la bruma.
8
Vanos los artificios de los hombres
(el color tamizado por las llamas
insinuando tenue la penumbra)
que simulan vigilias deleitables.
Su certidumbre anega la esperanza.
Pregonan su rigor sobradamente
calles vacías, gente fugitiva,
la pasión abatida en el silencio,
negra en el cielo la melancolía,
la entraña viva de la tierra helada,
el olvido del fuego, la quietud
de la luna callada y de las aves,
la amargura del viento.
9
en la mañana ciega y desolada,
niega tímidamente los colores
y agriamente se vierte horizontal
(apenas el batir de una hoja seca,
la desazón caída de los árboles,
un rumor sin perfiles
y rendijas, resquicios verticales),
contemplan derrotadas su tristeza
muchachas pálidas tras los visillos.
10
de invierno y de silencio,
la reducción final de la amargura.
No lo engendró la aurora ni arderá
en la fugaz hoguera de la tarde.
Fingirá estalactita pesarosa,
noción de escarcha y sangre indefinidas,
abstracción carmesí de una condena.
Urdirá plañideras letanías
de llantos y derrotas.
Silenciará el invierno (el corazón),
mas la amargura nunca.
11
viste la tarde casi arrepentida.
Se alcanza apenas la noción del agua,
la oscura transparencia del vacío,
el último livor, la diminuta
fugacidad furtiva del ocaso.
Aborrece la tarde su belleza
oculta tras las máscaras del tedio.
12
ni la desolación de las ciudades.
Los árboles desnudos son apenas
insinuación fugaz de la desidia.
La luz temprana de los miradores
esclarece la tibia certidumbre.
No se recortan contra el firmamento
las líneas (torres, cúpulas, montañas)
que débilmente quiebran el paisaje.
El invierno recauda su tributo,
la negación, la ausencia de crepúsculos.
13
y arranca a los suburbios su voz cruda.
Alaridos, resquicios infinitos
surcan, nombran el pánico, el misterio.
Los montes, solos, penan su leyenda,
el abandono largo de la muerte.
Acosadas de espanto, las criaturas
buscan vano refugio tras el sueño,
siendo apenas la fija certidumbre
de un corazón vacío ante el abismo.
14
(fingiendo el viento, las estrellas mudas)
llenan la noche de tribulaciones.
15
luce la luna, vagarosa y blanca,
el mentido mohín de su sonrisa.
Sigue el mundo su curso sin retorno,
el proceloso trazo del destino.
Anegadas las almas en tristeza.
Sobre la noche las desolaciones.
Azuzantes los demonios de invierno.
Ladrando sus cadencias ateridas
los perros por las calles. Plateada,
la luna vaga cómplice, culpable.
16
su ruda cicatriz sobre la nieve.
17
Vivir limita en un dolor estéril.
Una trama cruel (enriquecida
de absurdas peripecias y con llanto)
colma el eterno hastío de los dioses.
Sufrir es ejercicio de mortales.
Vida y amor no esconden fruta y jugo.
La podredumbre oculta en cada senda
el hombre desentraña doblegado.
Un esquema infinito es el invierno,
advertencia de árboles, de ríos,
de horizontes, de cielos, de crepúsculos,
de tardes tristes, de verdades secas,
de áspero temporal y de rigor.
La escueta hondura de la certidumbre
reduce los paisajes a artificios,
las razones desnudas que proclaman
el ritmo acompasado de la muerte.
[La Centena, 99, ERE, 1986, capricho facsimilar con hepatsílabos y endecasílabos para este día inexistente]
23.2.08
20.2.08
Falsante
17.2.08
Sarkozyana
10.2.08
Duálisis
7.2.08
¡Vocabuliza!
29.1.08
Triples
23.1.08
SON NETO
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16.1.08
Correspondance
8.1.08
MTRCL
4.1.08
0001
30.12.07
Antónimos
27.12.07
24.12.07
Palinodia
y no tengáis en cuenta lo que dije
olvidad el camino la autovía el atasco
los adelantamientos las retenciones los frenazos
las amenazas luminosas de la gobernación
y los gestos obscenos desde las ventanillas
el pequeño accidente los coches distraídos
al fin no pasó nada sólo el susto y los gritos
el lento enigma del arcén y los triángulos
y el lúgubre fulgor de las luciérnagas
olvidad sobre todo el bar de carretera
lleno de suciedad y de viajeros ávidos
con hambre y sed y prisa y malhumor
y lo que preguntó el muchacho ecuatoriano
sobre noventayocho diesel o eurosúper
y lo que replicó el dios iracundo y todoterrenal
olvidad a la joven de la caja
no recordéis sus ojos melancólicos
tenía un mal día hubiera preferido
cambiar el turno y dirigirse a Ítaca
no la inmóvil fatiga de cariátide
que mira ausente la documentación
de tantos odiseos y argonautas
con tarjeta de crédito y con ojos de hastío
o con los nervios en fermentación
porque el camino a Ítaca es lento es infinito
cuando lleguéis a Ítaca perdonadme viajeros
y no tengáis en cuenta lo que dije
aquellos eran otros tiempos
época de dulcedumbre alejandrina
y he cambiado de opinión ahora
si alguna vez llegáis a Ítaca
os aconsejo que olvidéis el viaje
y que comáis bebáis buen vino descanséis
que recorráis después sus hermosos parajes
que os deleitéis gozosos en tan ardua belleza
y que mientras disfrutáis de tanta dicha
mientras Ítaca sea Ítaca y siga siendo Ítaca
no se os ocurra nunca pensar en el regreso
23.12.07
22.12.07
Pascuas
19.12.07
Curso y recurso
9.12.07
¡Fuera escuelas!
6.12.07
Beatus ciber
mesa, de libros muy bien abastada,
me baste, y una silla,
una red adsleada,
portátil, laserjet, mail, y más nada.
5.12.07
Arietes
3.12.07
24.11.07
14.11.07
Ó (mikrón)
10.11.07
Iconografía
6.11.07
Vejajajación
4.11.07
Carrilizar
28.10.07
Vaticanidades
25.10.07
Tautología
23.10.07
Loquitur
21.10.07
TPD
14.10.07
Vividura
[Y me he preguntado si don Américo aún hablaría de «vividura», esa curiosa (no sé si cursi) ontología existencial de la historia]
13.10.07
13-O
12.10.07
12-O
pa'lante con los faroles!
¡Sostenidos o bemoles,
lo que importa son los goles!
30.9.07
La realidad y su invención
[Texto para las 'Realidades imaginadas' por Miguel Pedrero y expuestas en Las Claras entre el 17 y el 28 de septiembre de 2007]
26.9.07
Tú
23.9.07
Mecanografía
22.9.07
Cansancio
14.9.07
Media
y medios de opinión lenta,
y abundante opinión tonta
que de m. p. se alimenta,
que lo lento poco renta
y tanto monta.
7.9.07
Disidencia
31.8.07
Asunto
29.8.07
Trans
13 de septiembre de 2001. «Umbral, un escritor español: “New York es la doncella que iba a florecer sus pechos cuando cayó transida por la ráfaga turbia del Oriente”. El pobre hombre.»
26.8.07
15.8.07
Autógrafo
II. Advierto ahora al recordarlo que la historia se aparece demasiado al «Potemkin» de Walter Benjamin (en su ensayo sobre Kafka): «Se cuenta que Potemkin sufría de depresiones que se repetían de forma más o menos regular y durante las cuales nadie podía acercársele; el acceso a su habitación estaba rigurosamente vedado. En la Corte esta afección jamás se mencionaba, sabido como era que toda alusión al tema acarreaba la pérdida del favor de la emperatriz Catalina. Una de estas depresiones del canciller tuvo una duración particularmente prolongada y causó graves inconvenientes. Las actas se apilaban en los registros y la resolución de estos asuntos, imposible sin la firma de Potemkin, exigieron la atención de la Zarina misma. Los altos funcionarios no veían remedio a la situación. Fue entonces que Shuwalkin, un pequeño e insignificante asistente, coincidió en la antesala del palacio de la cancillería con los consejeros de estado que, como ya era habitual, intercambiaban gemidos y quejas. “¿Qué acontece? ¿Qué puedo hacer para asistiros, Excelencias?”, preguntó el servicial Shuwalkin. Se le explicó lo sucedido y se lamentaron por no estar en condiciones de requerir sus servicios. “Si es así, Señorías», respondió Shuwalkin, “confiadme las actas, os lo ruego”. Los consejeros de estado, que no tenían nada que perder, se dejaron convencer y Shuwalkin, el paquete de actas bajo el brazo, se lanzó a lo largo de corredores y galerías hasta llegar ante los aposentos de Potemkin. Sin golpear y sin dudarlo siquiera, accionó el pestillo y descubrió que la puerta no estaba cerrada con llave. Al penetrar vio a Potemkin sentado sobre la cama entre tinieblas, envuelto en una raída bata de cama y comiéndose las uñas. Shuwalkin se dirigió al escritorio, cargó una pluma y sin perder tiempo la puso en la mano de Potemkin mientras colocaba un primer acta sobre su regazo. Potemkin, como dormido y después de echar un vistazo ausente sobre el intruso, estampó la firma, y luego otra sobre el próximo documento, y otra... Cuando todas las actas fueron así atendidas, Shuwalkin cerró el portafolio, lo echó bajo el brazo y salió sin más, tal como había venido. Con las actas en bandolera hizo su entrada triunfal en la antesala. Los consejeros de estado se abalanzaron sobre él, le arrancaron los papeles de las manos y se inclinaron sobre ellos con la respiración en vilo. Nadie habló; el grupo se quedó de una pieza. Shuwalkin se les acercó nuevamente para interesarse servicialmente por el motivo de la consternación de los señores. Fue entonces que su mirada cayó sobre la firma. Todas las actas estaban firmadas Shuwalkin, Shuwalkin, Shuwalkin...»
8.8.07
Portorosa
3.8.07
Cfr
28.7.07
Pallawer
Oigo a unos jóvenes burlarse de otros jóvenes porque les ha dado a estos últimos por usar «pallawer», por marcar su diferencia con el empleo distintivo, simbólico, pijo y pijotero de sus «pallawer» o «pallahuer». En realidad, pronuncian «pálauer», palabra esdrújula, o tal vez «pálagüer», pero como imagino que se refieren a alguna marca de indumentaria anglosajona tiendo a rellenar mentalmente con elles y uves dobles o haches la fisonomía ortográfica del vocablo. Al final, sólo preguntando consigo comprender. Hay un tipo de zapatillas andariegas y resistentes que en mi infancia se llamaban alpargatas (o incluso «pargatas», según celebrada modalidad dialectal) y que María Moliner define como «calzado rústico hecho de lona, con el piso de cuerda de cáñamo o esparto arrollada formando una plancha de la forma de la suela». Durante mucho tiempo ese calzado rústico no era mercancía propia de zapaterías nobles (que son las de vestir) y sólo se encontraba en tiendas de aperos de labranza, donde compartía pared o escaparate con sombreros de paja, sogas, abarcas, cayados, alforjas, cantimploras de aluminio, hoces, azadones y demás ruralia. Ahora, me dicen los primeros jóvenes, esas zapatillas de esparto o alpargatas (supongo que con minuciosas innovaciones de diseño) se han puesto de moda entre cierta juventud. De ahí, de su origen campesino y de su paradójico agiornamento, la deriva morfológica: pálauer, o pálagüer, o pállahuer, o pallawer: para la huerta, pa’la huerta, pálahuer, pallawer.
22.7.07
πριμορες
20.7.07
Sintagma
19.7.07
Cineclub

Fotografía tomada esta mañana en la Facultad de Ciencias Matemáticas de la Universidad Complutense de Madrid (magnifico a propósito la prosopopeya imperial por contraste con la alteración de la imagen, del texto de la imagen). Como no siempre puede sonar la música de los números primos, no he podido resistir la tentación de traer aquí esos dos impercpetibles trazos del título. Debió de ser, sin duda, una función memorable.
13.7.07
Floro (y II)
11.7.07
Floro (I)
*También Plutarco recoge la anécdota en el parágrafo X de la vida de Camilo: «Pues este maestro se propuso hacer traición a los Falerios por medio de sus hijos; para lo cual los sacaba cada día al abrigo de la muralla, al principio muy cerca, y luego, después de haberse ejercitado, se volvían a entrar. Adelantando desde entonces poco a poco, los acostumbró a estar confiados, como que no había motivo de recelo, hasta que, por fin, en una ocasión en que estaban todos reunidos, los llevó hasta las avanzadas de los Romanos, y se los entregó, previniendo que le condujesen a presencia de Camilo. Conducido y puesto ante él, le dijo que era maestro y preceptor, pero que prefiriendo el deseo de hacerle obsequio a las obligaciones de justicia en que estaba, venía a entregarle la ciudad en aquellos niños. Hecho atroz le pareció éste a Camilo, y vuelto a los circunstantes: “¡Qué cosa tan terrible la guerra! —les dijo—: pues es forzoso hacerla por medio de muchas injusticias y violencias; pero, con todo, para los varones rectos tiene también sus leyes la guerra, y no se ha de tener en tanto la victoria que debe buscarse por medio de acciones perversas e impías; pues el gran general más ha de mandar fiado en la virtud propia que en la maldad ajena”. Y entonces mandó a los lictores que despojasen al maestro de sus vestidos y le atasen las manos atrás, y que a los niños les diesen varas y látigos, para que, hiriéndole y lastimándole, lo llevasen así a la ciudad». Dichoso afán este nuestro de ir subrayando moralidades, como si la moral fuera una cuestión cursiva.
10.7.07
9.7.07
6.7.07
Kamikazes
5.7.07
Lorquiana
¡Que yo no quiero ver actas,
ni fotocopias, ni réplicas!
¡Que no,
que no quiero verlas!
1.7.07
¡Niña!
30.6.07
Iglesia / Estado
29.6.07
RIPíos
-y bien sé lo que me digo-
para ver notorio agravio
en la cesión del testigo:
que apenas se marcha Fabio
-estos, ay, que ves ahora
tiempos de caja y pandora-
quien regresa es don Rodrigo.
20.6.07
Oé oé oé
Mas para coplas no Eto'oy.
Dejo las rimas del día
-¡ripios, ay, del alma mía!-
a pies de van Nistelroy.
18.6.07
Eautontimouromenos
15.6.07
Takla Makán
II. También recuerdo cuándo tuve la primera noticia de José Antonio Gabriel y Galán, un 19 de septiembre de 1975, en Madrid, en la calle Preciados, al comprar ‘Punto de referencia’, su primera novela. Sin embargo, a José Antonio Gabriel y Galán lo conocí relativamente pronto, antes de leer su segunda novela. Fue en la Librería Cervantes, en una presentación de ‘A salto de mata’, con una exigua concurrencia, un corro de 10 o 12 personas, en la planta noble y literaria de la librería. Tengo el ejemplar dedicado y con fecha: marzo de 1981. Aunque muy de tarde en tarde, con José Antonio Gabriel y Galán fui coincidiendo en algún que otro sitio y seguí leyendo sus libros, algunos de los cuales, según he sostenido, se adelantaron a los que luego han pretendido escribir (o novelar, como dicen los periódicos) la historia literaria de la transición. Leo ahora en su diario que en aquellos lejanos días de 1981 ya estaba peleando con la «sentencia», con el «temor», con la conciencia «de que ya no soy inmortal» y dando cuenta de ello en las páginas secretas que ahora ven la luz. Y esa lectura genera una forma de admiración retroactiva y acentúa la conciencia de un ridículo personal igualmente retroactivo.
III. El caso es que, tal vez porque tanto Gabriel y Galán como García Blázquez se llamaban José Antonio, o porque eran de Plasencia, o porque habían nacido ambos en 1940, o por todas esas cosas juntas, para mí formaban una especie de tándem literario, de generación literaria local.
IV. Veintidós años después de ‘Los diablos’, en 1988, alcancé yo a publicar una primera novela, una novela de título disparatado, de la que fue editor, por cierto, Francisco Muñoz, que antes de ser Consejero de Cultura dirigía un servicio de publicaciones, y de la que José Antonio Gabriel y Galán tuvo a bien publicar una reseña en ‘El urogallo’. Y al publicar esa novela puede decirse que entré en el circuito de la literatura regional. Empecé, por ejemplo, a formar parte de algún jurado de concursos literarios, en concreto de uno de novela que convocaba la Editora Regional, que se llamaba Premio Constitución, y que para hacer honor al nombre se fallaba en Mérida, en la media noche del día 5 de diciembre. Pues bien, en la convocatoria de 1989, en el jurado del que yo formaba parte estaban, al fin, y juntos, José Antonio Gabriel y Galán (al que conocía) y José Antonio García Blázquez (al que veía por primera vez). De modo que pude tener frente a mí, en las deliberaciones, a los dos novelistas placentinos a los que yo había seguido con cierta fidelidad lectora. Recuerdo con exactitud la disposición de la mesa durante la llamada cena literaria, la abundante conversación de otro miembro del jurado y la actitud más bien silenciosa de García Blázquez, que, a veces, sin embargo, intervenía con precisión y lucidez en la valoración de las novelas. De la novela ganadora, en cambio, no recuerdo nada. Y todo esto ha aflorado ahora en mi memoria al leer por una parte los relatos de ‘Amigos y otras alimañas’ (cuya «Excursión al Encinar» leerán los placentinos con grata complacencia) y al encontrarme, por otra, en el ‘Diario’ de Gabriel y Galán con las siguientes palabras: «Lo que ocurre hoy es que estoy universalmente irritado; estoy a mal con la gente en mi casa, en mi trabajo, con algunos amigos: todo esto se me vuelve contra mí y me encuentro solo, bajo el peso de una opresión generalizada, abrumado. Lo curioso es que hoy día me encuentro descolocado, descentrado, he llegado de un viaje a Extremadura, tengo todos mis trabajos y compromisos paralizados, tengo que recomenzar, pero la irritación, la rabia es destructora» (pág 170). Esto lo escribió el día 7 de diciembre de 1989, al día siguiente de nuestras deliberaciones sobre pirámides de sal. Y aunque sé que la irritación y la rabia proceden de otras fuentes (la sentencia, la mortalidad), no puedo por menos que decirme: ¡Qué cena debimos darle y cuánta ignorancia e insignificancia la nuestra, la mía al menos!
V. Así las cosas, en una presentación como la de esta noche, entre dos libros mayores, como son los relatos de García Blázquez y el diario de Gabriel y Galán, no sé qué decir de ‘El desierto de Takla Makán’. Que de el mismo modo que, al publicar la primera novela empecé a formar parte de jurados literarios, desde que escribí un ensayo sobre la literatura de Ferlosio, se me otorgó cierta categoría de especialista ferlosiano, se me incluyó en lo que alguien ha llamado la «ferlosía» (sección coriana) y a la menor ocasión o a la mayor (un monográfico en una revista, la aparición de un nuevo libro, la concesión del premio Cervantes, un congreso sobre su obra, etc.) me veo en la necesidad y en la obligación de escribir un nuevo texto en torno al maestro, que aparece por cierto en el ‘Diario’ de Gabriel y Galán, en alguna cena contracentenaria, y al que ayer mismo proclamaba Juan Goytisolo «el modelo más libre del amor a un saber no rentable». Estos textos necesarios y obligatorios y entusiastas, escritos a lo largo de diez años (1997-2007), son los que recoge este librito. Sólo voy a aclarar el título. Los escritos ferlosianos anteriores, de 1994, se llamaron ‘Camino de Jotán’ y el título procedía de un pecio del propio Ferlosio, un pecio titulado «Paraíso» que dice: «Y si eres bueno ‑me dice en sueños el arcángel de mi nombre‑, un día te devolveré tu alfanje, tu caftán celeste, tu gran capa de pieles, tus caravaneros y todos tus camellos, y volveré a ponerte en la Ruta de la Seda, eternamente, camino de Jotán». Puesto a titular la agrupación de estos nuevos ensayos, me pareció que convenía insistir en el procedimiento y recurrí a un pecio titulado «Lección inaugural», que dice: «Señoras y señores: ni yo, que llevo cuarenta años pensando en él todos los días, ni mucho menos, por supuesto, ustedes llegaremos jamás a hacernos cargo de lo que es el desierto de Takla Makán». Sé que es una hipérbole, que ninguna obra es inagotable, pero también es verdad que de cada relectura nueva de Ferlosio he sacado algo nuevo, positivo y de provecho. Y al fin y al cabo Jotán está en un oasis en el desierto de Takla Makán. Ese oasis (que en cierto modo reduzco al concepto de razón narrativa) es el que trata de recogerse, desde distintos ángulos, en estos diez ensayos. Pensaba cerrar con ellos mis reflexiones ferlosianas, dejar de ser profesional (más o menos) académico de la «ferlosía», pero no va a poder ser. Ya tengo dos nuevas tareas en el ordenador: una definición de «pecio» en mil palabras (tres o cuatro folios) y una reseña del libro ‘Sobre la guerra’, que Ferlosio acaba de publicar y en el que recoge todo lo que ha escrito sobre lo que el título indica: sobre la guerra. De modo que seguiré con Ferlosio mientras dure la travesía del desierto.
VI. Pero entretanto, hoy, ahora, tengo la sensación de que al coincidir en esta mesa ‘El desierto de Takla Makán’ con ‘Amigos y otras alimañas’, de García Blázquez (al que veo hoy por segunda vez), y con ‘Diario 1980-1993. Invitación a la resistencia’, de Gabriel y Galán (con la presencia de Cecilia Alarcón, porque el libro es fruto amargo de la mortalidad), al coincidir en esta mesa, digo, asistimos, casi veinte años después, a una extraña y azarosa ceremonia, como de rememoración con libros propios de aquella cena sobre libros ajenos de 1989. Que sea para bien.
[Texto de presentación de los libros ‘Diario 1980-1993. Invitación a la resistencia’, ‘Amigos y otras alimañas’ y ‘El desierto de Takla Makán’, leído en Plasencia el 14 de junio de de 2007]
13.6.07
Restaurante
8.6.07
Ferias
tal vez porque seamos gente seria,
nos aturden los ruidos de la feria
y nos cansan los hábitos feriales.
A nuestros genes intelectuales
les hunde en la más atroz miseria
el grado colectivo de la histeria
de tantas alegrías municipales.
Por eso, para darnos un respiro,
proficiscuntur pater, mater, filia
(traduzco: «parte toda la familia»;
vulgarizo: «nos hemos dado el piro»)
a otra feria, la feria del Retiro,
do muerde el polvo la alta bibliofilia.
5.6.07
Pena
2.6.07
Métrica
sobre la negra nubarronia:
habrá tormenta y turbaciones
sobre El Retiro en la feronia.
1. El kilometraje solitario cunde y cunde: o se recrea el paisaje o se imaginan felonías. He aquí un ejemplo de empeño viajero particular: versos de nueve sílabas, o eneasílabos, con ritmo machacón no modernista, no juventud, no divino tesoro. A la postre es sencillo. Se trata, en este caso, de acentuar en cuarta y octava, un pie oooó oooó (o). Ni las palabras ni el sentido importan.
2. Hay otras posibles machaconias o machaconías: oóo oóo oóo: 'La mano que mece la cuna'; se va Sebastián de la Villa; Cervantes anduvo en Lepanto; sabed que mañana es domingo; etcétera, etcétera, etcétera.
3. Seguiremos eneasilabando. Divierte.
29.5.07
O no
25.5.07
Reflexiono
23.5.07
22.5.07
Curioserar
20.5.07
Ítem
14.5.07
12.5.07
Campaña
7.5.07
Léxico
[Tal responde un alumno, en ejercicio de preselectividad, a la pregunta «Define los siguientes términos sin recurrir a sinónimos». Erudamos, pues.]
27.4.07
25.4.07
Pan
22.4.07
Tierra batida
15.4.07
Ases ilusos Ulises ha
Alguna vez imaginé el canto XI de la Odisea («Descensus ad inferos» lo titulan diversas traducciones) como una partida de póker entre Ulises (u Odiseo: «Remero he sido»; de algún modo hay que cruzar el río Leteo) y selectos habitantes del Hades: Tántalo, Sísifo, Agamenón y Aquiles. Sólo Tiresias quedaba excluido del juego, porque a su ceguera oracular ninguna resistencia podrían oponer ni el sigilo profesional de los tahúres ni el secreto boca abajo de los naipes. Pero después pensé que, siendo el Hades el Hades, frente a la experiencia y la sabiduría de la muerte (que es la participación de lo divino) de sus rivales, cualquier mano feliz, baza dichosa, que pudiera tener Ulises sería mera ilusión mortal, espejismo contingente: sus cartas siempre estarían fatalmente marcadas. Además, me dije, no cabe subordinar tal trama a un simple título caprichoso. Quede, pues, a solas, sin sustancia, el palíndromo.
13.4.07
Parágrafo
1.4.07
Ut placeat
Y, sin embargo, una de sus leyendas más célebres cuenta una forma de rebelión contra el «placeat Deo», un desafío a la divinidad. Según dicha leyenda, el maestro Rodrigo Alemán, que talló la sillería del coro de la catedral y fue después preso en una de las torres por arrogancia artística blasfema, tras muchos y precisos cálculos anatómicos, fabricó con plumas de ave unas alas ajustadas a su peso, se lanzó al vacío en temerario vuelo y, al cabo de un cuarto de legua, se estrelló al otro lado del Jerte, en las estribaciones de Santa Bárbara, y se hizo pedazos contra el suelo de la «dehesa de los caballos». Dio cuenta del hecho, a principios del siglo XVII, el jesuita José de la Cerda («huius facti testes oculi Placentinorum», dice: lo vieron muchos placentinos), recogió la crónica Antonio Ponz en el siglo XVIII, lo analizó Caro Baroja en sus vidas por oficio y apenas hace un año lo recogió Pilar Galán en la novela «Ni Dios mismo», que fueron, según parece, las palabras de la rebelión de aquel aprendiz de ángel caído orgulloso de su sillería: que ni Dios mismo podría hacer una obra mejor. De una u otra forma, la identificación del maestro Alemán con Dédalo (por inventor de vuelos y por profesión artesana) y con Ícaro (por el desenlace trágico del intento) ha permanecido en la memoria heroica de la ciudad, pues no es necesario que los hechos ocurran para formar parte de la historia.
Como se sabe, Dédalo construyó el laberinto de Creta y dio con ello su nombre, en las lenguas modernas, a cierta idea del laberinto, del cruce de calles, callejas y callejuelas, y, agotando el paralelismo, al avechucho placentino se le asigna su propio laberinto, la compleja y boscosa figuración de la sillería del coro y las secuelas de sus intérpretes. Sin embargo, al hombre que voló en Plasencia le cabría otra invención y otra variante de Dédalo: la contemplación de una ciudad desde la altura en vuelo rápido. Hay un criterio antiguo según el cual para conocer bien un lugar, un país, una ciudad, no hay término medio: o se vive en ella durante 20 años o, por el contrario, basta con una estancia de 2 días. Tal vez carezca de fundamentos teóricos tan sabio criterio y exagere la simetría dual, pero su aplicación práctica goza hoy de creciente vigencia. Nos hemos acostumbrado al conocimiento profundo de los lugares mediante el recorrido superficial e intenso de los fines de semana, los puentes y los días arrancados al calendario fijo. Sin duda, no es mal procedimiento para conocer Plasencia.
Y basta con volver del revés la huida del maestro tallador. El vuelo de Ícaro se produjo hacia el exterior, puesto que pretendía escapar de la torre en que la ortodoxia diocesana lo mantenía cautivo como a un desventurado Segismundo con conciencia estética, y el viajero de hoy, que opone su conocimiento sabio y exterior al conocimiento histórico interior, emprende su propio vuelo en sentido inverso, hacia adentro, y con su propia conciencia estética. Dada la disposición radial del núcleo urbano, pronto descubre la Plaza Mayor, la conexión de las calles principales con las distintas puertas o postigos de la muralla (Cañón de la Salud, Puerta del Clavero, Postigo de Santa María) y las cadencias naturales de los caminos que desde esas puertas conducen, en amplio alrededor, al Valle del Jerte, La Vera, Las Hurdes, el Valle del Ambroz, las Vegas del Alagón, la Sierra de Gata o el Parque Nacional de Monfragüe.
Pero como el vuelo del moderno Icaro no tiene aliento para tan vasto recorrido, ha de atenerse a lo inmediato y recrearse en la ciudad obligatoria: la comprobación de que efectivamente hay dos catedrales, de que la nueva engulle a la vieja y de que un corte vertical habitado por cigüeñas permite distinguir la austeridad del siglo XIV de la retórica arquitectónica del siglo XVI; el Museo Etnográfico y Textil; la Casa de las Dos Torres, decapitada; el Palacio del Marqués de Mirabel, donde se adivina el pensil cerrado para muchos y abierto para pocos en que aún se conservan restos del coleccionismo renacentista de don Fadrique de Zúñiga, el mismo que hizo labrar en un balcón posterior el engañoso lema de la fugacidad; la iglesia de San Martín, donde dejó su huella el divino Morales; etcétera.
Finalmente, cumplidos los trayectos preceptivos, el moderno Ícaro callejea, recorre al azar, en círculos, lo que, como un tópico del urbanismo medieval, ha dado en llamarse precisamente «dédalo de callejuelas» y repara en los detalles que permanecen, la solitaria y sombría calle de la Encarnación, los arbotantes de la calle de Arenillas, un balcón en la casa del Deán, un escudo de Carlos V en el Palacio Municipal, la Puerta del Sol, los chopos del Jerte, la lentitud del río, el escueto puente de San Lázaro, vestigios de una edad mixta y gremial, idas y venidas en torno a la Plaza Mayor y sus nutridos soportales, donde finalmente, en una terraza, al sol de abril, al margen de las avenencias y desavenencias en las que se balancearon antaño los regidores y el cabildo y ajenos al contenido de archivos, actas, contratos y otras providencias, procesar el trazado urbano que se derivó de aquellos ejercicios del poder y apropiarse, con placentera placidez y espíritu no sólo digital, de las huellas de tanto afán y de tanta labor. Porque sólo quien emplea con provecho los dos días del conocimiento puede considerarse en posesión total, sin pliegues, de la ciudad.
El viajero, 31-03-2007
28.3.07
139
Dicen que el mantenimiento de esta gran familia le cuesta al rey no menos de doscientos mil cruzados al año; no me parece una exageración considerando que a una media de treinta y dos dientes por boca , son más de catorce mil dientes masticando dos veces al día durante todo el año.» (Giuseppe Baretti, «Viaje de Londres a Génova a través de Inglaterra, Portugal, España y Francia», Reino de Redonda)
Cumpliendo con la tarea encomendada. Los tres primeros libros (de la izquierda: «Jarmila», «Mi Lvov», «El cuenco de la mano») no tienen 139 páginas, de modo que paso al cuarto. Sigan, pues, si les place y les complace, cual estribillo de zéjel, Ismael, Julio y Miguel.
24.3.07
Cortázar
10.3.07
9.3.07
Lost
3.3.07
Manguel
25.2.07
Fray Luis
16.2.07
Cederrón
14.2.07
9.2.07
Corrección
8.2.07
Psicológica
5.2.07
4.2.07
Nietos
3.2.07
Lotería literaria
2.2.07
Urbanidad
30.1.07
Espinosa
28.1.07
26.1.07
Planto de plantilla
¡Au revoir, Zidane! ¡Ciao, Ronaldo!
Los que os trajeron os ekchan.
La galaxia se hizo saldo.
24.1.07
Tabarra
19.1.07
Fauna
13.1.07
Callejón del Gato
10.1.07
Mirra
6.1.07
Sintomantología
5.1.07
Desaperecido
4.1.07
Conrad
3.1.07
Jonás
2.1.07
Musical memoria
31.12.06
Cuento (extremeño) de navidad
El revuelo que se levantó al día siguiente alcanzó magnitudes de comedia en el ámbito mediático, con los mejores ingredientes del entremés y la zarzuela. La prensa nacional al unísono y los diversos coros de tertulianos en celo sicofante arremetieron contra el autoritarismo del presidente, que, con su habitual falta de tacto y su proverbial pronto exabrupto, exhibía una vez más la faz cazurra y tabernaria de sus procedimientos. El portavoz de presidencia, acosado por las llamadas de todos los periódicos y por las exigencias de numerosas emisoras privadas, tuvo que improvisar para el presidente una agenda apresurada en la que incluso participó la primera televisión pública con un corte de quince segundos. Todos solicitaban desesperadamente rectificaciones o ratificaciones y, en su caso, matizaciones que consolaran al pobre mensajero, pero las matizaciones, sin embargo, aunque las hubo, no apuntaron en la dirección que pretendían los gestores de la información. De hecho, ante la lluvia de acusaciones que se abatió sobre la figura del presidente, éste se atrincheró en la repetición compulsiva de una sola frase. «No se trata de una orden», dijo, «sino de una noticia».
Entonces los yugos y las flechas se dispararon en varias direcciones. Se acusó a la clase política en general y al mandatario autonómico en particular de no saber qué hacer para recabar la atención de los medios, que, como es notorio, se deben a más altos menesteres. Pese a todo, y aun cuando se censuraba agriamente la actitud del presidente de la junta y de sus consejeros, el nombre de Extremadura se mantuvo encendido sobre los fríos extremos de diciembre: editoriales y viñetas, columnas de opinión y cartas al director, ideólogos en nómina y espontáneos al teléfono, glosaron y desglosaron, en serio o en broma, con ingenio o con histeria, las nobles esencias del carácter extremeño, historias épicas de conquistadores y machorros, ásperas intrahistorias de cerdos y bellotas, la calidad sublime y exquisita del jamón ibérico.
Resurgieron por arte de encantamiento numerosas organizaciones gremiales para terciar en el asunto. La oposición mostró su más enérgica repulsa a las declaraciones del presidente. Los profesores de inglés de todos los centros de enseñanza firmaron un manifiesto bilingüe contra el presidente en el que solicitaban su impeachment por interferir de forma tan grotesca en sus tareas pedagógicas. Los profesores de lengua y literatura castellana se soliviantaron igualmente y, tras discutir polícromas ocurrencias corporativas, pidieron dimisiones inmediatas al ritmo consonante de pareados en «ón» o en «ite». Guiados por la mano ciega de dirigentes políticos y sindicales, representantes de los sectores primario, secundario, terciario y cuaternario, contribuyeron a mantener viva la llama de la discordia regional con tales aportaciones de indignación y cólera que el presidente, echando más leña al fuego, según titularon los rotativos regionales en primera y los nacionales en regiones, comentó: «Si sólo por anunciar que los extremeños hablaremos inglés se arma tanto alboroto, ¿qué no ocurrirá cuando realmente lo hablemos?».
La noche vieja empezó con el crepúsculo, al hilo triangular de la tradición: cena, gula y cotillones, champán, turrón y mazapanes. La televisiones transmitieron las campanadas y las uvas, la liturgia ebria de la hora cero del día cero del año en ciernes. Aprovechando el alboroto desencadenado por el presidente de la junta, una televisión privada tuvo la picardía geopolítica de colocar sus cámaras en la plaza de la capital autonómica extremeña. Era evidente que no batiría marcas de audiencia, pero ciertas condescendencias epulonas con las regiones en vías de desarrollo suelen saciar las ansias de sensiblería social con impagables beneficios de imagen. Sin embargo, la transmisión desbordó todos los presagios. El locutor, un comediante extremeño de proyección nacional, explicó con un trabalenguas popular la mecánica de los cuartos y se proclamó eco verbal del reloj del consistorio para indicar con números el orden de ingestión de uvas. Y así cantó la primera campanada: «Una», dijo. Entonó igualmente la segunda: «Dos». Pero en la tercera, seguramente por llevar el reloj algún desajuste con respecto al meridiano, se produjo el advenimiento del año nuevo. El locutor dijo: «Three», con un leve acento californiano. Articuló la cuarta con pulcritud fonética: «Four». Y así siguió, «five», «six», «seven», hasta «twelve».
Los espectadores autonómicos no percibieron ninguna anomalía, pero en el resto del estado español se expandió una sobredosis de sorpresa y de estupor. La mezcla atragantada de alegría y patriotismo, de uvas y cava, bloqueó todas las centralitas del país con insultos a la cadena privada por mancillar el honor extremeño y pisotear el buen nombre de una región tan entrañable. Nada de ello era cierto, sin embargo, porque, en efecto, cuando el reloj de la plaza de la capital autonómica dio la tercera campanada y la gente se atascaba con la uva tercia, los extremeños dejaron de hablar castellano y empezaron a hablar inglés.
Se sucedieron días de agitación regional, nacional e internacional. El prodigio, sólo equiparable al episodio bíblico de la construcción de Babel, alcanzó difusión planetaria. Los periodistas de información informaron, los periodistas de opinión opinaron y los periodistas de investigación investigaron. Pudo verse al presidente extremeño desfilar por todas las televisiones con auricular para la traducción simultánea y a muchos entrevistadores avergonzarse del sonotone inverso. En las pantallas de todos los hogares apareció el presidente de la junta con subtítulos, bailándole en los ojos la alegría triunfante del especialista en karaoke. Los observadores políticos valoraron el acontecimiento como positivo o negativo según adscripción, ideología o sueldo. Y los periodistas de investigación, ayunos de filtraciones, se perdieron en inefables conjeturas. Mientras unos discutían la identidad de los interlocutores presidenciales y el carácter de sus encuentros estivales u otoñales, la conferencia episcopal difundía un comunicado ambiguo sobre los designios de la providencia, las lenguas de fuego, la legendaria fe mariana de la región y la benevolencia milagrosa de la Virgen de Guadalupe, en tanto los cibernautas, por su parte (consúltense páginas web a este respecto), hablaban de encuentros en la quinta fase, de abducciones colectivas, de manipulación filogenética y de la implantación de un gen lingüístico en el ADN autonómico. Unos y otros coincidieron sólo en un dato objetivo, a saber: que, puesto por sus contactos en el trance extraterrestre o celestial de elegir una lengua diferencial para sus paisanos, el presidente olvidó sus afinidades filológicas con el francés, desestimó el anacronismo del castúo, pasó por alto los últimos avances en la reconstrucción artificial de lenguas primitivas autóctonas, como el húrdalo o el sérbolo, y, contra todo pronóstico de la izquierda antiimperialista, eligió el inglés.
Enseguida los extremeños radicales se pusieron en pie de guerra y reclamaron privilegios, desarrollos estatutarios, soberanía e incluso un referéndum para convertirse en Puerto Rico (la paronomasia brindó un chiste fácil y macabro al enemigo melancólico). «Somos diferentes», argumentaron. Como era previsible, rápidamente llegaron presiones del gobierno central, amenazas de verja y aduana, barreras arancelarias, pero no sólo se encontraron con la oposición firme y solidaria de la plebe electoral, incluso de la plebe adicta, fiel y eurócrata, sino con un severo toque de atención por parte de los máximos dirigentes de USA y UK, quienes, con la sensibilidad belicosa a flor de piel de misil, veían con simpatía y ternura el hecho diferencial aislado de un reducto ibérico expulsado hasta el presente de todos los paraísos y todos los poderes.
En los fríos de enero se celebraron manifestaciones espontáneas en Madrid y otras capitales de provincias, se exhibieron pancartas reivindicativas con mucho «Viva Extremadura» y mucho «Extremadura española», pero el pacto estaba hecho y el presidente estaba dispuesto a cumplir la palabra empeñada. «Pura envidia», dijo el hombre de la calle extremeña, que sólo lamentaba no entender los programas de televisión y tener que condenar al puro infierno de la inapetencia visual las venturas y desventuras de médicos, albañiles, monjas, periodistas, compañeros y amores en ruina. El presidente, por su parte, se enfrentó al gobierno del centro y pronunció una frase enérgica, con sabor a historia. «Los que hablamos la lengua que Shakespeare habló, habremos de ser libres o morir», dijo.
A fecha de hoy, cabe asegurar que fue un acierto político del presidente, cuya clarividencia nebrijana puso de manifiesto que lo que no se consigue como hombre se consigue como hablante y que no basta con pertenecer al género humano, sino que es necesario conocer la gramática del imperio. De hecho, las ventajas del cambio no dejan de percibirse día tras día, en todos los sectores, primario, secundario, terciario y cuaternario, aunque sólo sean las derivadas de haberse constituido en la única sucursal legítimamente anglófona del páramo peninsular. Incluso muchos extremeños aprenden ahora castellano y portugués, por razones de vecindad y porque no dejan de acudir estudiantes de Portugal, Andalucía y las dos Castillas para perfeccionar la lengua universal.
Plasencia, 24 de diciembre de 1998
30.12.06
Antes de leer
28.12.06
Lapsus
22.12.06
Fonética
19.12.06
Pack Parménides
17.12.06
Averígüelo, Vargas
Participación
15.12.06
Feijoo
13.12.06
Droite divine
9.12.06
Ma non troppo
[A modo de greguería (borrador)]
8.12.06
Beatus ille
4.12.06
3.12.06
Prez
ni tampoco ni también,
que marea tanto vaivén.
No haya, pues, premios. Y amén.
Que se suprima el Cervantes
pronto, ya, hoy, cuanto antes,
pues que parece que el premio
molesta tanto en el gremio
a no ser que se lo den
a Axa, Fátima y Marién
Y que los demás también,
que tampco están tan bien.
Que no haya premios. Amén.
2.12.06
Propósito
1.12.06
Meridiano
28.11.06
24.11.06
Primaces
22.11.06
Arrrumbambero
20.11.06
Estilema
19.11.06
Dominical
Barbara
16.11.06
Didascalia
14.11.06
Ley de Lem
8.11.06
Común
7.11.06
Redondilla
la diré: a falta de orquesta
con que amenizar la fiesta
el Madrid juega «a capella».
[A petición forofa]



