1.9.11

Sopla la musa

I. No sólo cabría, pues, decir que existe la inspiración, sino que, en realidad, en el proceso de elaboración del texto, sean cuales sean los pasos sucesivos, todo es necesaria y absoluta inspiración, salvo que para negar la inspiración baste el ejercicio de la voluntad, entendida como deseo consciente de expresarse en un plano literario, esto es, que la decisión de escribir un poema anule por sí misma todo atisbo de inspiración, lo que llevaría a afirmar que el genio se esconde en la inconsciencia. Pero la voluntad y la inspiración no sólo no están reñidas sino que son complementarias, toda vez que, por una parte, el que la expresión se produzca de manera imprevista o deliberada es secundario, pues, ciertamente, sea cual sea el procedimiento, la expresión literaria viene, o sobreviene, como el paso necesario del pensamiento a la palabra, y que, por otra parte, dado el primer paso, aquél en que se decide o se necesita escribir (y la decisión es una necesidad), cada movimiento posterior, cada verso, cada corrección, por muy separados que estén en el tiempo, no son otra cosa que mero producto de la inspiración, la acción continua e ininterrumpida de las ocurrencias.

II. Véase a Saúl Olúas un día de invierno, en un paraje de esplendor glacial, asomado a la barandilla de un mirador, observando cómo una persona a la que no conoce camina con dificultad sobre la nieve, donde quedan hundidas las marcas de sus huellas. Le vienen entonces al pensamiento un par de versos, en los que se recrea mentalmente un tiempo, hasta que, al fin, objetivamente satisfecho, saca un cuaderno en cuartos del bolsillo y escribe los siguientes endecasílabos:

Un hombre traza lenta, lentamente,
un surco irregular sobre la nieve.

En términos estrictamente líricos, cabe decir que ha puesto pie, entre periodístico y poético, a una postal alpina, esto es, ha disfrazado con ritmo acentual y sílabas contadas el comunicado enunciativo de una experiencia visual. Sin embargo, aun sabiendo que la representación figurativa de lo que ha visto es inamovible, salvo que acuda a las trampas suplementarias de la fantasía, la configuración verbal de la visión no le parece suficientemente afortunada y sigue dándole vueltas con insistencia, mareando el pensamiento. De hecho, ese mismo día por la tarde, sentado frente a una taza de café, echa mano del cuaderno y, considerando que la redundancia no es el modo más expresivo de subrayar el modo de andar de aquel hombre, procede a la primera corrección: tacha «lenta» y escribe encima «torpe y» (véase apéndice). Inmediatamente, sin embargo, se le ocurre otra modificación posible: ¿está bien «traza» o es mejor «deja»? El verbo «trazar» pone de manifiesto la acción del hombre sobre la nieve, pero, a medida que éste avanza, las huellas van quedando detrás, abandonadas, efectivamente, como un surco, por lo que, tal vez, «dejar» convenga más a la precisión del hecho. Con numerosas vacilaciones y en la incertidumbre lingüística, Saúl Olúas procede a la sustitución. El cuaderno vuelve al bolsillo, o sale del bolsillo para acoger otros apuntes, otras ráfagas de la realidad hacia el lenguaje, hasta que, al cabo de varios días, Olúas vuelve sobre los endecasílabos. Se le han ocurrido casi simultáneamente dos modificaciones, una puramente formal, en la que «torpe y lentamente» pasa a ser «con torpeza lenta» (resuelve de nuevo hacia atrás la vacilación anterior: «traza» por «deja»), y otra, más significativa, en la que se apuntala mayor severidad la autoría del surco irregular: el determinante «un» con que empieza el segundo verso, mero presentador, es reemplazado por un contundente posesivo «su». Las huellas del hombre que avanza sobre la nieve, aunque tras su paso sean anónimas, siempre, en la realidad y en el poema, serán suyas, exclusivamente suyas. Ahora, el enunciado, aunque ronde con frecuencia la mente de Saúl Olúas, reposa largo tiempo, en ese estado incierto y casi satisfecho en que la forma inconclusa y la versión definitiva se confunden y se dan la mano. Pero, en una ocasión perdida y posterior, unas huellas anónimas sobre la nieve (otras huellas, otro lugar, otra nieve), sin rastro alguno de hombre, recuperan la memoria de las palabras con una levísima variante que, curiosamente, introduce un giro radical en el enunciado. Se trata de algo tan sencillo e inofensivo como sustituir «un» por «el» en el primer verso, pero el vuelco semántico afecta en tal grado al sujeto que el sentido del predicado cambia de raíz. Pasar de un hombre concreto indeterminado al hombre universal y que sea «el hombre» universal quien «traza con torpeza lenta su surco irregular sobre la nieve» significa que ni el trazar es trazar, ni el surco es surco, ni la nieve es nieve, sino transposiciones simbólicas de la realidad o concreciones lingüísticas del pensamiento. Saúl Olúas queda ciertamente satisfecho del giro que ha tomado la inspiración, pero la misma satisfacción le empuja a proseguir sin tregua un asedio que se le antoja provechoso y es así como se le ocurre repentinamente una metáfora aún más audaz que la primera. «Surco irregular», en efecto, se ajusta al rastro discontinuo del hombre sobre la nieve, pero, puesto que el hombre no se limita a pasar, sea por la nieve o por la vida, sino que ese pasar es una forma de sufrir, y, como el sufrimiento no admite aprendizaje, dos palabras imprevistas se imponen contundentes: «ruda cicatriz». No hay deliberación posible en este paso ni explicación a priori del trasvase. Sin embargo, Saúl Olúas no queda complacido. Prefiere la cicatriz al surco, sin duda, pero le incomoda que haya desaparecido una de las sugestiones lingüísticas implícitas en la palabra «surco». Aunque piensa en ello de manera obsesiva, la solución se le resiste lago tiempo, hasta que un buen día, al fin, le sobreviene un trueque: sustituye «traza» por «siembra», de semántica más precisa y, por añadidura, de fonética próxima, tendente a la paronomasia. No se limita el hombre a pasar por la vida y a sufrir, sino que su paso por la vida consiste en ser sujeto de dolor y en dejar a la posteridad las huellas, las cicatrices del sufrimiento. Ser hombre es haber sufrido, piensa Olúas. Y piensa más: que está acercándose a la expresión lingüística de ese dolor. Todavía, no obstante, introduce otra modificación cuando decide empezar el dístico diciendo: «Los hombres siembran», en la idea (discutible, por lo demás) de que el plural hace que las cicatrices sean más concretas, puesto que la afirmación universal (por ejemplo, «el hombre es un animal racional») lleva consigo, en su generalización, una cierta abstracción, mientras que el plural (por ejemplo, «los hombres mueren y no son felices») distribuye a cada uno, individuo concreto, su parte proporcional o fatal de infelicidad, surco o cicatriz. Finalmente, para destacar la acción sobre el hombre, esto es, para subrayar la victoria del predicado sobre el sujeto, para inclinar la balanza, contra el actor, hacia el peso existencial de las obras, aunque también por motivos externos, concretamente acentuales, decide la variación postrera: «Siembran los hombres». En este punto, tras nueve intentos repartidos en un periodo largo e indefinido de días, Saúl Olúas, aunque sin renunciar a posibles mejoras y volviendo en ocasiones sobre algunas variaciones anteriores, da por concluido el apunte y cierra el cuaderno en paz:

Siembran los hombres con torpeza lenta
su ruda cicatriz sobre la nieve.

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Apéndice (variaciones)


1. Un hombre traza lenta, lentamente
un surco irregular sobre la nieve.

2. Un hombre traza torpe y lentamente
un surco irregular sobre la nieve.

3. Un hombre deja torpe y lentamente
un surco irregular sobre la nieve.

4. Un hombre traza con torpeza lenta
su surco irregular sobre la nieve.

5. El hombre traza con torpeza lenta
su surco irregular sobre la nieve.

6. El hombre traza con torpeza lenta
su ruda cicatriz sobre la nieve.

7. El hombre siembra con torpeza lenta
su ruda cicatriz sobre la nieve.

8. Los hombres siembran con torpeza lenta
su ruda cicatriz sobre la nieve.

9. Siembran los hombres con torpeza lenta
su ruda cicatriz sobre la nieve.