3.2.07

Lotería literaria

Nos alegran a veces cosas que no tienen más razón que la edad y el envejecimiento. Por ejemplo, que haya libros que se tienen por ahí, amontonados en las estanterías, «libros parásitos», que se leyeron en su momento, que se olvidan, a los que no se vuelve en años por inercia y a los que se vuelve de pronto por azar de ediciones o de rediciones con infantil regocijo: ¡Lo tengo! ¡Lo tengo! Así vuelvo yo ahora a las «Prosas apátridas», de Ribeyro (Tusquets, 3ª edición, 1986). Y, por otra parte, además, ese volver está lleno de viejos enigmas, o autoenigmas, de desconocimientos del propio yo y de sus aprendizajes o confusiones intelectuales, vaguedad de vaguedades y todo vaguedad. ¿A qué obedecen los viejos subrayados? Por ejemplo, entre otros muchos de estos doscientos textos: «¿Por qué dentro de cien años se seguirá leyendo a Quevedo y no a Jean Paul Sartre? ¿Por qué a François Villon y no a Carlos Fuentes?» (pág. 13-14). ¿Qué afirmación me satisfizo más hace veinte años, la exaltación de Quevedo o la condenación de Fuentes? Creo saber, sin embargo, quién tiene la respuesta: el ciudadano analfabeto de Plutarco. Que, al fin y al cabo, c'est moi.