15.6.13

Pentadecasílabos

Como he llevado a cabo esta mañana una gestión
y ya habían puesto el aire en condiciones —bajo cero—,
bien puedo pregonar mi paradoja oximorón:
que sé lo que me espera en este estío traicionero,
onoma ¡achís! topeyas y morir porque no muero.

[1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15]

17.5.13

Vaticinio

Si aún hay justicia poética
en aqueste mundo herético
esta copa penibética
—no hay estética sin ética—
ha de ganarla el Atlético.

15.5.13

Formulación

Que mucha gente ha interiorizado los modos y los modales de los pilotos que pugnan entre sí en los sinuosos circuitos de carrera desparramados por el mundo, tal vez, sobre todo, como consecuencia de la propaganda de la «fórmula uno» (tales los efectos del consumo televisivo indiscriminado: que las imágenes se instalan de manera indeleble en la subconciencia y modifican las conductas), lo tengo de sobra comprobado cuando voy con prisa por alguna de las calles que nacen o mueren en la plaza, en especial por la calle del Sol, pues no es infrecuente que el individuo que camina delante de mí, más peatón que transeúnte, con la estrategia defensiva de los pilotos que aspiran al podio y se entregan a sucias maniobras, me corta el paso ahora por la derecha ahora por la izquierda ahora frenando en seco, como si llevara un retrovisor incorporado y quisiera evitar a toda costa que yo pudiera adelantarlo y llegar en primera posición ante los santos y los reyes que aguardan en boxes, a saber, san Pedro de Alcántara, en humilde pedestal, y el rey Alfonso VIII, en insigne caballo.

1.5.13

Encabalgamiento

El título de un libro en un escaparate, ‘Todas las criaturas grandes y pequeñas’, me hace evocar unos versos que ideé ad hoc para mostrar el sentido que a veces podía tener en métrica el encabalgamiento. Dígase, por ejemplo, el siguiente verso, proponía:

En las ciudades grandes y en la chicas...

para, tras una pausa, forzando incluso los puntos suspensivos con la sugerencia tramposa de un análisis gramatical, terminar la estrofa tal que así:

En las ciudades grandes y en la chicas
que recorren sus parques por la tarde
siempre advierte el tahúr un turbio alarde
de espadas, bastos, tréboles y picas,

donde, por cierto, sólo el primer verso y la mitad del segundo eran fijos. Con los cursos, dadas a la improvisación, las chicas recorrieron los parques en otras muchas circunstancias —solitarias, en verano, por la noche, con tristeza— de las que en cada caso dependía, naturalmente, el ingenio consonante, la musa súbita. ¡Qué tiempos!

1.4.13

ν

Como al antivirus le ha dado por actualizarse de modo permanente y arbitrario, y no tiene otro empeño y otra fatiga que demorarse interminablemente, con claro perjuicio de recursos, en unos caprichosos, fijos e inmutables 2%, 15% y 87% —un infinito sísifo automático—, hemos determinado crear para uso interno un número ν (la elección está justificada por partida doble, pues si, por una parte, su gráfica figura [ν] evoca la uve [v] de virus, por otra, en realidad, su nombre se presta a la tediosa ejecución disyuntiva: ni [ν] avanza ni [ν] retrocede) que, a la manera del recurrente 3’1416 de π, aquí se queda en un no menos indeterminado y voluntarioso 2’1587.

6.3.13

Crónica

Y hasta el Verdugo
quedose boquiabierto
ad pedem litteráe
pues le complugo
el áulico concierto
de Javier Krahe.

26.2.13

Epócope

Sarita sacó allí con nocilla ocas a tiras

12.2.13

Curriculum

Quisiera ser asesor
en la última asesoría
que asesore al asesor
de vuecencia, señoría,
gracia que si alcanzaría
jugaría en nuestro favor
vaya que si jugaría
que en habiendo buen señor
—no es ninguna tontería
(lo dijo el cid campeador
que de esto un rato sabía)—
buen asesor yo sería
y al detal o al por mayor
haciendo al designio honor
qué bien asesoraría
¡qué buen asesor haría!

6.2.13

Plasencias

Volviendo al ‘Plasencias’ plural (que ayer decía) de Álvaro Valverde, se me ocurre también apuntar un presentimiento que, en cierto modo, tal vez se deba, por una parte, a que (aunque «desde fuera») yo mismo conozco y reconozco los lugares (como se ve, la pluralidad es a un tiempo múltiple y singular) y, por otra, a que soy antiguo y asiduo lector de su poesía, a saber, que advierto aquí una adecuación del ritmo poético (poético, insisto: no quiero decir métrico) a la ciudad que el poeta recorre —las calles, los edificios, el río, los aledaños que han ido sucumbiendo a la expansión y a la demografía—, como si el contenido hubiera encontrado su más justa expresión, el significado su significante y la materia, en fin, su forma y su formulación, de modo que, en el runrún del usuario que lee y camina (c'est à dire, moi-même), a los atributos cotidianos del trayecto, del escenario y de la ruta, se añadirá ahora el eco de estos versos, su plácido sosiego.

4.2.13

Chopos del Jerte

Yo imité mucho de joven a Juan Ramón Jiménez y escribí un sinfín de romances bajo el título ‘Los chopos del Jerte’, a la maniera de ‘Arias tristes’ (si bien el título combinaba ‘La colina de los chopos’ con ‘Romances de Coral Gables’, vinculación del árbol al nombre propio), y otro sinfín (no tan infinito) de sonetos, al amparo de los ‘Sonetos espirituales’, como si yo también me arrancara el corazón y —en la «isla fluvial / muy amena y umbría»— siempre fuera octubre. Todavía recuerdo el primer cuarteto del soneto de que quedé más satisfecho. Decía:

Calenturas de odio sobre el llanto,
mirada del camino que renueva
las estrellas del llanto y que nos lleva
presos de rabia al mudo desencanto…

He olvidado por completo, sin embargo, los romances, tan rabiosamente octosílabos como melancólicos, y los evoco ahora, al leer en ‘Plasencias’ (Álvaro Valverde, De la luna libros, 2013, pág 31), sobre los chopos:

que en verano seducen por su sombra;
en otoño, por su melancolía;
en invierno, por su desolación
y en primavera, quizá, por su verdura.

Y es que en aquellos romances míos de antaño sólo había intensidades amarillas (tal vez de oro) y dulces melancolías, esto es, patologías de un lirismo menor, sumiso y subordinado, que anulaban con sus frágiles asonancias la verdura, la sombra y, sobre todo, la desolación. Lejos de aquellas calenturas mías, aquí estoy ahora complacido en ‘Plasencias’ contemplando desde el mirador los atributos sobrios y serenos de la Isla en febrero: el invierno y la desolación.

26.1.13

Treinta minutos

Cuando hablaba el martes Antonio Orejudo en el Club del Verdugo de la oposición entre la mente vertical y la mente horizontal y la imposibilidad de esta última, entrenada en la amplia superficie de las nuevas tecnologías de la comunicación, de dedicar más de media hora a ninguna tarea intelectual (lectura, por ejemplo, del Quijote), no pude por menos que evocar la aventura de Ignacio Calvo —o tal vez, mejor, «Ignatium Calvum (curam misae et ollae)»—, quien, en sus tiempos de seminarista, en Toledo, «en aquella edad de mozo, [en que] se me atragantaba toda cosa que exigiera mas de treinta minutos de seriedad», según cuenta en el prólogo, y como penitencia por una travesura «muy célebre, que no es del caso referir», emprendió una traducción latina, «in latinem macarronicum», precisamente del Quijote (‘Historia domini Quijoti manchegui’, Matriti, Tip. Julii Cosano, mcmxxii, cortesía bibliográfica y bibliotecaria de Juan Luis Hernández Mirón), cuyo «Capitulum primerum», titulado «In isto capítulo tratatur de qua casta pajarorum erat dóminus Quijotus et de cosis in quibus matabat tempus», empieza así: «In uno lugare manchego, pro cujus nómine non volo calentare cascos, vivebat facit paucum tempus, quidam fidalgus de his qui habent lanzam in astillerum, adargam antiquam, rocinum flacum et perrum galgum, qui currebat sicut ánima quae llevatur a diábolo. Manducatoria sua consistebat in unam ollam cum pizca más ex vaca quam ex carnero, et in unum ágilis-mógilis qui llamabatur salpiconem, qui erat cena ordinaria, exceptis diebus de viernes quae cambiabatur in lentéjibus et diebus dominguis in quibus talis homo chupabatur unum palominum», etcétera. Conclusión: que no sólo en todas partes, sino también en todo tiempo, cuecen habas o que, de una u otra forma, la vida es eterna en treinta minutos.

19.1.13

Centón

el palo aguanta la vela
el que la hace la paga
la luna en el mar riela
el cid cabalga

7.1.13

Calle del Arenal

—¡Guapoo! —dice (y sonríe) la mendiga.
—¡Mentiroosa! —replica el transeúnte.

3.1.13

El programa no responde

He planteado en un forum
mis problemas de software
o, tal vez, no sé, hardware
y en tan cuin sancta sanctorum
para que me sosegare
me han dicho (y en ello hay quorum)
que abundantia peccatorum
solet fratres conturbare
(aviso a quien lo intentare)
per saecula saeculorum.

23.12.12

Adjetivos

La misma perversión ideológica que Ferlosio denuncia en los adjetivos de los sintagmas «merecido descanso, sana alegría y honesto esparcimiento» quiero apreciar yo en los de «barrio humilde» y «gordo muy repartido» con que martilleaban anoche hasta la extenuación todos los telediarios y hoy erre que erre los periódicos, porque también esta adjetivación viene de lejos y va cargada en su inercia de pobres y aun míseras justificaciones. (Diré, también, por si alguna influencia tiene en este apunte, que no ha caído nada en la humildad de mi barrio y que el reparto no me ha sido favorable.)

17.12.12

WP5.1

Aunque yo prefería el 5.1, cómo entiendo a Jonathan Franzen (‘Más afuera’, Salamandra, pág. 158) cuando dice: «Aún me cuesta aceptar que el mejor procesador de textos que se haya desarrollado, WordPerfect 5.0 para DOS, no pueda utilizarse en ningún ordenador comprado hoy», y cómo añoro, en consecuencia, aquellas informáticas postrimerías del siglo XX, no diré yo que perfectas, pero sí, para mi gusto y mis ocupaciones, ciertamente wordperfectas.

3.12.12

Creo

Como de «recrear» (que es «crear» con prefijo) proviene, además de «recreación» y «recreativo», un sustantivo «recreo» (arte y parte, diría, pero, a su pesar, una tarea menor, una concesión secundaria), echo a veces de menos que «crear», que tiene, por su parte, «creación» y «creativo», no dé de sí también un sustantivo «creo», del que, a la espera del significante, sólo tengo la definición.

CREAR
RECREAR
CREACIÓN
RECREACIÓN
CREATIVO
RECREATIVO
Ø
RECREO

 

20.11.12

Paragüería

También a mí me vienen a la memoria los versos de Juan Bonilla —«vivo a las afueras de New York / (para ser más exactos en Sevilla)»—, porque en cierta ocasión, hace años, para cumplir con los preceptos del turismo y del imperio, yo estuve en Nueva York. Una tarde, haciendo cola para entrar en un museo, comenzó a diluviar y, para no malversar el tiempo indefinido que habíamos invertido ya en la espera, compramos un paraguas portátil que me ha protegido después de muchos aguaceros nacionales. Hasta el sábado, que llovió en Madrid. Al intentar cerrarlo en la puerta del Vips de la Gran Vía saltó un muelle, se estropeó el mecanismo y acabose. Me dio pena, le tenía apego: por eso el planto. De la Quinta Avenida a la Gran Vía, me dije, un insigne periplo. Abierto quedó, pues, y roto, junto a una papelera (con permiso del vigilante de seguridad) a la entrada del Vips, un final acorde, según creo, con su origen, tan megalopolitano.

27.10.12

Alonso Guerrero, 'Un palco sobre la nada'

I. Quienes leemos todo lo que escribe y publica Alonso Guerrero puede que ante una nueva novela no sepamos lo que vamos a encontrar, pero sí sabemos sin duda lo que no vamos a encontrar. Yo no sólo no he olvidado, sino que recuerdo a menudo, el modo brillante como definió su aversión por el realismo documental de gran parte de la literatura española. «La realidad es a la literatura como la piedra a la escultura o el barro a la cerámica: nadie ha tomado un cincel para esculpir una piedra y quedarla en su apariencia primitiva», dijo en una encuesta de los años ochenta. De ahí que la obra de Alonso Guerrero no tenga apenas raíces en la literatura nacional. De hecho, si me pongo a pensar con qué nombres podría relacionarlo, apenas se me ocurren algunos autores próximos a las vanguardias o algunas tendencias caracterizadas por la agudeza intelectual y la brillantez formal. Al mismo tiempo, sin embargo, tampoco le encuentro parentesco con los grandes escritores supranacionales de la literatura occidental. ‘Un palco sobre la nada’ se abre con una cita de Karel Čapek, «El alba, otro día, y ni una pulgada de progreso». Karel Čapek es un escritor checo, como Kafka, que, a diferencia de Kafka, escribe en checo. La admiración de Alonso Guerrero por Kafka es evidente y reiterada, pero sin embargo a mí me parece que, más allá de las aporías kafkianas y de la rotundidad del hacha contra el hielo interior y con la excepción tal vez de Joseph Conrad, su narrativa se sitúa en la órbita de escritores como Čapek, autor, como se sabe, de ‘La guerra de las salamandras’ y reconocido inventor de la palabra «robot», que incluyó en la obra ‘RUR’ (acrónimo de Robots Universales Rossum). Se trata, por tanto, de un escritor asentado en los márgenes de la gran literatura, en la periferia de los temas profundos y de prestigio occidental, y es con esta categoría de escritores, igualmente supranacionales, pero ajenos a la literatura oficial y también por ello intemporales, con los que se puede emparentar la narrativa de Alonso Guerrero. Menciono a Čapek por la cita inicial, pero bien podría hablar de Lovecraft, de Philip K. Dick (del que, como atribución y como reliquia, se conserva en la novela un «botón de su cazadora»), de H. G. Wells, de Satnislaw Lem, esto es, de escritores que han contemplado la realidad de otra manera, que tienen una forma distinta de imaginación, que no escriben sometidos a los preceptos de época y que, sin embargo, hablan de forma implacable del mundo en el que viven. Tienen, sin duda, algo de visionarios. No voy a recorrer la bibliografía de Alonso Guerrero, pero bien creo que desde la publicación de su primeros escritos, ‘Tricotomía’, de 1982, y ‘Los años imaginarios’, de 1987 (lleva, por tanto, treinta años ya publicando narraciones), se ha mantenido firmemente asentado en una posición marginal, en un territorio fronterizo de la literatura o, lo que es lo mismo, en las ásperas soledades del páramo y los géneros. Es desde estas soledades desde donde, tras varios años de ausencia, surge ‘Un palco sobre la nada’.

II. «Matar a Plutón Quintanar me mantuvo enfrascado en un rompecabezas durante dieciocho meses». Con esa contundencia de novela negra arranca ‘Un palco sobre la nada’ y con esa resolución lúcida y fría, expeditiva y a menudo desencantada, de la primera persona detectivesca que ampararon Dashiell Hammett y Raymond Chandler habla el narrador Laguardia, «un sicario con convicciones», sobre la peripecia de cuyo apellido no sólo no voy a precipitarme, sino que voy a guardar silencio. A renglón seguido, sin embargo, la novela negra alcanza el límite y rompe el molde de género: «No es mucho», dice Laguardia, «si uno piensa que él tenía doscientos años. Alma de niño y huesos de mamut: la paradoja de nuestro tiempo». La acción, además, o los preámbulos de la acción, tienen fecha: el día «primero de agosto del año de gracia de 2207», apenas tres días antes del doscientos cumpleaños de Plutón Quintanar. Hemos entrado en otra dimensión, en las incógnitas del futuro y, por tanto, desde un punto de vista literario, en la ciencia-ficción. Y si la fecha y la longevidad no fueran datos suficientes, pronto aparecen expresiones como pistola silente, balas sensoriales, luz subacuática, pintura sensitiva, reporteros holográficos, higuera parapléjica, agenda neurológica, aire reciclado, entre otras que, desde luego, subrayan en cada sustantivo la cualidad futura e irreal. Esa sería, pues, la combinación narrativa de ‘Un palco sobre la nada’: una novela negra de ciencia-ficción de la que yo no me atrevería a decir que sea en rigor ni novela negra ni de ciencia-ficción. En cualquier caso, para el narrador empieza una doble tarea, la búsqueda que corresponde al detective (y, como suele ocurrir con los detectives de oficio, también éste se sale del guión contractual) y el ejercicio de la muerte que corresponde al sicario, todo ello, claro es, en un mundo ulterior, en el que «no hay emoción que emocione, ni pasión que apasione». Basta ver cómo se describe el escenario en que se produce el primer encuentro entre ambos personajes: de Quintanar, se nos dice, «podía programar la temperatura del jardín, elegir la estación, el día o la noche, las plantas que crecían en los arriates, desde un ombú al árbol del cacao» y de Laguardia que «no podía saber si las imágenes eran fieles a la realidad: nunca había visto un árbol». A partir de ahí surge la acción. La misión de Laguardia (que sólo tiene cuarenta y tres años) es matar (y aquí la acepción de «matar» adquiere significados prospectivos, porque la muerte es reversible, una experiencia imperfectiva e incluso redundante; «las pistolas de antes trataban a la muerte con más respeto», se dice en algún episodio, e incluso existe la figura del «resucitado de oficio»), matar, digo, a personajes con nombres como Chevrolet, Handcraft o El Coronel, todos ellos extraordinariamente viejos y, sobre todo, poseedores de algún objeto que Quintanar quiere obtener o recuperar, objetos por lo común remotos «cuya inutilidad era lo más valioso», reliquias de la cultura pop del último tercio del siglo XX: un disco, un libro, un reloj de cuco, una pistola, etcétera. Cuando Laguardia pregunta a qué se debe tanto interés por «las tres últimas décadas del siglo XX», Quintanar responde: «No somos nada desde entonces. Aquellos fueron los últimos años en que el hombre, partiendo de la nada, intentó sobreponerse a ella, a la nada. No fue mal intento. No sé cómo pudimos terminar contemplando el esqueleto de la civilización. Ya no habrá otra. Ahora hay que escrucar en la ceniza». A partir de aquí empieza propiamente la trama, los episodios en que Laguardia se entrevista con Chevrolet, o Handcraft, o El Coronel; en que lo perturba una muchacha múltiple llamada Sonja, cuya «figura era inusualmente bella, porque tenía defectos»; en que viaja a Marte, que es donde acaso aún queden las últimas esperanzas; o en que, con idénticos propósitos a los que condujeron a Ulises y a Eneas al mundo de los muertos o a Dante a los círculos abisales del infierno, entra en un mundo llamado Ficción (con mayúsculas), un mundo que «no tiene cultura, sólo acumula datos», porque «para Ficción todos los datos son reales. No es capaz de interpretar lo que han alojado en él […]. Si tiene que elegir entre el sentido y lo literal, elige siempre lo literal», Ficción es «la mayor acumulación de cosas inexistentes que la humanidad ha segregado. Una red telemática y virtual que roza lo infinito, que incurre en ámbitos donde Dios, si alguna vez ha existido, terminó perdiéndose», etcétera, etcétera.

III. En las presentaciones de textos narrativos solemos encontrarnos con una dificultad un punto insoluble, a saber, cómo hablar de la novela sin desvelar del todo el argumento, sin reventar la trama, con insinuaciones oblicuas, pues alimentamos la creencia de que, por lo general, en su mayoría, la audiencia no ha leído el libro. No sé si este es aquí el caso por lo que se refiere a la audiencia, pero desde luego no lo es en lo que se refiere a la trama. Yo no voy a seguir desvelando el argumento, pero he de decir que tampoco importaría mucho, porque, ajeno a las preceptivas del realismo, Alonso Guerrero despoja al relato de toda avidez, de todo afán de desenlace, y sigue con absoluta precisión las estrictas normas de la ciencia-ficción o de cierta literatura ilustrada de autor (vale decir, el cómic). En el ejercicio de la lectura Rafael Sánchez Ferlosio distinguió hace tiempo entre el placer funcional subjetivo, que se corresponde con la ansiedad adolescente del desenlace (puesto que estamos en un instituto podemos traer a la memoria la célebre réplica escolar de «yo ya he visto la película»), y el placer funcional objetivo, que se corresponde con la relación íntegra y madura con el texto. Creo que para ‘Un palco sobre la nada’ sólo cabe la segunda acción, afrontar de manera serena y segura la propuesta textual completa, sin resquicios, lo que no quiere decir que Alonso Guerrero haya descuidado la trama. Al contrario: ‘Un palco sobre la nada’ contiene un minucioso mecanismo de composición, pero expandido en los detalles y atenuado en la perfección de la prosa y el rigor de los diálogos. No sé, pues, hasta qué punto es significativo que la palabra «rompecabezas» aparezca en la primera línea de la novela, pero es cierto que, si los hechos se presentaron como un rompecabezas para el narrador, también la trama es un rompecabezas para el lector, porque el autor no hace concesiones, prescinde de todo índice de lectura y se acomoda fielmente al curso del pensamiento del narrador. Como, por lo demás, cualquier trama narrativa negra contiene equívocos, engaños y acciones esquivas (estoy pensando en ‘El sueño eterno’, la novela de Chandler, la película de Howard Hawks y el enredo en el guión de William Faulkner), el lector se ve obligado a armar su propia composición con la información que la novela contiene (por ejemplo, en mi caso, ciertas averiguaciones sobre una cuarta y una quinta voz radiofónicas). Quiero decir que el lector viene a obligado a recomponer el mismo rompecabezas que Laguardia teje en su historia y a contemplar también la trama desde su propio palco. Me explico. En algún momento, a propósito de un apagón terrestre, Sonja dice que Marte es un palco desde el que se contempla la tierra con retraso («los marcianos lo vimos todo desde el palco», dice) y en otro momento El Coronel se lamenta ante «el hecho de que el único que tuviera respuestas fuese un mirón -Quintanar- encaramado en su palco sobre la nada», pero no estoy tan seguro de que los invitados al palco para contemplar la nada no seamos precisamente los que leemos estas páginas, lo que nos situaría en un doble palco, asistiendo a la representación vacía del mundo ulterior y entregados a la trama que a través de Laguardia Alonso Guerrero compone para nosotros.

IV. Puesto que es cierto que en un texto literario no sólo importan la expresión y la invención, yo debería detenerme en diversos pormenores que, no por ello, dejan de ser sustanciales en la novela, pero sólo voy a mencionar un par de ellos: las ideas y el humor. Desde hace algunos años Alonso Guerrero colabora semanalmente en el ‘Diario de Alcalá’, en una sección de opinión que se acoge al título de «Patio de columnas». Son artículos combativos y brillantes, categóricos y expeditivos, en una prosa impecable. Yo acudo de vez en cuando a ese «Patio de columnas» y ahora, leyendo ‘Un palco sobre la nada’, no he dejado de subrayar afirmaciones que me han parecido elaboradas con la misma lucidez y el mismo brillo que las columnas de opinión. Por eso me he entretenido subrayando afirmaciones como «Si existe una propiedad privada siempre viene aparejada de una custodia privada», «Todas las escuelas son viejas, por eso son escuelas. Y todos los que nunca habéis pasado por ellas tenéis algo en común: las echáis abajo por miedo a mirar lo que hay escrito en la pizarra», «Todo se comparte, menos una paradoja. Cuando una paradoja se comparte se vuelve un espejo», «Los Estados Unidos habían desaparecido hacía más de cien años, ahogados en sus propios vómitos, por la misma época en que desapareció la sociología», «A los ricos nos está vedado restablecer cualquier equilibrio. Somos el desequilibrio» o, en fin, «Toda marca es nostalgia. Eso lo sabían quienes sustituyeron los principios por ellas», cada una de las cuales daría materia más que abundante para cinco voces de tertulia radiofónica. En cuanto al humor, sólo diré que abunda en ‘Un palco sobre la nada’, un humor de raíces culturales, lectivo y exigente, subterráneo a veces, que, por ejemplo, puede convertir al periodista Eladio Herculano en «el último hombre que no necesitaba corrector ortográfico», transformar en río al ilustrador Gustavo Doré, alterar el callejero madrileño de modo que la calle Chapman fue «antes calle 24, antes Jorge Manrique» y la calle 56 fue «antes Vórtice, antes Fernán González», emplear como contraseña la pregunta «¿A dónde van los patos de Central Park cuando llegue el invierno?» o, en fin, poner en pie una «empresa de prótesis dentales» llamada precisamente Berenice.

V. Decía que el libro se abre con una cita de Karel Čapek: «El alba, otro día, y ni una pulgada de progreso». Tal vez esa sea la conclusión a que llega esta novela. No ya porque muchos de nosotros pertenezcamos en realidad a las postrimerías del siglo XX, sino porque todo progreso tecnológico es también una forma de negación, es una ocultación de la luz en los atardeceres de Madrid, es una falsificación de la belleza y a cambio de todo ello no hay el más mínimo atisbo de progresión moral. En las novelas de Philip K. Dick se recurre a ciertas formas difusas de teología. Para Alonso Guerrero no hay más teología que la conciencia estética de la nada. En el año 2207 no existe la poesía. El joven Laguardia tiene, sin embargo, alguna noción sobre ella. «Sabía qué era la poesía», escribe: «Sabía que los psicólogos la consideraban un síntoma de actitudes que ellos mismos no comprendían. La poesía había arrojado una sombra sobre todas las carencias de mi época. La poesía no tenía miedo». Y poesía es aquí una sinécdoque de literatura. Por eso es el mismo Laguardia quien afirma apenas al principio de su historia: «Ya nadie escribe, pero la escritura, los libros, aunque sea en soportes que restan veracidad a las palabras, siguen dando refugio a los insaciables». Creo que esa es la propuesta de Alonso Guerrero en ‘Un palco sobre la nada’: un refugio para que los insaciables sobrevivan escrucando en las cenizas.

[Texto leído en el IES Hernández Pacheco de Cáceres, el 26 de octubre de 2012, en la presentación de ‘Un palco sobre la nada’ (De la Luna Libros, 2012), de Alonso Guerrero.]

11.10.12

El coco (?)

No podré determinar con argumento alguno si ese padre joven que le dice riendo al hijo pequeño ¡que viene la poli, quieto, no te muevas, que viene la poli! cuando asoma el coche patrulla por la calle del Rey está usando la vieja estrategia de amedrentar invocando al coco (sacamantecas, hombre del saco, etcétera) o si se trata, por el contrario, de un jovial indignado al tanto de la convenida decadencia de la clase política y de los desmanes de Atocha.

1.10.12

Esfuerzo

Oigo en la radio a una actriz satisfecha del éxito (lamento no haber retenido el nombre). «Cuesta mucho llegar», dice. Y ahí me detengo, miro un rato la frase al trasluz y veo el estereotipo, de modo que se me ocurre la réplica. Chica, me digo, en intentándolo, tanto cuesta llegar como no llegar [o como quedarse en el camino].

19.9.12

Mayúscu10

Quien se merece un 10 es la afición, dice el comentarista con forofo entusiasmo después de la victoria, un 10 con mayúsculas, ¡con mayúsculas!, clama, ¡CON MAYÚSCULAS!, subraya, insiste, enfatiza, y he dedicado el vasto y obsesivo conticinio del insomnio a imaginar mayúsculas en 10, 10 en mayúsculas, etcétera, una estéril sinrazón alfanumérica.

13.9.12

Pacientes

En las salas de espera de cualquier hospital o centro médico se comprueba que a un sinfín de pacientes —como si el minutaje exacto de la cita previa conllevara el tedioso requisito de la cronometría— les preocupa más el cumplimiento del horario que el seguimiento de la enfermedad, lo que a la postre arroja razonables dudas sobre el nombre común de «pacientes».

25.8.12

Purista

Quién no se ha equivocado alguna vez
y ha dicho «anduve» en lugar de «andé».

22.8.12

Ciclistas

«Provocaron la caída y tenían que haber parado», dice un titular de prensa, palabras quizás, tal vez, de un ciclista que se vio involucrado en una caída (y digo ‘quizás, tal vez’ porque en el cuerpo interior de la noticia se lee: «Y han tenido los cojones de no parar»). Bien, me digo, reflexionemos: si P no Q, si Q no P. Si acaso no hubieren provocado la caída (sujeto: ellos), bien se deduce del sofoco que no parar no habría tenido nada que ver con los cojones: ¡allá cada cual con su equilibrio, que cuando unos caen siempre hay otros que se alegran y se alejran! Y al revés o viceversa. Si acaso la hubieren provocado, entonces lo que habrían tenido en realidad habrían sido los cojones de provocarla (voluntad, deliberación, alevosía), no de no parar, pobre inocente. En qué cabeza cabe, en qué competición, en qué deporte, con qué axioma o código de barras y birretes, que ningún hijo del cielo (o del viento, o del infierno) provoque a propósito una caída para después parar y esperar con honores al caído. Por cierto, concluyo: ¿dó habrá quedado el adjetivo «santos»?

16.8.12

Metáfora y mentira

«Hablo metafóricamente», dice el personaje público —«permitidme que omita aquí su nombre / con saber que fue así debe bastaros»— y la disculpa es un anticipo de la mentira, venia de la mentira, cuando, como debe saberse, metáfora y mentira son términos opuestos. La mentira es una contravención de la realidad, una falsificación de los hechos, un fraude lingüístico. La metáfora, por el contrario, arranca de la insuficiencia del lenguaje o cuando menos, si no de la insuficiencia del significado, sí de la insuficiencia de las palabras para reflejar en su significado la conexión entre la realidad y el sujeto. Cierto es que cuando las metáforas se desgastan o bien se incorporan al léxico común o bien se convierten en tópicos, a menudo mero plástico ornamental en el vacío. (Debería seguir, me digo, pero, en fin, baste el apunte.)

2.8.12

Albalat al habla

I. Higuereños, amigos de Higuera de Albalat, miembros de la Comisión de Fiestas y de la Corporación Municipal, Señor Presidente de la Comisión, Señor Alcalde… Tengo que agradecer en primer lugar que se me haya invitado a pronunciar el pregón de las Fiestas del Emigrante de este año 2012. Confieso que cuando recibí la invitación oficial sentí al pronto cierta turbación, porque nunca me he visto en tales trances festivos, pero también lo sentí como un honor y un privilegio, porque, como le ocurre a la mayoría de la gente, yo también tengo mis raíces en el lugar de nacimiento y en los escenarios de la infancia. Tal vez por eso, por el recurso perdurable de la infancia, lo primero que acudió a mi imaginación fueron la plaza y las calles del pueblo y lo que para mí, de chico, era verdaderamente un pregón, esto es, ver cómo el alguacil salía del ayuntamiento, se detenía en medio de la plaza, frente a mi casa, hacía sonar la corneta y, con el ritmo retórico de las ordenanzas municipales, daba a conocer el bando de la alcaldía o anunciaba alguna buena nueva: por ejemplo, la llegada de un camión ambulante con mercancías domésticas o tal vez de un motocarro con productos perecederos. Emprendía después el alguacil su recorrido, siempre idéntico, se detenía en los mismos puntos siempre, en las mismas esquinas, y a veces los críos, más o menos revoltosos, le seguíamos a distancia, lo que enseguida provocaba su enojo y sus huecas amenazas. De ninguna manera podía sospechar, por tanto, que al cabo de los años yo mismo me encontraría en el pueblo donde nací y precisamente en condición de pregonero. Gracias, pues, por la invitación.

II. Naturalmente mi condición de higuereño activo proviene de la infancia y mi noción de Higuera de Albalat se remonta a la década de los cincuenta, tan lejana ya que disculparía por ley de vida los seguros fallos de la memoria. No obstante, muchas cosas de Higuera permanecen con huellas indelebles: los escenarios y el paisaje, la ubicación geográfica, el ciclo anual de la existencia y una idea sólida de comunidad.

Forman parte fija de mi imaginación los lugares y los nombres: el Cerro Cepillo, donde las travesuras infantiles nos llevaban a fumar los primeros ‘peninsulares’ e ‘ideales’; el Prado, donde nuestros juegos de pídola o pelota se alternaban con las eras del verano; el agua fría e insaciable de la Fuente Vieja; o, en fin (sería larga la enumeración), la imponente silueta del Cancho Rebozo, que, en mi niñez, competía con la cordillera del Himalaya y aventajaba sus más altas cumbres. Los Castañares, la Garganta, la Pasaera, la Gargantilla, el Rinconcillo, la Parrilla o Chinalavá son los nombres que han ido asociados siempre en mi pensamiento a la primera noción de arroyos, árboles, frutos y campos, y también, por ello, a todos los escenarios reales o de ficción de mi experiencia. La palabra ‘torre’, por ejemplo, designa para mí una sola torre, la primera, aquella a la que los monaguillos, que éramos casi todos, subíamos a tocar las campanas cada tarde, en cuyas cámaras intermedias improvisábamos juegos que en su ingenuidad merecían formar parte de los entresijos del desventurado Quasimodo o de los arbitrios del cautivo Segismundo.

El ciclo anual de la existencia, por su parte, venía marcado por un sistema de economía familiar y de autoabastecimiento, cuyos grandes hitos eran para mí dos sobre todos los demás: la matanza, un rito familiar de invierno, y las eras del prado en verano, el eterno girar en el trillo sobre la parva en julio. Los críos colaborábamos en esas tareas de forma subsidiaria y quiero creer ahora que proporcionada (aunque entonces no me lo parecía: yo aprendí sobre el trillo el arte de la paciencia y aprendí la crueldad del frío cogiendo aceitunas), pero preferíamos salir en pandilla a buscar nidos de tórtolas, torturar ranas en los charcos o participar en juegos colectivos con apenas unos cuantos ingredientes comunes: aros, zancos, bolindres, chapas, hinquetes, tiradores y tal vez un balón de goma. O, en su defecto, sin necesidad de complementos: juegos verbales, o de salto, o de escondite y persecución.

Una característica además, por azar de la geografía y los caminos, situaba a Higuera de Albalat en el corazón del mundo: era fin de trayecto. Ello suponía sin duda más de una desventaja en cuanto a prosperidad se refiere, pero agregaba, en cambio, un aliciente heroico. A mí me parecía una providencia de los dioses. Nadie venía a Higuera por casualidad, nadie se detenía en su viaje por error. No era Higuera punto intermedio de ninguna travesía: era el principio y el fin de toda travesía. Higuera era ‘destino’. Venir a Higuera requería un acto de voluntad y, considerando las circunstancias, ello significaba también una forma de pertenencia, una declaración de principios. Era como si estuviéramos en el centro del mundo. De ahí que en las raras ocasiones en que oíamos un ruido de motor nuestra curiosidad y nuestro asombro infantiles no tuvieran límite. Conocíamos de sobra el parque móvil local y sus horarios, de modo que cualquier imprevisto automovilístico lo vivíamos perplejos y curiosos.

III. Recuerdo cómo años después, llegando yo mismo en cierta ocasión en coche, me disgustó ver que el indicador de carretera contenía una sola palabra: «Higuera». Que hubieran suprimido «de Albalat» me supo mal. Y lo sentí como una usurpación, como si la administración provincial me hubiera arrebatado una parte de la memoria. En contra de esa mutilación del rótulo, del deneí, del pasaporte, hice entonces propósito de no omitir nunca «de Albalat» en ninguna circunstancia que de mí dependiera. Porque el nombre de «Higuera de Albalat» tenía un doble sentido. Estaba primero «Higuera», que es nombre común, árbol de dulces frutos, nombre que nos nombraba y que usaban maliciosamente contra nosotros, con artículo, como el lugar del despiste y la abstracción, los vecinos de los pueblos situados más allá de la Cruz del Mangano o de la garganta de Descuernacabras. Pero estaba luego «Albalat», que es nombre propio y que yo no había sabido relacionar entonces con ninguna unidad administrativa ni con ninguna Campana medieval o mancomunitaria. De modo que si «Higuera» era lo próximo, lo común, la producción frutal del verano, o sea, la realidad, «Albalat» era lo misterioso, lo desconocido, lo que pertenecía al terreno de la imaginación y de la fantasía, al mundo de la ficción y la leyenda, o sea, a la literatura.

IV. Aquellos, sin embargo, eran años de extensa penuria (y siempre las penurias han golpeado en estas tierras con mayor virulencia). Por eso recuerdo también conversaciones entre adultos, junto a la chimenea en invierno o al fresco en verano, sobre quienes emprendían la arriesgada aventura de la emigración y ponían rumbo a otras prosperidades. El pueblo se iba poco a poco despoblando y al final también nosotros cambiamos de vida y de lugar. Algo puedo decir sobre esto: por muy lejos que alguien se vaya, en cierto modo siempre está en el lugar del que parte; vivimos en otros sitios, pero seguimos estando siempre aquí. Hay cosas, además de la memoria, que permanecen de por vida: tal vez la austeridad en el carácter, tal vez cierta determinación moral. Es, por tanto, una idea afortunada celebrar estas Fiestas del Emigrante, en las que al menos una vez al año se restablece y se recupera aquella idea de comunidad que yo tenía de chico. Hay en mi memoria otras fiestas. Recuerdo la Virgen del Rosario y recuerdo más aún la impaciencia con que esperaba San Sebastián y la piedad que me inspiraba la figura de su martirio. Son fiestas tradicionales, de devoción y fe, de iglesia y procesión, fiestas de los que permanecen en invierno. No cabe para san Sebastián mejor complemento que las Fiestas del Emigrante, las fiestas del verano. Son fiestas realmente populares, fiestas del pueblo, en las que se festeja ser del pueblo y sentirse del pueblo. Son las fiestas del nacimiento y de los sentimientos, las fiestas del origen y el reencuentro, las fiestas de los que están y de los que vuelven, el rito alegre con que se perpetúan los ciclos anuales de Higuera de Albalat. Por eso es un honor pronunciar aquí esta noche las dos palabras que mejor expresan los deseos de todos y para todos: ¡Felices fiestas! Por eso, también, las repito: ¡Felices fiestas!

Higuera de Albalat, 2 de agosto de 2012

27.7.12

Zona porcuaria

Hay en la nacional cinco un punto kilométrico, ya en tierras (contra todo pronóstico y toda tradición) castellano-manchegas, al que, en mi particular cartografía, dadas la persistencia de sus características y su inefable e ibérica hedentina, he decidido declarar, sin más glosas ni exégesis, zona porcuaria. Acuñado queda.

21.7.12

Oír a Darío

Andaba yo como de costumbre ideando un palíndromo in mente mientras conducía, sobre un núcleo «oírnos / sonrió» (o viceversa), pero no le encontraba acomodo válido ni solución curiosa, pues, por ejemplo, en «Sam al oírnos sonrió más» sobraba «al» y no había forma de incluir «la» y en «Nada más oírnos sonrió Sam Adán» resultaba la onomástica contradictoria y excesiva, de modo que apenas llegué a destino tecleé la base en un buscador. Apareció entonces la voz del Yavé de los palíndromos, por medio de su profeta Darío Lancini, hablando desde el plural mayestático de la creación con el primer poblador del paraíso en una clara muestra (lo que me dejó realmente satisfecho, sólo eché de menos un punto de melancolía por el error) de que mis tentativas no iban desencaminadas: ADÁN, AL OÍRNOS SONRIÓ LA NADA.

16.7.12

A posta

Considerando el episodio postal (si fue ruido o fue furia es cuestión secundaria) que el propio Faulkner se encargó de propagar —«La familia le consiguió un empleo: administrador de correos. Dimitido por acuerdo mutuo por parte de dos inspectores; acusado de arrojar todo el correo recibido a la basura. Nunca se comprobó cómo dispuso del correo saliente» (pág. 75)—, no deja de sorprender, a la vista de las 648 páginas de estas ‘Cartas escogidas’ (subrayaremos «escogidas») y de la frecuente urgencia de sus necesidades, el crédito que, a pesar de sí mismo y de sus más que probables imitadores, concedía el autor de ‘Mientras agonizo’ al servicio de correos norteamericano. Todo el mundo acaba cayendo del caballo.

11.7.12

Sajafajas

Durante mucho tiempo coleccioné fajas, «tira de papel que se pone sobre la cubierta o la sobrecubierta de un libro», según el drae, los recursos editoriales de cada novedad, de cada elogio, de cada galardón, pero hoy he tomado una decisión seria, coherente, radical, constructiva, y no sólo he decidido reciclar la colección entera —un extenso arcoiris proclamando con autoridad bellezas extraordinarias, honduras insondables, sublimes riesgos literarios, etcétera, en el fondo del contenedor azul—, sino que, viendo la frecuencia con que el señuelo afecta sólo a la cubierta o sobrecubierta y condena al silencio la contracubierta, vengo en proponer un modelo de faja universal sin texto, de modo que, en lugar de la «breve leyenda impresa alusiva a su contenido o a un galardón que se le ha otorgado», que dice también el drae, figuren en la tira de cubierta, y por orden alfabético, sólo los nombres de quienes han opinado favorablemente sobre el libro —Vargas Llosa, Verbi Gratia, Vila-Matas, et alii— y en la de contracubierta los de quienes se han mostrado críticos, negativos e incluso pendencieros —... (dejo en puntos suspensivos la cuestión)—, que, según creo, tanto puede ayudar en la promoción lo uno como lo otro, la extraña paradoja de los veredictos.

4.7.12

Gasolineras

Como a veces, por despiste sobre la reserva del depósito o en autovías de uso infrecuente, hay que someterse a tortuosos y malévolos trayectos para repostar, hoy vengo en proponer a la degeté una modificación formal de la señal que anuncia la ubicación de las gasolineras (cfr. estaciones de servicio) para mejor guía de perplejos, de modo tal (es la propuesta) que la manguera que sale, en la señal, del surtidor deje de ser un superfluo ringorrango ornamental y adquiera una significación precisa y variable y, si cabe la expresión, gasolinerizada, esto es, indicativa de cada gasolinera singular, y así, con versatilidad icónica, e incluso emoticónica, cual serpiente amaestrada con música oriental, se levantaría por encima del surtidor apuntando con la cabeza o con la boca a la derecha o a la izquierda de la ruta, abrazaría el surtidor como en la arroba (sic: @) si el desplazamiento del sufrido e insurto conductor exige cambio de sentido, se enroscaría en espiral sobre sí misma para advertir de la distancia en kms desde el carril de desaceleración hasta el punto de venta y, ya puestos, en fin, a los malabarismos de la manguera le añadiría como complemento la presencia de un muñequito simpático y azul, con los brazos abiertos, de pie junto al surtidor, para indicar la existencia de mano de obra cualificada en las tareas de repostaje.

23.6.12

Un soneto para Santiago Antón

El poeta echa de menos las antiguas conversaciones de los jueves por la tarde con Santiago Antón y mira con añoranza el aparcamiento vacío cada vez que pasa por donde solía

Pasan los días y los años pasan
y nosotros, Santiago, envejecemos,
cubrimos con los años los baremos
que auguran ocio y que retiro amasan.

Horas y sitios en compás fracasan,
por ámbitos ausentes nos movemos
y apenas si nos vemos, o nos vemos
cuando al azar las rutas se acompasan.

Por eso la costumbre que hubo antaño
de charla amena en tu departamento
aún mantiene mi ánimo cautivo

de ese mudo rectángulo en que extraño,
junto al bronce sedente y pensativo,
el gran vacío de tu aparcamiento.

14.6.12

Verstas

Oyendo la simple, cansina e insulsa perorata de un individuo en la mesa de al lado mientras tomo café se me ocurre de pronto una historia de la que por ahora sólo tengo cita previa: «Centenares de verstas de la desierta, monótona y quemada estepa no pueden causar tanto tedio como un hombre que está sentado, habla y no se sabe cuándo se irá» (Antón Chéjov, «La casa del sotabanco»). No sé si seguiré. Este apunte me libera.

5.6.12

Los nombres

Cuando me dijeron que en el instituto Valle del Jerte iban a poner nombres propios a las aulas (lo que en estos tiempos digitales y binarios no deja de ser una verdadera temeridad onomástica) y que mi propio nombre se correspondería con la biblioteca, se me representó como en una pantalla de Rayuela un único sintagma, un sintagma nominal con núcleo y determinante, como mandan los cánones, y sin adyacentes, a saber, LOS NOMBRES, y sobre ese sintagma empezaron a acumularse diversos referentes, muy especialmente los tormentos gramaticales que yo mismo aplicaba a los alumnos hasta ayer, como quien dice. Recordé entonces viejas discusiones escolares recurrentes sobre los nombres propios, el modo como algunos estudiantes se empeñaban en que yo no tenía razón cuando afirmaba que los nombres propios carecen de significado, que señalan, pero que no significan, que sabemos lo que significan ‘mesa’ y ‘casa’, pero no qué significan, por ejemplo, ‘María’ y ‘Juan’. Y es que ciertamente los nombres propios tienen su misterio y su oscuridad. Yo mismo he experimentado ese misterio de manera paralela más de una vez. En cierta ocasión alguien que había leído ‘Campo de amapolas blancas’ y ‘Paradoja del interventor’ me preguntó por qué los personajes no tenían nombre y le hablé de lo difícil que resulta decidir que un personaje de ficción se llame Lucas o Gumersindo, porque la elección es una marca de carácter que afecta necesariamente a toda la invención posterior. Nunca, sin embargo, se me había planteado un problema lingüístico como el presente. Por una parte, se une un nombre a una biblioteca, pero no es el nombre el que honra a la biblioteca, sino la biblioteca la que hace honor al nombre. Qué sentido tiene esa combinación, me pregunto. La biblioteca seguirá siendo ‘La biblioteca’, con o sin apellidos. ‘Biblioteca’ es nombre común y por tanto significa, pero además en el instituto ‘La biblioteca’ se convierte en nombre propio antonomástico y en consecuencia también señala. ‘La biblioteca’ es, así pues, un sintagma nominal, con núcleo y determinante, y nombre común y propio al mismo tiempo. Cualquier añadido, más aún si se trata de un nombre propio, será un adyacente gratuito. Por qué añadirle, entonces, adyacentes a la biblioteca, efímeros complementos del nombre. Dándole vueltas, he encontrado una respuesta. Yo he cumplido muchas horas de jornada laboral en esta biblioteca. Los hacedores de horarios podrían dar testimonio de cómo, en las dulces épocas en que había posibilidad de elección, entre guardias y bibliotecas yo preferí siempre bibliotecas (también es verdad que siempre he odiado las guardias, lo confieso). Llegó luego un tiempo de senectud en que a los profesores castigados por la edad se nos consideró demasiado añejos, o frágiles, o mustios, para cumplir un horario lectivo completo y se nos asignó un suplemento bibliotecario. De modo que, bien por mis propias preferencias, bien por los designios valetudinarios de la consejería, aquí he pasado infinidad de horas complementarias. Aquí he procurado poner nerviosos a los alumnos entregados al vicio del ajedrez. Aquí he bromeado con los alumnos que se amontonaban fugitivos y precipitados sobre los apuntes en las últimas horas previas a un examen. Aquí he conversado con los alumnos exentos de las tareas gimnásticas, o con los rezagados de la primera hora de la mañana, o con los expulsados de las aulas por sus habilidades personales. Aquí he estado, en fin, tantas horas que el escenario forma parte de mi memoria no lectiva. Dicho con otras palabras: que de alguna forma más poética que gótica mi espíritu sigue aquí. Deduzco, pues, que los duendes de las bibliotecas (que no siempre son ratones) han influido en los órganos de dirección con las astucias del sueño de una noche de verano y han determinado que al espíritu le acompañe también el nombre y que ambos permanezcan juntos en armonía y biblioteconomía perpetuas, una designación que no es desde luego merecida y que, con los vientos que soplan, no sé hasta qué punto no será emérita. Por si acaso prosperara la condición emérita he decidido venir con el equipaje del centro, esta cartera que me ha acompañado en los últimos años, que sigo llevando con regularidad y que también contiene mi espíritu. Pero como espero que no prospere, sólo se me ocurre, en representación y como muestra de gratitud, dejar aquí ese espíritu, un espíritu menos etéreo que la memoria, un espíritu tangible, material y, en rigor, bibliotecario, ‘El espíritu áspero’, muchas de cuyas páginas no habrían sido escritas si yo no hubiera estado tantos años en este centro y tanto tiempo en esta biblioteca. Alimento la esperanza de que tal vez algún día alguien lo lea. Muchas gracias.

Plasencia, 5 de junio de 2012

2.6.12

Birota

Birota est quodlibet vehiculum plerumque binis rotis praeditum, según Vicipaedia. Pues bien, cada vez que veo birotas a lo lejos on the road (y no sólo a lo lejos y no sólo on the road, también en plazas y jardines, pero mayormente on the road) me acuerdo de James Joyce y del Ulises. Es por la anécdota del individuo al que el Ulises le parecía un libro trivial y por la respuesta de Joyce. En efecto, dijo, es un libro trivial e incluso cuatrivial. Y es que, mutatis mutandis, aprecio que las birotae son triviales, van por la calzada, van por la acera, van por su carril, e incluso cuatriviales, campo a través. Tal el via crucis, tal también la crux viae.

22.5.12

La muestra y el botón

Mientras leo el libro de Aurelio Arteta sobre tantos tontos tópicos, se me ocurre elaborar una pequeña encuesta (no científica) a mi alrededor. A la pregunta de si todos los políticos son iguales el noventa por ciento responde que sí. A la pregunta de si son iguales Rajoy y Rubalcaba el cien por cien responde que dónde va a parar.

18.5.12

Alcornoque

Basta un cambio liviano de enfoque
—o tal vez, Nicanor, un enroque—
desde la alta terraza del bloque
para ver a un letrado in utroque
de la casa de tócame Roque
y a un torero ligero de estoque
en el arte de birlibirloque
con modales de la belle époque
(por favor, que nadie se equivoque)
compartiéndose un albaricoque
a la sombra del viejo alcornoque.

4.5.12

Tela de araña

No deja de ser curioso azar entrar en una librería y ver, casi escondida en la mesa de novedades, al margen de suplementos, por sorpresa y como al acecho, ‘Tela de araña’, Editorial Trifolium, colección Litterae, nueva novela de José María Pérez Álvarez, autor de «noble sucesión de tildes» al que, más allá del hombre que amó a Octavia de Cádiz o que gozó de afinidades electivas, leo siempre con deleite, como prueba que obren en mi poder [pocas veces se usa ya esta expresión] ‘Las estaciones de la muerte’, ’Un montón de años tristes’, ‘Nembrot’, ‘Cabo de Hornos’ y ‘La soledad de las vocales’ (no he conseguido aún ‘Como si nada existiese’ ni ‘El disfraz’), de modo que aquí estoy siguiendo la peripecia mutua del poeta Guillermo Gal Cosío y del biógrafo Ramón Álvaro Rábade Expósito con la acuciante necesidad de imitar a Rábade  —ápices, vírgulas, virgulillas: tildes— e incluir en nota a pie de página dos o tres coincidencias: que yo también viví unos meses en faubourg Saint-Antoine, por ejemplo, o que trabajé una vez en Bataclan. Bian sir.

20.4.12

Comentarios

Cuenta Plinio el Joven (IV, 25) que, cuando se instauró el voto secreto en el senado, algún indeseable escribió chistes y osbcenidades (multa iocularia atque etiam foeda dictu) en las tablillas, que a tales desvergüenza y osadía dirigen su anonimato los espíritus mediocres (tantum licentiae pravis ingeniis adicit illa fiducia: quis enim sciet?). Y concluye: Ubique vitia remediis fortiora. Vale decir: Ubique.

13.4.12

Ut musice pictura

Así como la partitura se anticipa al sonido o es su evocación muda, así también el perfil de la montaña esconde la soledad de una trama, los rostros se acogen a la alusión del contraste, la materia fragmentada reclama su compostura o, en fin, las siluetas proponen el enigma de la totalidad, tal vez de la distancia. Su propósito es la representación y la inquietud. La geometría y el color, en cambio, son abstracciones visuales y exhiben, por tanto, formas inmutables, autónomas, sin referente ni correspondencia. Producen por ello el mismo arrobamiento que el fuego y el agua, elementos de la naturaleza (y ajenos, como tales, a todo designio estético) que no necesitan ni requieren ninguna significación exterior, ningún sentido fuera de sí mismos: en su propia apariencia se agota el misterio insoluble y extático de su contemplación. Tampoco la música exige significados: ella sola se basta con la misma eficacia que el canto de los pájaros, el rumor de la brisa o el clamor de la tormenta. Por eso, tal vez, ha decidido Pilar Porras vincular la pintura con la música y combinar figuras geométricas con colores de intensidad diatónica para acercarse a diversas nociones musicales. Eso es, sobre todo, Escala cromática (título genérico que alcanza la definición mediante la anfibología). Se trata, pues, de una muestra de sinestesia artística y fraterna, un proceso de traducción sensorial en el que son los parámetros de color sobre las figuras geométricas los que generan la concordancia entre melodía, armonía y ritmo. No resultará, en consecuencia, gratuito recurrir al tópico de Horacio y recrearlo como «ut musice pictura» (recuérdese además que ‘ut’ es el nombre de la primera nota de la escala) para referirse a una muestra en la que las obras convocan términos musicales —fuga o sonatina, grazioso o pizzicato, con forza o con affeto, piacevole y a piacere— y en la que sobresale, como objetivo explícito, la rotundidad poética de Klangfarbe, el color del sonido.

4.4.12

Paella míxtica

9'90 €

Reclamos de cuaresma, I presume
Menú turístico penitencial

24.3.12

Céroes

Como leí ‘Los reconocimientos’, de William Gaddis, Alfaguara, hará unos quince años, con escaso provecho, me ha dado este fin de semana por consolarme leyendo ‘¡Despidan a esos desgraciados!’, de Jack Green, Alpha Decay (‘Fire the bastards!’ el título de origen), y he aquí que en la página 150, en un interesante epígrafe sobre el común cliché de la compasión en las reseñas, me encuentro con las siguientes palabras: «pensemos en los capítulos finales de las viejas novelas, en los que el céroe y su ceroína “fueron felices y comieron perdices”», así, tal como lo escribo, «céroe» y «ceroína», y como no van marcados con cursiva, ni hay nota a pie de página, ni les pone corchetes un sic de disculpa o sobreaviso, cabe entender que son erratas ambas, por lo demás ambiguas, y hasta singulares, por ser dos, y tan proporcionadas y tan bien avenidas, sin violencia alguna de género (ni lingüística, ni estructural), de modo que me pregunto si no habrá deliberación y derivación por parte del traductor o el impresor, esto es, la voluntad de privar de todo atributo heroico a los «céroes» y «ceroínas» de las viejas novelas y, en consecuencia, como si apenas fueran aspirantes a la aspereza de espíritu, dotarles, como personajes, de un nuevo nombre en los manuales agregando sufijos a la insignificancia y a la nada, o sea, al «cero». Fire the zeroes!

18.3.12

Estampa

Caminito del Rastro
he visto a un pordiosero
leyendo el Evangelio
de Saramago.

8.3.12

Tardes de domingo

Cada año, cuando el aislamiento del frío se despereza y se barruntan asomos de primavera, las tardes de los domingos alcanzan su estatuto natural, la hegemonía del tiempo hueco. La sugestión del crepúsculo se eterniza desde primeras horas, con una luz estéril y extendida, como una foto fija del edén, exhibiendo el anuncio de un ocio extenso que se expande en la atmósfera: el hastío. Pandillas de adolescentes se aburren por los rincones asimétricos del diseño urbanístico y, desde la inercia, conjuran el cultivo de la sumisión genética con ensayos veniales de rebeldía sinvergüenza. Llega la turba gentil del día de campo y sol, bajan rojos y desaliñados de los coches, ahítos de holganza, mientras la radio desgrana, como un rosario infame, las voces variantes y exhaustivas del carrusel. Ciertamente, las tardes de los domingos son la imagen legítima del paraíso y la evidencia más clara de su inutilidad. Porque el hombre no ha nacido para habitar paraíso alguno, ni terrenal ni celestial, incapaz de representar las venturas de una gloria eterna, ha imaginado mandamientos contra los que sublevarse y alegorías de manzanas con que transgredir la prohibición original. Reduce el hombre, pues, apenas, con desolación, los contornos del edén o la frontera a liberación laboral: tarde de domingo interminable. Aunque las magnitudes son incomparables, los destinos del espíritu esgrimen la multiplicación de una hipérbole, la elevación a potencia infinita del breve periodo de tiempo que se concibe y se vive como una pausa, un tránsito del infierno al infierno, que sí es tiempo continuo y tiempo humano, el tiempo permanente de la desidia y el dolor.

21.2.12

Espinela

Admírase un hispanés
al ver que, en tiempos de vacas
muertas (ni gordas ni flacas),
cuando todo IVA al revés
genera un nuevo do ut des,
se ha impuesto tal catatonia
al hedor de la colonia
que si un empresario quiebra
o cambia gato por liebra
o se hace lapa en Laponia.

12.2.12

Bernstein

Una de las escenas que mejor recuerdo de ‘Ciudadano Kane’ no existe y, sin embargo, la recuerdo como si la hubiera visto cada una de las veces que he visto la película. En un momento de la historia un personaje dice: «Uno recuerda más cosas de las que la gente supone. Yo, por ejemplo. Un día allá por el año 1896 iba a Jersey en el transbordador. Al bajar nos cruzamos con los viajeros de vuelta. Entre los que subían estaba una joven. Iba vestida de blanco y llevaba una sombrilla blanca también. Aquella visión duró un segundo y ella ni siquiera me vio. Pero le aseguro que no ha pasado ni un mes desde entonces en que no haya pensado en ella». Se trata sólo de palabras. En ningún momento las imágenes subrayan o documentan esas palabras. E incluso desde el punto de vista cinematográfico es mejor que así sea. No importa. Yo recuerdo la escena, conservo exacta su memoria visual: ‘veo’ a la señorita vestida de blanco y con la sombrilla blanca subiendo al transbordador. Y todavía cuando alguna vez me distraigo con la revisión de la película me sorprende ver al viejo Bernstein hablando del recuerdo sin que aparezca la imagen de la joven certificando sus palabras.

4.2.12

'Caracteres', de Salvador Retana

I. Permítaseme actuar como presentador de estos 'Caracteres', porque, aunque pueda parecer extraño, e incluso insólito, no atenta, de hecho, contra las buenas formas ni contra el común proceder. Cierto es que en la portada y en los créditos del libro, junto al nombre de Salvador Retana, figura el mío, como si acaso fuera yo coautor, pero se trata sólo del significado más literalmente denotativo de la palabra «figurar», del verbo «figurar», o sea, de mera y honorífica figuración, explicable sólo por la generosidad y la modestia del propio Salvador Retana. O, si se prefiere, mejor aún, por el ‘carácter’ de Salvador Retana, un carácter artístico, modesto y generoso. Quiero decir con esto que ‘Caracteres’ es un libro de Salvador Retana, sola, única y exclusivamente suyo. Ni siquiera hace falta abrirlo u hojearlo para catalogarlo sin vacilación como «libro de arte» o «libro de artista» y, naturalmente, el artista aquí no es otro que Salvador Retana: y el artista es el autor. Yo he colaborado con un pequeño escrito, un prologuillo artesano, un ligero recorrido por la caracterología, no tanto en sentido histórico, como en su puro y esencial sentido literario, que, como se ha ido a más páginas de la cuenta y de las previstas, no ha querido el verdadero autor del libro dejar fuera ni de los honores de portada ni de las acreditaciones del ISBN, pero ‘Caracteres’ tendría la misma entidad, la misma categoría y también, tal vez, más valor sin el prólogo, porque todo prólogo, en cuanto prólogo, es ya una forma de coerción y a menudo una amenaza y a veces incluso una impostura, como, sin ir más lejos, en los ‘Caracteres’ de Teofrasto, que fue el inventor del género, de cuyo prólogo dice en nota a pie de página el traductor español: «Este ‘Proemio’ tiene todos los visos de ser apócrifo. No es atribuible a Teofrasto ni por su estilo ni por su contenido». De este modo, pues, vale decir que hay alguna forma de simetría y equidistancia entre aquellos primeros ‘Caracteres’ y estos ‘Caracteres’ postreros.

II. El caso es que el día 13 de julio de 2010, martes, a las 18:35, recibí un mensaje de Salvador Retana cuyo asunto decía «Proyecto libro», del que, aparte de la fecha y la hora (pues mi memoria de la cronología es bastante limitada), he entresacado tres párrafos. Decía el primer párrafo: «Tiempo atrás, releyendo ‘El Testigo de Oído’ de Canetti, fueron saliendo, al tiempo que leía, unos dibujos muy sueltos, unos personajes irónicos e informales, sin ninguna pretensión. Realizados con boli, rotuladores y unos lápices de colores. Me parecieron válidos, lo di vueltas y construí una caja de cartón gris para estos cincuenta seres. Empecé a verlo como una caja libro y la posibilidad de editarlo y creo que pide un pequeño texto que conviva con ellos». El segundo párrafo decía: «Sinceramente, lo que quiero es invitarte a participar conmigo en este viaje. Pedirte el favor de un texto, sin prisas. No se trata de un prólogo, tampoco una crítica artística, ni siquiera a la obra, todo lo contrario, un texto autónomo, libre, en el que tú te encuentres cómodo. Sé cómo caen estas peticiones, que la mayoría de las veces son compromisos, este no es el caso». He aquí, pues, detallada en estos dos párrafos, toda la aventura de ‘Caracteres’. Por una parte, como se ve, hablar de «proyecto libro» por parte de Retana era ya en esos primeros momentos una formalidad retórica, porque, a falta sólo de la reproducción técnica, o mecánica, o tecnográfica, él ya tenía hecho el libro, la caja gris con los cincuenta seres, que yo pude ver pocos días después, llevar a casa en depósito e incluso escanear para su contemplación digital y su reiteración automática power-point. Y he aquí también, expresado de forma sencilla y sin afectación alguna, el procedimiento artístico, el modo como, en lugar de subrayados y notas en los márgenes, que es lo que más frecuentemente hacemos los lectores descuidados, Salvador Retana se había entregado a una tarea de traducción: no traducción de lenguas, sino de lenguajes.

III. Confieso que al pronto me quedé indeciso ante la propuesta, porque soy completamente ignorante en materia plástica, pero al mismo tiempo interesado. Yo conocía algunas publicaciones anteriores de Retana, como ‘Los empalaos’, una colección de dibujos en torno a ese rito o a ese sacrificio que se produce cada año en semana santa en Valverde de la Vera: «Allí», como se sabe, hay «un hombre descalzo que camina en silencio. / Un hombre con el cuerpo adherido a una soga. / Con el rostro cubierto y corona de espinas. / Un hombre condenado a una errancia marcada. / Entre cruces de hierro y entre cruces de piedra / va vagando. Allí un hombre por callejas umbrías / con el fin de encontrar al extraño que encarna», según describen los versos de Álvaro Valverde que abren el libro. También conocía el ‘Bestiario’, donde ya dio sobradas muestras del procedimiento anticipándose a acomodar extrañas representaciones morfológicas a diversos animales, exóticos a veces, a veces fingidos. No era extraño, pues, que tras la fauna del bestiario viniera Retana a caer en la fauna de los caracteres, que no es fauna menor ni menos diversa ni menos pintoresca. Así que, por mi parte, con la caja gris y los cincuenta seres en casa, me puse a comparar. Busqué mi ejemplar del libro de Canetti, ‘El testigo escuchón’ (Anaya & Mario Muchnik, 1993), y me dispuse a comparar texto y dibujo. Leí en primer lugar el que podríamos considerar grado cero de los cincuenta caracteres, el titulado precisamente «El testigo escuchón» (o el testigo de oído, o el testigo oidor, o el testigo auricular, o el testigo auditivo, o el oyelotodo: no parece fácil la traducción del término alemán), que empieza diciendo: «El Testigo Escuchón hace esfuerzos por no ver; oye, en cambio, muchísimo mejor. Llega, se queda de pie, se desliza sin ser visto hacia un rincón, curiosea algún libro o una vitrina, escucha lo que hay que escuchar y se aleja, inmutable y ausente. Nadie pensaría que ha estado allí: ¡con tanta habilidad desaparece! Y helo ya en otro lugar, escuchando otra vez; conoce todos los sitios donde hay algo que escuchar, lo registra bien y no olvida nada». Y me entretuve dando vueltas a las diferencias de procedimientos artísticos en la descripción o configuración de caracteres: el oído para Canetti y la vista para Retana, la audición y la visión, las orejas y los ojos, el testigo ocular y el testigo auricular. Estaba, pues, pensé al pronto, frente un procedimiento personal de traducción que no se basaba en los esquivos y equívocos límites semánticos de un diccionario bilingüe, como demuestra el término alemán «Ohrenzeuge», sino en las galerías comunicantes de los lenguajes, de, al menos, dos lenguajes.

IV. Y como tenemos cierta propensión perversa, y aun malsana, a buscarnos, e incluso a encontrarnos, en lo que podríamos llamar síntomas de hipocondría moral, me entretuve picoteando en unos y otros caracteres de Canetti, eligiendo los títulos a propósito, por ver si yo mismo aparecía en tan traviesa y heterogénea etología. Así, por ejemplo, en vista de mis aficiones lectoras, vine a caer enseguida sobre El Bibliófago, a saber: «El Bibliófago lee todos los libros sin distinción, siempre que sean difíciles. Los que se comentan no lo dejan satisfecho, han de ser raros y olvidados, difíciles de encontrar. A veces se pasa un año buscando un libro porque nadie lo conoce. Cuando al final lo encuentra, lo lee de un tirón, lo entiende, lo memoriza y puede citarlo siempre. A los diecisiete años tenía ya el mismo aspecto que ahora, a los cuarenta y siete. Cuanto más lee, menos se transforma. Todo intento de sorprenderlo con un nombre fracasa, es igualmente versado en cualquier campo. Como siempre hay cosas que ignora, no se ha aburrido nunca. Procura, eso sí, no citar algo que desconozca, no vaya a ser que otro se le adelante en la lectura». Así pude comprobar con alguna satisfacción que, pese a algunas similitudes sintomáticas, yo no era exactamente el bibliófago: por ejemplo, yo no tengo cuarenta y siete años. Dadas mis veleidades gramaticales, repasé después los atributos de El Pseudorretórico: «Para hablar, el pseudorretórico busca oyentes que no sepan de qué habla. Conoce las miradas perplejas y el parpadeo del desamparo cuando se dirige a alguien, y sólo se lanza a perorar si el desamparo le parece suficiente. Las ideas afluyen a su mente y pronto dispone de una cantidad pasmosa de argumentos que, en otras circunstancias, no se le habrían ocurrido: siente cómo puede ir enredándolo todo y se encumbra hasta el más recóndito de los delirios: en torno suyo la atmósfera se carga de oráculos». En este caso no supe decidir en qué porcentaje me afectaba el retrato: no se mencionan los años del sujeto. Pero sí puedo decir algo a cambio. «El pseudorretórico» es el dibujo que algunos habrán recibido por correo electrónico en la invitación a este humilde evento y la figura puede servir para entender la semántica de los caracteres y la polisemia de los dibujos, la complejidad de su sencillez. Puede apreciarse la oquedad del personaje, todo vacío, salvo el negro perfil y la arrogancia declamatoria de la boca, de los brazos, de las manos. Ahora bien, en la invitación no se trata de arrogancia, sino de un ser desvalido que con la mano izquierda señala, como si fuera el bocadillo exento de una viñeta, al texto escueto de la invitación: se trata, ahí, de un ser denotativo y suplicante.

V. Así seguí, en fin, leyendo y comparando: El Lengüipronto, El Lamenombres, El Recelafamas, El Rigedesdichas, El Cazaperfidias, La Depurasílabas, El Caldealágrimas, buscando el ligamento entre la «textualidad» y la «textura», pero sólo más tarde, tras la apacible y sucesiva comparación de ambos tejidos, texto y dibujo, textualidad y textura, llegué a extraer una conclusión que me parece esencial: que los dibujos de Retana no son ilustraciones, sino representaciones, invenciones plásticas del carácter. Si existiera la palabra, que lo ignoro, me atrevería a decir que son «etografías». Hay una circunstancia notable a este respecto. He hecho antes referencia a su ‘Bestiario’, un conjunto de 64 grabados (64, como las casillas del ajedrez). ‘Bestiario’ se publicó en 2005. Y lo notable es que Retana siguió entonces un proceso inverso. Fue dando forma pictórica a diferentes animales al ritmo azaroso de la inspiración y la fantasía, sin más reglas, pero, al mismo tiempo, con todas las limitaciones que la fantasía y la inspiración imponen (precisamente por su indeterminación previa las reglas de la fantasía son las más estrictas, las más sutilmente rigurosas). Pues bien, hechos los grabados e iniciados los preparativos de la publicación, Alberto Manguel amoldó a cada grabado un texto idóneo, preciso y, sobre todo, primitivo, de modo que por los extraños caminos de la fantasía Retana había venido a coincidir en sus grabados con escritos de Aristóteles, de Claudio Eliano, de Plinio el Viejo, de Lucrecio, de san Isidoro de Sevilla o de fray Bernardino de Sahagún. Y así «El pájaro letrado» de Plinio el Viejo o «El grifo» de Sir John Mandeville son anticipaciones del pájaro letrado y del grifo de Retana, a los que Retana ha llegado por sí mismo, siguiendo sus propias reglas, sin conocimiento previo del texto remoto. ‘Bestiario’, pues, era el encuentro en la superficie de dos realidades ajenas, distintas, paralelas e intemporales.

VI. Con los antecedentes del ‘Bestiario’ y puesto que los «caracteres» de Retana habían ido surgiendo a partir de los textos de Canetti, pensé al pronto, con clara impremeditación, que lo más pertinente sería una edición del libro de Canetti con los dibujos (cosa no sólo difícil, sino, dados los tortuosos vericuetos del copyright, altamente improbable), pero Salvador Retana no había contemplado ni remotamente esa posibilidad. Enseguida supe por qué, incidencias del copyright aparte, no sólo no era una buena idea, sino que era una idea equivocada. En una publicación de ese tipo, los dibujos serían material adyacente, secundario, en relación con los textos de Canetti: paternalimos de la pedagogía. Esto es, serían sólo ilustraciones, cuando lo que Retana había pretendido y había creado (lo he dicho más arriba, pero conviene repetirlo) eran representaciones. De ahí que los dibujos no sólo merezcan su propio libro, sino también toda la consideración del libro. Porque, pese a haber surgido como consecuencia de la lectura de los textos de Canetti, no por ello son una simple derivación o una mera ilustración de esos textos y a mera ilustración habrían quedado relegados con esa especie de edición que en principio, tan irreflexivamente, yo imaginé. Ciertamente Retana ensayó los trazos pictóricos de los personajes de Canetti, pero de esos trazos surgió una galería de personajes («seres» decía el mensaje) que son en verdad invenciones de Salvador Retana, tienen valor independiente, resultan creaciones autónomas en las que Canetti pasa a ser un apoyo onomástico, de estricto santoral. Elías Canetti, pues, está en la génesis de los dibujos, pero los dibujos no necesitan de las palabras de Canetti más allá del nombre, nombres como los que he mencionado más arriba, o como El Muerdecasas, El Tientahéroes, El Rondacadáveres, La Ovillapenas, El Nuncadebe, La Hiposcóntica, La Finolora, así hasta cincuenta. Más allá del índice bautismal, Salvador Retana ha llevado a cabo su propio examen de ingenios y conformado sus propias etografías. Añadiría más, incluso. En apariencia, ‘Caracteres’ ha seguido el procedimiento inverso al ‘Bestiario’, puesto que Retana ha partido de los caracteres de Canetti, pero, paradójicamente, en realidad, al revés que en ‘Bestiario’, tras ese punto de partida en la superficie, los dibujos se han separado luego de los textos y cabe decir que su coincidencia, salvo por los caminos de la deliberación, ha sido a la postre un puro azar. La convergencia y la divergencia son, al fin y al cabo, variaciones de ida y vuelta en torno a un punto en el espacio o en el tiempo, casi estoy por decir que extraños palíndromos circunstanciales.

VII. En el ensayo «La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica» (de 1936), decía Walter Benjamin: «La técnica reproductiva desvincula lo reproducido del ámbito de la tradición. Al multiplicar las reproducciones pone su presencia masiva en el lugar de una presencia irrepetible. Y confiere actualidad a lo reproducido al permitirle salir, desde su situación respectiva, al encuentro de cada destinatario». He recordado estas palabras de Benjamin al ver terminado el proceso de reproducción de ‘Caracteres’, al ver completo el proceso de edición y de distribución. También al ver estas reproducciones digitales de las distintas figuras en la pantalla. Y no he dejado de subrayar el final de la cita: «confiere actualidad a lo reproducido al permitirle salir […] al encuentro de cada destinatario». Estamos ahora en ese momento exacto y crucial: la reproducción de caracteres saliendo al encuentro de sus destinatarios. Dije antes que entresacaba tres párrafos del mensaje de Retana del 13 de julio de 2010, pero sólo leí los dos primeros. Recupero ahora el tercero para terminar. «La idea», decía ese tercer párrafo, «sería realizar una edición muy pequeña, la última fue de diez». Y con esa última edición de diez ejemplares se refiere a la (digamos) «princeps» de ‘Los empalaos’ (la «princeps» de ‘Caracteres’ es de siete ejemplares). Pero el párrafo concluye con estas palabras: «te podrías quedar con los ejemplares que necesites pues esto es una batalla perdida». Ahora, La Rosa Blanca ha «reproducido» quinientas veces los «caracteres» de Salvador Retana. Con esta presentación sólo se pretende en realidad un objetivo: que no sea una batalla perdida y que, si ha de ser en última instancia una batalla perdida, que al menos sea una derrota heroica.

[De la presentación  de 'Caracteres', de Salvador Retana, La Rosa Blanca, 2011, en la Sala Verdugo de Plasencia, el día 3 de febrero de 2012]

2.2.12

El Pseudorretórico

 

13.1.12

El llanto y el móvil

De vuelta de un paseo de mediodía bajo el débil sol de enero, me llamó la atención ver a una mujer joven que, justo en el momento en que llegaba a su altura, colgaba el teléfono de una cabina pública. Ni el hecho ni el rostro de la joven se habrían incorporado a mi memoria sin el subrayado de una circunstancia adyacente: la chica estaba llorando. Me miró y se alejó de la cabina a toda prisa, como si huyera, no de mí, sino de la cabina o del espacio del llanto o tal vez de la vergüenza. He de confesar, no obstante, que, si me sorprendió el llanto, que, en exteriores, no deja de ser una engaño de la emoción, un aliciente para la piedad, más me sorprendió la deriva de mi primer pensamiento. No tiene móvil, pensé. Y enseguida sentí remordimientos por haber antepuesto al llanto el móvil, culpable de advertir con tanta prontitud las anomalías tecnológicas de los tiempos y relegar a segundo plano las secuelas de la miseria humana, lóbrega y perdurable en sus pesadumbres. Me consolé luego, de regreso a casa, aún al abrigo del tibio e impenitente sol de invierno, conviniendo que igualmente impío hubiera sido escarbar en el llanto con un haikú o con un soneto, como impía es, en definitiva, esta entrada e impías todas y cada una de sus palabras.

7.1.12

Elemental

Según avanzo por las páginas de ‘Con el agua al cuello’, de Petros Márkaris, aumentan en tal grado mis dotes de detective que, como esos espectadores que avisan al héroe de los peligros que corre en la pantalla o que gritan órdenes al jugador en las retransmisiones deportivas, bien podría ayudar con mis deducciones al comisario Kostas Jaritos y decirle: «Siga usted investigando, comisario Jaritos, porque algún personaje tendrá que cargar con la autoría de los crímenes, es de ley en la narrativa policial, pero ya antes de llegar a la final del mundial de fútbol (estoy en ello) le puedo asegurar sin ninguna duda y con todo fundamento que el culpable no es otro que el propio Petros Márkaris, que no ha encontrado otro remedio contra la inagotable farsa de la deuda, la crisis, las finanzas y las agencias de rating que su decapitación». Pero mejor me callo: no voy a interferir en el orden de la trama y menos aún en su disolución.

2.1.12

Prensa

Abro el periódico con mono, por la dosis de ayer, y percibo de pronto nueva música, «Europa se prepara para un nuevo calvario», ¡un alejandrino!, exclamo, titular, página 2, paso a página 3, «Italia pone en marcha los ajustes…», me detengo, ¡endecasílabo!, estoy a punto de exclamar, la métrica del año nuevo, el regreso de Belarmino y Apolonio, pero reparo un poco en la semántica, en la ‘detonación’ de las palabras, y veo que no, que sigue la vieja prosa con su eurorritmo retórico, su déficit porcentual, su producto interior bruto. No hay perfección posible.

30.12.11

Recuento

Paso los días festivos
con escritos cercanos:
las ‘Palabras menores’,
de J. R. Santos,
los cuentos de ‘Lisboa’,
de Morales Ortiz
(cita previa de Pámpano),
y de Manuel Vicente
González los ‘Relatos
de un trashumante’, añado
el ‘Libro de familia’,
de Félix Grande, y la
«memoria de un lector
inexperto», ‘Calleja
del Altozano’, un diario
con las cuatro estaciones,
lecturas de José
Julián Barriga Bravo.
Así página a página
se va pasando el rato,
se va pasando el día,
se va acabando el año.

11.12.11

Larga y fría tarde de domingo invernal en la ciudad

Microleo.

10.12.11

Numerales

(1)
Dime la verdad…
—¡Uno, dos y tres!—
¿No quieres hablar…?
—¡Cuatro, cinco y seis!—
Me las pagarás…
—¡Ocho, nueve y... diez!—

(2)
Uno, dos y tres, cuatro, cinco y seis,
no contéis ya más, más ya no contéis,
que así el endecasílabo tenéis,
uno, dos y tres, cuatro, cinco y seis.

26.11.11

Fe de errata

Trocáronse las tornas.
Brindé con becherovka.

25.11.11

Brindis

Esta noche tal vez me tome un whisky.
Si así fuere, glenfiddich.

19.11.11

Quadrupedumque

Según cantan los goles que encaja el Zaragoza, me viene a la memoria un cuento de Conget.

11.11.11

Aforismos

Cada vez me resulta más fatigoso leer libros de aforismos y no sólo porque al cabo de unas cuantas páginas cada nuevo ingenio borre de mi memoria el anterior o porque su reverso fácilmente los refute, sino porque avanzo como un náufrago con la obsesión de que un lector editorial minimalista y ocioso, en lugar de ir subrayando las frases ocurrentes y el fogonazo de la idea (los aforismos propiamente dichos), ha preferido ir borrando con líquido corrector lo que consideraba superfluo y dejando, pues, en blanco y en vacío la sutileza del razonamiento.

7.11.11

Los Soprano

He seguido con interés creciente durante algo más de tres meses (tengo mucho tiempo alrededor) la serie de HBO ‘Los Soprano’, a un ritmo, con interrupciones, pausas y excepciones a la regla, de dos episodios diarios: la serie consta (si no yerro) de 86 capítulos. Al tiempo, he leído ‘Los Soprano y la filosofía’, un conjunto de textos divulgativos de diferentes autores (en algunos casos con el sentido del humor ‘prime time’ de cierto ensayismo de masas USA) sobre la dimensión moral de la serie, las características estéticas del producto, la perlocutiva jerga de la ‘familia’ de New Jersey (suelo leer con gusto a Leonardo Ssiascia, he leído a Gay Talese) o la ética del cuidado de Carmela Soprano (meras obsesiones éticas y estériles del campus). Al margen de algunas concesiones y algunos agotamientos, la precisión de las tramas y la minuciosa y a menudo sutil caracterización de los personajes me ha (con perdón) ‘enganchado’ hasta tal punto que, si no me he hecho adoptar por la familia criminal DiMeo, tampoco me importaría tomar una cerveza con Tony Soprano en una mesa con mantel de cuadros en la puerta de Satriale’s: no para emitir juicios morales sobre la la bondad ‘familiar’ del capo di capi, ni para indagar en las galerías psiquiátricas que corresponden a la ciencia equívoca de la doctora Melfi, sino para entender algunos mecanismos del subsuelo financiero, la rentabilidad residual de los desechos.

5.11.11

Cambio

Protestamos ahora con razón y con tristeza; protestaremos luego con gusto y más razón.

28.10.11

Necrorrelato

Leeré el Ulises, dijo, aunque sea lo último que haga. Y fue, en efecto, lo último que hizo.

6.10.11

Best book

Ayer leí «uno de los mejores libros de los últimos años». Hoy, otro. ¡Qué sinvivir!

26.9.11

Parking

Doy vueltas por el aparcamiento buscando el coche desorientado. Llave en mano, tardo en caer en la cuenta de sus propiedades inalámbricas. Y cuando pulso finalmente el mando a distancia los intermitentes de todos los coches de la planta se encienden, parpadean. No es un sueño.

14.9.11

GPS

On the road, a la ida y la vuelta, no hago otra cosa que leer indicadores al derecho y al revés y tratar de rellenar, id est:


— Asómate, Retamosa
— Arévala Talavera
— Yo haré bala todo Talavera hoy
— Allí ruge Segurilla
— Los Pereda de Repsol
— Oh, ya pasé por Oropesa, payo
— Yare traga Lagartera y…
— Haré trágala a Lagartera
— Adela repele Peraleda
— Ada, jeta, sacará Casatejada
— Etcte

1.9.11

Sopla la musa

I. No sólo cabría, pues, decir que existe la inspiración, sino que, en realidad, en el proceso de elaboración del texto, sean cuales sean los pasos sucesivos, todo es necesaria y absoluta inspiración, salvo que para negar la inspiración baste el ejercicio de la voluntad, entendida como deseo consciente de expresarse en un plano literario, esto es, que la decisión de escribir un poema anule por sí misma todo atisbo de inspiración, lo que llevaría a afirmar que el genio se esconde en la inconsciencia. Pero la voluntad y la inspiración no sólo no están reñidas sino que son complementarias, toda vez que, por una parte, el que la expresión se produzca de manera imprevista o deliberada es secundario, pues, ciertamente, sea cual sea el procedimiento, la expresión literaria viene, o sobreviene, como el paso necesario del pensamiento a la palabra, y que, por otra parte, dado el primer paso, aquél en que se decide o se necesita escribir (y la decisión es una necesidad), cada movimiento posterior, cada verso, cada corrección, por muy separados que estén en el tiempo, no son otra cosa que mero producto de la inspiración, la acción continua e ininterrumpida de las ocurrencias.

II. Véase a Saúl Olúas un día de invierno, en un paraje de esplendor glacial, asomado a la barandilla de un mirador, observando cómo una persona a la que no conoce camina con dificultad sobre la nieve, donde quedan hundidas las marcas de sus huellas. Le vienen entonces al pensamiento un par de versos, en los que se recrea mentalmente un tiempo, hasta que, al fin, objetivamente satisfecho, saca un cuaderno en cuartos del bolsillo y escribe los siguientes endecasílabos:

Un hombre traza lenta, lentamente,
un surco irregular sobre la nieve.

En términos estrictamente líricos, cabe decir que ha puesto pie, entre periodístico y poético, a una postal alpina, esto es, ha disfrazado con ritmo acentual y sílabas contadas el comunicado enunciativo de una experiencia visual. Sin embargo, aun sabiendo que la representación figurativa de lo que ha visto es inamovible, salvo que acuda a las trampas suplementarias de la fantasía, la configuración verbal de la visión no le parece suficientemente afortunada y sigue dándole vueltas con insistencia, mareando el pensamiento. De hecho, ese mismo día por la tarde, sentado frente a una taza de café, echa mano del cuaderno y, considerando que la redundancia no es el modo más expresivo de subrayar el modo de andar de aquel hombre, procede a la primera corrección: tacha «lenta» y escribe encima «torpe y» (véase apéndice). Inmediatamente, sin embargo, se le ocurre otra modificación posible: ¿está bien «traza» o es mejor «deja»? El verbo «trazar» pone de manifiesto la acción del hombre sobre la nieve, pero, a medida que éste avanza, las huellas van quedando detrás, abandonadas, efectivamente, como un surco, por lo que, tal vez, «dejar» convenga más a la precisión del hecho. Con numerosas vacilaciones y en la incertidumbre lingüística, Saúl Olúas procede a la sustitución. El cuaderno vuelve al bolsillo, o sale del bolsillo para acoger otros apuntes, otras ráfagas de la realidad hacia el lenguaje, hasta que, al cabo de varios días, Olúas vuelve sobre los endecasílabos. Se le han ocurrido casi simultáneamente dos modificaciones, una puramente formal, en la que «torpe y lentamente» pasa a ser «con torpeza lenta» (resuelve de nuevo hacia atrás la vacilación anterior: «traza» por «deja»), y otra, más significativa, en la que se apuntala mayor severidad la autoría del surco irregular: el determinante «un» con que empieza el segundo verso, mero presentador, es reemplazado por un contundente posesivo «su». Las huellas del hombre que avanza sobre la nieve, aunque tras su paso sean anónimas, siempre, en la realidad y en el poema, serán suyas, exclusivamente suyas. Ahora, el enunciado, aunque ronde con frecuencia la mente de Saúl Olúas, reposa largo tiempo, en ese estado incierto y casi satisfecho en que la forma inconclusa y la versión definitiva se confunden y se dan la mano. Pero, en una ocasión perdida y posterior, unas huellas anónimas sobre la nieve (otras huellas, otro lugar, otra nieve), sin rastro alguno de hombre, recuperan la memoria de las palabras con una levísima variante que, curiosamente, introduce un giro radical en el enunciado. Se trata de algo tan sencillo e inofensivo como sustituir «un» por «el» en el primer verso, pero el vuelco semántico afecta en tal grado al sujeto que el sentido del predicado cambia de raíz. Pasar de un hombre concreto indeterminado al hombre universal y que sea «el hombre» universal quien «traza con torpeza lenta su surco irregular sobre la nieve» significa que ni el trazar es trazar, ni el surco es surco, ni la nieve es nieve, sino transposiciones simbólicas de la realidad o concreciones lingüísticas del pensamiento. Saúl Olúas queda ciertamente satisfecho del giro que ha tomado la inspiración, pero la misma satisfacción le empuja a proseguir sin tregua un asedio que se le antoja provechoso y es así como se le ocurre repentinamente una metáfora aún más audaz que la primera. «Surco irregular», en efecto, se ajusta al rastro discontinuo del hombre sobre la nieve, pero, puesto que el hombre no se limita a pasar, sea por la nieve o por la vida, sino que ese pasar es una forma de sufrir, y, como el sufrimiento no admite aprendizaje, dos palabras imprevistas se imponen contundentes: «ruda cicatriz». No hay deliberación posible en este paso ni explicación a priori del trasvase. Sin embargo, Saúl Olúas no queda complacido. Prefiere la cicatriz al surco, sin duda, pero le incomoda que haya desaparecido una de las sugestiones lingüísticas implícitas en la palabra «surco». Aunque piensa en ello de manera obsesiva, la solución se le resiste lago tiempo, hasta que un buen día, al fin, le sobreviene un trueque: sustituye «traza» por «siembra», de semántica más precisa y, por añadidura, de fonética próxima, tendente a la paronomasia. No se limita el hombre a pasar por la vida y a sufrir, sino que su paso por la vida consiste en ser sujeto de dolor y en dejar a la posteridad las huellas, las cicatrices del sufrimiento. Ser hombre es haber sufrido, piensa Olúas. Y piensa más: que está acercándose a la expresión lingüística de ese dolor. Todavía, no obstante, introduce otra modificación cuando decide empezar el dístico diciendo: «Los hombres siembran», en la idea (discutible, por lo demás) de que el plural hace que las cicatrices sean más concretas, puesto que la afirmación universal (por ejemplo, «el hombre es un animal racional») lleva consigo, en su generalización, una cierta abstracción, mientras que el plural (por ejemplo, «los hombres mueren y no son felices») distribuye a cada uno, individuo concreto, su parte proporcional o fatal de infelicidad, surco o cicatriz. Finalmente, para destacar la acción sobre el hombre, esto es, para subrayar la victoria del predicado sobre el sujeto, para inclinar la balanza, contra el actor, hacia el peso existencial de las obras, aunque también por motivos externos, concretamente acentuales, decide la variación postrera: «Siembran los hombres». En este punto, tras nueve intentos repartidos en un periodo largo e indefinido de días, Saúl Olúas, aunque sin renunciar a posibles mejoras y volviendo en ocasiones sobre algunas variaciones anteriores, da por concluido el apunte y cierra el cuaderno en paz:

Siembran los hombres con torpeza lenta
su ruda cicatriz sobre la nieve.

________________________________

Apéndice (variaciones)


1. Un hombre traza lenta, lentamente
un surco irregular sobre la nieve.

2. Un hombre traza torpe y lentamente
un surco irregular sobre la nieve.

3. Un hombre deja torpe y lentamente
un surco irregular sobre la nieve.

4. Un hombre traza con torpeza lenta
su surco irregular sobre la nieve.

5. El hombre traza con torpeza lenta
su surco irregular sobre la nieve.

6. El hombre traza con torpeza lenta
su ruda cicatriz sobre la nieve.

7. El hombre siembra con torpeza lenta
su ruda cicatriz sobre la nieve.

8. Los hombres siembran con torpeza lenta
su ruda cicatriz sobre la nieve.

9. Siembran los hombres con torpeza lenta
su ruda cicatriz sobre la nieve.

14.8.11

Flores

Vi hace unos días en quién sabe qué tedeté accesoria una serie norteamericana de juicios y abogados cuyo título desconozco, una variante procesal de la inagotable ficción del crimen. En el episodio que me cupo en suerte se descubre al asesino por un (digamos) descuido insólito: haber llevado flores a la tumba de la víctima (una mujer) cada domingo durante diecisiete años. Adquieren carácter probatorio algunos añadidos funcionales: algunas interrupciones penitenciarias leves, decirse marido ante el florista siendo sólo vecino, etcétera. Ahora, varado en el puente de agosto, al leer «Esto se debe a un sentido del decoro nada incongruente en un hombre [Joe DiMaggio] que de igual forma, tras el fallecimiento de Marilyn Monroe, ordenó que hubiera flores frescas en su tumba “siempre”» (Gay Talese, ‘Retratos y encuentros’, Alfaguara, pág. 107; las comillas de «siempre» son de Talese), toda mi atención se desvía enseguida de las flores y subraya en rojo y negro la palabra «ordenó». Son, sin duda, claramente equiparables, y de significado paralelo, me digo, los diecisiete años de la serie con el «siempre» de DiMaggio, pero también tal vez ambos sentidos favorables queden eclipsados por las palabras o los hechos, o por la necesidad, y así como los remordimientos de amor y culpa son un recurso de la ficción policial, así también el «ordenó» anula con el aroma de su poderío la no tan perentoria voluntad del «siempre».

12.8.11

Il gesto

Un giorno in cui la principessa passò in carrozza per un villaggio di frontiera, incontrò sul ciglio della strada un giovane di bell’aspetto e d’agile portamento che, vedendola, rimase come ipnotizzato. Allora la principessa, guardandolo fisso negli occhi, gli sorrise e fece un gesto ambiguo. Pazzo d’allegria, il giovane non perse tempo a diffondere l’accaduto in tutto il villaggio e se ne vantò davanti agli amici. A tutti, cominciando dai genitori, che gli consigliavano di non sognare ad occhi aperti basandosi soltanto su un’attitudine gentile della principessa, per finire con gli amici, che lo canzonavano per il suo entusiasmo, diceva che si sarebbe avviato ben presto verso il palazzo e lì avrebbe cercato di mettersi in mostra davanti alla principessa, perché era sicuro che lei l’avrebbe riconosciuto e, una volta riconsciuto, lui avrebbe fatto tutto il possibile per entrare al servizio del re e con il suo valore conquistare per sempre il dolce cuore della principessa. All’inizio gli amici si prendevano gioco di lui e gli reggevano la corda nello slancio, ma vedendolo deciso a mettere in pratica il suo capriccio, si rivolsero agli anziani del villaggio e li pregarono di dissuaderlo da quei propisiti suicidi. E infatti un giorno gli anziani del villaggio chiamarono il giovane a comparire davanti a loro e gli raccontarono una vecchia storia. In una certa occasione, gli dissero, capitò che la principessa della nostra gioventù passasse casualmente per questo villaggio, dove incontrò un giovane sul ciglio della strada. La principessa, che era cortese ed educata, gli sorrise e gli fece un gesto ambiguo. Il giovane impazzì d’allegria e si mise subito in cammino per presentarsi a palazzo e rendersi visibile agli occhi della principessa, nella speranza di venir riconosciuto da lei e offrirle il suo cuore. Arrivò, quindi, nei pressi del palazzo e si mise a richiamare l’attenzione di chiunque gli venisse a tiro con tanto impeto che il suo comportamento risultò subito sospettoso per tutti. La dichiarazione d’amore che il giovane contadino bandiva ai quattro venti nei mercati e nelle taverne, vantandosi che la principessa gli aveva fatto un giorno un gesto, non tardò a giungere alle orecchie della principessa, la quale raccontò al re cosa stava accadendo. Il re ordinò di arrestare il contadino e portarlo alla sua presenza per ascoltare dalle sue labbra quel che gli avevano già riferito sia la principessa che le sue spie e, non potendo permettere che un villano mettesse in pericolo il buon nome della principessa, lo fece decapitare, affinché il castigo servisse da esempio e da lezione. La sua testa fu infilzata in una picca e rimase esposta molto a lungo sul patibolo, perché nessuno da allora in poi s’azzardasse più a minacciare l’intoccabile virtù della principessa. La voce corse per il circondario e arrivò molta gente dai dintorni per vedere la testa del contadino esposta all’oltraggio del tempo e degli avvoltoi. Gli stessi anziani, che allora erano giovani, quando lo seppero, percorsero il lungo cammino che dal villaggio conduce al palazzo per contemplare il teschio del loro amico. Il giovane ascoltò l’inizio della storia con volto superbo e sguardo arrogante, perché era convinto di essere stato indicato dagli occhi della principessa, però man mano che il racconto avanzava divenne sempre più abbattuto e triste. Quando sentì il finale, decise che non avrebbe patito la stessa sorte del giovane di quella storia, ma decise anche che, dopo essersi coperto di ridicolo davanti ai genitori e agli amici e davanti a tutto il villaggio, doveva abbandonare il regno. Per remoto che potesse sembrare, non poteva sottoporsi al rischio di incontrare di nuovo la principessa, rivedendo il suo sorriso e, forse, il suo gesto ambiguo. Sicché abbandonò il villaggio, fuggendo senza meta, e si diresse verso territori lontani. Ma la notizia della sua fuga non passò inavvertita e si sparse fuori dal villaggio. Nei mercati e nelle taverne si diceva che un giovane contadino aveva lasciato il regno per paura di incontrare la principessa e soccombere di fronte al suo sorriso o all’ambiguità dei suoi gesti. Le spie del re udirono quei discorsi e li riferirono a palazzo. Quando la principessa ebbe notizia di quell’affronto, ne fu enormemente indispettita, perché con un gesto d’amore aveva posto in fuga il giovane contadino. Indignata, raccontò i propri dispiaceri al re, che ne rimase amaramente offeso. Mandò pertanto le sue guardie a inseguire, raggiungere e arrestare il giovane contadino, compito che eseguirono in soli sette giorni. Il giovane fu condotto alla presenza del re per raccontare di nuovo, da reo, ciò che aveva raccontato con lieto entusiasmo ai genitori, agli amici e agli anziani del villaggio. E poiché non si può macchiare invano il nome di una principessa, il re lo fece decapitare e ordinò che la sua testa rimanesse esposta sul patibolo per giorni e giorni. La gente dei dintorni accorse un’altra volta al richiamo irresistibile dell’esecuzione capitale. Anche i giovani del villaggio di frontiera si misero in cammino per contemplare con dolore la testa del loro amico e comprendere, sotto il segno della morte, l’antico e saggio proverbio del regno secondo il quale i gesti delle principesse sono sempre indecifrabili.

(Traduzione di Danilo Manera)