8.1.08

MTRCL

Cuando se implantó el nuevo sistema de matriculación del parque móvil pensé que era un error, aunque sin razones objetivas para ello. Hoy sé que estaba equivocado. Ha sido un acierto, un acierto que ha corregido, además, o reparado una larga injusticia. Yo había comprobado que en el antiguo sistema se ejercían peripecias matemáticas sobre los azares de las placas: había quien buscaba capicúas: 1881, quien buscaba escaleras de diferente categoría: 1234, 2468, 9753, 4321, quien sumaba, quien colocaba signos aritméticos entre los número: 3x4=12, 20:5=4, 2+2-3=1, quien intentaba averiguar si estaba ante un número primo o, en caso contrario, los dos números primos que daban como resultado la matrícula no prima de marras, habilidades matemáticas en suma, a las que la nueva matriculación vino a sumar un ejercicio léxico: las ciencias y las letras juntas al fin en la misma vía, por el mismo camino. Bien es verdad que antes, pese a la injusticia de clasificar a las provincias en mayores o menores, más o menos importantes, y otorgar a las primeras la categoría de una sola letra: B, C, M, S, y postergar a las segundas con doble carga: BA, CC, MA, SA, se agilizaba la memoria geográfica del peatón y del viajero. Pero ahora, en cambio, se ha favorecido el ejercicio verbal y es digno de ver cómo las letras prevalecen sobre los números, tal vez porque son muchos los años en que nos hemos ejercitado en malabarismos numerales, y sólo ahora se nos ha brindado la oportunidad de las palabras, la adormecida destreza paradigmática del hablante. Vemos BRM y pensamos broma bruma baremo, vemos CDC y formamos códice caduco codicia, vemos CRZ y cereza coraza corza herida, DLR y dólar dolor delirio, y así sucesivamente. Nos enojamos con X y W, pero persistimos en la composición, extensiva y unánime, y aun políglota, que es recurso europeo. Sólo así se entiende que el lunes, en la autovía, cuando un coche al que yo había adelantado primero me adelantó a su vez y redujo después la velocidad con mala idea, nos echáramos a reír de manera espontánea, sin más trampas ni complicidades que las del largo juego, la diversión de DRAE y la memoria de Saussure. Adivínese la matrícula.