20.9.08

A contrariis

«Espero que los libreros no estén halagando mis oídos», escribe Plinio en carta a Maturo Arriano. Y añade: «Bueno, que me halaguen, siempre que gracias a esta mentira mis escritos me resulten más atractivos» (Cartas, I, 2, 97-98 d. C.). Dejando de lado la modestia, que se subordina a la esperanza, y sobre todo ese «me» de «me resulten» que convierte la propaganda comercial en autoestima literaria, bien cabe decir que hoy en día basta que ciertos críticos (pocos libreros halagan oídos y vanidades en estos tiempos, aunque haylos, y buenos, y cabe esperar que no perecederos) halaguen un escrito para que algunos lectores, no precisamente incultos ni ignorantes, aunque tampoco exentos de adjetivos -ultos y -antes (moi même, confiteor deo et hominibus), tachen de la lista a autor y obra per saecula saeculorum, amén, y viceversa. Nada nuevo bajo el sol, que, al fin y al cabo, siempre ha tenido el pobre, a pesar de los pesares y la ciencia y todas las astronomías, la escasa y miserable anchura del pie humano.